lunes, 23 de mayo de 2016

Literatura o literatura infantil

Por Adelaida Jaramillo 

En unas cuantas oportunidades he tenido la distinción de hablar sobre el panorama de la literatura infantil, tanto en el país como en el extranjero.  En mis ponencias he comentado temas de forma y fondo sobre este tipo de literatura, considerada menor, como lo son las tendencias de los lectores, la importancia del currículo escolar, el marketing como estrategia de difusión, la inclusión de títulos juveniles en las listas de bestsellers, programas de fomento para la lectura y, he listado, en varias ocasiones, nombres de escritores “serios” que han publicado títulos para chicos.  Al salir de cada charla me cuestiono si los escritores de literatura infantil son considerados autores serios y, peor aún, si se aprecia a un texto para niños como literatura o, si siempre deberá estar ceñido a la categoría infantil.

En el proceso de investigación de las ponencias encontré a autores contemporáneos como Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte, Salman Rushdie, Toni Morrison, los ecuatorianos Rocío Madriñán, Edgar Allan García, Francisco Febres-Cordero, Santiago Páez; pero podría también regresar en el tiempo y citar a escritores como Rudyard Kipling, Arthur Conan Doyle, Jack London, R.L.Stevenson, André Maurois, Oscar Wilde, Julio Verne.  La lista podría estirarse en cualquiera de las tres direcciones y, al repasarla me siguen llegando nombres a la cabeza, entonces me pregunto: ¿Roald Dahl, Gianni Rodari o Michael Ende?, son escritores o ¿son escritores de literatura infantil?

Es irónico que la hermana menor de la literatura sea la que lleve la fundamental carga de formar lectores, lectores que resultan tan o más exigentes que los adultos.  A un niño no se le puede engañar con una mala ilustración o un texto, porque simplemente, no tienen la contaminación del adulto que seguirá leyendo influenciado por la recomendación de un escritor, una columna literaria o un amigo.  El niño rechazará el libro en las primeras páginas; sin embargo, escritores que enganchan a los niños en la aventura de la lectura, como María Fernanda Heredia, Edna Iturralde o Leonor Bravo son presentadas con la etiqueta de escritoras de literatura infantil.

Continúo con las preguntas y reflexiono si los escritores LIJ (literatura infantil y juvenil) no recurren a los mismos procesos que utilizan los autores “serios”.  Intentando escribir para chicos, puedo decir que sí funcionan algunos de los procesos básicos, pero que hay que situarse en otro lugar para poder escribir para ellos, y que debido a que trabajo con ellos, sé cuan difíciles pueden llegar a ser al momento de juzgar.  La escritora Jill Paton Walsh comparaba la experiencia con “adoptar el punto de vista de un niño viendo las cosas debajo de la mesa”, y esta tarea no es nada fácil.

Aunque todavía existan autores que consideren a la literatura infantil y juvenil como un género de menor importancia, debo destacar que escribir para niños requiere de no menos talento literario que escribir para cualquier otra persona. Además de la habilidad para crear una historia, la responsabilidad de escuchar a los lectores e investigar qué les interesa, qué les preocupa y cuál es su visión del mundo, hay que saber comunicarse con los chicos y captar su atención desde la primera línea; hay que recordar qué nos preocupaba cuando teníamos su edad y, finalmente, no debemos olvidar que en este género tan complejo podemos crear desde poesía, cuento, fábula, teatro, novela; y abordarlo no sólo desde lo lírico, lo narrativo y lo dramático, pero también desde lo didáctico.

Con estas inquietudes, los invito a formar lectores desde todos los frentes y, si bien la escuela es importante para lograr este objetivo, el hogar lo es más.  Debemos acondicionar espacios para que los niños asocien la lectura con un lugar entretenido, pensar en el libro infantil como un momento de fantasía y de evasión, y no de aleccionamientos; pero sobre todo, tenemos que leer con ellos, que la lectura sea un vínculo afectivo entre el adulto y el niño.  Solo así podremos responder si lo que leemos es literatura o literatura infantil.

lunes, 16 de mayo de 2016

Regresa el Club de Lectura para niños

En mayo iniciamos el club de lectura para niños en palabra.lab, que se retoma de manera permanente de la sede de Los Ceibos. La oferta para jóvenes la publicaremos pronto, pero trabajaremos en una combinación de libros clásicos hasta títulos de autores ecuatorianos como hicimos en las vacaciones.

En nuestro espacio, los niños tienen un lugar privilegiado en el que pueden conversar sobre libros, jugar con las palabras, leer imágenes, todo en un ambiente entretenido. Para nosotros es posible hacer que los chicos amen los libros ayudándolos a encontrar la página correcta.

En los talleres los chicos hacen ejercicios lúdicos de pre-lectura, se lee en voz alta y a veces de manera silenciosa; a veces escribimos textos creativos, a veces documentos muy serios; a veces analizamos la estructura de cortos y películas, a veces leemos imágenes. Pero siempre lo hacemos jugando.  Los chicos saben que no vienen a clases y, aprenden a asociar por su propia motivación, a los libros con un momento entretenido.

Así son los talleres en palabra.lab, un momento en el que me permito volver a ser niña, para llegar a los chicos que vienen a encontrarse con los libros y con las aventuras que sólo en ellos pueden vivir.


Adelaida Jaramillo
Directora de palabra.lab

Toni Morrison: tradición oral, creación y lenguaje (discurso de aceptación de la Nobel de Literatura)

Discurso de Toni Morrison al recibir el Premio Nobel de literatura
7 de diciembre de 1993


           
“Había una vez una mujer anciana. Ciega pero sabia.” ¿O era un hombre anciano? Acaso era un gurú. O un griot calmando chicos inquietos. Yo escuché esta historia, o una exactamente como ésta, en el saber popular de varias culturas.

“Había una vez una mujer anciana. Ciega. Sabia.”

En la versión que conozco la mujer es hija de esclavos, negra, americana y vive sola en una pequeña casa afuera del pueblo. Su reputación respecto de su sabiduría no tiene par y es incuestionable. Entre su gente ella es a la vez la ley y su trasgresión. El honor que y el respeto que le tienen, va hasta mucho más allá de su pueblo; llega hasta la ciudad donde la inteligencia de los profetas rurales es una fuente de mucho asombro.

Un día a la mujer la visitan unos jóvenes que vienen con la intención de desaprobar su clarividencia y poner en evidencia el fraude que creen que ella es. Su plan es simple: entran en su casa y le hacen la única pregunta cuya sola respuesta manifiesta la diferencia que tienen con ella, una diferencia que ven como una profunda ineptitud: su ceguera. Se le paran enfrente y uno le dice: “Anciana, tengo en mi mano un pájaro. Dígame si está vivo o muerto.”

Ella no contesta y repiten la pregunta. “¿Está vivo o muerto el pájaro que tengo?”

Tampoco contesta. Es ciega y no puede ver a sus visitantes, mucho menos lo que tienen en sus manos. No sabe el color de su piel, de dónde vienen ni si son hombres o mujeres. Sólo conoce sus motivos.

El silencio de la mujer es tan largo que los jóvenes tienen dificultad para aguantar la risa.

Finalmente habla y su voz es suave pero severa. “No sé”, dice, “no sé si el pájaro que tienen está vivo o muerto, lo único que sé es que está en sus manos. Está en sus manos.”

Su respuesta puede ser tomada así: si está muerto, ustedes lo encontraron de este modo o lo mataron. Si está vivo, todavía pueden matarlo. En caso de que lo dejen vivo, es su decisión. En todo caso, es su responsabilidad.

Por querer burlar los poderes y la impotencia de la anciana, los jóvenes reciben una reprimenda, porque son responsables no sólo del acto de burla sino también por el pequeño manojo de vida sacrificado para conseguir sus fines. La anciana deja de prestarles atención a las aserciones de poder para prestarle atención al instrumento mediante el cual ese poder es ejercido.

La especulación de qué podría significar ese pájaro-en-la-mano (otra que su propio cuerpo frágil) siempre fue algo atractivo para mí, especialmente ahora, pensando, como lo vengo haciendo, acerca del trabajo que me ha traído ante ustedes. Por eso elijo leer al pájaro como el lenguaje y a la mujer como a una escritora con práctica. Ella está preocupada por cómo el lenguaje con el cual ella sueña, y que le fue dado al nacer, es manejado, puesto al servicio de diversos intereses, incluso apartado de ella con nefastos propósitos. Siendo una escritora, considera al lenguaje en parte como un sistema, en parte como una cosa viviente sobre la cual una tiene control, pero sobre todo como una operación- un acto con consecuencias. Entonces, la pregunta que los chicos le hicieron, “¿Está vivo o muerto?”, no es irreal porque ella piensa al lenguaje como algo susceptible de muerte, de erosión. Desde luego expuesto al peligro y salvable sólo por un esfuerzo de la voluntad. Cree que si el pájaro en las manos de los visitantes está muerto, los custodios son responsables por el cadáver. Para ella una lengua muerta no es sólo esa que no se habla o no se escribe más, sino que sobre todo es la obstinada lengua que se contenta con la admiración de su propia parálisis. Como una lengua estática, censurada y censuradora. Despiadada en su actividad policial, no tiene deseos ni otro propósito que mantener el campo abierto de su propio narcisismo narcótico, su exclusividad y dominio. Por más moribundo que esté, no queda sin efecto ya que frustra activamente el intelecto, ahoga la conciencia, suprime la potencia humana. Inmune a las preguntas, no puede formar o tolerar nuevas ideas, armar nuevos pensamientos, contar otra historia, llenar los desconcertantes silencios. Una lengua oficial, fragmentada para sancionar la ignorancia y preservar los privilegios, es una armadura pulida para dar brillo, una cáscara de donde el caballero se ha ido hace mucho tiempo. Y sin embargo, ahí está: tonta, predatoria, sentimental. Excitando la reverencia en las escuelas, dando resguardo a los déspotas, reuniendo falsas memorias de estabilidad y de armonía entre la gente.

Ella está convencida de que cuando el lenguaje muera, a causa del descuido, el desuso, la indiferencia y la falta de estima, o sea asesinado por una orden, no sólo ella, sino todos los hablantes y creadores serán responsables de su muerte. En su país los chicos se sacaron la lengua a mordiscos y usan balas para no repetir la voz sin habla, la voz de un lenguaje lisiado y golpeador; ese dispositivo para luchar con significados que los adultos abandonaron, y que podría proveerlos de una guía o expresar amor. Pero ella sabe que sacarse la lengua no es sólo una opción de niños. Es muy común entre las infantiles cabezas de estado y los comerciantes del poder, cuyos vaciados lenguajes los dejaron sin acceso a lo que queda de sus instintos humanos, dado que sólo les hablan a aquellos que obedecen, o en todo caso hablan para forzar una obediencia.

El saqueo sistemático del lenguaje puede ser reconocido como la tendencia de sus hablantes a renunciar a sus matizadas, complejas y mayéuticas propiedades para usarlo como medio de amenaza y subyugación. El lenguaje opresivo hace más que representar la violencia; es violencia; hace más que representar los límites del conocimiento, lo limita. Sea el oscuro lenguaje de estado o las tergiversaciones de los insensatos medios; sea el maligno lenguaje de la ley-sin-ética, o aquél designado para el alienamiento de las minorías, escondiendo sus saqueos racistas debajo de un maquillaje literario- todo esto debe ser rechazado, alterado y expuesto. Es el lenguaje que chupa sangre, que se ajusta la bota fascista con crinolinas de respetabilidad y patriotismo al tiempo que se mueve implacablemente hacia el último y más oscuro lugar de la mente. Lenguaje sexista, lenguaje racista, lenguaje teísta- son todas formas típicas de las políticas de lenguaje del dominio, que no pueden y no permiten nuevos conocimientos ni el encuentro de nuevos intercambios de ideas.

La anciana es profundamente conciente de que ningún intelecto mercenario, ningún dictador insaciable, ni político a sueldo o demagogo, ni ningún periodista impostor serían persuadidos por estos pensamientos suyos. Hay y habrá un lenguaje que excite a los ciudadanos a mantenerse armados, asesinando y siendo asesinados en los shoppings, juzgados, correos, plazas, cuartos y bulevares; un lenguaje agitado, conmemorativo, que enmascara la pena y el gasto de una innecesaria muerte. Va a haber un lenguaje diplomático que apruebe la violación, la tortura, el asesinato. Hay y seguirán habiendo más lenguajes seductores, mutantes, designados para estrangular a las mujeres, hacer de sus gargantas un paté con sus propias palabras transgresivas e imposibles de decir; va a haber más lenguajes de vigilancia disfrazados como investigación, de política e historia, calculados para someter al silencio a millones de personas que sufren, un lenguaje glamoroso para maravillar a los insatisfechos para que asalten sus barrios, arrogantes lenguajes seudo empíricos maquinados para encerrar a las mentes creativas en jaulas de inferioridad y desamparo.

Debajo de la elocuencia, el glamour, las asociaciones aprendidas de memoria, por más seductoras o incitantes que sean, por debajo, el corazón de ese lenguaje está languideciendo o quizá ya no late más… si el pájaro ya está muerto.

Ella pensó en cómo podría haber sido la historia intelectual de cualquier disciplina si no se hubiera insistido en el gasto de tiempo y vida que las racionalizaciones y representaciones de la dominación requirieron; pensó cómo podría haber sido si esa disciplina no hubiera sido metida a la fuerza en los letales discursos de exclusión que bloquean el acceso al conocimiento tanto al guardián como al prisionero.

La convencional enseñanza de la historia de la Torre de Babel es que ese derrumbe fue una desgracia. Fue la distracción o el peso de tantas lenguas lo que precipitó la fallada arquitectura de la torre. Ese único y monolítico lenguaje hubiera dado curso a la construcción y el paraíso hubiera sido alcanzado. ¿El paraíso de quién?, ella se pregunta. ¿Y de qué tipo? Quizás alcanzar el Paraíso hubiera sido una cosa prematura y un poco apresurada, si nadie se podía tomar el trabajo de entender otras lenguas, otras miradas, otros períodos narrativos. Si así hubiera sido, es posible que ese paraíso lo hubieran encontrado a sus pies. Complicado, demandante, sí, pero sería una visión del paraíso como vida, y no como vida más allá.

Ella no quisiera dejar irse a los jóvenes con la impresión de que el lenguaje debe ser forzado a mantenerse vivo para que meramente sea. La vitalidad del lenguaje reside en su habilidad para pintar lo actual, las vidas imaginadas y posibles de sus hablantes, lectores, escritores. Aunque a veces su equilibrio esté en desplazar la experiencia, no es es sustituto de ella. Se extiende y arquea hacia donde el significado puede estar. Cuando un presidente de los Estados Unidos pensó en el cementerio en que su país se había convertido, dijo “El mundo apenas notará ni recordará por mucho tiempo lo que digamos ahora. Pero nunca va a olvidar lo que acá pasó”: sus simples palabras son estimulantes en cuanto a sus propiedades para mantener la vida porque se negaron a encapsular la realidad de 600.000 muertos de una catastrófica guerra racial. Negándose a monumentalizar, desdeñando la “palabra final”, el conteo preciso, reconociendo su “pobre poder para sumar o apartar”, sus palabras señalan deferencia hacia lo incapturable de la vida que llora. Es esa deferencia lo que la mueve a la anciana, ese reconocimiento de que el lenguaje nunca puede coincidir completamente con la vida. Cosa que tampoco debería. El lenguaje nunca puede fotografiar la esclavitud, el genocidio, la guerra. Ni debería lamentarse por la arrogancia de poder hacerlo. Su fuerza, su felicidad radica en lanzarse hacia lo inefable.

Grandiosa o escasa, excavando, estallando, o negándose a santificarse, aunque se ría en voz alta o llore sin un alfabeto, la palabra elegida, el silencio elegido, el sereno lenguaje surge y se dirige hacia el conocimiento, no hacia su destrucción. Pero, ¿quién no sabe de literatura prohibida por ser cuestionadora, desacreditada por ser crítica, borrada porque invierte? ¿Y cuántos son violentados por el pensamiento de un idioma que se autodestruye?

Ella piensa que el trabajo con las palabras es sublime porque es generativo, toma un significado que asegura nuestra diferencia, nuestra humana diferencia- del modo en que no somos como ninguna otra vida.

Morimos. Ese puede ser el significado de la vida. Pero nosotros hacemos el lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas.

“Había una vez…” Unos visitantes le hacen una pregunta a una anciana. ¿Quiénes son esos chicos?, ¿qué hicieron de ese encuentro?, ¿qué escucharon en esas palabras finales: “El pájaro está en tus manos”?: ¿una oración que gesticula alguna posibilidad o una que deja caer un picaporte? Quizás lo que los chicos escucharon es “No es mi problema. Soy vieja, mujer, negra, ciega. Lo único que sé ahora es que no puedo ayudarlos. El futuro del lenguaje es suyo, no mío.”

Están parados ahí. ¿Y si suponemos que no hay nada en sus manos? Supongamos que la visita no fue más que una astucia, un truco para que les hablaran, para ser tomados seriamente como nunca lo habían sido anteriormente. Una oportunidad para interrumpir y violar el mundo adulto, su discurso de miasma acerca de ellos, para ellos, pero nunca dirigido hacia ellos. Urgentes preguntas están en juego, incluyendo la que hicieron: “Está vivo o muerto el pájaro?” Quizá la pregunta quería decir: “¿Alguien podría decirnos qué es la vida, qué la muerte?” Ningún truco, ninguna tontería. Una pregunta directa que vale la atención de alguien con sabiduría. Y experiencia. Pero si quien tiene experiencia y sabiduría y ha vivido una vida y enfrentado la muerte no puede describir ni una ni la otra, ¿quién, entonces?

Pero ella no lo hace, se guarda su secreto, la buena opinión que tiene de sí misma, sus pronunciamientos de gnomo, su arte sin compromiso. Mantiene su distancia, la refuerza y se retrae en su singularidad y desolación, en un espacio sofisticado y de privilegio.

Nada, ninguna palabra sigue a su declaración de transferencia. Ese silencio es profundo, más profundo que el significado disponible en las palabras que ella ha dicho. Tiembla ese silencio y los chicos, enojados, lo llenan con un lenguaje inventado en el momento.

“¿No hay discurso o palabras”, le preguntan, “que pueda usted darnos para atravesar su historial de fracasos, atravesar la enseñanza que nos acaba de dar, que no es tal cosa porque le estamos prestando mucha atención tanto a lo que acaba de hacer como a lo que dijo?; ¿no hay palabras para atravesar la barrera que usted levantó entre la generosidad y la sabiduría?”

“No hay ningún pájaro en nuestras manos, ni vivo ni muerto. Sólo la tenemos a usted y a nuestra impotente pregunta. ¿Es la nada en nuestras manos algo que no soportaría contemplar, ni siquiera adivinar? ¿No recuerda su juventud cuando el lenguaje era mágico sin significado, cuando lo que podía decir podía no significar, cuando lo invisible era lo que la imaginación se esforzaba por ver, cuando las preguntas y demandas de respuestas quemaban tanto que temblaba de furia al no conocer?

“¿Tenemos que llegar a ser adultos y concientes luchando esa batalla que héroes y heroínas como usted ya pelearon y perdieron dejándonos con nada en nuestras manos, salvo lo que ustedes imaginaron que había? Su respuesta es un hábil artificio y nos avergüenza y debería avergonzarla a usted. Su respuesta es indecente en su autocomplacencia. Es un guión hecho para la televisión, que no tiene sentido si no hay nada en nuestras manos.

“¿Por qué no se estiró para tocarnos con sus dedos suaves, para retrasar el sonido de la mordida que es esta lección, hasta que supiera quiénes éramos? ¿Tanto despreció nuestro truco, nuestro modus operandi que no vio lo deslumbrados que estábamos por querer llamar su atención? Somos jóvenes. Inmaduros. Toda nuestra corta vida escuchamos que debemos ser responsables. ¿Qué puede significar eso en la catástrofe en que este mundo se ha convertido?, ¿donde, como dijo el poeta: “nada necesita ser expuesto porque todo ya está descubierto”? Nuestra herencia es una afrenta. Usted quiere que tengamos sus viejos, ciegos ojos y que veamos sólo la crueldad y la mediocridad. ¿Se cree que somos tan estúpidos como para romper las promesas que nos hicimos una y otra vez, por la mera ficción de una nacionalidad? ¿Cómo es que se atreve a hablarnos del deber cuando estamos hundidos hasta la cintura en la toxina de su pasado?

“Usted nos banaliza y vuelve trivial el pájaro que no tenemos en las manos. ¿Acaso no hay contexto para nuestras vidas, ninguna canción, literatura o poema lleno de vitaminas, ninguna historia conectada con la experiencia que nos pueda pasar para ayudarnos a empezar con más firmeza? Usted es una adulta. La anciana, la sabia. Deje de pensar en salvar su pellejo. Piense en nuestras vidas y cuéntenos su particular mundo. Invente una historia. Narrar es ago radical que nos crea al mismo tiempo que creamos. No la vamos a culpar si su alcance excede su comprensión, si el amor así enciende sus palabras, se transforman en llamas y nada queda de ellas salvo su combustión. O si, con la reticencia de la mano de un cirujano, sus palabras suturan sólo en los lugares donde la sangre podría brotar. Sabemos que nunca podría hacerlo del todo bien- así, de una vez y para siempre. La pasión nunca es suficiente, ni la habilidad. Pero intente. Para que ni nosotros ni los suyos olviden su nombre en las calles, díganos qué fue para usted el mundo en los lugares oscuros y en los luminosos. No nos diga qué creer, qué temer. Muéstrenos los amplios ámbitos de la creencia y la costura desde la cual se desenreda la membrana del miedo. Usted, anciana mujer, bendecida con la ceguera, puede hablar el lenguaje que nos dice aquello que sólo el lenguaje puede: cómo ver sin pinturas. Sólo el lenguaje nos protege del terror de las cosas sin nombre. Sólo el lenguaje es meditación.

“Díganos qué es ser una mujer así podemos saber qué es ser un hombre. Lo que es moverse en el margen. Lo que es no tener casa en este lugar. Ser puesto a la deriva y lejos de los que uno conoce. Lo que es vivir al borde de pueblos que no soportan su presencia.

“Cuéntenos acerca de los barcos alejados de la costa para Pascua, la placenta en los campos. Cuéntenos de los vagones cargados de esclavos, de cuán suavemente cantaban de modo que no podía distinguirse de la nieve cayendo, de cómo sabían, por la curvatura del hombro más cercano, que la próxima parada sería la última, de cómo, con las manos juntadas en sus sexos, pensaban en el calor, y después en el sol, levantando sus caras como si estuviera ahí nomás para tocarlo. Girando como si estuviera ahí para tocarlo. Paran en una posada. El conductor y su compañero entran en ella con una lámpara, dejándolos susurrando en la oscuridad. El vapor que sale de los resoplidos del caballo llega hasta la nieve debajo de sus patas, y ese silbido y la nieve derritiéndose son la envidia de los congelados esclavos.

“La puerta de la posada se abre: una chica y un chico se asoman desde ese adentro iluminado. Trepan al vagón. El chico tendrá un arma en tres años, pero ahora lleva una lámpara y una jarra con bebida tibia. Se la pasan de boca en boca. La chica ofrece pan, pedazos de carne y algo más: una mirada rápida a los ojos de aquellos a los que les iba sirviendo. Uno para cada hombre, dos para cada mujer. Y una mirada. Ellos devuelven la mirada. La próxima parada será la última. Pero no ésta. En ésta hay calor.”

Está todo en silencio cuando los chicos terminan de hablar, hasta que la mujer lo rompe.

“Finalmente, dice, confío en ustedes ahora. Confío en ustedes con el pájaro que no está en sus manos porque lo han atrapado verdaderamente. Miren. Qué hermoso es, esto que hemos hecho - juntos.”


Traducción de Tom Maver


lunes, 25 de abril de 2016

Un día del libro con Cervantes, por Rosa Huertas

En el año más cervantino que viviré nunca, el autor del Quijote está omnipresente, hasta hacerse cotidiano. Si miro hacia atrás, él siempre ha estado ahí: cada 23 de abril, cada vez que releo algún capítulo del Quijote en ese viejo volumen heredado de mi abuelo, cada vez que paseo por el barrio de las letras y camino por las mismas calles que él pisó.

Lectores, escritores, libreros, editores, profesores y todos aquellos que amamos los libros y trabajamos para que la Literatura forme parte de nuestra existencia y de la de los demás, marcamos en rojo esta fecha en el calendario. Ninguno de nosotros seríamos los mismos sin los libros leídos.

Y la Literatura nos sale al encuentro en cada recodo de la vida.

Una imagen que me sorprendió hace un par de años me regaló la idea para un libro infantil. Una tarde de otoño paseaba por la calle del León, junto al edificio que se encuentra en el mismo lugar donde estaba la casa en la que murió Cervantes. Levanté la vista, en busca quizá de algún rastro invisible del escritor, y de alguna manera lo encontré. En los balcones del segundo piso descubrí un cartel que rezaba: “stop, desahucios”. Me sobrecogí porque pensé que ese desahuciado podría haber sido el autor del Quijote, que murió casi en la miseria, en ese mismo lugar hace 400 años, a pesar de haber creado al personaje más famoso de todos los tiempos. La idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza: ¿qué pasaría si Cervantes viviese en el siglo XXI?

Así surgió Mi vecino Cervantes, una historia que me ha permitido hablar del escritor a niños y mayores, jugando con esa hipótesis fantástica. Si Cervantes hubiese vivido en el siglo XXI habría sido un desahuciado más, pero nunca habría perdido su capacidad creadora ni su fe en el poder de la palabra.

He celebrado los días previos al 23 de abril con euforia contagiosa. Este año no me he conformado con celebrar el día del libro y querido dedicarle a la Literatura  la semana completa. En los centros escolares se está hablando mucho de Cervantes. Los profesores queremos acercar a los chicos la figura de este hombre singular que tuvo una vida difícil pero que nunca dejó de soñar ni de escribir, que nos regaló historias hermosas y personajes inmortales.

Cada 23 de abril, se trata, en definitiva, de celebrar la fiesta de los libros y la lectura. Y esa fiesta puede tener muchas caras: algunos recitan poemas, otros decoran paredes con frases y versos, algunos leen en voz alta, otros en voz baja; pero lo importante es que nadie se sienta excluido por la Literatura. En tal caso, se estaría perdiendo uno de los grandes placeres de la vida.


Es tan hermoso sumergirse en una buena historia, emocionarse con los versos que alguien escribió hace siglos, vivir la vida de otros que se mueven en nuestra imaginación, visitar lugares que jamás pisó nadie, identificarse con ese personaje que alguien escribió pensando en ti, instalarse lejos de lo cotidiano y aparecer en otro lugar… que me parece que una sola vida no basta para leer tanta belleza. ¡Vamos! No hay un minuto que perder. 

Rosa Huertas es escritora de literatura infantil, su libro Mi vecino Cervantes del sello Anaya, recoge esta experiencia.

Fotografía fuente: www.tandemadrid.com

El Cusco del Inca Garcilaso de la Vega, por Ricardo Ráez Reátegui


A principios de 1560 salía Gómez Suárez de Figueroa del Cusco para no volver. Había vivido allí desde su nacimiento y a los 20 años se iba a España donde se convertiría en inca, en el Inca Garcilaso de la Vega, “el primer peruano” según Raúl Porras Barrenechea. Hijo de un capitán español y la princesa inca Chimpu Ocllo, vivió la mayoría de su niñez y adolescencia con su madre y la familia de ella.  Allí aprendió el quechua y escuchó infinidad de historias sobre la ciudad y el Tahuantinsuyo, observó sacrificios de llamas para augurar el futuro, se sentó al lado de personajes icónicos de una sociedad casi desaparecida y compartió el dolor del pasado perdido.

Al mismo tiempo, Garcilaso crecía entre españoles y caminó por las calles de la ciudad como uno más de ellos; cabalgó por las llanuras donde sucedieron las guerras civiles entre conquistadores que ansiaban formar su propio reino; vio cómo llegaban alimentos y animales que no se conocían a 3400 metros sobre el nivel del mar y, como hijo predilecto del capitán, jugó a las cañas en las fiestas de Santiago y al jurarse por rey a Felipe II. Garcilaso fue feliz en Cusco y nunca olvidó sus historias. A una cuadra de su casa estaba la Plaza de Armas o Haucaypata donde, hace más de 450 años, observó la destrucción paulatina de cuatro grandes complejos de piedra (canchas) que aún la bordeaban: Casana, la casa de Pachacutec (Portal de Panes), donde destacó

“un hermosísimo galpón que en tiempo de los Incas, en días lluviosos, servía de plaza para sus fiestas y bailes. Era tan grande que muy holgadamente pudieran sesenta de a caballo jugar cañas dentro en él”. (pág. 107)

Santo Domingo
También vio el Amarucancha (iglesia de la Compañía de Jesús)  “que es: barrio de las culebras grandes” (pág. 108); el Acllahuaci la “casa de las vírgenes escogidas” (pág. 108), y la cancha de Viracocha sobre el andén en que se construiría la Catedral y donde los españoles sostuvieron el sitio de Manco Inca.  Frente al Amarucancha se ubicaba el Sunturhuaci, una torre de 15 metros de alto que:

“Estaba cubierto en redondo, como eran las paredes; encima de toda la techumbre, en lugar de mostrador del viento (porque los indios no miraban en vientos), tenía una pica muy alta y gruesa, que acrecentaba su altura y hermosura”. (pág. 231)


La isla de casas que hoy se levanta sobre el río Saphi y divide las plazas Haucaypata y Cusipata (Plaza Regocijo y ex Hotel Cusco) se empezó a construir en 1548 y Cusipata fue rebautizada como Nuestra Señora de las Mercedes,

“…en ella están los indios e indias que con sus miserias hacían en mis tiempos oficios de mercaderes, trocando unas cosas por otras; porque en aquel tiempo no había uso de moneda labrada, ni se labró en los veinte años después; era como feria o mercado, que los indios llaman catu”. (pág. 110)

A unos pasos de allí estaba la casa de Garcilaso, que hoy es el Museo Histórico Regional de Cusco; lugar donde se reunían los españoles para recordar las guerras de conquista y hablar sobre la situación del virreinato que se empezaba a conformar:

“…tenía encima de la puerta principal un corredorcillo largo y angosto, donde acudían los señores principales de la ciudad a ver las fiestas de sortijas, toros, y juegos de cañas que en aquella plaza se hacían”. (pág. 45)

Desde allí, cuando la ciudad tenía edificios de menor altura, se contemplaba “la punta de sierra nevada en forma de pirámide” (pág. 183) del apu Ausangate, cerro sagrado del Cusco.

De regreso a la Plaza de Armas, si se dirige la vista hacia la mitad del apu Sacsayhuaman se distingue un andén,- donde hoy está la iglesia San Cristóbal-, que otrora era el corazón de Collcampata, uno de los doce barrios incaicos del Cusco, “casas que fueron del Inca Paullu y de su hijo Don Carlos, que también fue mi condiscípulo” (pág. 16) y donde el sapan inca hacía los ritos que daban inicio a la temporada agrícola. Luego estaba Pumacurco, el nombre que hoy tiene una empinada calle del barrio San Cristóbal, y que Garcilaso tradujo como “viga de leones […] porque en unas grandes vigas que había en el barrio ataban a los leones que presentaban al Inca, hasta domesticarlos y ponerlos donde habían de estar”. (pág. 102)  También mencionó a Rimacpampa, aduana de ingreso y salida del Qhapaq Ñan al Collasuyu que hoy es la plaza Limacpampa, epicentro del tráfico que va hacia el centro y sur de la ciudad, y lugar de concentración de festividades y protestas.

Pumapchupan
Siguiendo el rio Tullumayu, que hoy corre bajo la avenida del mismo nombre, se llega a una vistosa pileta en la zona de Pumapchupan, el final de la ciudad en forma de puma que diseñó el inca Pachacutec: “quiere decir: cola de león, porque aquel barrio fenece en punta, por dos arroyos que al fin de él se juntan (Tullumayu y Saphi), haciendo punta de escuadra” (pág. 102).  Al otro extremo del río Saphi, cerca del cruce de Plateros y Santa Teresa estaba Huacapuncu, el ingreso a la parte sagrada de la llaqta por el Qhapaq Ñan al Chinchaysuyu. Garcilaso también mencionó el barrio de Chaquillchaca- donde hoy están los famosos mercado e iglesia de San Pedro-, Tococachi (San Blas), Carmenca (Santa Ana), Cayaucachi (Belén), Picchu, Munaicenca y Cantutpata; todos lugares de visita obligada hasta el día de hoy.

Coricancha y Sacsayhuaman
El callejón Loreto,- llamado Inti K’ijllu en el Tawantinsuyo-, se ubica a un costado de la iglesia de La Compañía y era el principal ingreso al Coricancha o Templo del Sol que hoy es el convento de Santo Domingo. Garcilaso utilizó varias páginas de sus Comentarios Reales para describir el complejo y su magnífico jardín de oro que imitaba a la naturaleza, las celebraciones de las naciones en Intipampa (la plaza delante del templo), las cinco fuentes de agua con “caños de oro” donde se hacían baños rituales, los espacios donde el Uillac Umu rendía culto a la luna, las estrellas, el rayo y el arcoíris, y rememoró capítulos dramáticos como la noche en que el conquistador Mancio Serra de Leguizamo, “que yo conocí y dejé vivo cuando me vine a España” (pág. 182),  apostó la figura del Sol, “hecha de una plancha de oro al doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes” (pág. 195) y la perdió.

Desde niño, Garcilaso jugó con sus amigos en los laberintos de Sacsayhuaman, “la obra mayor y más soberbia” (pág. 168) de los incas. Sus recuerdos mezclan el asombro por las enormes piedras con la indignación por la destrucción del monumento. Al cronista, como hoy a miles de turistas, le cuesta imaginar cómo se logró ese ensamblado perfecto de gigantescas piedras multiformes:

“Unas son cóncavas de un cabo y convexas de otro y sesgas de otro, unas con puntas a las esquinas y otras sin ellas; las cuales faltas o demasías no las procuraban quitar ni emparejar ni añadir, sino que el vacío y cóncavo de una peña grandísima lo henchían con el lleno y convexo de otra peña tan grande y mayor, si mayor la podían hallar” (pág. 144).

Tras atravesar las tres murallas de la fortaleza por las puertas de Tiupuncu, Acahuana puncu y Viracocha puncu se llegaba a lo más alto del edificio donde había tres torreones: Moyoc Marca –que era redondo y tenía “una fuente de mucha y muy buena agua, traída de lejos, por debajo de la tierra” (pág. 146)-; Paucar Marca y Sacllac Marca. Durante siglos se creyó que estos edificios eran un invento de Garcilaso hasta que en 1936, Luis Valcárcel desenterró los cimientos. Tal vez lo más impresionante del relato es confirmar que aún hay mucho por descubrir bajo tierra:

“En aquellos subterráneos mostraron grande artificio; estaban labrados con tantas calles y callejas, que cruzaban de una parte a otra con vueltas y revueltas, y tantas puertas, unas en contra de otras y todas de un tamaño que,  a poco trecho que entraban en el laberinto, perdían el tino y no acertaban a salir” (pág. 349).


El Inca Garcilaso de la Vega nos guía, desde hace casi cinco siglos, por el Cusco más puro y, a la vez, utópico. Así como millones de peruanos que hoy viven en el extranjero, expresó en sus obras un patriotismo exaltado donde el Perú es maravilloso e incluso se autonombró inca en Europa, una osadía para el siglo XVI. Viejo y lejos de su amada Cusco la recordó con el cariño entrañable que se merecen los paraísos perdidos y dejó un relato inolvidable que muchos agradecemos de corazón en los 400 años de su muerte.

*Todas las citas son de los volúmenes 1, 2, 3, 6 y 8 de los Comentarios Reales de los Incas, del Inca Garcilaso de la Vega
** Foto de obra compuesta por el maestro cusqueño Edwin Chávez

lunes, 4 de abril de 2016

EMPEZAMOS ABRIL... ¡Y A CELEBRAR EL MES DEL LIBRO!

Tienes muchas formas de celebrar con nosotros. Únete todo el mes con las actividades sugeridas con el hashtag #SoyLibro y asiste a las actividades programadas para la tarde del 23 de abril.  Hay más sorpresas, así que estén atentos.



1. Cuéntanos qué lees con el HT #SoyLibro + el HT con tu ciudad.
2. Si fueras un libro, qué libro serías. Menciónalo con el HT #SoyLibro.
3. Envíanos fotos con tu #shelfie o el libro que lees con el HT #SoyLibro.
4. Cuéntanos qué organizarás en tu barrio o ciudad: cuentacuentos, club de lectura, intercambio de libros y te uniremos a nuestra red de difusión. Escríbennos con el HT #SoyLibro

Puedes hacer cualquiera de estas actividades desde hoy hasta el 23 de abril.

Agenda de actividades del 23 de abril

14h00 Taller de ilustración para niños a partir de 7 años.  En Imágenes poéticas vamos a leer poesía y a pasarla al papel con lo que lo leído nos sugiera.  Es un taller para aprender a leer la poesía de vanguardia a través de las imágenes.

16h00  Juego escénico literario: los discursos de poder en Hamlet y El Rey Lear de Shakespeare.  En memoria del autor a sus 400 años de desaparición.  El homenaje consta de un análisis leído por un narrador y fragmentos interpretados por los actores Itzel Cuevas y Cristian Aguilera.

17h00 Lanzamiento del libro Condición crítica de Wilfrido H. Corral y Marcelo Báez.  Además de contar con la presencia de los autores, la docente Mónica Ojeda dirigirá la charla.

18h30 Borges: tango y lunfardo.  Una charla ofrecida por la crítica literaria Maricarmen Peré que será acompañada por la música en vivo de Nerio David.

20h00 Presentación del libro de fotografía La línea de sombra de Efrén Guerrero.  Lo acompaña Fernando Ampuero.

14h00 a 20h00 Intercambio de libros en la modalidad de Cita a ciegas.  Solo se reciben libros de literatura, es decir, poemarios, cuentarios o novelas.
14h00 a 20h00 Feria de libros viejos a cargo del grupo de jóvenes de Readers Ecuador.  Esta actividad la están realizando como grupo a nivel nacional.
14h00 a 20h00 Editatona de Wikipedia convocada por los Wikimedistas de Ecuador para editar "Mujeres de la literatura ecuatoriana".  Con el apoyo de Girls in Tech Ecuador.

Contacto: 
Adelaida Jaramillo
0980250253

Un mundo sin el Quijote y sin Hamlet


El 23 de abril es un día que enluta a la literatura universal porque mueren Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega.  Entonces, ¿por qué celebramos a los libros?  Porque hace 21 años que la UNESCO declaró a este día, como el día para recordar a estos tres autores, al libro y a los derechos de autor.  En abril deberíamos detenernos un momento para preguntarnos: por qué nos importan los libros.

Debo confesar que siempre he tenido una morbosa curiosidad con el escenario que propone Ray Bradbury en Fahrenheit 451, ese en el que los bomberos en lugar de apagar incendios queman libros.  ¿Qué tal si el 23 de abril, me pongo a quemar libros, o a borrarlos, o a desaparecerlos?  No sería la primera persona que lo hace.  Ya pasó en Bebelplatz en el régimen de Hitler, cuando se pensaba que algunos textos tenían contenidos que no debían ser leídos, o en Chile durante la dictadura de Pinochet.

¿Qué tal si hubiese tenido en esa época, el poder de encarcelar a Miguel de Cervantes o a William Shakespeare por sus creencias o sus textos, como hicieron con Liu Xiaobo en China, o como han hecho con un centenar de escritores turcos?  ¿Qué tal si por meter presos a estos dos autores, Don Quijote de la Mancha o Hamlet no llegaban a ver la luz de la imprenta?

Cervantes no estuvo una, sino varias veces en la cárcel y aún así tenemos al Quijote en nuestro imaginario literario, pero todas estas preguntas me hicieron pensar en el efecto mariposa, y sobre cómo sería el mundo sin éste visionario seco de carnes y enjuto de rostro, y sin poder cuestionarnos si ser o no ser, es o no es la cuestión.  Como soy una mujer saturada de preguntas, pero carente de respuestas, les planteé esta inquietud a personajes vinculados a las letras que resultarán más sabios e interesantes que yo.

“Para empezar, veamos el lado positivo. Sin el Quijote de Cervantes no tendríamos el Quijote de Montalvo, lo que convertiría a nuestro mundo en un mejor lugar para vivir. Sin el Hamlet de Shakespeare no tendríamos el Hamlet de Zeffirelli, con lo cual nos ahorraríamos la vergüenza ajena de ver a Mel Gibson intentando parecer un ser humano decente lleno de vida interior. Por el lado negativo: imaginar un mundo sin el Quijote y sin Hamlet es tan extraño como imaginar un mundo sin espejos ni encrucijadas; sin Borges ni The Matrix; sin Sebald y Auster; sin Batman ni Rorschach; sin la intuición de que la bondad humana también está hecha de miedos y de horrores. Sería como seguir creyendo que la tierra es esférica y descubrir de golpe que los planos somos nosotros”. -Gustavo Faverón, escritor, crítico literario y catedrático universitario peruano. (@gfaveron)

Un mundo sin Don Quijote padecería varias pobrezas:
1) Se habría perdido el símbolo más completo de la búsqueda de un mundo mejor: de aquel que lucha por ideales, por justicia, por los desvalidos.
2) No veríamos claro que cierta locura coincide con bondad, fidelidad a las ideas y amor por la lectura, que el mundo de la imaginación es tan válido como el de la realidad.
3) Careceríamos de un exquisito modelo del uso de la lengua española que pese a ser antiguo para nuestros días, tiene una flexibilidad inmortal.
- Cecilia Ansaldo, ensayista, crítica literaria, antóloga y catedrática universitaria ecuatoriana. (@ceciliaansaldo)

Probablemente si no hubiera existido Cervantes, la literatura española habría sido aún más seria, más solemne, más rígida, más sentenciosa, más segura de sí misma y por lo tanto mucho más aburrida. El Siglo de Oro habría tenido mucho más de oro y mucho menos de humano. El Quijote llegó para burlarse de todo lo serio y lo solemne, incluida la masculinidad, la guerra, el poder (e incluida la voz que narra, por supuesto). 

Shakespeare es en cambio una aparición sobrenatural que excede el tamaño y la linealidad de cualquier tradición literaria. Las mejores comedias, las mejores tragedias, los mejores diálogos, las descripciones más sutiles, la mayor profundidad psicológica, las mejores intrigas, un entendimiento de la naturaleza humana que siempre parece sobrehumano. Todo parece estar en la inmensa obra de ese escritor, cuya grandeza sin duda hizo más grandes a sus contemporáneos y abrió nuevas posibilidades narrativas para todos los que escribimos después.

"Los habríamos extrañado mucho, a Cervantes y a Shakespeare, si no hubieran existido. Tendríamos muchas menos herramientas para transcribir el mundo que vemos. Por eso debemos agradecerles cada día el haber escrito lo que escribieron."  - Antonio Úngar, escritor y arquitecto colombiano.

"Sin el "Quijote" no habría existido "Madame Bovary" y sin "Madame Bovary" no habría existido "Ana Karenina" y sin "Ana Karenina" yo no me habría enamorado.

Sin "Hamlet" no habría existido la obra de Edgar Allan Poe, sin Edgar Allan Poe no habría existido Chesterton, sin Chesterton no habría existido Borges y sin Borges yo no habría leído.

O sea que sin "Hamlet" y "El Quijote" yo estaría solo y encima aburrido." -Fernando Iwasaki, escritor, historiador, crítico literario y sobresaliente amigo.

Con los ojos del Quijote añado a la lista de Fernando, que sin Poe, Aurora Bernárdez y Julio Cortázar  probablemente no habrían tenido con qué comer en París y quizás, Rayuela no se hubiera escrito, y sin Rayuela qué seríamos de nosotras las Glendas, las Magas y las cronopias.

Creo que no preciso responder las preguntas existenciales que me planteaba al inicio del texto, porque me anteceden suficientes argumentos para ilustrar por qué gente como Fernando, Antonio, Cecilia, Gustavo y yo celebramos a los libros, pero sobre todo a Shakespeare y a Cervantes. 

Los invito a todos a celebrar un mes entero al libro proponiendo actividades, convirtiéndonos en promotores de algo que amamos, siendo gestores de nuestros propios eventos.

En abril yo #SoyLibro, y en el fondo, creo que todos lo somos.

¡Feliz día del libro a todos!

Adelaida Jaramillo
Directora de palabra.lab

lunes, 28 de marzo de 2016

La señora Dalloway en Bond street, un cuento de Virginia Woolf


La señora Dalloway dijo que iría ella misma a comprar los guantes.
El Big Ben daba las campanadas cuando salió a la calle. Eran las once, y la hora aún sin estrenar parecía fresca, como destinada a un grupo de niños en una playa. Pero había algo solemne en el ritmo deliberado de las campanadas; algo incitante en el murmullo de las ruedas y el arrastrar de las pisadas.
Sin duda, no todos hacían recados felices. Puede decirse mucho mas sobre cualquiera de nosotros, aparte de que vamos andando por las calles de Westminster. Incluso el Big Ben no sería mas que un montón de varillas de acero corroídas por el óxido, si no fuera por los cuidados del Ministerio de Obras Publicas. Sólo para la señora Dalloway era completo el momento; para ella junio era puro. Una infancia feliz; y no fueron solo las hijas de Justin Parry quienes lo consideraron un hombre bueno (aunque débil en la magistratura); flores al atardecer, el humo ascendiendo; el graznido de los grajos cada vez mas alto, cayendo, cayendo por el aire de octubre; no hay nada que pueda ocupar el lugar de la infancia. Una hoja de menta la trae de nuevo, o una taza con el borde azul.
Pobres infelices, suspiro, y siguió adelante. "¿Será posible? ¡Justo bajo el hocico del caballo! ¡Demonio de crío!" Y se quedó parada en la acera, extendiendo la mano mientras Jimmy Dawes se reía desde el otro lado.
Una mujer encantadora, elegante, vehemente; el pelo blanco en extraño contraste con las mejillas sonrosadas. Así la veía Scope Purvis, Caballero de la Orden del Baño, mientras apretaba el paso en dirección a su despacho. Se detuvo un momento hasta que paso la camioneta de Durtnall. El Big Ben dio la décima campanada; dio la undécima. Los círculos de plomo se diluían en el aire. El orgullo la mantenía erguida, heredera y transmisora de un legado, familiarizada con la disciplina y con el sufrimiento. Cuanto sufría la gente, cuanto sufría, se dijo, recordando a la señora Foxcroft en la Embajada la noche anterior, cubierta de joyas, el corazón destrozado porque aquel muchacho tan agradable había muerto y ahora la vieja Manor House (la camioneta de Durtnall pasó en ese momento) quedaría en manos de un primo suyo.
-¡Buenos días tenga usted! -saludó Hugh Whitbread, quitándose el sombrero con gesto teatral junto a la tienda de porcelana, porque se conocían desde niños-. ¿Adónde vas?
-Me encanta pasear por Londres -dijo la señora Dalloway-. Es mucho mejor que pasear por el campo.
-Nosotros acabamos de llegar -explicó Hugh Whitbread-. Por desgracia, de médicos.
-¿Milly? -preguntó la señora Dalloway compadeciéndose al punto.
-Está pachucha -dijo Hugh Whitbread-. Ya sabes. ¿Dick está bien?
-¡Estupendamente! -respondió Clarissa.
Claro, pensó, al seguir su camino, Milly es más o menos de mi edad... cincuenta... cincuenta y dos. Probablemente se trataba de eso; el modo en que Hugh lo había dicho no dejaba lugar a dudas... el querido Hugh, se dijo la señora Dalloway, recordando con cariño, con gratitud, con emoción, lo tímido, como un hermano -una preferiría morir antes que hablarle a su hermano-, que Hugh había sido siempre, cuando llegaba de Oxford y alguna de ellas (¡maldita sea!) no podía montar a caballo. ¿Cómo entonces iban a ocupar las mujeres escaños en el Parlamento? ¿Como podían hacer cosas con los hombres? Porque hay un instinto extraordinariamente profundo; algo que esta dentro de ti y de lo que no puedes librarte; de nada sirve intentarlo; y los hombres como Hugh lo respetan sin decir nada; por eso es adorable el querido Hugh.
Había pasado bajo el arco del Almirantazgo y, al final de la desierta avenida, con sus árboles delgados, asomaba el montículo blanco del monumento a la Reina Victoria, amplia, hogareña, maternal, tan ridículo, y sin embargo tan sublime, se dijo la señora Dalloway, recordando Kensington Gardens y a la anciana con gafas de concha y a la niñera que le ordenaba que se estuviera quieta y se inclinara ante la Reina. La bandera ondeaba en el palacio y eso significaba que los monarcas habían regresado. Dick había conocido a la Reina en un almuerzo... una mujer sumamente agradable. Significa tanto para los pobres, pensó Clarissa, y para los soldados. Sobre un pedestal se alzaba un hombre de bronce en actitud heroica, con un fusil en la mano izquierda... la guerra de Suráfrica. Significa mucho, pensó la señora Dalloway, mientras se encaminaba al Palacio de Buckingham. Allí estaba, rotundo, sencillo, sobrio, bajo la amplia luz del sol. Pero era el carácter, pensó, algo innato en la raza, lo que los indios respetaban. La Reina visitaba hospitales, inauguraba tómbolas benéficas. La Reina de Inglaterra, pensó Clarissa, contemplando el palacio. En ese momento salía un coche; los soldados saludaron; las puertas volvieron a cerrarse. Y Clarissa cruzó la avenida y entró en el parque, erguida.
Junio había llenado de brotes las hojas de los árboles. Las madres de Westminster amamantaban a sus pequeños. Muchachas muy respetables yacían tendidas en la hierba. Un anciano se agachó con dificultad para recoger un papel arrugado, lo alisó y lo tiró. ¡Qué terrible! La noche anterior, en la Embajada, Sir Dighton había dicho, “Si necesito que alguien me sujete el caballo no tengo más que levantar una mano”. Pero la cuestión religiosa es mucho más seria que la económica, había dicho también Sir Dighton, y a ella le pareció muy interesante, viniendo de un hombre como él. “Ah, el país nunca sabrá lo que ha perdido”, añadió, opinando sin que nadie le preguntara por el difunto Jack Stewart.
Subió la cuesta ágilmente. El viento soplaba con fuerza. Llegaban mensajes de la Flota al Almirantazgo. Piccadilly, Arlington Street y el Mall parecían rozar el aire del parque, produciendo brillantes remolinos de calor en las hojas de los árboles, con oleadas de esa divina vitalidad que tanto agradaba a Clarissa. Cabalgar; bailar; cuanto le habían gustado esas cosas. O dar largos paseos por el campo, hablando de libros, de qué hacer con la propia vida, porque la juventud es de lo más presuntuosa... ¡Ay; qué cosas había llegado a decir! Pero tenía sus convicciones. La madurez es diabólica. La gente como Jack nunca lo sabrá, se dijo; porque Jack no había pensado en la muerte ni una sola vez, ni supo, según decían, que se estaba muriendo. Y nunca llorará -¿cómo seguía?- a una cabeza gris... libre de la escoria del mundo... apuraron su copa una o dos rondas antes... ¡del contagio del estúpido mundo! Se mantenia erguida.
¡Pero cómo habría protestado Jack! ¡Citar a Shelley en Piccadilly! “Se te ha caído una horquilla”, habría dicho. Odiaba el desaliño. “¡Por Dios, Clarissa! ¡Por Dios, Clarissa!” Aun lo estaba oyendo en la fiesta de Devonshire House, junto a la pobre Sylvia Hunt, con su collar de ámbar y su ajado vestido de seda. Clarissa dio un respingo al advertir que había hablado en voz alta y que ya estaba en Piccadilly, pasando junto a la casa con esbeltas columnas verdes y balcones; pasando junto a los ventanales del club llenos de periódicos; pasando junto a la mansión de la anciana Lady Burdett-Coutt, donde había un loro blanco de porcelana; y junto a Devonshire House, sin sus leopardos dorados; y por el Claridge, donde debía acordarse de dejar, por encargo de Dick, una tarjeta para la señora Jepson antes de que se marchara. Los americanos ricos pueden ser gente muy agradable. Ahí estaba St. James Palace; como una construcción infantil; y ahora -ya había cruzado Bond Street- se encontraba junto a la librería Hatchard. El tráfico era incesante... incesante... incesante. Lores, Ascot, Hurlingham... ¿qué era eso? Qué encantadora muchacha, se dijo, contemplando la cubierta de un libro de memorias abierto en el escaparate; la habrá pintado Sir Joshua o Romney; maliciosa, vivaracha, recatada; tal como debía ser una muchacha, como su Elizabeth. Y vio también aquel libro absurdo, Soapy Spnge, que Jim citaba a todas horas; y los sonetos de Shakespeare. Se los sabía de memoria. Phil y ella se habían pasado el día hablando de la Dama Morena, y esa misma noche, en la cena, Dick dijo que nunca había oído hablar de ella. ¡Desde luego... para eso se había casado con él! ¡No había leído a Shakespeare! Tenía que encontrar algún librito barato para Milly... ¡ya está, Cmnford! ¿Había algo mas gracioso que esa vaca con enaguas? Si la gente tuviera el mismo humor, la misma dignidad, pensó Clarissa al recordar las amplias páginas, la cadencia de las frases, los personajes... el modo en que se hablaba de ellos, como si fueran reales. Para todas las cosas grandes hay que remontarse al pasado, pensó. Del contagio del estúpido mundo está seguro. No temas más el calor del sol... Y nunca llorará, y nunca llorará, repitió, la mirada perdida en el escaparate; porque lo tenía grabado en la mente; la prueba de la gran poesía; los autores modernos nunca habían escrito nada sobre la muerte digno de ser leído, pensó; y dio media vuelta.
Los tranvías se unían a los coches, los coches a las camionetas, las camionetas a los taxis, los taxis a los coches; había un descapotable con una muchacha en su interior, sola. Como si lo viera, se dijo Clarissa, no paró de bailar hasta las cuatro de la madrugada; porque la muchacha parecía como ausente, como adormilada en un rincón del coche después del baile. Llegó otro coche; y otro. ¡No! ¡No! ¡No! Clarissa sonrió amablemente. La mujer gorda se había esmerado con su atuendo, ¡pero brillantes! ¡orquídeas ¡a esa hora de la mañana! ;No! ;No! ;No! El guardia levantaría la mano llegado el momento. Pasó otro coche. ¡Qué desagradable! ¿Por qué se pintaba los ojos de negro una muchacha tan joven? Y ese muchacho con ella, a esa hora, cuando el país... E1 guardia levantó la mano y Clarissa reconoció la indicación, cruzó sin prisa, se encaminó hacia Bond Street; vio la calle estrecha y tortuosa, los carteles amarillos; los gruesos cables del telégrafo surcando el aire.
Cien años atrás su bisabuelo, Seymour Parry, el que se escapó con la hija de Conway, había paseado por Bond Street. Los Parry habían paseado por Bond Street durante todo un siglo, y quizá se hubieran encontrado allí con los Dalloway (Leigh por parte de madre). Su padre se vestía en Hill’s. Había una pieza de tela en el escaparate, y un jarrón sobre una mesa negra, increíblemente caro; como el salmón rosado sobre un bloque de hielo en la pescadería. Las joyas eran exquisitas... estrellas rosas y anaranjadas, imitaciones, españolas, pensó, y cadenas de oro viejo; hebillas relucientes, pequeños broches usados por damas con altos tocados sobre satén verdemar. ¡Basta de mirar! Hay que reducir gastos. Pasaría junto a la galería de arte donde se exhibía uno de esos cuadros franceses tan raros que parecían salpicados de confeti -rosas y azules-, como si se tratara de una broma.
Si hubieras vivido rodeada de cuadros (y lo mismo cabe decir de los libros y de la música), se dijo Clarissa, pasando por delante del Aeolian Hall, no te dejarías engañar por una broma.
Había un gran atasco en Bond Street. Allí, como una reina en un torneo, elevada, regia, se encontraba Lady Bexborough. Sentada en su carruaje, erguida, sola, mirando a través de las gafas. El guante blanco sin abotonar en la muñeca. Llevaba un traje negro muy usado, y sin embargo, pensó Clarissa, qué extraordinaria resultaba, elegante, digna, sin decir nunca una palabra de más ni tolerar chismorreos en su presencia; una amiga excelente; nadie había encontrado un solo defecto en ella después de tantos años, y ahora, ahí está, pensó Clarissa, dejando atrás a la condesa que aguardaba empolvada, perfectamente inmóvil, y Clarissa sintió que daría cualquier cosa por ser como ella, la señora de Clarefield, que hablaba de política como un hombre. Pero nunca va a ningún sitio, pensó Clarissa, es inútil invitarla, y el carruaje siguió su camino con Lady Bexborough sentada como una reina en un torneo, aunque no tenía una razón para vivir y su marido estaba enfermo y dicen que ella está harta de todo, pensó Clarissa, y cuando entró en la tienda los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Buenos días -saludó con su agradable voz-. Guantes -añadió con su exquisita amabilidad; y dejando el bolso sobre el mostrador empezó, muy despacio, a desabrochar los botones-. Guantes blancos. Por encima del codo. -Y miró de frente a la dependienta. ¿No era la misma joven que recordaba? Estaba muy envejecida-. Estos no me valen -dijo Clarissa. La dependienta los miró.
-¿Lleva pulseras la señora?
Clarissa estiró los dedos.
-A lo mejor son los anillos.
Y la dependienta se llevó los guantes grises al otro extremo del mostrador.
Sí, pensó Clarissa, sí es la misma joven, parece que se le han echado veinte años encima... Solo había otra clienta, sentada junto al mostrador, el codo apoyado, la mano desnuda, colgando, vacía; como la figura de un abanico japonés, pensó Clarissa; tal vez demasiado vacía, aunque algunos hombres la adorarían. La mujer sacudió la cabeza con pesar. Los guantes eran demasiado grandes. Se volvió hacia el espejo.
-Por encima de la muñeca -le indicó a la mujer del pelo gris; ésta miró y asintió.
Esperaron; se oía el tic-tac del reloj; se oía el bullicio de Bond Street, amortiguado, distante; la dependienta se llevó los guantes.
-Por encima de la muñeca -repitió la mujer en tono triste, levantando la voz. Y Clarissa pensó que necesitaba encargar sillas, helados, flores y billetes para el guardarropa. Iría la gente que no le gustaba; los que le gustaban no irían. Clarissa los recibiría en la puerta. Venden medias... medias de seda. A una mujer se la conoce por sus guantes y sus zapatos, decía el tío William. Y a través de las medias de seda que colgaban como trémula plata, miró a la mujer: los hombros caídos, la mano colgando, el bolso deslizándose, la mirada perdida en el suelo. ¡Sería intolerable que a su fiesta acudieran mujeres mal vestidas! ¿A quién le habría gustado Keats si llevara calcetines rojos? Ah, por fin... se acercó al mostrador y se le ocurrió decir:
-¿Se acuerda usted de unos guantes con botones de perlas que tenían antes de la guerra?
-¿Guantes franceses, señora?
-Sí, franceses —asintió Clarissa. La otra clienta se levantó con aire desolado, cogió el bolso y observó los guantes que había sobre el mostrador. Pero todos eran demasiado grandes... siempre demasiado holgados en la muñeca.
-Con botones de perlas -repitió la dependienta, que cada vez parecía mas vieja. Dobló los pliegos de papel de seda y los dejo a un lado. Con botones de perlas, pensó Clarissa, nada mas sencillo... ¡y tan franceses!
-La señora tiene unas manos tan finas -observó la dependienta, pasando suavemente el guante sobre los anillos. Y Clarissa contempló su brazo en el espejo. El guante apenas llegaba hasta el codo. ¿No los tenía unos centímetros mas largos? Pero no quería molestarla... quién sabe si no estaría precisamente en ese día del mes en el que estar de pie resulta un tormento, se dijo Clarissa-. No se moleste, por favor -dijo. Pero los guantes ya estaban allí.
-¿No se cansa -preguntó con su encantadora voz- de estar de pie? ¿Cuando se va de vacaciones?
-En septiembre, señora, cuando no hay tanto trabajo.
Cuando nosotros estamos en el campo, pensó Clarissa. O de caza. Pasa quince días en Brighton. En una pensión mal ventilada. La patrona escatima el azúcar. Nada mas fácil que enviarla a casa de la señora Lumley, en el campo (y a punto estuvo de decírselo). Pero entonces recordó que mientras estaban de luna de miel, Dick le había hecho ver lo desatinado que era ofrecerse de forma impulsiva. Era mucho mas importante, dijo él, establecer comercio con China. Naturalmente estaba en lo cierto. Además pensó que a la muchacha no le gustaría que le dieran nada. Allí estaba en su lugar. Como Dick. Lo suyo era vender guantes. Sus penas eran muy distintas “y ya no llorará, y ya no llorara», las palabras fluían en su mente. “Del contagio del estúpido mundo está seguro”, pensó Clarissa, manteniendo el brazo rígido, porque hay momentos en los que parece del todo fútil (al quitarle la dependienta el guante el brazo quedó cubierto de polvos de talco), en los que sencillamente uno deja de creer en Dios, pensó Clarissa.
El tráfico se volvió atronador; las medias de seda brillaron. Entró una clienta.
-Guantes blancos -dijo, con un deje en la voz que a Clarissa le resulto familiar.
Antes, pensó Clarissa, todo era tan sencillo. Por el aire llegaba el graznido de los grajos. Cuando Sylvia murió, hace cientos de años, los setos de tejo resultaban deliciosos con sus telarañas como diamantes en la neblina antes del primer servicio religioso. Y si Dick muriera mañana... en cuanto a creer en Dios... no, dejaría que sus hijos eligieran, pero ella, como Lady Bexborough, quien según dicen inauguró la tómbola benéfica con el telegrama en la mano. Roden, su favorito, muerto... ella seguiría su camino. ¿Por qué, si no creía? Por el bien de los demás, pensó, cogiendo el guante. La muchacha sería mucho más infeliz si no creyera.
-Treinta chelines -dijo la dependiente-. No, perdón señora; treinta y cinco. Los guantes franceses son mas caros.
Porque uno no vive solo para sí, pensó Clarissa.
Y entonces la otra clienta cogió un guante, lo estiró y lo rompió.
-¡Vaya! -exclamó.
-Un defecto de la piel -se apresuro a decir la mujer del pelo gris-. A veces cae una gota de ácido al teñirla. Pruébese este par, señora.
-¡Pero es una estafa pedir dos libras y diez chelines!

Clarissa miró a la clienta; la clienta miró a Clarissa.
-Los guantes ya no son tan buenos como antes de la guerra -dijo la dependienta a Clarissa, a modo de excusa. ¿Dónde había visto a aquella mujer? Mayor, con un cuello de volantes, un cordón negro en las gafas de oro, sensual, inteligente, como un dibujo de Sargent. ¿Se puede saber por la voz de una persona si está acostumbrada a mandar?
-Me está un poco justo -observó Clarissa. La dependienta desapareció de nuevo. Clarissa esperó. No temas más, repitió, tamborileando con los dedos sobre el mostrador. No temas más el calor del sol. No temas más, repitió. Tenía pecas en el brazo. La dependienta se movía a paso de tortuga. Tú que ya has cumplido tu tarea en el mundo. Miles de hombres jóvenes habían muerto para que las cosas pudieran continuar. ¡Por fin! Un centímetro por encima del codo; botones de perlas; cinco y cuarto.
Querida mía, pensó Clarissa, ¿crees que puedo pasarme la mañana aquí sentada? ¡Ahora tardarás veinticinco minutos en darme el cambio!
Hubo una violenta explosión en la calle. Las otras dos mujeres se agazaparon tras el mostrador, mientras Clarissa, muy erguida en su asiento, sonreía a la otra mujer y exclamaba:
-¡Señorita Anstruther!

Ilustración: Yelena Bryksenkova

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