jueves, 31 de mayo de 2018

Lecturas de teatro para espectadores: laboratorio de lectura expandida dirigido por Christian Guerrero

Foto: Juan Xavier Borja

Se integra a nuestra casa como instructor Christian Guerrero, quien se recibiera de diseñador y productor audiovisual en la ESPOL y actor en el ITAE. Christian es maestro interdisciplinar en Teatro y Artes Vivas por la Universidad Nacional de Colombia y estamos seguros de que el contenido del taller ha sido preparado con tanta minuciosidad que nos enriquecerá a todos los que participemos de este.

En los dos últimos años, la oferta de actividad teatral en Guayaquil ha crecido de manera modesta y progresiva: grupos con trayectoria y con investigación teatral de más de diez años se encuentran consolidando sus práctica y reflexiones, nuevos espacios comerciales han abierto sus puertas para ofrecer en su mayoría propuestas de teatro, al mismo tiempo que el estado ha inaugurado una universidad que oferta títulos profesionales en algunos campos del arte. Un grupo de espectadores ajenos al teatro se ha acercado de la mano de estrategias publicitarias emplazadas en el ecosistema virtual de las redes sociales, abriendo un nicho particular para algunas teatralidades en el mercado del entretenimiento local.

Quienes ofrecen teatro en estos espacios han volcado sus esfuerzos en la difusión y el reconocimiento de su actividad en términos de marca y espectáculo, y quienes acuden han incorporado estos contenidos como parte de la propuesta de entretenimiento de la ciudad. El formato de producción es el teatro de 15 minutos en espacios reducidos, junto a la carta de bebidas y piqueos, publicitando géneros y talentos. Debido a la atención mediática que recibe, se ha logrado transmitir cierta sensación de boom teatral emergente en Guayaquil, siendo esta no la única actividad teatral de la ciudad, pero si parte fundamental y efectiva de un ecosistema publicitario que responde a unas necesidades de oferta y consumo de productos que puedan ser vendidos con la mota de cultura y arte.

Este llamado boom ha dejado una deuda para con la práctica teatral: una preocupante despolitización de las teatralidades, desconocimiento histórico de las implicaciones éticas y sociales de la representación y por ende una ausente reflexión crítica que ponga en cuestionamiento la presencia, el cuerpo, los afectos, las disidencias, así como una crítica al uso del espacio y su relación con lo público y lo privado, por enunciar algunas consideraciones. La carencia de investigación teatral ha incidido en la repetición de estéticas y formas de producción espectaculares que se corresponden con el sistema mercantil capitalista que ha normado los comportamientos, las estructuras de poder y los afectos en las distintas corporalidades guayaquileñas.

Por otro lado, algunos creadores teatrales que no adhieren a estas estructuras de poder en la ciudad, han optado por la tradición latinoamericana de la creación colectiva, que resiste frente a la misma jerarquía de la producción teatral apostando por una dramaturgia de los actores y las actrices, en una investigación teatral comprometida con la crítica a los discursos imperantes mediante una reflexión de la práctica escénica que deviene en estéticas particulares y reconocibles en sus puestas en escena. Denostadas las estrategias de mercado como postura política, estas teatralidades requieren otras formas de relación y encuentro con sus posibles espectadores; demandando de ellxs otras formas de relación que no estén atravesadas por el mercado, pero que apuestan por la comunicación directa con un público por medio de las redes sociales.

Dicho esto ¿cuál es el papel del espectador dentro estas estructuras de mercado y reflexiones de la práctica escénica? ¿cómo asumir la iniciación en estos cuestionamientos y al mismo tiempo atreverse a incidir en su transformación?

Este taller de Lecturas de teatro para espectadores pretende localizarse en el foco de quien se pone en situación de espectar, con especial atención a la inexistencia de tal verbo. Es decir, el acto de las y los espectadores, aquel de asistir, concurrir, presenciar, observar, contemplar, percibir, experimentar; si acaso es algo que ocurre de manera fluida sin localizarse definitivamente en una sola acción, es algo que debe ser pensado y reflexionado en términos de acción e incidencia. Es un acto creativo, es una acción por crear. Si decimos que las y los espectadores son parte activa del proceso de construcción de la obra en sus dimensiones sensoriales, estéticas, reflexivas y políticas; podemos decir que el acto de espectar se hace posible cuando un cuerpo en capacidad de afectarse, genera múltiples sensaciones y pensamientos que se relacionan entre sí de manera inaudita; sinapsis de imágenes, palabras, sonidos, bosques cuerpos alterados extremidades conexiones contingentes efímeros firmementesutiles emergentes.

El espectador siente, piensa, experimenta el despliegue de estos estímulos, pero para fijarlos, transformarlos, reproducirlos, comentarlos, reflexionarlos, compararlos; necesitará iniciarse en la lectura desde sus propios contextos, es decir: deel cuerpo y los estímulos. Es una apuesta por una lectura sensorial y sensible, creativa y crítica, divertida y diversa. Una lectura que interrumpa el normal funcionamiento de los sistemas, una consideración intempestiva.


Objetivos Generales
Expandir los límites de la lectura hacia otras posibilidades activas de leer, interpretar, experimentar y percibir.
Desestabilizar la noción imperante de lectura como práctica silenciosa, privada e intelectual

Objetivos Específicos
Introducir nociones elementales acerca teatro, performance, escritura dramática y contemporánea.
Explorar las dimensiones performativas y escénicas de textos provenientes tanto de la dramaturgia como de la literatura, la poesía, la música y la filosofía.
Indagar en la ampliación de las nociones de Lectura, Texto y Voz.
Explorar de manera lúdica las particularidades y subjetividades de lxs cuerpx lectores de los talleristxs
Propiciar diálogos y encuentros desde la diversidad disciplinar de lxs talleristxs.
Posibilitar la lectura en voz alta como un juego escénico.
Reflexionar sobre las dimensiones corporales, escénicas y políticas de la lectura.
Reflexionar sobre la lectura como acto creador de pensamiento desde sus dimensiones éticas, políticas y estéticas.
Convocar a la lectura de múltiples voces para activar espacios y tiempos colectivos, colaborativos y afectivos.
Indagar en nociones como la apropiación, reutilización, resignificación, copia y repetición.

Las temporadas o temporalidades estarán organizadas por un tema en específico sobre el cuál leeremos y reflexionaremos, y estarán conformadas por cuatro actos de cuatro sesiones.

Temporada 1
Extrañamiento & diacronía


Acto 1 (cuatro sesiones)
Federico García Lorca / Emilio García Wehbi



















Acto 2 (cuatro sesiones)
William Shakespeare / Aime Cesaire



















Acto 3 (cuatro sesiones)
Esquilo / Samuel Beckett


Lectura transversales
Pasolini, Pier Paolo.
Badiou, Alain.
Ranciere, Jacques.

Imparte: Christian Guerrero, Msc.
Fechas del Acto 1:  18, 25 de junio, 2 y 9 de julio
Horario: 19h30 a 21h30
Costo: $80
Información: ade@palabralab.com

martes, 2 de enero de 2018

TALLERES LITERARIOS con María Fernanda Ampuero

El taller en las palabras de María Fernanda: 

"Imagínense un mundo en el que sólo unas pocas mujeres pueden parir. Imagínense un mundo en el que todos piensan que han sido castigados por ser inmorales y libertinos. Imagínense un mundo dirigido únicamente por los hombres. Imagínense de verdad lo que es sentir miedo. Ahora dejen de imaginar: leamos El Cuento de la criada, un clásico contemporáneo y el libro más importante del 2017."

En este taller literario dirigido por la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero se propone trabajar los temas que atraviesan esta novela que ha reaparecido en un momento clave para la visibilización de las discusiones alrededor de la identidad de género.

Inicio: 18, 23 y 29 de enero
Duración: 3 sesiones de 19h00 a 21h30
Lugar: Samborondón Office Center
Costo: $150
Registro: ade@palabralab.com


Segunda edición de este taller en que la lectura alimenta el proceso de escritura y en el que el trabajo colectivo alimenta la creatividad y la autocrítica. 

"Uno puede leer un texto, un cuento y pensar que estuvo bueno, pero al analizar cada párrafo, leer entre líneas e interpretar lo que quiso expresar el autor, lo vuelve mucho más interesante, y en el taller de María Fernanda aprendimos a leer de esa manera y, a la vez, nos ayudó a mejorar nuestros propios textos. 


Sin duda un taller muy recomendado para cualquier que le guste la lectura y escritura".

Samir Issa, participante del taller.


Inicio: 17 de enero
Duración: 5 sesiones de 18h30 a 21h30
Lugar: Palabralab Ceibos, avenida Segunda #236 entre las calles 12 y 13
Costo: $200
Registro: ade@palabralab.com

Reto de lectura de Palabralab: #Lee2018

¡Bienvenidos a un nuevo reto de lectura!


Esta es la tercera edición del reto de lectura anual de Palabralab: #Lee2018. Hace tres años empezamos con una encuesta en redes sociales que proponía escoger los temas o, tipos de libros que leerían en 2016. El siguiente año propusimos un reto de geoliteratura y diseñamos un pasaporte para que viajen por el mundo con autores de diferentes países.

Este año avanzamos un paso más allá, porque una de las dificultades más importantes son los títulos de los libros a leer, entonces para apoyarlos a cumplir el reto #Lee2018, creamos un grupo en Goodreads para alimentarlo con recomendaciones de lectura, moderadas por Adelaida Jaramillo, directora de Palabralab, y Otto Zambrano, editor y escritor, para alimentarlo con recomendaciones de lectura, que, a su vez, leerá sus recomendaciones y reseñas como parte del ejercicio de devolver el poder a los lectores.

¿Cuáles son los desafíos del reto #Lee2018?

Son veinticuatro y comprenden leer:

  1. Un libro publicado en tu año de nacimiento.
  2. Un libro basado en hechos reales.
  3. Uno de los libros favoritos de uno de tus escritores favoritos.
  4. Un libro cuya trama suceda en tu país de nacimiento.
  5. Un libro de un género que nunca hayas leído.
  6. Un libro publicado después de la muerte de su autor.
  7. Un libro del club de lectura de Palabralab.
  8. Un libro de una autora escrito originalmente en español.
  9. Un clásico de literatura infantil.
  10. Una novela corta (menos de 150 páginas).
  11. Un libro de un premio Nobel de Literatura.
  12. Una novela con una protagonista mujer.
  13. Un libro que dejaste a medias.
  14. Una novela gráfica.
  15. Un libro del que puedas ver la película.
  16. Un libro de ensayos.
  17. Una novela negra escrita por un autor hispanoamericano.
  18. Un libro de un autor el posterior al boom.
  19. Un libro de un autor eslavo.
  20. Una obra de teatro.
  21. Un libro de autoficción o memoria.
  22. Un libro de cuentos.
  23. Un libro de poesía contemporánea.
  24. Un libro cuyo autor sea de un país del que no hayas leído a ningún otro.


Los desafíos se pueden leer en desorden y si necesitas una recomendación, o confirmar si el libro que lees califica para el reto, puedes iniciar una conversación con el número que le corresponde, por ejemplo: Desafío #12: Una novela con una protagonista mujer. También puedes utilizar el hashtag #Lee2018 para compartir tus lecturas y recomendaciones y leer las de otros participantes.


¿Te animas a realizar el reto de este año? 

Con nuestra ayuda, puedes llegar a leer estas categorías hechas para apasionarte por la lectura y, si eso no es suficiente, como incentivo para quienes terminen el reto hasta el 31 de diciembre recibirán un descuento de 10 % en las compras de libros de nuestra microlibrería y en todas las actividades realizadas por Palabralab en el año 2019, sin excepción.

Para comprobar que el reto se cumplió deben estar registradas las 24 lecturas en Goodreads, compartirnos las reseñas y la lista con los títulos por categoría a nuestro correo: ade@palabralab.com

Si son lectores que van más lento, pueden unirse al reto por el mero hecho de recuperar el hábito o, por encontrar sugerencias de nuevos libros o, por incentivos que develaremos en los próximos meses para los que no puedan cumplir el reto al 100%.


¡Que tengas muchas e inolvidables lecturas en 2018, que superes estos retos y los tuyos, y la palabra sea la línea que lees en tu mapa de destinos!


¡A leer!



Adelaida y Otto

viernes, 15 de diciembre de 2017

Subrayadas 4: Especial de Navidad

CUENTO DE LA CÁPSULA LITERARIA
Primer cuento subrayado: Un recuerdo navideño de Truman Capote.

CUENTO DE LITERATURA INFANTIL
Segundo cuento: El expreso polar de Chris Van Allsburg
Tercer cuento: La cerillera de Hans Christian Andersen

CANCIONES
Primera canción: Fairytale in New York de The Pogues
Segunda canción: Canción de navidad de Silvio Rodríguez
Tercera canción: Canción de navidad de Serrat y Sabina
Cuarta canción: Oi to the world de No Doubt

CUENTO DEL CLUB DE LECTURA VIRTUAL

El cuento de navidad de Auggie Wren 
Paul Auster 

Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó. 

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más. 

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle. 

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una. 

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo: 

—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio. 

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie. 

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare. 

—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos. 

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo. 

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla. 

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo? 

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. 

No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

 —¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad. 

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia. 

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

 “Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo? 

Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente. 

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin. 

“—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. 

“Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega. 

“—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad. 

“Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme. 

“Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca. 

“—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad. 

“No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella. 

“No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente. 

“Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos. 

“—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien. 

“Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello. 

“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar. 

“No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia. 

—¿Volviste alguna vez? —le pregunté. 

—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella. 

—Probablemente había muerto. 

—Sí, probablemente. 

—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo. 

—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo. 

—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella. 

—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra. 

—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario. 

—Todo por el arte, ¿eh, Paul? 

—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara. 

—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no? 

—Sí —dije—. Supongo que sí. 

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad. 

—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme. 

—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres? 

—Supongo que estoy en deuda contigo. 

—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada. 

—Excepto el almuerzo. 

—Eso es. Excepto el almuerzo. 

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta. 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Subrayadas 3: La idealización de la madre

TERCER PROGRAMA DE SUBRAYADAS

Invitada: Susi Hidalgo


Primera novela subrayada: Canción dulce de Leila Slimani
Segunda novela subrayada: También esto pasará de Milena Tusquets
Tercera novela subrayada: Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff

Cuento del Club de Lectura:
Orejas de oso de Carolina Vegas

Primera canción: Bohemian rapshody de Queen
Segunda canción: Soneto a mamá de Joan Manuel Serrat
Tercera canción: Thinking of you de Lenny Kravitz


viernes, 10 de noviembre de 2017

Pase libre a las actividades de Palabralab en el 2018

Les tenemos una propuesta de escritura y premiaremos a un ganador con un pase libre para todas las actividades que se organicen en el 2018 y sean producidas por el staff fijo de Palabralab (club de lectura, talleres de escritura creativa, cursos literarios) más la opción de escoger un taller dictado por nuestros instructores invitados.

¿Dónde firman?

Pues tienen que hacer una sola cosa: desempolvar sus habilidades de 'storytellers' y trasladar a ficción, en un máximo de 400 palabras, su experiencia en Palabralab.  


¿Cómo empiezan?

Un buen 'storyteller' recuerda una experiencia y la convierte en emoción y a partir de esa emoción cuenta oralmente o por escrito.  Todas las historias que emocionan son inolvidables y son esas historias las que estamos cazando. Este es un ejercicio de ficción que toma una anécdota real como detonante de la escritura.

¿Se atreven a escribir una historia?

Si se atreven, la envían por correo a ade@palabralab.com hasta el jueves 30 de noviembre. La extensión máxima es de 400 palabras. Pueden participar con más de una historia. Hay un solo ganador y el premio es personal e intransferible.  Los relatos finalistas serán subidos en una publicación digital ilustrada, previa autorización de los escritores. El pase libre sirve para asistir, sin pagar, a todas las actividades de Palabralab realizadas por instructores locales, excluye a los instructores ecuatorianos que viven en el extranjero o, escritores internacionales que dicten talleres; sin embargo, pueden escoger uno de todos los que dictarán este último grupo de instructores y tomarlo sin costo.

¡Buena suerte, palabristas!

jueves, 26 de octubre de 2017

Subrayadas 1: El horror en la literatura

Programa 1: El terror en la literatura
Primer cuento subrayado: La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe
Segundo cuento subrayado: La lotería de Shirley Jackson
Primera canción: El fantasma de Canterville de Charly García
Segunda canción: Eyes without a face de Billy Idol
Tercera canción: Killing strangers de Marilyn Manson







SUBASTA
por: María Fernanda Ampuero

En algún lado hay gallos.

Aquí, de rodillas, con la cabeza gacha y cubierta con un trapo inmundo, me concentro en escuchar a los gallos, cuántos son, si están en jaula o en corral. Papá era gallero y, como no tenía con quién dejarme, me llevaba a las peleas. Las primeras veces lloraba al ver al gallito desbaratado sobre la arena y él se reía y me decía mujercita.

Por la noche, gallos gigantes, vampiros, devoraban mis tripas, gritaba y él venía a mi cama y me volvía a decir mujercita.

–Ya, no seas tan mujercita. Son gallos, carajo.

Después ya no lloraba al ver las tripas calientes del gallo perdedor mezclándose con el polvo. Yo era quien recogía esa bola de plumas y vísceras y la llevaba al contenedor de la basura. Yo les decía: adiós gallito, sé feliz en el cielo donde hay miles de gusanos y campo y maíz y familias que aman a los gallitos. De camino, siempre algún señor gallero me daba un caramelo o una moneda por tocarme o besarme o tocarlo y besarlo. Tenía miedo de que si se lo decía a papá, volvería a llamarme mujercita.

–Ya, no seas tan mujercita. Son galleros, carajo.

Una noche, a un gallo le explotó la barriga mientras lo llevaba en mis brazos como a una muñeca y descubrí que a esos señores tan machos que gritaban y azuzaban para que un gallo abriera en canal a otro, les daba asco la caca y la sangre y las vísceras del gallo muerto. Así que me llenaba las manos, las rodillas y la cara con esa mezcla y ya no me jodían con besos ni pendejadas.

Le decían a mi papá:

–Tu hija es una monstrua.

Y él respondía que más monstruos eran ellos y después les chocaba los vasitos de licor.

–Más monstruo, vos. Salud.      

El olor dentro de una gallera es asqueroso. A veces me quedaba dormida en una esquina, debajo de las graderías y despertaba con algún hombre de esos mirándome la ropa interior por debajo del uniforme del colegio, por eso antes de quedarme dormida me metía la cabeza de un gallo en medio de las piernas. Una o muchas. Un cinturón de cabezas de gallitos. Levantar una falda y encontrarse cabecitas arrancadas tampoco gusta a los machos.

A veces, papá me despertaba para que tirara a la basura otro gallo despanzurrado. A veces, iba él mismo y los amigos le decían que para qué mierda tenía a la muchacha, que si era un maricón. Él se iba con el gallo descuajaringado chorreando sangre. Desde la puerta les tiraba un beso. Los amigos se reían.   

Sé que aquí, en algún lado, hay gallos porque reconocería ese olor a miles de kilómetros. El olor de mi vida, el olor de mi padre. Huele a sangre, a hombre, a caca, a licor barato, a sudor agrio y a grasa industrial. No hay que ser muy inteligente para saber que este es un sitio clandestino, un lugar refundido quién sabe dónde, y que estoy muy pero que muy jodida.

Habla un hombre. Tendrá unos cuarenta. Lo imagino gordo, calvo y sucio, con camiseta blanca sin mangas, short y chancletas plásticas, le imagino las uñas del meñique y del pulgar largas. Habla en plural. Aquí hay alguien más que yo. Aquí hay más gente de rodillas, con la cabeza gacha, cubierta por esta asquerosa tela oscura.  

–A ver, nos vamos tranquilizando, que al primer hijueputa que haga un solo ruido le meto un tiro en la cabeza. Si todos colaboramos, todos salimos de esta noche enteros.

Siento su panza contra mi cabeza y luego el cañón de la pistola. No, no bromea.
Una chica llora unos metros a mi derecha. Supongo que no ha soportado sentir la pistola en la sien. Se escucha una bofetada.

–A ver reina, aquí no me llora nadie, ¿me oyó? ¿O ya está apurada por irse a saludar a diosito?
Luego el gordo de la pistola se aleja un poco. Ha ido a hablar por teléfono. Dice un número: seis, seis malparidos. Dice también muy buena selección, buenísima, la mejor en meses. Recomienda no perdérsela. Hace una llamada tras otra. Se olvida, por un rato, de nosotros. 

A mi lado escucho una tos ahogada por la tela, una tos de hombre.

–He escuchado de esto –dice él, muy bajito. Pensé que era mentira, leyenda. Se llaman subastas. Los taxistas eligen pasajeros que creen que pueden servir para que den buena plata por ellos y para eso los secuestran. Luego los compradores vienen y pujan por sus preferidos o preferidas. Se los llevan. Se quedan con sus cosas, los obligan a robar, a abrirles sus casas, a darles sus números de tarjeta de crédito. Y a las mujeres. A las mujeres.

–¿Qué? –le digo.

Se queda callado.

Lo primero que pensé cuando me subí al taxi esa noche fue por fin. Apoyé mi cabeza en el asiento y cerré los ojos. Había bebido unas cuantas copas y estaba tristísima. En el bar estaba el hombre por el que tenía que fingir amistad. A él y a su mujer. Siempre finjo, soy buena fingiendo. Pero cuando me subí al taxi exhalé y me dije qué alivio: voy a casa, a llorar a gritos. Creo que me quedé dormida un momento y, de repente, al abrir los ojos, estaba en una ciudad desconocida. Un polígono. Vacío. Oscuridad. La alerta que hace hervir el cerebro: se te acaba de joder la vida.

El taxista sacó una pistola, me miró a los ojos, dijo con una amabilidad ridícula:  

–Llegamos, señorita.

Lo que siguió fue rápido. Alguien abrió la puerta antes de que yo pudiera poner el seguro, me echó el trapo sobre la cabeza, me ató las manos y me metió en esa especie de garaje con olor a gallera podrida y me obligó arrodillarme en una esquina.

Se escuchan conversaciones. El gordo y alguien más y luego otro y otro. Llega gente. Se escuchan risas y destapar cervezas. Empieza a oler a maría y alguna otra de esas mierdas con olor picante. El hombre que está a mi lado hace rato que ya no me dice que esté tranquila. Se lo debe estar diciendo a sí mismo.

Mencionó antes que tenía un bebé de ocho meses y un niño de tres. Estará pensando en ellos. Y en estos tipos drogados entrando en la urbanización privada en la que vive. Sí, está pensando en eso. En él saludando al guardia de seguridad como todas las noches desde que su carro está en el taller, mientras esas bestias van atrás, agachados. Él los va a meter en su casa donde está su hermosa mujer, su bebé de ocho meses y su niño de tres. Él los va a meter a su casa.  

Y no hay nada que pueda hacer al respecto.

Más allá, a la derecha, se escuchan murmullos, una chica que llora, no sé si la misma que ha llorado antes. El gordo dispara y todos nos tiramos al suelo como podemos. No nos ha disparado, ha disparado. Da igual, el terror nos ha cortado en dos mitades. Se escucha la risa del gordo y sus compañeros. Se acercan, nos mueven al centro de la sala. 

–Bueno, señores, señoras, queda abierta la subasta de esta noche. Bien bonitos, bien portaditos, se me van a poner aquí. Más acá, mi reina. Eeeso. Sin miedo, mami, que no muerdo. Así me gusta. Para que estos caballeros elijan a cuál de ustedes se van a llevar. Las reglas, caballeros, las de siempre: más plata se lleva la mejor prenda. Las armas me las dejan por aquí mientras dure la subasta, yo se las guardo. Gracias. Encantado, como siempre, de recibirlos.

El gordo nos va presentando como si dirigiera el programa de televisión más repugnante del mundo. No podemos verlos, pero sabemos que hay ladrones mirándonos, eligiéndonos. Y violadores. Seguro hay violadores. Y asesinos. Tal vez hay asesinos. O algo peor.

–Daaaaaaamas y caballeeeeeeros. 

Al gordo no le gustan los que lloriquean ni los que dicen que tienen niños ni los que gritan a la desesperada no sabes con quién te estás metiendo. No. Menos le gustan los que amenazan con que se va a pudrir en la cárcel. Todos esos, mujeres y hombres, ya han recibido puñetazos en la barriga. He escuchado gente caer al suelo sin aire. Yo me concentro en los gallos. Tal vez no hay ninguno. Pero yo los escucho.

–Este señor, ¿cómo se llama nuestro primer participante? ¿Cómo? Hable fuerte, amigo. Ricardoooooo, bienvenidooooo, lleva un reloj de marca y unos zapatos Adidas de los bueeeenos. Ricardooooo ha de tener plaaaaaaaataaaaaaa. A ver la cartera de Ricardo. Tarjetas de crédito, ohhhhhh Visa Goooooold de Messi.

El gordo hace chistes malos.

Empiezan a pujar por Ricardo. Uno ofrece trescientos, otro ochocientos. El gordo añade que Ricardo vive en una urbanización privada en las afueras de la ciudad: Vistas del Río.

–Allá donde no podemos ni asomarnos los pobres. Allá vive el amigo Riqui. ¿Si le puedo decir Riqui, no? Como Riqui Ricón.

Una voz aterradora dice cinco mil. La voz aterradora se lleva a Ricardo. Los otros aplauden.  

–¡Adjudicadooooooo al caballero de bigote por cinco mil!

A Nancy, una chica que habla con un hilito de voz, el gordo la toca. Lo sé porque dice miren que tetas, qué ricas, qué paraditas, qué pezoncitos y se sorbe la baba y esas cosas no se dicen sin tocar y, además, qué le impide tocar, quién. Nancy suena joven. Veintipocos. Podría ser enfermera o educadora. A Nancy el gordo la desnuda. Escuchamos que abre su cinturón y que abre los botones y que le arranca la ropa interior, aunque ella dice por favor tantas veces y con tanto miedo que todos mojamos nuestros trapos inmundos con las lágrimas. Miren este culito. Ay, qué cosita. El gordo sorbe a Nancy. Se escuchan lengüeteos. Los hombres azuzan, aplauden. Luego el embestir de carne contra carne. Y los aullidos. Los aullidos.   

–Caballeros, esto no es por vicio. Es control de calidad. Le doy un diez. Ahí la limpian bien bonito y una delicia nuestra amiga Nancy.     

Debe ser hermosa porque ofrecen, de inmediato, dos mil, tres, tres quinientos. Venden a Nancy en tres quinientos. El sexo es más barato que la plata.  

–Y el afortunado que se lleva este culitooooo ricoooo es el caballero del anillo de oro y el crucifijooooo.

Nos van vendiendo uno a uno. Al chico que estaba a mi lado, al del bebé de ocho meses y el niño de tres, el gordo ha logrado sacarle toda la información posible y ahora es un pez gordísimo para la subasta: plata en diferentes cuentas, alto ejecutivo, hijo de un empresario, obras de arte, hijos, mujer. El tipo es la lotería. Seguramente lo secuestrarán y pedirán un rescate. La puja empieza en cinco mil. Sube hasta diez, quince mil. Se para en veinte. Alguien con quien nadie se quiere meter ha ofrecido los veinte. Una voz nueva. Ha venido sólo para esto. No estaba para perder tiempo en pendejadas.

El gordo no hace ningún comentario.

Cuando me toca a mí, recuerdo lo de los gallos. Cierro los ojos y abro mis esfínteres. Es lo más importante que haré en mi vida, así que lo haré bien. Me baño las piernas, los pies, el suelo. Estoy en el centro de una sala, rodeada por delincuentes, exhibida ante ellos como una res y como una res vacío mi vientre. Como puedo, froto una pierna contra la otra, adopto la posición de un muñeca destripada. Grito como una loca. Agito la cabeza, mascullo obscenidades, palabras inventadas, las cosas que les decía a los gallos del cielo con maíz y gusanos infinitos. Sé que está a punto de dispararme.

En cambio, el gordo me revienta la boca de un manazo, me parto la lengua de un mordisco. La sangre empieza a caer por mi pecho, a bajar por mi estómago, a mezclarse con la mierda y la orina. Empiezo a reír, enajenada, a reír, a reír, a reír.

El gordo no sabe qué hacer.

–¿Cuánto dan por este monstruo?

Nadie quiere dar nada.

El gordo ofrece mi reloj, mi teléfono, mi cartera. Todo es barato. Me coge las tetas para ver si la cosa se anima y chillo.

–¿Quince, veinte? 

Pero nada, nadie.  

Me tiran a un patio. Me bañan con una manguera de lavar carros y luego, mojada, me suben a un carro que me deja, descalza, aturdida, en la Vía Perimetral. 



***



María Fernanda Ampuero
María Fernanda Ampuero es escritora, nació en Guayaquil, Ecuador en 1976 y estudió literatura. Escribe narrativa de ficción y de no ficción. Ha sido publicada en Internazionale (Italia), Samuel (Brasil), Piauí (Brasil), Quimera (España), Frontera D (España), Anfibia (Argentina), Gatopardo (México), Soho (Colombia/Ecuador) y Mundo Diners (Ecuador). Ha publicado dos libros, Lo que aprendí en la peluquería y Permiso de residencia. En 2015 ganó el premio Hijos de Mary Shelly con su cuento ¿Quién dicen los hombres que soy yo?. Edita la sección de cuento del suplemento cultural del diario español ABC y dicta clases en el Máster de Periodismo ABC-Complutense. Forma parte de varias antologías de relato y de periodismo literario. En 2012 fue elegida como uno de los 100 latinos más influyentes de España, país en el que vive desde 2005.


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