martes, 28 de junio de 2016

Clara, un cuento de Andrés León

A partir de un ejercicio de intertextos del primer nivel de nuestro taller de escritura creativa, Andrés Emilio León, valiéndose de Rodrigo Fresán, Alberto Chimal y Miguel Antonio Chávez, escribió este cuento, obteniendo un muy bien logrado juego lingüístico.  El mérito siempre es del tallerista, en este espacio solo damos las herramientas y los empujamos a escribir.

Clara

Lo dije varias veces: lo más parecido que conozco a mi patria es mi biblioteca. Mi patria es incómoda de transportar pero, al menos, es una patria que se mueve. Mi patria es una patria solidaria y, si no fuera por amor a mi patria, juro que no estaría aquí, cargándola.

Mi biblioteca se mueve itinerante, conforme a la agenda emocional que estructura mi vida. Pero de la misma manera, organizo mi patria, encargándome de conseguir nuevos libros, catalogarlos y clasificarlos, además de desarrollar colecciones y definir alianzas que permitan ampliar nuestras colonias literarias.

En parte, gracias a lo mencionado, fue que me acerqué a Clara. Desde el inicio todo fue sexual. Literal. Hablábamos poco y luego, hacíamos el amor entre los libros y me aprisionaba contra mi biblioteca para estamparme un beso como quien resume todo en una ficha nemotécnica. Así, siempre. Al inicio, claro, al inicio, interrumpíamos la lectura para arrancarnos la ropa, y si bien es cierto que ella se distraía leyendo mi estampado, siempre llegaba al orgasmo gimiendo el nombre del protagonista de la novela de turno.

Luego, claro, luego de un tiempo, nos pasábamos los separadores de páginas por el cuerpo, nos estimulábamos y levantábamos la cama para hacer el amor entre la patria y el colchón, verticales, aprisionados y serenos, como por lo general se ven los libros. “Estás hermoso”, me decía ella a pesar de mis kilos de más y admiraba mis rollitos de papel que se me notaban en la portada. Todo libro gordo tiene su encanto, digo, ¿no?

7 meses después, claro, casi al final, teníamos la intención de comenzar a escribir donde fuera posible. No lográbamos parar, no queríamos y tirábamos mientras escribíamos sobre nosotros mismos. En resumen, tirábamos palabras que se estiraban y transpiraban para inventar nuevos cuentos. Luego, obviamente, luego, ella me preguntaba si era mi amante favorita, y yo la evitaba, yo no miraba y hacía todo lo posible para no tener que responder. Ella improvisaba cosas increíbles mientras se tocaba las comas y corchetes, pero yo seguía escribiendo y lo hacía utilizando las palabras que más me gustaban, palabras largas, como ciertos apellidos rusos o alemanes; palabras largas, como mi lengua entre sus paréntesis, en fin.

Sin embargo, ante tanta insistencia, en un momento intimo entre signos de admiración y arrobas, dejé pasar un momento, mientras seguía escribiendo las letras. Iba a responder cuando yo lo deseara, no antes.

Cuando por fin me decidí a hablar, dije:

–Cuando uno acaba un libro, queda una sensación amarga, vacía, porque sabes que nunca será igual, porque tienes claro que esa historia no podrá seguir, porque ninguna historia eterna, logra ser brutal, porque nos aburrimos con facilidad, porque lo realmente importante, nunca estará claro. Por eso a veces, lo mejor es no acabar. Hay que leer sin pausa, pero nunca, nunca, terminar.

Clara me observaba desnuda y alborotada, Clara, me observaba, claro, con las piernas abiertas. Me miraba y se sentía más que nunca como si fuera una letra, o más bien, prefiero recapitular: Clara era una letra, alargada pero bien distribuida; una letra hermosa, poco usada, eso sí, pero hermosa; y mientras hacíamos el amor, poco a poco se iba consolidando como letra, y se volvía consistente, firme y compacta.

En parte, por eso, esta relación llegó a su fin. Bueno por eso y, claro, otros detalles de letra pequeña que uno nunca lee. Detalles, dice uno. Sin embargo, cuando eyó un estudio que contabiizaba que de cada cien mi paabras en un texto escrito, a “ee” soo estaba en ocho mi, en contraste etras como a “a” (veintidós mi), a “ere” (once mi) o a “ese” (once mi quinientos), se puso furiosa: se sintió caramente segregada, y recamó que hasta as décimo segundas etras de afabeto tienen dignidad. Fue inúti y mandó todo a carajo; y desde entonces todas as imprentas, diccionarios y computadoras se quedaron si a etra ee.

Cuando Cara se fue, se evó gran parte de mí. Suena horribe, o sé. Pero así mismo fue.  Cara se fue, caro, no sin antes dejar caro que nunca más regresaría. También se dio tiempo para acarar que mi patria ahora era más pequeña, más vacía, más finita, caro, más incómoda de transportar pero, a menos, era una patria que se mueve, parecida a gran sexo que tendría con a chica sordo muda con a que me fui a vivir, cansado de tanto paabreo, cansado, caro, de todo e tiempo habar así.

martes, 21 de junio de 2016

Slam poético y lanzamiento del nuevo sencillo de Persé

Si de algo estamos seguros en este espacio cultural es de que no lo hacemos todo bien, así que cuando proponemos un slam poético, actividad que se opone al purismo de Harold Bloom, igual nos arriesgamos y lo hacemos, porque creemos que generar espacios para leer en voz alta es muy necesario.

En un slam de poesía escuchamos las creaciones poéticas de jóvenes y adultos, en una intervención que dura un máximo de tres minutos, en el marco de un torneo en el que vamos a medir principalmente, el texto, pero también la expresión oral.

El primer torneo se ha convocado el sábado 2 de julio, a las 18h00 para jóvenes de colegios y el segundo para el 9, a las 21h00, en el que invitamos a participar a jóvenes adultos.

El premio para los ganadores es un taller de escritura creativa en palabra.lab y merch de la banda.

El ingreso al evento tiene un costo de $10 que incluyen el show de Persé, la presentación de Erick Mujica y el estreno de la banda Albatros, además de las descargas de Sombras, Cero y un disco digital.

Para inscribirse en el slam pueden hacerlo con ade@palabralab,com indicando en cuál fecha asistirán.

Ven a la primera Cata de Libros

La Cata de Libros o Booktasting fue una actividad que descubrí el año pasado en la "Noche de los Libros" en Madrid, noche que coincide con el Día del Libro y que cumplía 10 años de celebración. Caminaba por el sector de Sol cuando me entregaron una volante con un "copy" llamativo, que invitaba a unirse a una red de lectores para conversar periódicamente sobre libros y en los que el tema variaba por sesión.  El texto decía:

300 gramos de literatura
Dos cucharadas de deseo de conocer gente
Y un tazón de buen rollo

¿Y quién no quiere un buen rollo y conocer gente a la que le guste hablar de literatura?  Así que me puse a investigar para proponer algo similar, pues, aunque compartimos el nombre, le añadimos un par de ingredientes a esa receta, de tal manera que el miércoles 22, a partir de las 19h30, nos reuniremos en palabra.lab Ceibos para compartir en la primera sesión: lecturas de horror.

¿Qué debemos esperar esa noche?
Que hablemos de autores de cuentos, novelas y poemas de horror y, que son bienvenidas las lecturas de los fragmentos que deseen leer en voz alta, así como sus recomendaciones lectoras.  También aprovecharemos para ver un trío de cortos, en los que la tensión produce más horror que el desenlace y, todo esto con una copa de vino, una sangría o un mojito y una selección de tapas (que pueden encontrar en nuestra página de facebook), mientras escuchamos sobre autores clásicos, así como sugerencias de lectura de un par de hallazgos contemporáneos que no voy a adelantar para honrar el suspenso.

Leer en voz alta una historia es la primera forma de la comunicación. Un grupo de gente, alrededor del fuego, escuchando a uno que habla, que cuenta algo; así fue el principio.
Después nos pusimos exquisitos, y ahora tuiteamos, blogueamos, podcasteamos, mandamos mensajes de voz de móvil a móvil, yo le dicto millones de bytes a un iPhone, Pergolini los abaraja con su Blackberry y los emite por frecuencia desde un satélite... Todo lo que quieran. Pero en realidad lo que hicimos este año, durante ciento diecisiete mediodías, fue sentarnos alrededor del fuego a escuchar historias.
Hernan Casciari, Leen en voz alta, blog Orsai 


¿Qué debemos hacer para asistir?
Escribir a ade@palabralab.com o al 0980250253 para notificar su asistencia, pues disponemos de pocos lugares.

Los esperamos para que conozcan nuestra nueva casa.

Abrazos,


Adelaida Jaramillo
Directora de palabra.lab

lunes, 30 de mayo de 2016

Nunca leí a Mónica Ojeda

Durante dos meses hemos leído a cuatro mujeres en nuestro ciclo de lectura.  Virginia Woolf y su independencia narrativa, Carson McCullers y la renovación del gótico, Toni Morrison y su precioso lenguaje poético.  El ciclo lo cerramos con la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, a quien nos acercamos con un texto que desafía a la narrativa y a sus lectores.  

A Mónica la recibiremos el martes 31, a las 19h30, en palabra.lab Ceibos para entrevistarla y conversar sobre la novela ganadora del Premio Alba Narrativa 2014, La desfiguración Silva. Mónica, como todos nuestros invitados,  se ha ganado este espacio porque estamos convencidos de sus méritos literarios, más que por un sentido de nacionalismo.


Mónica Ojeda (Ecuador, 1988) Máster en Creación Literaria y Máster en Teoría y Crítica de la Cultura. Docente a tiempo completo en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil en el área de Literatura. Actualmente se encuentra cursando un Doctorado en Humanidades con una investigación sobre literatura pornoerótica latinoamericana. Ha sido antologada en Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013), ha obtenido el Premio Alba Narrativa 2014 con su primera novela La desfiguración Silva (Arte y Literatura, 2015) y el III Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015 con El ciclo de las piedras (Rastro de la Iguana Ediciones, 2015).

Los Ceibos, Avenida Segunda #236 entre calles 12 y 13. Subiendo por la Fybeca.

lunes, 23 de mayo de 2016

Literatura o literatura infantil

Por Adelaida Jaramillo 

En unas cuantas oportunidades he tenido la distinción de hablar sobre el panorama de la literatura infantil, tanto en el país como en el extranjero.  En mis ponencias he comentado temas de forma y fondo sobre este tipo de literatura, considerada menor, como lo son las tendencias de los lectores, la importancia del currículo escolar, el marketing como estrategia de difusión, la inclusión de títulos juveniles en las listas de bestsellers, programas de fomento para la lectura y, he listado, en varias ocasiones, nombres de escritores “serios” que han publicado títulos para chicos.  Al salir de cada charla me cuestiono si los escritores de literatura infantil son considerados autores serios y, peor aún, si se aprecia a un texto para niños como literatura o, si siempre deberá estar ceñido a la categoría infantil.

En el proceso de investigación de las ponencias encontré a autores contemporáneos como Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte, Salman Rushdie, Toni Morrison, los ecuatorianos Rocío Madriñán, Edgar Allan García, Francisco Febres-Cordero, Santiago Páez; pero podría también regresar en el tiempo y citar a escritores como Rudyard Kipling, Arthur Conan Doyle, Jack London, R.L.Stevenson, André Maurois, Oscar Wilde, Julio Verne.  La lista podría estirarse en cualquiera de las tres direcciones y, al repasarla me siguen llegando nombres a la cabeza, entonces me pregunto: ¿Roald Dahl, Gianni Rodari o Michael Ende?, son escritores o ¿son escritores de literatura infantil?

Es irónico que la hermana menor de la literatura sea la que lleve la fundamental carga de formar lectores, lectores que resultan tan o más exigentes que los adultos.  A un niño no se le puede engañar con una mala ilustración o un texto, porque simplemente, no tienen la contaminación del adulto que seguirá leyendo influenciado por la recomendación de un escritor, una columna literaria o un amigo.  El niño rechazará el libro en las primeras páginas; sin embargo, escritores que enganchan a los niños en la aventura de la lectura, como María Fernanda Heredia, Edna Iturralde o Leonor Bravo son presentadas con la etiqueta de escritoras de literatura infantil.

Continúo con las preguntas y reflexiono si los escritores LIJ (literatura infantil y juvenil) no recurren a los mismos procesos que utilizan los autores “serios”.  Intentando escribir para chicos, puedo decir que sí funcionan algunos de los procesos básicos, pero que hay que situarse en otro lugar para poder escribir para ellos, y que debido a que trabajo con ellos, sé cuan difíciles pueden llegar a ser al momento de juzgar.  La escritora Jill Paton Walsh comparaba la experiencia con “adoptar el punto de vista de un niño viendo las cosas debajo de la mesa”, y esta tarea no es nada fácil.

Aunque todavía existan autores que consideren a la literatura infantil y juvenil como un género de menor importancia, debo destacar que escribir para niños requiere de no menos talento literario que escribir para cualquier otra persona. Además de la habilidad para crear una historia, la responsabilidad de escuchar a los lectores e investigar qué les interesa, qué les preocupa y cuál es su visión del mundo, hay que saber comunicarse con los chicos y captar su atención desde la primera línea; hay que recordar qué nos preocupaba cuando teníamos su edad y, finalmente, no debemos olvidar que en este género tan complejo podemos crear desde poesía, cuento, fábula, teatro, novela; y abordarlo no sólo desde lo lírico, lo narrativo y lo dramático, pero también desde lo didáctico.

Con estas inquietudes, los invito a formar lectores desde todos los frentes y, si bien la escuela es importante para lograr este objetivo, el hogar lo es más.  Debemos acondicionar espacios para que los niños asocien la lectura con un lugar entretenido, pensar en el libro infantil como un momento de fantasía y de evasión, y no de aleccionamientos; pero sobre todo, tenemos que leer con ellos, que la lectura sea un vínculo afectivo entre el adulto y el niño.  Solo así podremos responder si lo que leemos es literatura o literatura infantil.

lunes, 16 de mayo de 2016

Regresa el Club de Lectura para niños

En mayo iniciamos el club de lectura para niños en palabra.lab, que se retoma de manera permanente de la sede de Los Ceibos. La oferta para jóvenes la publicaremos pronto, pero trabajaremos en una combinación de libros clásicos hasta títulos de autores ecuatorianos como hicimos en las vacaciones.

En nuestro espacio, los niños tienen un lugar privilegiado en el que pueden conversar sobre libros, jugar con las palabras, leer imágenes, todo en un ambiente entretenido. Para nosotros es posible hacer que los chicos amen los libros ayudándolos a encontrar la página correcta.

En los talleres los chicos hacen ejercicios lúdicos de pre-lectura, se lee en voz alta y a veces de manera silenciosa; a veces escribimos textos creativos, a veces documentos muy serios; a veces analizamos la estructura de cortos y películas, a veces leemos imágenes. Pero siempre lo hacemos jugando.  Los chicos saben que no vienen a clases y, aprenden a asociar por su propia motivación, a los libros con un momento entretenido.

Así son los talleres en palabra.lab, un momento en el que me permito volver a ser niña, para llegar a los chicos que vienen a encontrarse con los libros y con las aventuras que sólo en ellos pueden vivir.


Adelaida Jaramillo
Directora de palabra.lab

Toni Morrison: tradición oral, creación y lenguaje (discurso de aceptación de la Nobel de Literatura)

Discurso de Toni Morrison al recibir el Premio Nobel de literatura
7 de diciembre de 1993


           
“Había una vez una mujer anciana. Ciega pero sabia.” ¿O era un hombre anciano? Acaso era un gurú. O un griot calmando chicos inquietos. Yo escuché esta historia, o una exactamente como ésta, en el saber popular de varias culturas.

“Había una vez una mujer anciana. Ciega. Sabia.”

En la versión que conozco la mujer es hija de esclavos, negra, americana y vive sola en una pequeña casa afuera del pueblo. Su reputación respecto de su sabiduría no tiene par y es incuestionable. Entre su gente ella es a la vez la ley y su trasgresión. El honor que y el respeto que le tienen, va hasta mucho más allá de su pueblo; llega hasta la ciudad donde la inteligencia de los profetas rurales es una fuente de mucho asombro.

Un día a la mujer la visitan unos jóvenes que vienen con la intención de desaprobar su clarividencia y poner en evidencia el fraude que creen que ella es. Su plan es simple: entran en su casa y le hacen la única pregunta cuya sola respuesta manifiesta la diferencia que tienen con ella, una diferencia que ven como una profunda ineptitud: su ceguera. Se le paran enfrente y uno le dice: “Anciana, tengo en mi mano un pájaro. Dígame si está vivo o muerto.”

Ella no contesta y repiten la pregunta. “¿Está vivo o muerto el pájaro que tengo?”

Tampoco contesta. Es ciega y no puede ver a sus visitantes, mucho menos lo que tienen en sus manos. No sabe el color de su piel, de dónde vienen ni si son hombres o mujeres. Sólo conoce sus motivos.

El silencio de la mujer es tan largo que los jóvenes tienen dificultad para aguantar la risa.

Finalmente habla y su voz es suave pero severa. “No sé”, dice, “no sé si el pájaro que tienen está vivo o muerto, lo único que sé es que está en sus manos. Está en sus manos.”

Su respuesta puede ser tomada así: si está muerto, ustedes lo encontraron de este modo o lo mataron. Si está vivo, todavía pueden matarlo. En caso de que lo dejen vivo, es su decisión. En todo caso, es su responsabilidad.

Por querer burlar los poderes y la impotencia de la anciana, los jóvenes reciben una reprimenda, porque son responsables no sólo del acto de burla sino también por el pequeño manojo de vida sacrificado para conseguir sus fines. La anciana deja de prestarles atención a las aserciones de poder para prestarle atención al instrumento mediante el cual ese poder es ejercido.

La especulación de qué podría significar ese pájaro-en-la-mano (otra que su propio cuerpo frágil) siempre fue algo atractivo para mí, especialmente ahora, pensando, como lo vengo haciendo, acerca del trabajo que me ha traído ante ustedes. Por eso elijo leer al pájaro como el lenguaje y a la mujer como a una escritora con práctica. Ella está preocupada por cómo el lenguaje con el cual ella sueña, y que le fue dado al nacer, es manejado, puesto al servicio de diversos intereses, incluso apartado de ella con nefastos propósitos. Siendo una escritora, considera al lenguaje en parte como un sistema, en parte como una cosa viviente sobre la cual una tiene control, pero sobre todo como una operación- un acto con consecuencias. Entonces, la pregunta que los chicos le hicieron, “¿Está vivo o muerto?”, no es irreal porque ella piensa al lenguaje como algo susceptible de muerte, de erosión. Desde luego expuesto al peligro y salvable sólo por un esfuerzo de la voluntad. Cree que si el pájaro en las manos de los visitantes está muerto, los custodios son responsables por el cadáver. Para ella una lengua muerta no es sólo esa que no se habla o no se escribe más, sino que sobre todo es la obstinada lengua que se contenta con la admiración de su propia parálisis. Como una lengua estática, censurada y censuradora. Despiadada en su actividad policial, no tiene deseos ni otro propósito que mantener el campo abierto de su propio narcisismo narcótico, su exclusividad y dominio. Por más moribundo que esté, no queda sin efecto ya que frustra activamente el intelecto, ahoga la conciencia, suprime la potencia humana. Inmune a las preguntas, no puede formar o tolerar nuevas ideas, armar nuevos pensamientos, contar otra historia, llenar los desconcertantes silencios. Una lengua oficial, fragmentada para sancionar la ignorancia y preservar los privilegios, es una armadura pulida para dar brillo, una cáscara de donde el caballero se ha ido hace mucho tiempo. Y sin embargo, ahí está: tonta, predatoria, sentimental. Excitando la reverencia en las escuelas, dando resguardo a los déspotas, reuniendo falsas memorias de estabilidad y de armonía entre la gente.

Ella está convencida de que cuando el lenguaje muera, a causa del descuido, el desuso, la indiferencia y la falta de estima, o sea asesinado por una orden, no sólo ella, sino todos los hablantes y creadores serán responsables de su muerte. En su país los chicos se sacaron la lengua a mordiscos y usan balas para no repetir la voz sin habla, la voz de un lenguaje lisiado y golpeador; ese dispositivo para luchar con significados que los adultos abandonaron, y que podría proveerlos de una guía o expresar amor. Pero ella sabe que sacarse la lengua no es sólo una opción de niños. Es muy común entre las infantiles cabezas de estado y los comerciantes del poder, cuyos vaciados lenguajes los dejaron sin acceso a lo que queda de sus instintos humanos, dado que sólo les hablan a aquellos que obedecen, o en todo caso hablan para forzar una obediencia.

El saqueo sistemático del lenguaje puede ser reconocido como la tendencia de sus hablantes a renunciar a sus matizadas, complejas y mayéuticas propiedades para usarlo como medio de amenaza y subyugación. El lenguaje opresivo hace más que representar la violencia; es violencia; hace más que representar los límites del conocimiento, lo limita. Sea el oscuro lenguaje de estado o las tergiversaciones de los insensatos medios; sea el maligno lenguaje de la ley-sin-ética, o aquél designado para el alienamiento de las minorías, escondiendo sus saqueos racistas debajo de un maquillaje literario- todo esto debe ser rechazado, alterado y expuesto. Es el lenguaje que chupa sangre, que se ajusta la bota fascista con crinolinas de respetabilidad y patriotismo al tiempo que se mueve implacablemente hacia el último y más oscuro lugar de la mente. Lenguaje sexista, lenguaje racista, lenguaje teísta- son todas formas típicas de las políticas de lenguaje del dominio, que no pueden y no permiten nuevos conocimientos ni el encuentro de nuevos intercambios de ideas.

La anciana es profundamente conciente de que ningún intelecto mercenario, ningún dictador insaciable, ni político a sueldo o demagogo, ni ningún periodista impostor serían persuadidos por estos pensamientos suyos. Hay y habrá un lenguaje que excite a los ciudadanos a mantenerse armados, asesinando y siendo asesinados en los shoppings, juzgados, correos, plazas, cuartos y bulevares; un lenguaje agitado, conmemorativo, que enmascara la pena y el gasto de una innecesaria muerte. Va a haber un lenguaje diplomático que apruebe la violación, la tortura, el asesinato. Hay y seguirán habiendo más lenguajes seductores, mutantes, designados para estrangular a las mujeres, hacer de sus gargantas un paté con sus propias palabras transgresivas e imposibles de decir; va a haber más lenguajes de vigilancia disfrazados como investigación, de política e historia, calculados para someter al silencio a millones de personas que sufren, un lenguaje glamoroso para maravillar a los insatisfechos para que asalten sus barrios, arrogantes lenguajes seudo empíricos maquinados para encerrar a las mentes creativas en jaulas de inferioridad y desamparo.

Debajo de la elocuencia, el glamour, las asociaciones aprendidas de memoria, por más seductoras o incitantes que sean, por debajo, el corazón de ese lenguaje está languideciendo o quizá ya no late más… si el pájaro ya está muerto.

Ella pensó en cómo podría haber sido la historia intelectual de cualquier disciplina si no se hubiera insistido en el gasto de tiempo y vida que las racionalizaciones y representaciones de la dominación requirieron; pensó cómo podría haber sido si esa disciplina no hubiera sido metida a la fuerza en los letales discursos de exclusión que bloquean el acceso al conocimiento tanto al guardián como al prisionero.

La convencional enseñanza de la historia de la Torre de Babel es que ese derrumbe fue una desgracia. Fue la distracción o el peso de tantas lenguas lo que precipitó la fallada arquitectura de la torre. Ese único y monolítico lenguaje hubiera dado curso a la construcción y el paraíso hubiera sido alcanzado. ¿El paraíso de quién?, ella se pregunta. ¿Y de qué tipo? Quizás alcanzar el Paraíso hubiera sido una cosa prematura y un poco apresurada, si nadie se podía tomar el trabajo de entender otras lenguas, otras miradas, otros períodos narrativos. Si así hubiera sido, es posible que ese paraíso lo hubieran encontrado a sus pies. Complicado, demandante, sí, pero sería una visión del paraíso como vida, y no como vida más allá.

Ella no quisiera dejar irse a los jóvenes con la impresión de que el lenguaje debe ser forzado a mantenerse vivo para que meramente sea. La vitalidad del lenguaje reside en su habilidad para pintar lo actual, las vidas imaginadas y posibles de sus hablantes, lectores, escritores. Aunque a veces su equilibrio esté en desplazar la experiencia, no es es sustituto de ella. Se extiende y arquea hacia donde el significado puede estar. Cuando un presidente de los Estados Unidos pensó en el cementerio en que su país se había convertido, dijo “El mundo apenas notará ni recordará por mucho tiempo lo que digamos ahora. Pero nunca va a olvidar lo que acá pasó”: sus simples palabras son estimulantes en cuanto a sus propiedades para mantener la vida porque se negaron a encapsular la realidad de 600.000 muertos de una catastrófica guerra racial. Negándose a monumentalizar, desdeñando la “palabra final”, el conteo preciso, reconociendo su “pobre poder para sumar o apartar”, sus palabras señalan deferencia hacia lo incapturable de la vida que llora. Es esa deferencia lo que la mueve a la anciana, ese reconocimiento de que el lenguaje nunca puede coincidir completamente con la vida. Cosa que tampoco debería. El lenguaje nunca puede fotografiar la esclavitud, el genocidio, la guerra. Ni debería lamentarse por la arrogancia de poder hacerlo. Su fuerza, su felicidad radica en lanzarse hacia lo inefable.

Grandiosa o escasa, excavando, estallando, o negándose a santificarse, aunque se ría en voz alta o llore sin un alfabeto, la palabra elegida, el silencio elegido, el sereno lenguaje surge y se dirige hacia el conocimiento, no hacia su destrucción. Pero, ¿quién no sabe de literatura prohibida por ser cuestionadora, desacreditada por ser crítica, borrada porque invierte? ¿Y cuántos son violentados por el pensamiento de un idioma que se autodestruye?

Ella piensa que el trabajo con las palabras es sublime porque es generativo, toma un significado que asegura nuestra diferencia, nuestra humana diferencia- del modo en que no somos como ninguna otra vida.

Morimos. Ese puede ser el significado de la vida. Pero nosotros hacemos el lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas.

“Había una vez…” Unos visitantes le hacen una pregunta a una anciana. ¿Quiénes son esos chicos?, ¿qué hicieron de ese encuentro?, ¿qué escucharon en esas palabras finales: “El pájaro está en tus manos”?: ¿una oración que gesticula alguna posibilidad o una que deja caer un picaporte? Quizás lo que los chicos escucharon es “No es mi problema. Soy vieja, mujer, negra, ciega. Lo único que sé ahora es que no puedo ayudarlos. El futuro del lenguaje es suyo, no mío.”

Están parados ahí. ¿Y si suponemos que no hay nada en sus manos? Supongamos que la visita no fue más que una astucia, un truco para que les hablaran, para ser tomados seriamente como nunca lo habían sido anteriormente. Una oportunidad para interrumpir y violar el mundo adulto, su discurso de miasma acerca de ellos, para ellos, pero nunca dirigido hacia ellos. Urgentes preguntas están en juego, incluyendo la que hicieron: “Está vivo o muerto el pájaro?” Quizá la pregunta quería decir: “¿Alguien podría decirnos qué es la vida, qué la muerte?” Ningún truco, ninguna tontería. Una pregunta directa que vale la atención de alguien con sabiduría. Y experiencia. Pero si quien tiene experiencia y sabiduría y ha vivido una vida y enfrentado la muerte no puede describir ni una ni la otra, ¿quién, entonces?

Pero ella no lo hace, se guarda su secreto, la buena opinión que tiene de sí misma, sus pronunciamientos de gnomo, su arte sin compromiso. Mantiene su distancia, la refuerza y se retrae en su singularidad y desolación, en un espacio sofisticado y de privilegio.

Nada, ninguna palabra sigue a su declaración de transferencia. Ese silencio es profundo, más profundo que el significado disponible en las palabras que ella ha dicho. Tiembla ese silencio y los chicos, enojados, lo llenan con un lenguaje inventado en el momento.

“¿No hay discurso o palabras”, le preguntan, “que pueda usted darnos para atravesar su historial de fracasos, atravesar la enseñanza que nos acaba de dar, que no es tal cosa porque le estamos prestando mucha atención tanto a lo que acaba de hacer como a lo que dijo?; ¿no hay palabras para atravesar la barrera que usted levantó entre la generosidad y la sabiduría?”

“No hay ningún pájaro en nuestras manos, ni vivo ni muerto. Sólo la tenemos a usted y a nuestra impotente pregunta. ¿Es la nada en nuestras manos algo que no soportaría contemplar, ni siquiera adivinar? ¿No recuerda su juventud cuando el lenguaje era mágico sin significado, cuando lo que podía decir podía no significar, cuando lo invisible era lo que la imaginación se esforzaba por ver, cuando las preguntas y demandas de respuestas quemaban tanto que temblaba de furia al no conocer?

“¿Tenemos que llegar a ser adultos y concientes luchando esa batalla que héroes y heroínas como usted ya pelearon y perdieron dejándonos con nada en nuestras manos, salvo lo que ustedes imaginaron que había? Su respuesta es un hábil artificio y nos avergüenza y debería avergonzarla a usted. Su respuesta es indecente en su autocomplacencia. Es un guión hecho para la televisión, que no tiene sentido si no hay nada en nuestras manos.

“¿Por qué no se estiró para tocarnos con sus dedos suaves, para retrasar el sonido de la mordida que es esta lección, hasta que supiera quiénes éramos? ¿Tanto despreció nuestro truco, nuestro modus operandi que no vio lo deslumbrados que estábamos por querer llamar su atención? Somos jóvenes. Inmaduros. Toda nuestra corta vida escuchamos que debemos ser responsables. ¿Qué puede significar eso en la catástrofe en que este mundo se ha convertido?, ¿donde, como dijo el poeta: “nada necesita ser expuesto porque todo ya está descubierto”? Nuestra herencia es una afrenta. Usted quiere que tengamos sus viejos, ciegos ojos y que veamos sólo la crueldad y la mediocridad. ¿Se cree que somos tan estúpidos como para romper las promesas que nos hicimos una y otra vez, por la mera ficción de una nacionalidad? ¿Cómo es que se atreve a hablarnos del deber cuando estamos hundidos hasta la cintura en la toxina de su pasado?

“Usted nos banaliza y vuelve trivial el pájaro que no tenemos en las manos. ¿Acaso no hay contexto para nuestras vidas, ninguna canción, literatura o poema lleno de vitaminas, ninguna historia conectada con la experiencia que nos pueda pasar para ayudarnos a empezar con más firmeza? Usted es una adulta. La anciana, la sabia. Deje de pensar en salvar su pellejo. Piense en nuestras vidas y cuéntenos su particular mundo. Invente una historia. Narrar es ago radical que nos crea al mismo tiempo que creamos. No la vamos a culpar si su alcance excede su comprensión, si el amor así enciende sus palabras, se transforman en llamas y nada queda de ellas salvo su combustión. O si, con la reticencia de la mano de un cirujano, sus palabras suturan sólo en los lugares donde la sangre podría brotar. Sabemos que nunca podría hacerlo del todo bien- así, de una vez y para siempre. La pasión nunca es suficiente, ni la habilidad. Pero intente. Para que ni nosotros ni los suyos olviden su nombre en las calles, díganos qué fue para usted el mundo en los lugares oscuros y en los luminosos. No nos diga qué creer, qué temer. Muéstrenos los amplios ámbitos de la creencia y la costura desde la cual se desenreda la membrana del miedo. Usted, anciana mujer, bendecida con la ceguera, puede hablar el lenguaje que nos dice aquello que sólo el lenguaje puede: cómo ver sin pinturas. Sólo el lenguaje nos protege del terror de las cosas sin nombre. Sólo el lenguaje es meditación.

“Díganos qué es ser una mujer así podemos saber qué es ser un hombre. Lo que es moverse en el margen. Lo que es no tener casa en este lugar. Ser puesto a la deriva y lejos de los que uno conoce. Lo que es vivir al borde de pueblos que no soportan su presencia.

“Cuéntenos acerca de los barcos alejados de la costa para Pascua, la placenta en los campos. Cuéntenos de los vagones cargados de esclavos, de cuán suavemente cantaban de modo que no podía distinguirse de la nieve cayendo, de cómo sabían, por la curvatura del hombro más cercano, que la próxima parada sería la última, de cómo, con las manos juntadas en sus sexos, pensaban en el calor, y después en el sol, levantando sus caras como si estuviera ahí nomás para tocarlo. Girando como si estuviera ahí para tocarlo. Paran en una posada. El conductor y su compañero entran en ella con una lámpara, dejándolos susurrando en la oscuridad. El vapor que sale de los resoplidos del caballo llega hasta la nieve debajo de sus patas, y ese silbido y la nieve derritiéndose son la envidia de los congelados esclavos.

“La puerta de la posada se abre: una chica y un chico se asoman desde ese adentro iluminado. Trepan al vagón. El chico tendrá un arma en tres años, pero ahora lleva una lámpara y una jarra con bebida tibia. Se la pasan de boca en boca. La chica ofrece pan, pedazos de carne y algo más: una mirada rápida a los ojos de aquellos a los que les iba sirviendo. Uno para cada hombre, dos para cada mujer. Y una mirada. Ellos devuelven la mirada. La próxima parada será la última. Pero no ésta. En ésta hay calor.”

Está todo en silencio cuando los chicos terminan de hablar, hasta que la mujer lo rompe.

“Finalmente, dice, confío en ustedes ahora. Confío en ustedes con el pájaro que no está en sus manos porque lo han atrapado verdaderamente. Miren. Qué hermoso es, esto que hemos hecho - juntos.”


Traducción de Tom Maver


lunes, 25 de abril de 2016

Un día del libro con Cervantes, por Rosa Huertas

En el año más cervantino que viviré nunca, el autor del Quijote está omnipresente, hasta hacerse cotidiano. Si miro hacia atrás, él siempre ha estado ahí: cada 23 de abril, cada vez que releo algún capítulo del Quijote en ese viejo volumen heredado de mi abuelo, cada vez que paseo por el barrio de las letras y camino por las mismas calles que él pisó.

Lectores, escritores, libreros, editores, profesores y todos aquellos que amamos los libros y trabajamos para que la Literatura forme parte de nuestra existencia y de la de los demás, marcamos en rojo esta fecha en el calendario. Ninguno de nosotros seríamos los mismos sin los libros leídos.

Y la Literatura nos sale al encuentro en cada recodo de la vida.

Una imagen que me sorprendió hace un par de años me regaló la idea para un libro infantil. Una tarde de otoño paseaba por la calle del León, junto al edificio que se encuentra en el mismo lugar donde estaba la casa en la que murió Cervantes. Levanté la vista, en busca quizá de algún rastro invisible del escritor, y de alguna manera lo encontré. En los balcones del segundo piso descubrí un cartel que rezaba: “stop, desahucios”. Me sobrecogí porque pensé que ese desahuciado podría haber sido el autor del Quijote, que murió casi en la miseria, en ese mismo lugar hace 400 años, a pesar de haber creado al personaje más famoso de todos los tiempos. La idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza: ¿qué pasaría si Cervantes viviese en el siglo XXI?

Así surgió Mi vecino Cervantes, una historia que me ha permitido hablar del escritor a niños y mayores, jugando con esa hipótesis fantástica. Si Cervantes hubiese vivido en el siglo XXI habría sido un desahuciado más, pero nunca habría perdido su capacidad creadora ni su fe en el poder de la palabra.

He celebrado los días previos al 23 de abril con euforia contagiosa. Este año no me he conformado con celebrar el día del libro y querido dedicarle a la Literatura  la semana completa. En los centros escolares se está hablando mucho de Cervantes. Los profesores queremos acercar a los chicos la figura de este hombre singular que tuvo una vida difícil pero que nunca dejó de soñar ni de escribir, que nos regaló historias hermosas y personajes inmortales.

Cada 23 de abril, se trata, en definitiva, de celebrar la fiesta de los libros y la lectura. Y esa fiesta puede tener muchas caras: algunos recitan poemas, otros decoran paredes con frases y versos, algunos leen en voz alta, otros en voz baja; pero lo importante es que nadie se sienta excluido por la Literatura. En tal caso, se estaría perdiendo uno de los grandes placeres de la vida.


Es tan hermoso sumergirse en una buena historia, emocionarse con los versos que alguien escribió hace siglos, vivir la vida de otros que se mueven en nuestra imaginación, visitar lugares que jamás pisó nadie, identificarse con ese personaje que alguien escribió pensando en ti, instalarse lejos de lo cotidiano y aparecer en otro lugar… que me parece que una sola vida no basta para leer tanta belleza. ¡Vamos! No hay un minuto que perder. 

Rosa Huertas es escritora de literatura infantil, su libro Mi vecino Cervantes del sello Anaya, recoge esta experiencia.

Fotografía fuente: www.tandemadrid.com

El Cusco del Inca Garcilaso de la Vega, por Ricardo Ráez Reátegui


A principios de 1560 salía Gómez Suárez de Figueroa del Cusco para no volver. Había vivido allí desde su nacimiento y a los 20 años se iba a España donde se convertiría en inca, en el Inca Garcilaso de la Vega, “el primer peruano” según Raúl Porras Barrenechea. Hijo de un capitán español y la princesa inca Chimpu Ocllo, vivió la mayoría de su niñez y adolescencia con su madre y la familia de ella.  Allí aprendió el quechua y escuchó infinidad de historias sobre la ciudad y el Tahuantinsuyo, observó sacrificios de llamas para augurar el futuro, se sentó al lado de personajes icónicos de una sociedad casi desaparecida y compartió el dolor del pasado perdido.

Al mismo tiempo, Garcilaso crecía entre españoles y caminó por las calles de la ciudad como uno más de ellos; cabalgó por las llanuras donde sucedieron las guerras civiles entre conquistadores que ansiaban formar su propio reino; vio cómo llegaban alimentos y animales que no se conocían a 3400 metros sobre el nivel del mar y, como hijo predilecto del capitán, jugó a las cañas en las fiestas de Santiago y al jurarse por rey a Felipe II. Garcilaso fue feliz en Cusco y nunca olvidó sus historias. A una cuadra de su casa estaba la Plaza de Armas o Haucaypata donde, hace más de 450 años, observó la destrucción paulatina de cuatro grandes complejos de piedra (canchas) que aún la bordeaban: Casana, la casa de Pachacutec (Portal de Panes), donde destacó

“un hermosísimo galpón que en tiempo de los Incas, en días lluviosos, servía de plaza para sus fiestas y bailes. Era tan grande que muy holgadamente pudieran sesenta de a caballo jugar cañas dentro en él”. (pág. 107)

Santo Domingo
También vio el Amarucancha (iglesia de la Compañía de Jesús)  “que es: barrio de las culebras grandes” (pág. 108); el Acllahuaci la “casa de las vírgenes escogidas” (pág. 108), y la cancha de Viracocha sobre el andén en que se construiría la Catedral y donde los españoles sostuvieron el sitio de Manco Inca.  Frente al Amarucancha se ubicaba el Sunturhuaci, una torre de 15 metros de alto que:

“Estaba cubierto en redondo, como eran las paredes; encima de toda la techumbre, en lugar de mostrador del viento (porque los indios no miraban en vientos), tenía una pica muy alta y gruesa, que acrecentaba su altura y hermosura”. (pág. 231)


La isla de casas que hoy se levanta sobre el río Saphi y divide las plazas Haucaypata y Cusipata (Plaza Regocijo y ex Hotel Cusco) se empezó a construir en 1548 y Cusipata fue rebautizada como Nuestra Señora de las Mercedes,

“…en ella están los indios e indias que con sus miserias hacían en mis tiempos oficios de mercaderes, trocando unas cosas por otras; porque en aquel tiempo no había uso de moneda labrada, ni se labró en los veinte años después; era como feria o mercado, que los indios llaman catu”. (pág. 110)

A unos pasos de allí estaba la casa de Garcilaso, que hoy es el Museo Histórico Regional de Cusco; lugar donde se reunían los españoles para recordar las guerras de conquista y hablar sobre la situación del virreinato que se empezaba a conformar:

“…tenía encima de la puerta principal un corredorcillo largo y angosto, donde acudían los señores principales de la ciudad a ver las fiestas de sortijas, toros, y juegos de cañas que en aquella plaza se hacían”. (pág. 45)

Desde allí, cuando la ciudad tenía edificios de menor altura, se contemplaba “la punta de sierra nevada en forma de pirámide” (pág. 183) del apu Ausangate, cerro sagrado del Cusco.

De regreso a la Plaza de Armas, si se dirige la vista hacia la mitad del apu Sacsayhuaman se distingue un andén,- donde hoy está la iglesia San Cristóbal-, que otrora era el corazón de Collcampata, uno de los doce barrios incaicos del Cusco, “casas que fueron del Inca Paullu y de su hijo Don Carlos, que también fue mi condiscípulo” (pág. 16) y donde el sapan inca hacía los ritos que daban inicio a la temporada agrícola. Luego estaba Pumacurco, el nombre que hoy tiene una empinada calle del barrio San Cristóbal, y que Garcilaso tradujo como “viga de leones […] porque en unas grandes vigas que había en el barrio ataban a los leones que presentaban al Inca, hasta domesticarlos y ponerlos donde habían de estar”. (pág. 102)  También mencionó a Rimacpampa, aduana de ingreso y salida del Qhapaq Ñan al Collasuyu que hoy es la plaza Limacpampa, epicentro del tráfico que va hacia el centro y sur de la ciudad, y lugar de concentración de festividades y protestas.

Pumapchupan
Siguiendo el rio Tullumayu, que hoy corre bajo la avenida del mismo nombre, se llega a una vistosa pileta en la zona de Pumapchupan, el final de la ciudad en forma de puma que diseñó el inca Pachacutec: “quiere decir: cola de león, porque aquel barrio fenece en punta, por dos arroyos que al fin de él se juntan (Tullumayu y Saphi), haciendo punta de escuadra” (pág. 102).  Al otro extremo del río Saphi, cerca del cruce de Plateros y Santa Teresa estaba Huacapuncu, el ingreso a la parte sagrada de la llaqta por el Qhapaq Ñan al Chinchaysuyu. Garcilaso también mencionó el barrio de Chaquillchaca- donde hoy están los famosos mercado e iglesia de San Pedro-, Tococachi (San Blas), Carmenca (Santa Ana), Cayaucachi (Belén), Picchu, Munaicenca y Cantutpata; todos lugares de visita obligada hasta el día de hoy.

Coricancha y Sacsayhuaman
El callejón Loreto,- llamado Inti K’ijllu en el Tawantinsuyo-, se ubica a un costado de la iglesia de La Compañía y era el principal ingreso al Coricancha o Templo del Sol que hoy es el convento de Santo Domingo. Garcilaso utilizó varias páginas de sus Comentarios Reales para describir el complejo y su magnífico jardín de oro que imitaba a la naturaleza, las celebraciones de las naciones en Intipampa (la plaza delante del templo), las cinco fuentes de agua con “caños de oro” donde se hacían baños rituales, los espacios donde el Uillac Umu rendía culto a la luna, las estrellas, el rayo y el arcoíris, y rememoró capítulos dramáticos como la noche en que el conquistador Mancio Serra de Leguizamo, “que yo conocí y dejé vivo cuando me vine a España” (pág. 182),  apostó la figura del Sol, “hecha de una plancha de oro al doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes” (pág. 195) y la perdió.

Desde niño, Garcilaso jugó con sus amigos en los laberintos de Sacsayhuaman, “la obra mayor y más soberbia” (pág. 168) de los incas. Sus recuerdos mezclan el asombro por las enormes piedras con la indignación por la destrucción del monumento. Al cronista, como hoy a miles de turistas, le cuesta imaginar cómo se logró ese ensamblado perfecto de gigantescas piedras multiformes:

“Unas son cóncavas de un cabo y convexas de otro y sesgas de otro, unas con puntas a las esquinas y otras sin ellas; las cuales faltas o demasías no las procuraban quitar ni emparejar ni añadir, sino que el vacío y cóncavo de una peña grandísima lo henchían con el lleno y convexo de otra peña tan grande y mayor, si mayor la podían hallar” (pág. 144).

Tras atravesar las tres murallas de la fortaleza por las puertas de Tiupuncu, Acahuana puncu y Viracocha puncu se llegaba a lo más alto del edificio donde había tres torreones: Moyoc Marca –que era redondo y tenía “una fuente de mucha y muy buena agua, traída de lejos, por debajo de la tierra” (pág. 146)-; Paucar Marca y Sacllac Marca. Durante siglos se creyó que estos edificios eran un invento de Garcilaso hasta que en 1936, Luis Valcárcel desenterró los cimientos. Tal vez lo más impresionante del relato es confirmar que aún hay mucho por descubrir bajo tierra:

“En aquellos subterráneos mostraron grande artificio; estaban labrados con tantas calles y callejas, que cruzaban de una parte a otra con vueltas y revueltas, y tantas puertas, unas en contra de otras y todas de un tamaño que,  a poco trecho que entraban en el laberinto, perdían el tino y no acertaban a salir” (pág. 349).


El Inca Garcilaso de la Vega nos guía, desde hace casi cinco siglos, por el Cusco más puro y, a la vez, utópico. Así como millones de peruanos que hoy viven en el extranjero, expresó en sus obras un patriotismo exaltado donde el Perú es maravilloso e incluso se autonombró inca en Europa, una osadía para el siglo XVI. Viejo y lejos de su amada Cusco la recordó con el cariño entrañable que se merecen los paraísos perdidos y dejó un relato inolvidable que muchos agradecemos de corazón en los 400 años de su muerte.

*Todas las citas son de los volúmenes 1, 2, 3, 6 y 8 de los Comentarios Reales de los Incas, del Inca Garcilaso de la Vega
** Foto de obra compuesta por el maestro cusqueño Edwin Chávez

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