viernes, 15 de diciembre de 2017

Subrayadas 4: Especial de Navidad

CUENTO DE LA CÁPSULA LITERARIA
Primer cuento subrayado: Un recuerdo navideño de Truman Capote.

CUENTO DE LITERATURA INFANTIL
Segundo cuento: El expreso polar de Chris Van Allsburg
Tercer cuento: La cerillera de Hans Christian Andersen

CANCIONES
Primera canción: Fairytale in New York de The Pogues
Segunda canción: Canción de navidad de Silvio Rodríguez
Tercera canción: Canción de navidad de Serrat y Sabina
Cuarta canción: Oi to the world de No Doubt

CUENTO DEL CLUB DE LECTURA VIRTUAL

El cuento de navidad de Auggie Wren 
Paul Auster 

Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó. 

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más. 

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle. 

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una. 

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo: 

—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio. 

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie. 

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare. 

—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos. 

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo. 

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla. 

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo? 

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. 

No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

 —¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad. 

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia. 

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

 “Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo? 

Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente. 

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin. 

“—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. 

“Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega. 

“—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad. 

“Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme. 

“Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca. 

“—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad. 

“No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella. 

“No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente. 

“Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos. 

“—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien. 

“Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello. 

“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar. 

“No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia. 

—¿Volviste alguna vez? —le pregunté. 

—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella. 

—Probablemente había muerto. 

—Sí, probablemente. 

—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo. 

—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo. 

—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella. 

—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra. 

—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario. 

—Todo por el arte, ¿eh, Paul? 

—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara. 

—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no? 

—Sí —dije—. Supongo que sí. 

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad. 

—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme. 

—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres? 

—Supongo que estoy en deuda contigo. 

—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada. 

—Excepto el almuerzo. 

—Eso es. Excepto el almuerzo. 

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta. 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Subrayadas 3: La idealización de la madre

TERCER PROGRAMA DE SUBRAYADAS

Invitada: Susi Hidalgo


Primera novela subrayada: Canción dulce de Leila Slimani
Segunda novela subrayada: También esto pasará de Milena Tusquets
Tercera novela subrayada: Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff

Cuento del Club de Lectura:
Orejas de oso de Carolina Vegas

Primera canción: Bohemian rapshody de Queen
Segunda canción: Soneto a mamá de Joan Manuel Serrat
Tercera canción: Thinking of you de Lenny Kravitz


viernes, 10 de noviembre de 2017

Pase libre a las actividades de Palabralab en el 2018

Les tenemos una propuesta de escritura y premiaremos a un ganador con un pase libre para todas las actividades que se organicen en el 2018 y sean producidas por el staff fijo de Palabralab (club de lectura, talleres de escritura creativa, cursos literarios) más la opción de escoger un taller dictado por nuestros instructores invitados.

¿Dónde firman?

Pues tienen que hacer una sola cosa: desempolvar sus habilidades de 'storytellers' y trasladar a ficción, en un máximo de 400 palabras, su experiencia en Palabralab.  


¿Cómo empiezan?

Un buen 'storyteller' recuerda una experiencia y la convierte en emoción y a partir de esa emoción cuenta oralmente o por escrito.  Todas las historias que emocionan son inolvidables y son esas historias las que estamos cazando. Este es un ejercicio de ficción que toma una anécdota real como detonante de la escritura.

¿Se atreven a escribir una historia?

Si se atreven, la envían por correo a ade@palabralab.com hasta el jueves 30 de noviembre. La extensión máxima es de 400 palabras. Pueden participar con más de una historia. Hay un solo ganador y el premio es personal e intransferible.  Los relatos finalistas serán subidos en una publicación digital ilustrada, previa autorización de los escritores. El pase libre sirve para asistir, sin pagar, a todas las actividades de Palabralab realizadas por instructores locales, excluye a los instructores ecuatorianos que viven en el extranjero o, escritores internacionales que dicten talleres; sin embargo, pueden escoger uno de todos los que dictarán este último grupo de instructores y tomarlo sin costo.

¡Buena suerte, palabristas!

jueves, 26 de octubre de 2017

Subrayadas 1: El horror en la literatura

Programa 1: El terror en la literatura
Primer cuento subrayado: La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe
Segundo cuento subrayado: La lotería de Shirley Jackson
Primera canción: El fantasma de Canterville de Charly García
Segunda canción: Eyes without a face de Billy Idol
Tercera canción: Killing strangers de Marilyn Manson







SUBASTA
por: María Fernanda Ampuero

En algún lado hay gallos.

Aquí, de rodillas, con la cabeza gacha y cubierta con un trapo inmundo, me concentro en escuchar a los gallos, cuántos son, si están en jaula o en corral. Papá era gallero y, como no tenía con quién dejarme, me llevaba a las peleas. Las primeras veces lloraba al ver al gallito desbaratado sobre la arena y él se reía y me decía mujercita.

Por la noche, gallos gigantes, vampiros, devoraban mis tripas, gritaba y él venía a mi cama y me volvía a decir mujercita.

–Ya, no seas tan mujercita. Son gallos, carajo.

Después ya no lloraba al ver las tripas calientes del gallo perdedor mezclándose con el polvo. Yo era quien recogía esa bola de plumas y vísceras y la llevaba al contenedor de la basura. Yo les decía: adiós gallito, sé feliz en el cielo donde hay miles de gusanos y campo y maíz y familias que aman a los gallitos. De camino, siempre algún señor gallero me daba un caramelo o una moneda por tocarme o besarme o tocarlo y besarlo. Tenía miedo de que si se lo decía a papá, volvería a llamarme mujercita.

–Ya, no seas tan mujercita. Son galleros, carajo.

Una noche, a un gallo le explotó la barriga mientras lo llevaba en mis brazos como a una muñeca y descubrí que a esos señores tan machos que gritaban y azuzaban para que un gallo abriera en canal a otro, les daba asco la caca y la sangre y las vísceras del gallo muerto. Así que me llenaba las manos, las rodillas y la cara con esa mezcla y ya no me jodían con besos ni pendejadas.

Le decían a mi papá:

–Tu hija es una monstrua.

Y él respondía que más monstruos eran ellos y después les chocaba los vasitos de licor.

–Más monstruo, vos. Salud.      

El olor dentro de una gallera es asqueroso. A veces me quedaba dormida en una esquina, debajo de las graderías y despertaba con algún hombre de esos mirándome la ropa interior por debajo del uniforme del colegio, por eso antes de quedarme dormida me metía la cabeza de un gallo en medio de las piernas. Una o muchas. Un cinturón de cabezas de gallitos. Levantar una falda y encontrarse cabecitas arrancadas tampoco gusta a los machos.

A veces, papá me despertaba para que tirara a la basura otro gallo despanzurrado. A veces, iba él mismo y los amigos le decían que para qué mierda tenía a la muchacha, que si era un maricón. Él se iba con el gallo descuajaringado chorreando sangre. Desde la puerta les tiraba un beso. Los amigos se reían.   

Sé que aquí, en algún lado, hay gallos porque reconocería ese olor a miles de kilómetros. El olor de mi vida, el olor de mi padre. Huele a sangre, a hombre, a caca, a licor barato, a sudor agrio y a grasa industrial. No hay que ser muy inteligente para saber que este es un sitio clandestino, un lugar refundido quién sabe dónde, y que estoy muy pero que muy jodida.

Habla un hombre. Tendrá unos cuarenta. Lo imagino gordo, calvo y sucio, con camiseta blanca sin mangas, short y chancletas plásticas, le imagino las uñas del meñique y del pulgar largas. Habla en plural. Aquí hay alguien más que yo. Aquí hay más gente de rodillas, con la cabeza gacha, cubierta por esta asquerosa tela oscura.  

–A ver, nos vamos tranquilizando, que al primer hijueputa que haga un solo ruido le meto un tiro en la cabeza. Si todos colaboramos, todos salimos de esta noche enteros.

Siento su panza contra mi cabeza y luego el cañón de la pistola. No, no bromea.
Una chica llora unos metros a mi derecha. Supongo que no ha soportado sentir la pistola en la sien. Se escucha una bofetada.

–A ver reina, aquí no me llora nadie, ¿me oyó? ¿O ya está apurada por irse a saludar a diosito?
Luego el gordo de la pistola se aleja un poco. Ha ido a hablar por teléfono. Dice un número: seis, seis malparidos. Dice también muy buena selección, buenísima, la mejor en meses. Recomienda no perdérsela. Hace una llamada tras otra. Se olvida, por un rato, de nosotros. 

A mi lado escucho una tos ahogada por la tela, una tos de hombre.

–He escuchado de esto –dice él, muy bajito. Pensé que era mentira, leyenda. Se llaman subastas. Los taxistas eligen pasajeros que creen que pueden servir para que den buena plata por ellos y para eso los secuestran. Luego los compradores vienen y pujan por sus preferidos o preferidas. Se los llevan. Se quedan con sus cosas, los obligan a robar, a abrirles sus casas, a darles sus números de tarjeta de crédito. Y a las mujeres. A las mujeres.

–¿Qué? –le digo.

Se queda callado.

Lo primero que pensé cuando me subí al taxi esa noche fue por fin. Apoyé mi cabeza en el asiento y cerré los ojos. Había bebido unas cuantas copas y estaba tristísima. En el bar estaba el hombre por el que tenía que fingir amistad. A él y a su mujer. Siempre finjo, soy buena fingiendo. Pero cuando me subí al taxi exhalé y me dije qué alivio: voy a casa, a llorar a gritos. Creo que me quedé dormida un momento y, de repente, al abrir los ojos, estaba en una ciudad desconocida. Un polígono. Vacío. Oscuridad. La alerta que hace hervir el cerebro: se te acaba de joder la vida.

El taxista sacó una pistola, me miró a los ojos, dijo con una amabilidad ridícula:  

–Llegamos, señorita.

Lo que siguió fue rápido. Alguien abrió la puerta antes de que yo pudiera poner el seguro, me echó el trapo sobre la cabeza, me ató las manos y me metió en esa especie de garaje con olor a gallera podrida y me obligó arrodillarme en una esquina.

Se escuchan conversaciones. El gordo y alguien más y luego otro y otro. Llega gente. Se escuchan risas y destapar cervezas. Empieza a oler a maría y alguna otra de esas mierdas con olor picante. El hombre que está a mi lado hace rato que ya no me dice que esté tranquila. Se lo debe estar diciendo a sí mismo.

Mencionó antes que tenía un bebé de ocho meses y un niño de tres. Estará pensando en ellos. Y en estos tipos drogados entrando en la urbanización privada en la que vive. Sí, está pensando en eso. En él saludando al guardia de seguridad como todas las noches desde que su carro está en el taller, mientras esas bestias van atrás, agachados. Él los va a meter en su casa donde está su hermosa mujer, su bebé de ocho meses y su niño de tres. Él los va a meter a su casa.  

Y no hay nada que pueda hacer al respecto.

Más allá, a la derecha, se escuchan murmullos, una chica que llora, no sé si la misma que ha llorado antes. El gordo dispara y todos nos tiramos al suelo como podemos. No nos ha disparado, ha disparado. Da igual, el terror nos ha cortado en dos mitades. Se escucha la risa del gordo y sus compañeros. Se acercan, nos mueven al centro de la sala. 

–Bueno, señores, señoras, queda abierta la subasta de esta noche. Bien bonitos, bien portaditos, se me van a poner aquí. Más acá, mi reina. Eeeso. Sin miedo, mami, que no muerdo. Así me gusta. Para que estos caballeros elijan a cuál de ustedes se van a llevar. Las reglas, caballeros, las de siempre: más plata se lleva la mejor prenda. Las armas me las dejan por aquí mientras dure la subasta, yo se las guardo. Gracias. Encantado, como siempre, de recibirlos.

El gordo nos va presentando como si dirigiera el programa de televisión más repugnante del mundo. No podemos verlos, pero sabemos que hay ladrones mirándonos, eligiéndonos. Y violadores. Seguro hay violadores. Y asesinos. Tal vez hay asesinos. O algo peor.

–Daaaaaaamas y caballeeeeeeros. 

Al gordo no le gustan los que lloriquean ni los que dicen que tienen niños ni los que gritan a la desesperada no sabes con quién te estás metiendo. No. Menos le gustan los que amenazan con que se va a pudrir en la cárcel. Todos esos, mujeres y hombres, ya han recibido puñetazos en la barriga. He escuchado gente caer al suelo sin aire. Yo me concentro en los gallos. Tal vez no hay ninguno. Pero yo los escucho.

–Este señor, ¿cómo se llama nuestro primer participante? ¿Cómo? Hable fuerte, amigo. Ricardoooooo, bienvenidooooo, lleva un reloj de marca y unos zapatos Adidas de los bueeeenos. Ricardooooo ha de tener plaaaaaaaataaaaaaa. A ver la cartera de Ricardo. Tarjetas de crédito, ohhhhhh Visa Goooooold de Messi.

El gordo hace chistes malos.

Empiezan a pujar por Ricardo. Uno ofrece trescientos, otro ochocientos. El gordo añade que Ricardo vive en una urbanización privada en las afueras de la ciudad: Vistas del Río.

–Allá donde no podemos ni asomarnos los pobres. Allá vive el amigo Riqui. ¿Si le puedo decir Riqui, no? Como Riqui Ricón.

Una voz aterradora dice cinco mil. La voz aterradora se lleva a Ricardo. Los otros aplauden.  

–¡Adjudicadooooooo al caballero de bigote por cinco mil!

A Nancy, una chica que habla con un hilito de voz, el gordo la toca. Lo sé porque dice miren que tetas, qué ricas, qué paraditas, qué pezoncitos y se sorbe la baba y esas cosas no se dicen sin tocar y, además, qué le impide tocar, quién. Nancy suena joven. Veintipocos. Podría ser enfermera o educadora. A Nancy el gordo la desnuda. Escuchamos que abre su cinturón y que abre los botones y que le arranca la ropa interior, aunque ella dice por favor tantas veces y con tanto miedo que todos mojamos nuestros trapos inmundos con las lágrimas. Miren este culito. Ay, qué cosita. El gordo sorbe a Nancy. Se escuchan lengüeteos. Los hombres azuzan, aplauden. Luego el embestir de carne contra carne. Y los aullidos. Los aullidos.   

–Caballeros, esto no es por vicio. Es control de calidad. Le doy un diez. Ahí la limpian bien bonito y una delicia nuestra amiga Nancy.     

Debe ser hermosa porque ofrecen, de inmediato, dos mil, tres, tres quinientos. Venden a Nancy en tres quinientos. El sexo es más barato que la plata.  

–Y el afortunado que se lleva este culitooooo ricoooo es el caballero del anillo de oro y el crucifijooooo.

Nos van vendiendo uno a uno. Al chico que estaba a mi lado, al del bebé de ocho meses y el niño de tres, el gordo ha logrado sacarle toda la información posible y ahora es un pez gordísimo para la subasta: plata en diferentes cuentas, alto ejecutivo, hijo de un empresario, obras de arte, hijos, mujer. El tipo es la lotería. Seguramente lo secuestrarán y pedirán un rescate. La puja empieza en cinco mil. Sube hasta diez, quince mil. Se para en veinte. Alguien con quien nadie se quiere meter ha ofrecido los veinte. Una voz nueva. Ha venido sólo para esto. No estaba para perder tiempo en pendejadas.

El gordo no hace ningún comentario.

Cuando me toca a mí, recuerdo lo de los gallos. Cierro los ojos y abro mis esfínteres. Es lo más importante que haré en mi vida, así que lo haré bien. Me baño las piernas, los pies, el suelo. Estoy en el centro de una sala, rodeada por delincuentes, exhibida ante ellos como una res y como una res vacío mi vientre. Como puedo, froto una pierna contra la otra, adopto la posición de un muñeca destripada. Grito como una loca. Agito la cabeza, mascullo obscenidades, palabras inventadas, las cosas que les decía a los gallos del cielo con maíz y gusanos infinitos. Sé que está a punto de dispararme.

En cambio, el gordo me revienta la boca de un manazo, me parto la lengua de un mordisco. La sangre empieza a caer por mi pecho, a bajar por mi estómago, a mezclarse con la mierda y la orina. Empiezo a reír, enajenada, a reír, a reír, a reír.

El gordo no sabe qué hacer.

–¿Cuánto dan por este monstruo?

Nadie quiere dar nada.

El gordo ofrece mi reloj, mi teléfono, mi cartera. Todo es barato. Me coge las tetas para ver si la cosa se anima y chillo.

–¿Quince, veinte? 

Pero nada, nadie.  

Me tiran a un patio. Me bañan con una manguera de lavar carros y luego, mojada, me suben a un carro que me deja, descalza, aturdida, en la Vía Perimetral. 



***



María Fernanda Ampuero
María Fernanda Ampuero es escritora, nació en Guayaquil, Ecuador en 1976 y estudió literatura. Escribe narrativa de ficción y de no ficción. Ha sido publicada en Internazionale (Italia), Samuel (Brasil), Piauí (Brasil), Quimera (España), Frontera D (España), Anfibia (Argentina), Gatopardo (México), Soho (Colombia/Ecuador) y Mundo Diners (Ecuador). Ha publicado dos libros, Lo que aprendí en la peluquería y Permiso de residencia. En 2015 ganó el premio Hijos de Mary Shelly con su cuento ¿Quién dicen los hombres que soy yo?. Edita la sección de cuento del suplemento cultural del diario español ABC y dicta clases en el Máster de Periodismo ABC-Complutense. Forma parte de varias antologías de relato y de periodismo literario. En 2012 fue elegida como uno de los 100 latinos más influyentes de España, país en el que vive desde 2005.


miércoles, 26 de julio de 2017

El final, por ahora. Un cuento de Ray Loriga

Aprovechando la visita a Ecuador del escritor, guionista y director de cine, Ray Loriga, ganador del Premio Alfaguara de novela, conversará con nosotros de manera virtual en Palabralab Ceibos.

Les dejamos un cuento del escritor español.

El final, por ahora

Se despertó tendido sobre la nieve. Lo cual no le pareció en absoluto extraordinario. Ni triste, ni desolador, ni peligroso, ni nada. Para despertar sobre la nieve, sólo es necesario haberse quedado dormido en la nieve. Despertar no requiere de ningún valor, y es algo que se hace, por así decirlo, naturalmente, y antes de que se presenten las circustancias, como se presentan los fantasmas en las noches de insomnio, se está a salvo, tranquilo, elegantemente tendido en el puente que separa las noches de los días, los muertos de los vivos. El lugar en el que se despierta ya no le pertenece al sueño, de igual manera que esta orilla del río ignora la naturaleza de la otra. Ni siquiera la nieve resulta entonces extraña, ni siquiera el frío que ha construido un esqueleto de hielo en su interior, levanta sospechas. 

El sol de invierno le quema los párpados cerrados y el bosque que aún no ve, se agita alrededor. Si tan sólo pudiera concederse un segundo más de paz, pero sabe que ya ha amanecido. Como si fuese la cosa más normal del mundo, se palpa la chaqueta, da con el bolsillo en el que están guardadas sus gafas oscuras, y con un gesto mil veces repetido, que en cambio carece en ese instante de recuerdo, al menos de recuerdo consciente, se planta las gafas en la cara. Y sólo después, abre los ojos y al segundo, se levanta. Sobre la gran explanada cubierta de nieve, no hay más rastro que el que acaba de dejar su cuerpo. Sus huellas, si las hubo, se han borrado, y alrededor, como había intuido, se extiende el bosque. No había imaginado, sin embargo, ni por supuesto recordado, la carretera, pero entre los árboles ve ahora claramente pasar los coches y hasta escucha sus motores, algo que hace un instante no estaba allí. Sucede a veces, que sólo percibimos la conversación de alguien sentado muy lejos de nosotros cuando vemos como se mueven sus labios. El mismo principio rige los micrófonos direccionales, que han de ser apuntados, con los ojos, hacia su verdadero objetivo, para poder así escuchar el sonido de las cosas que por fin vemos. Sin dudarlo, camina hacia la carretera, lo cual le dice algo de su condición. Un hombre que camina hacia el interior del bosque, está huyendo, y sin embargo, un hombre que camina hacia la carretera, seguramente sólo piensa en volver. A su pesar, ya ha empezado a reconstruir su historia. Sabe también, y de eso es consciente mientras camina por la nieve, que no es el suyo uno de esos casos de amnesia que animan de cuando en cuando las páginas de los periódicos y que a menudo construyen las tramas de las novelas de misterio con un mecanismo infantil y engañoso. No basta con esconder la receta para convertir un guiso vulgar en una comida memorable. Así que, por lo pronto, se alegra al comprobar que sólo está ligeramente aturdido, y que recuerda bien quién es, por más que aún no esté dispuesto a ponerse un nombre.

Si pudiera tomar un café antes de empezar con esto, se dice, sabiendo que es lo primero que se dice esta mañana, mientras sus pasos sobre la nieve le acercan a la carretera. A través de los últimos árboles ve por fin el coche, aunque sabía que iba a estar allí, como supo antes dónde estaban sus gafas de sol, porque recuerda el accidente, y se recuerda a sí mismo con tanta claridad, como recuerda qué esconde cada uno de los bolsillos de su chaqueta.

El coche está embarrancado en la nieve y la mujer que esperaba encontrar está aún dentro. Antes de mirarla no sabe –no porque no lo recuerde, sino porque no lo sabe– si está viva o muerta. Sí sabe, en cambio, que es preciosa.


El coche es negro, elegante, como lo son los coches de los demás. Uno de esos coches que se conducen desde el asiento de atrás, dando instrucciones. Un coche que no es conducido por uno mismo, sino por un deseo, y un poder, adquiridos con anterioridad. Un coche que de alguna manera anda solo, y de cuyo accidente nadie es del todo responsable. Como el coche de Lady Diana, que avanzaba por un camino ajeno, conducido por un extraño, llevando dentro una desgracia que ya no era sino la proyección de una ambición previa, condenada a entrar en conflicto con las más retorcidas circunstancias.


Lo que más le extraña cuando se asoma a su interior no es encontrarla a ella viva, durmiendo plácidamente, sino la ausencia del chófer. Tal vez haya muerto, se dice, o tal vez haya ido a pedir ayuda, o tal vez, el chófer sí ha perdido la memoria tras el golpe, y camina por el bosque sin rumbo. Aunque también puede ser que el chófer no sea del todo inocente, que estuviera bebido y que no tenga la menor intención de aparecer nunca más.


Ella, es más hermosa aún de lo que recordaba y su vestido de niña tímidamente escotado, ligeramente marinero, sus largas piernas, su boca entreabierta, su pelo rubio desparramado en exquisito desorden sobre el asiento trasero, le reafirman en algo que ya intuyó al despertar sobre la nieve. Algo de lo que ahora está convencido; un segundo antes de este lamentable accidente, él era un hombre feliz, y afortunado.


Ella, y esto lo recuerda muy bien, le dijo al menos una vez, te quiero. Pero ahora, ella tiene los ojos cerrados y está aún dormida, así que no sabe qué pensar. No puede asegurar que vuelva a decirlo.


Durante largo rato contempla el accidente, y a la mujer que duerme, como quien se detiene en un cruce y contempla su sombra caer, dividiéndolo todo en dos opciones exactas, entre el desastre y la oportunidad. Finalmente abandona la carretera, y se adentra en el bosque.


Y sus pasos sobre la nieve ahogan también un “te quiero”, que en su caso, y de eso al menos sí está convencido, no será el último.

jueves, 1 de junio de 2017

Lucía y el Lago


Un cuento de Alicia Ribas
















Lucía abrió su regalo de cumpleaños. Estaba muy emocionada. Ella siempre había querido ser un hada y al fin tenía el traje. En la caja había unas hermosas alas transparentes y un cetro de cristal.

Se puso el traje y salió a jugar al patio.  Subió al árbol como lo haría un hada.  Desde allí podía ver el lago que estaba frente al parque y a los niños jugando en el patio de sus casas.

—¿Eres nueva? —preguntó una voz desde la hoja de un árbol.
—Sí. —dijo Lucía— Recién empecé hoy.
—¿Ya puedes volar?
—No, aún no. —contestó un poco triste.
—Solo necesitas un poco de polvo de hada.
—¿Y dónde lo encuentro? —preguntó la pequeña niña.
—Con tu cetro puedes atrapar la luz y ponerla en tus alas. Luego vas al lago y le preguntas. Él sabe todo sobre las hadas.

La voz se esfumó tan rápido como había aparecido, de tal manera que Lucía bajo del árbol y siguió los pasos, tal como lo había escuchado. El césped estaba muy verde y brillaba. Lucía atrapó la luz del césped y la puso en sus alas.

—¡Mamá, voy al lago!

Cuando llego al lago se vio en el agua. ¡Estaba toda verde, cubierta de césped!

—Lago, ¡las hadas no son verdes!
—Métete al agua o te quedarás así.
—¡Pero no me gusta bañarme!

Lucía se metió al agua y llegó toda mojada a su casa.

—¿Qué te pasó, Lucía?, preguntó su mamá.
—Ese lago no sabe mucho sobre hadas, mami.

Lucía volvió a subir al árbol como lo haría un hada, y vio a lo lejos un hermoso arcoíris.  Tenía todos los colores, así que Lucía atrapó la luz del arcoíris y la puso en sus alas.

—¡Mamá, voy al lago!

Cuando llegó al lago se vio en el agua. Tenía las manos azules, el cuerpo de colores, y la nariz roja.

—Lago, ¡así no se ven las hadas!.
—Métete al agua o te quedarás así.
—¡Pero no me gusta bañarme!

Lucía se metió al agua y llegó toda mojada a su casa.

—¿Que pasó, Lucía?, preguntó su mamá.
—Ese lago no sabe mucho sobre hadas, mami.

Lucía subió al árbol como lo haría un hada, y a su lado vio como brillaban las plumas del pájaro cantor.  Pensó que como tenía alas debía de servir para volar, así que atrapó la luz de las plumas del pájaro y se la puso en las alas.

—¡Mamá, voy al lago!

Cuando llego al lago, ¡estaba toda cubierta de plumas!

 —Lago, ¡las hadas no tienen plumas! 
—Métete al agua o te quedarás así. 
—¡Pero no me gusta bañarme!

Lucía se metió al agua y llegó toda mojada a su casa.

—¿Que pasó, Lucía?, preguntó su mamá. 
—Ese lago no sabe mucho sobre hadas mami.

Lucía decidió que ya había sido suficiente.  Se puso nuevamente sus alas y cogió su cetro.

—Mamá voy a lago.

En el camino vio como brillaba la piel de su gato, las bicicletas y los carros también brillaban, pero Lucía no atrapó ninguna de esas luces.

Cuando llegó a la pileta, en el reflejo del agua, pudo ver que su pelo y su cara brillaban.  Lucía atrapó esa luz y se la puso en las alas.

Entonces, cayó polvo de hada.

—Ya puedes volar, —le dijo el lago.

Y Lucía, el hada, regresó volando a su casa.

—¿Qué pasó, Lucía?, —preguntó su mamá. 
—Después de todo… el lago sí sabía sobre hadas, mami.


¿Dónde estamos?