lunes, 25 de abril de 2016

Un día del libro con Cervantes, por Rosa Huertas

En el año más cervantino que viviré nunca, el autor del Quijote está omnipresente, hasta hacerse cotidiano. Si miro hacia atrás, él siempre ha estado ahí: cada 23 de abril, cada vez que releo algún capítulo del Quijote en ese viejo volumen heredado de mi abuelo, cada vez que paseo por el barrio de las letras y camino por las mismas calles que él pisó.

Lectores, escritores, libreros, editores, profesores y todos aquellos que amamos los libros y trabajamos para que la Literatura forme parte de nuestra existencia y de la de los demás, marcamos en rojo esta fecha en el calendario. Ninguno de nosotros seríamos los mismos sin los libros leídos.

Y la Literatura nos sale al encuentro en cada recodo de la vida.

Una imagen que me sorprendió hace un par de años me regaló la idea para un libro infantil. Una tarde de otoño paseaba por la calle del León, junto al edificio que se encuentra en el mismo lugar donde estaba la casa en la que murió Cervantes. Levanté la vista, en busca quizá de algún rastro invisible del escritor, y de alguna manera lo encontré. En los balcones del segundo piso descubrí un cartel que rezaba: “stop, desahucios”. Me sobrecogí porque pensé que ese desahuciado podría haber sido el autor del Quijote, que murió casi en la miseria, en ese mismo lugar hace 400 años, a pesar de haber creado al personaje más famoso de todos los tiempos. La idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza: ¿qué pasaría si Cervantes viviese en el siglo XXI?

Así surgió Mi vecino Cervantes, una historia que me ha permitido hablar del escritor a niños y mayores, jugando con esa hipótesis fantástica. Si Cervantes hubiese vivido en el siglo XXI habría sido un desahuciado más, pero nunca habría perdido su capacidad creadora ni su fe en el poder de la palabra.

He celebrado los días previos al 23 de abril con euforia contagiosa. Este año no me he conformado con celebrar el día del libro y querido dedicarle a la Literatura  la semana completa. En los centros escolares se está hablando mucho de Cervantes. Los profesores queremos acercar a los chicos la figura de este hombre singular que tuvo una vida difícil pero que nunca dejó de soñar ni de escribir, que nos regaló historias hermosas y personajes inmortales.

Cada 23 de abril, se trata, en definitiva, de celebrar la fiesta de los libros y la lectura. Y esa fiesta puede tener muchas caras: algunos recitan poemas, otros decoran paredes con frases y versos, algunos leen en voz alta, otros en voz baja; pero lo importante es que nadie se sienta excluido por la Literatura. En tal caso, se estaría perdiendo uno de los grandes placeres de la vida.


Es tan hermoso sumergirse en una buena historia, emocionarse con los versos que alguien escribió hace siglos, vivir la vida de otros que se mueven en nuestra imaginación, visitar lugares que jamás pisó nadie, identificarse con ese personaje que alguien escribió pensando en ti, instalarse lejos de lo cotidiano y aparecer en otro lugar… que me parece que una sola vida no basta para leer tanta belleza. ¡Vamos! No hay un minuto que perder. 

Rosa Huertas es escritora de literatura infantil, su libro Mi vecino Cervantes del sello Anaya, recoge esta experiencia.

Fotografía fuente: www.tandemadrid.com

El Cusco del Inca Garcilaso de la Vega, por Ricardo Ráez Reátegui


A principios de 1560 salía Gómez Suárez de Figueroa del Cusco para no volver. Había vivido allí desde su nacimiento y a los 20 años se iba a España donde se convertiría en inca, en el Inca Garcilaso de la Vega, “el primer peruano” según Raúl Porras Barrenechea. Hijo de un capitán español y la princesa inca Chimpu Ocllo, vivió la mayoría de su niñez y adolescencia con su madre y la familia de ella.  Allí aprendió el quechua y escuchó infinidad de historias sobre la ciudad y el Tahuantinsuyo, observó sacrificios de llamas para augurar el futuro, se sentó al lado de personajes icónicos de una sociedad casi desaparecida y compartió el dolor del pasado perdido.

Al mismo tiempo, Garcilaso crecía entre españoles y caminó por las calles de la ciudad como uno más de ellos; cabalgó por las llanuras donde sucedieron las guerras civiles entre conquistadores que ansiaban formar su propio reino; vio cómo llegaban alimentos y animales que no se conocían a 3400 metros sobre el nivel del mar y, como hijo predilecto del capitán, jugó a las cañas en las fiestas de Santiago y al jurarse por rey a Felipe II. Garcilaso fue feliz en Cusco y nunca olvidó sus historias. A una cuadra de su casa estaba la Plaza de Armas o Haucaypata donde, hace más de 450 años, observó la destrucción paulatina de cuatro grandes complejos de piedra (canchas) que aún la bordeaban: Casana, la casa de Pachacutec (Portal de Panes), donde destacó

“un hermosísimo galpón que en tiempo de los Incas, en días lluviosos, servía de plaza para sus fiestas y bailes. Era tan grande que muy holgadamente pudieran sesenta de a caballo jugar cañas dentro en él”. (pág. 107)

Santo Domingo
También vio el Amarucancha (iglesia de la Compañía de Jesús)  “que es: barrio de las culebras grandes” (pág. 108); el Acllahuaci la “casa de las vírgenes escogidas” (pág. 108), y la cancha de Viracocha sobre el andén en que se construiría la Catedral y donde los españoles sostuvieron el sitio de Manco Inca.  Frente al Amarucancha se ubicaba el Sunturhuaci, una torre de 15 metros de alto que:

“Estaba cubierto en redondo, como eran las paredes; encima de toda la techumbre, en lugar de mostrador del viento (porque los indios no miraban en vientos), tenía una pica muy alta y gruesa, que acrecentaba su altura y hermosura”. (pág. 231)


La isla de casas que hoy se levanta sobre el río Saphi y divide las plazas Haucaypata y Cusipata (Plaza Regocijo y ex Hotel Cusco) se empezó a construir en 1548 y Cusipata fue rebautizada como Nuestra Señora de las Mercedes,

“…en ella están los indios e indias que con sus miserias hacían en mis tiempos oficios de mercaderes, trocando unas cosas por otras; porque en aquel tiempo no había uso de moneda labrada, ni se labró en los veinte años después; era como feria o mercado, que los indios llaman catu”. (pág. 110)

A unos pasos de allí estaba la casa de Garcilaso, que hoy es el Museo Histórico Regional de Cusco; lugar donde se reunían los españoles para recordar las guerras de conquista y hablar sobre la situación del virreinato que se empezaba a conformar:

“…tenía encima de la puerta principal un corredorcillo largo y angosto, donde acudían los señores principales de la ciudad a ver las fiestas de sortijas, toros, y juegos de cañas que en aquella plaza se hacían”. (pág. 45)

Desde allí, cuando la ciudad tenía edificios de menor altura, se contemplaba “la punta de sierra nevada en forma de pirámide” (pág. 183) del apu Ausangate, cerro sagrado del Cusco.

De regreso a la Plaza de Armas, si se dirige la vista hacia la mitad del apu Sacsayhuaman se distingue un andén,- donde hoy está la iglesia San Cristóbal-, que otrora era el corazón de Collcampata, uno de los doce barrios incaicos del Cusco, “casas que fueron del Inca Paullu y de su hijo Don Carlos, que también fue mi condiscípulo” (pág. 16) y donde el sapan inca hacía los ritos que daban inicio a la temporada agrícola. Luego estaba Pumacurco, el nombre que hoy tiene una empinada calle del barrio San Cristóbal, y que Garcilaso tradujo como “viga de leones […] porque en unas grandes vigas que había en el barrio ataban a los leones que presentaban al Inca, hasta domesticarlos y ponerlos donde habían de estar”. (pág. 102)  También mencionó a Rimacpampa, aduana de ingreso y salida del Qhapaq Ñan al Collasuyu que hoy es la plaza Limacpampa, epicentro del tráfico que va hacia el centro y sur de la ciudad, y lugar de concentración de festividades y protestas.

Pumapchupan
Siguiendo el rio Tullumayu, que hoy corre bajo la avenida del mismo nombre, se llega a una vistosa pileta en la zona de Pumapchupan, el final de la ciudad en forma de puma que diseñó el inca Pachacutec: “quiere decir: cola de león, porque aquel barrio fenece en punta, por dos arroyos que al fin de él se juntan (Tullumayu y Saphi), haciendo punta de escuadra” (pág. 102).  Al otro extremo del río Saphi, cerca del cruce de Plateros y Santa Teresa estaba Huacapuncu, el ingreso a la parte sagrada de la llaqta por el Qhapaq Ñan al Chinchaysuyu. Garcilaso también mencionó el barrio de Chaquillchaca- donde hoy están los famosos mercado e iglesia de San Pedro-, Tococachi (San Blas), Carmenca (Santa Ana), Cayaucachi (Belén), Picchu, Munaicenca y Cantutpata; todos lugares de visita obligada hasta el día de hoy.

Coricancha y Sacsayhuaman
El callejón Loreto,- llamado Inti K’ijllu en el Tawantinsuyo-, se ubica a un costado de la iglesia de La Compañía y era el principal ingreso al Coricancha o Templo del Sol que hoy es el convento de Santo Domingo. Garcilaso utilizó varias páginas de sus Comentarios Reales para describir el complejo y su magnífico jardín de oro que imitaba a la naturaleza, las celebraciones de las naciones en Intipampa (la plaza delante del templo), las cinco fuentes de agua con “caños de oro” donde se hacían baños rituales, los espacios donde el Uillac Umu rendía culto a la luna, las estrellas, el rayo y el arcoíris, y rememoró capítulos dramáticos como la noche en que el conquistador Mancio Serra de Leguizamo, “que yo conocí y dejé vivo cuando me vine a España” (pág. 182),  apostó la figura del Sol, “hecha de una plancha de oro al doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes” (pág. 195) y la perdió.

Desde niño, Garcilaso jugó con sus amigos en los laberintos de Sacsayhuaman, “la obra mayor y más soberbia” (pág. 168) de los incas. Sus recuerdos mezclan el asombro por las enormes piedras con la indignación por la destrucción del monumento. Al cronista, como hoy a miles de turistas, le cuesta imaginar cómo se logró ese ensamblado perfecto de gigantescas piedras multiformes:

“Unas son cóncavas de un cabo y convexas de otro y sesgas de otro, unas con puntas a las esquinas y otras sin ellas; las cuales faltas o demasías no las procuraban quitar ni emparejar ni añadir, sino que el vacío y cóncavo de una peña grandísima lo henchían con el lleno y convexo de otra peña tan grande y mayor, si mayor la podían hallar” (pág. 144).

Tras atravesar las tres murallas de la fortaleza por las puertas de Tiupuncu, Acahuana puncu y Viracocha puncu se llegaba a lo más alto del edificio donde había tres torreones: Moyoc Marca –que era redondo y tenía “una fuente de mucha y muy buena agua, traída de lejos, por debajo de la tierra” (pág. 146)-; Paucar Marca y Sacllac Marca. Durante siglos se creyó que estos edificios eran un invento de Garcilaso hasta que en 1936, Luis Valcárcel desenterró los cimientos. Tal vez lo más impresionante del relato es confirmar que aún hay mucho por descubrir bajo tierra:

“En aquellos subterráneos mostraron grande artificio; estaban labrados con tantas calles y callejas, que cruzaban de una parte a otra con vueltas y revueltas, y tantas puertas, unas en contra de otras y todas de un tamaño que,  a poco trecho que entraban en el laberinto, perdían el tino y no acertaban a salir” (pág. 349).


El Inca Garcilaso de la Vega nos guía, desde hace casi cinco siglos, por el Cusco más puro y, a la vez, utópico. Así como millones de peruanos que hoy viven en el extranjero, expresó en sus obras un patriotismo exaltado donde el Perú es maravilloso e incluso se autonombró inca en Europa, una osadía para el siglo XVI. Viejo y lejos de su amada Cusco la recordó con el cariño entrañable que se merecen los paraísos perdidos y dejó un relato inolvidable que muchos agradecemos de corazón en los 400 años de su muerte.

*Todas las citas son de los volúmenes 1, 2, 3, 6 y 8 de los Comentarios Reales de los Incas, del Inca Garcilaso de la Vega
** Foto de obra compuesta por el maestro cusqueño Edwin Chávez

lunes, 4 de abril de 2016

EMPEZAMOS ABRIL... ¡Y A CELEBRAR EL MES DEL LIBRO!

Tienes muchas formas de celebrar con nosotros. Únete todo el mes con las actividades sugeridas con el hashtag #SoyLibro y asiste a las actividades programadas para la tarde del 23 de abril.  Hay más sorpresas, así que estén atentos.



1. Cuéntanos qué lees con el HT #SoyLibro + el HT con tu ciudad.
2. Si fueras un libro, qué libro serías. Menciónalo con el HT #SoyLibro.
3. Envíanos fotos con tu #shelfie o el libro que lees con el HT #SoyLibro.
4. Cuéntanos qué organizarás en tu barrio o ciudad: cuentacuentos, club de lectura, intercambio de libros y te uniremos a nuestra red de difusión. Escríbennos con el HT #SoyLibro

Puedes hacer cualquiera de estas actividades desde hoy hasta el 23 de abril.

Agenda de actividades del 23 de abril

14h00 Taller de ilustración para niños a partir de 7 años.  En Imágenes poéticas vamos a leer poesía y a pasarla al papel con lo que lo leído nos sugiera.  Es un taller para aprender a leer la poesía de vanguardia a través de las imágenes.

16h00  Juego escénico literario: los discursos de poder en Hamlet y El Rey Lear de Shakespeare.  En memoria del autor a sus 400 años de desaparición.  El homenaje consta de un análisis leído por un narrador y fragmentos interpretados por los actores Itzel Cuevas y Cristian Aguilera.

17h00 Lanzamiento del libro Condición crítica de Wilfrido H. Corral y Marcelo Báez.  Además de contar con la presencia de los autores, la docente Mónica Ojeda dirigirá la charla.

18h30 Borges: tango y lunfardo.  Una charla ofrecida por la crítica literaria Maricarmen Peré que será acompañada por la música en vivo de Nerio David.

20h00 Presentación del libro de fotografía La línea de sombra de Efrén Guerrero.  Lo acompaña Fernando Ampuero.

14h00 a 20h00 Intercambio de libros en la modalidad de Cita a ciegas.  Solo se reciben libros de literatura, es decir, poemarios, cuentarios o novelas.
14h00 a 20h00 Feria de libros viejos a cargo del grupo de jóvenes de Readers Ecuador.  Esta actividad la están realizando como grupo a nivel nacional.
14h00 a 20h00 Editatona de Wikipedia convocada por los Wikimedistas de Ecuador para editar "Mujeres de la literatura ecuatoriana".  Con el apoyo de Girls in Tech Ecuador.

Contacto: 
Adelaida Jaramillo
0980250253

Un mundo sin el Quijote y sin Hamlet


El 23 de abril es un día que enluta a la literatura universal porque mueren Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega.  Entonces, ¿por qué celebramos a los libros?  Porque hace 21 años que la UNESCO declaró a este día, como el día para recordar a estos tres autores, al libro y a los derechos de autor.  En abril deberíamos detenernos un momento para preguntarnos: por qué nos importan los libros.

Debo confesar que siempre he tenido una morbosa curiosidad con el escenario que propone Ray Bradbury en Fahrenheit 451, ese en el que los bomberos en lugar de apagar incendios queman libros.  ¿Qué tal si el 23 de abril, me pongo a quemar libros, o a borrarlos, o a desaparecerlos?  No sería la primera persona que lo hace.  Ya pasó en Bebelplatz en el régimen de Hitler, cuando se pensaba que algunos textos tenían contenidos que no debían ser leídos, o en Chile durante la dictadura de Pinochet.

¿Qué tal si hubiese tenido en esa época, el poder de encarcelar a Miguel de Cervantes o a William Shakespeare por sus creencias o sus textos, como hicieron con Liu Xiaobo en China, o como han hecho con un centenar de escritores turcos?  ¿Qué tal si por meter presos a estos dos autores, Don Quijote de la Mancha o Hamlet no llegaban a ver la luz de la imprenta?

Cervantes no estuvo una, sino varias veces en la cárcel y aún así tenemos al Quijote en nuestro imaginario literario, pero todas estas preguntas me hicieron pensar en el efecto mariposa, y sobre cómo sería el mundo sin éste visionario seco de carnes y enjuto de rostro, y sin poder cuestionarnos si ser o no ser, es o no es la cuestión.  Como soy una mujer saturada de preguntas, pero carente de respuestas, les planteé esta inquietud a personajes vinculados a las letras que resultarán más sabios e interesantes que yo.

“Para empezar, veamos el lado positivo. Sin el Quijote de Cervantes no tendríamos el Quijote de Montalvo, lo que convertiría a nuestro mundo en un mejor lugar para vivir. Sin el Hamlet de Shakespeare no tendríamos el Hamlet de Zeffirelli, con lo cual nos ahorraríamos la vergüenza ajena de ver a Mel Gibson intentando parecer un ser humano decente lleno de vida interior. Por el lado negativo: imaginar un mundo sin el Quijote y sin Hamlet es tan extraño como imaginar un mundo sin espejos ni encrucijadas; sin Borges ni The Matrix; sin Sebald y Auster; sin Batman ni Rorschach; sin la intuición de que la bondad humana también está hecha de miedos y de horrores. Sería como seguir creyendo que la tierra es esférica y descubrir de golpe que los planos somos nosotros”. -Gustavo Faverón, escritor, crítico literario y catedrático universitario peruano. (@gfaveron)

Un mundo sin Don Quijote padecería varias pobrezas:
1) Se habría perdido el símbolo más completo de la búsqueda de un mundo mejor: de aquel que lucha por ideales, por justicia, por los desvalidos.
2) No veríamos claro que cierta locura coincide con bondad, fidelidad a las ideas y amor por la lectura, que el mundo de la imaginación es tan válido como el de la realidad.
3) Careceríamos de un exquisito modelo del uso de la lengua española que pese a ser antiguo para nuestros días, tiene una flexibilidad inmortal.
- Cecilia Ansaldo, ensayista, crítica literaria, antóloga y catedrática universitaria ecuatoriana. (@ceciliaansaldo)

Probablemente si no hubiera existido Cervantes, la literatura española habría sido aún más seria, más solemne, más rígida, más sentenciosa, más segura de sí misma y por lo tanto mucho más aburrida. El Siglo de Oro habría tenido mucho más de oro y mucho menos de humano. El Quijote llegó para burlarse de todo lo serio y lo solemne, incluida la masculinidad, la guerra, el poder (e incluida la voz que narra, por supuesto). 

Shakespeare es en cambio una aparición sobrenatural que excede el tamaño y la linealidad de cualquier tradición literaria. Las mejores comedias, las mejores tragedias, los mejores diálogos, las descripciones más sutiles, la mayor profundidad psicológica, las mejores intrigas, un entendimiento de la naturaleza humana que siempre parece sobrehumano. Todo parece estar en la inmensa obra de ese escritor, cuya grandeza sin duda hizo más grandes a sus contemporáneos y abrió nuevas posibilidades narrativas para todos los que escribimos después.

"Los habríamos extrañado mucho, a Cervantes y a Shakespeare, si no hubieran existido. Tendríamos muchas menos herramientas para transcribir el mundo que vemos. Por eso debemos agradecerles cada día el haber escrito lo que escribieron."  - Antonio Úngar, escritor y arquitecto colombiano.

"Sin el "Quijote" no habría existido "Madame Bovary" y sin "Madame Bovary" no habría existido "Ana Karenina" y sin "Ana Karenina" yo no me habría enamorado.

Sin "Hamlet" no habría existido la obra de Edgar Allan Poe, sin Edgar Allan Poe no habría existido Chesterton, sin Chesterton no habría existido Borges y sin Borges yo no habría leído.

O sea que sin "Hamlet" y "El Quijote" yo estaría solo y encima aburrido." -Fernando Iwasaki, escritor, historiador, crítico literario y sobresaliente amigo.

Con los ojos del Quijote añado a la lista de Fernando, que sin Poe, Aurora Bernárdez y Julio Cortázar  probablemente no habrían tenido con qué comer en París y quizás, Rayuela no se hubiera escrito, y sin Rayuela qué seríamos de nosotras las Glendas, las Magas y las cronopias.

Creo que no preciso responder las preguntas existenciales que me planteaba al inicio del texto, porque me anteceden suficientes argumentos para ilustrar por qué gente como Fernando, Antonio, Cecilia, Gustavo y yo celebramos a los libros, pero sobre todo a Shakespeare y a Cervantes. 

Los invito a todos a celebrar un mes entero al libro proponiendo actividades, convirtiéndonos en promotores de algo que amamos, siendo gestores de nuestros propios eventos.

En abril yo #SoyLibro, y en el fondo, creo que todos lo somos.

¡Feliz día del libro a todos!

Adelaida Jaramillo
Directora de palabra.lab

lunes, 28 de marzo de 2016

La señora Dalloway en Bond street, un cuento de Virginia Woolf


La señora Dalloway dijo que iría ella misma a comprar los guantes.
El Big Ben daba las campanadas cuando salió a la calle. Eran las once, y la hora aún sin estrenar parecía fresca, como destinada a un grupo de niños en una playa. Pero había algo solemne en el ritmo deliberado de las campanadas; algo incitante en el murmullo de las ruedas y el arrastrar de las pisadas.
Sin duda, no todos hacían recados felices. Puede decirse mucho mas sobre cualquiera de nosotros, aparte de que vamos andando por las calles de Westminster. Incluso el Big Ben no sería mas que un montón de varillas de acero corroídas por el óxido, si no fuera por los cuidados del Ministerio de Obras Publicas. Sólo para la señora Dalloway era completo el momento; para ella junio era puro. Una infancia feliz; y no fueron solo las hijas de Justin Parry quienes lo consideraron un hombre bueno (aunque débil en la magistratura); flores al atardecer, el humo ascendiendo; el graznido de los grajos cada vez mas alto, cayendo, cayendo por el aire de octubre; no hay nada que pueda ocupar el lugar de la infancia. Una hoja de menta la trae de nuevo, o una taza con el borde azul.
Pobres infelices, suspiro, y siguió adelante. "¿Será posible? ¡Justo bajo el hocico del caballo! ¡Demonio de crío!" Y se quedó parada en la acera, extendiendo la mano mientras Jimmy Dawes se reía desde el otro lado.
Una mujer encantadora, elegante, vehemente; el pelo blanco en extraño contraste con las mejillas sonrosadas. Así la veía Scope Purvis, Caballero de la Orden del Baño, mientras apretaba el paso en dirección a su despacho. Se detuvo un momento hasta que paso la camioneta de Durtnall. El Big Ben dio la décima campanada; dio la undécima. Los círculos de plomo se diluían en el aire. El orgullo la mantenía erguida, heredera y transmisora de un legado, familiarizada con la disciplina y con el sufrimiento. Cuanto sufría la gente, cuanto sufría, se dijo, recordando a la señora Foxcroft en la Embajada la noche anterior, cubierta de joyas, el corazón destrozado porque aquel muchacho tan agradable había muerto y ahora la vieja Manor House (la camioneta de Durtnall pasó en ese momento) quedaría en manos de un primo suyo.
-¡Buenos días tenga usted! -saludó Hugh Whitbread, quitándose el sombrero con gesto teatral junto a la tienda de porcelana, porque se conocían desde niños-. ¿Adónde vas?
-Me encanta pasear por Londres -dijo la señora Dalloway-. Es mucho mejor que pasear por el campo.
-Nosotros acabamos de llegar -explicó Hugh Whitbread-. Por desgracia, de médicos.
-¿Milly? -preguntó la señora Dalloway compadeciéndose al punto.
-Está pachucha -dijo Hugh Whitbread-. Ya sabes. ¿Dick está bien?
-¡Estupendamente! -respondió Clarissa.
Claro, pensó, al seguir su camino, Milly es más o menos de mi edad... cincuenta... cincuenta y dos. Probablemente se trataba de eso; el modo en que Hugh lo había dicho no dejaba lugar a dudas... el querido Hugh, se dijo la señora Dalloway, recordando con cariño, con gratitud, con emoción, lo tímido, como un hermano -una preferiría morir antes que hablarle a su hermano-, que Hugh había sido siempre, cuando llegaba de Oxford y alguna de ellas (¡maldita sea!) no podía montar a caballo. ¿Cómo entonces iban a ocupar las mujeres escaños en el Parlamento? ¿Como podían hacer cosas con los hombres? Porque hay un instinto extraordinariamente profundo; algo que esta dentro de ti y de lo que no puedes librarte; de nada sirve intentarlo; y los hombres como Hugh lo respetan sin decir nada; por eso es adorable el querido Hugh.
Había pasado bajo el arco del Almirantazgo y, al final de la desierta avenida, con sus árboles delgados, asomaba el montículo blanco del monumento a la Reina Victoria, amplia, hogareña, maternal, tan ridículo, y sin embargo tan sublime, se dijo la señora Dalloway, recordando Kensington Gardens y a la anciana con gafas de concha y a la niñera que le ordenaba que se estuviera quieta y se inclinara ante la Reina. La bandera ondeaba en el palacio y eso significaba que los monarcas habían regresado. Dick había conocido a la Reina en un almuerzo... una mujer sumamente agradable. Significa tanto para los pobres, pensó Clarissa, y para los soldados. Sobre un pedestal se alzaba un hombre de bronce en actitud heroica, con un fusil en la mano izquierda... la guerra de Suráfrica. Significa mucho, pensó la señora Dalloway, mientras se encaminaba al Palacio de Buckingham. Allí estaba, rotundo, sencillo, sobrio, bajo la amplia luz del sol. Pero era el carácter, pensó, algo innato en la raza, lo que los indios respetaban. La Reina visitaba hospitales, inauguraba tómbolas benéficas. La Reina de Inglaterra, pensó Clarissa, contemplando el palacio. En ese momento salía un coche; los soldados saludaron; las puertas volvieron a cerrarse. Y Clarissa cruzó la avenida y entró en el parque, erguida.
Junio había llenado de brotes las hojas de los árboles. Las madres de Westminster amamantaban a sus pequeños. Muchachas muy respetables yacían tendidas en la hierba. Un anciano se agachó con dificultad para recoger un papel arrugado, lo alisó y lo tiró. ¡Qué terrible! La noche anterior, en la Embajada, Sir Dighton había dicho, “Si necesito que alguien me sujete el caballo no tengo más que levantar una mano”. Pero la cuestión religiosa es mucho más seria que la económica, había dicho también Sir Dighton, y a ella le pareció muy interesante, viniendo de un hombre como él. “Ah, el país nunca sabrá lo que ha perdido”, añadió, opinando sin que nadie le preguntara por el difunto Jack Stewart.
Subió la cuesta ágilmente. El viento soplaba con fuerza. Llegaban mensajes de la Flota al Almirantazgo. Piccadilly, Arlington Street y el Mall parecían rozar el aire del parque, produciendo brillantes remolinos de calor en las hojas de los árboles, con oleadas de esa divina vitalidad que tanto agradaba a Clarissa. Cabalgar; bailar; cuanto le habían gustado esas cosas. O dar largos paseos por el campo, hablando de libros, de qué hacer con la propia vida, porque la juventud es de lo más presuntuosa... ¡Ay; qué cosas había llegado a decir! Pero tenía sus convicciones. La madurez es diabólica. La gente como Jack nunca lo sabrá, se dijo; porque Jack no había pensado en la muerte ni una sola vez, ni supo, según decían, que se estaba muriendo. Y nunca llorará -¿cómo seguía?- a una cabeza gris... libre de la escoria del mundo... apuraron su copa una o dos rondas antes... ¡del contagio del estúpido mundo! Se mantenia erguida.
¡Pero cómo habría protestado Jack! ¡Citar a Shelley en Piccadilly! “Se te ha caído una horquilla”, habría dicho. Odiaba el desaliño. “¡Por Dios, Clarissa! ¡Por Dios, Clarissa!” Aun lo estaba oyendo en la fiesta de Devonshire House, junto a la pobre Sylvia Hunt, con su collar de ámbar y su ajado vestido de seda. Clarissa dio un respingo al advertir que había hablado en voz alta y que ya estaba en Piccadilly, pasando junto a la casa con esbeltas columnas verdes y balcones; pasando junto a los ventanales del club llenos de periódicos; pasando junto a la mansión de la anciana Lady Burdett-Coutt, donde había un loro blanco de porcelana; y junto a Devonshire House, sin sus leopardos dorados; y por el Claridge, donde debía acordarse de dejar, por encargo de Dick, una tarjeta para la señora Jepson antes de que se marchara. Los americanos ricos pueden ser gente muy agradable. Ahí estaba St. James Palace; como una construcción infantil; y ahora -ya había cruzado Bond Street- se encontraba junto a la librería Hatchard. El tráfico era incesante... incesante... incesante. Lores, Ascot, Hurlingham... ¿qué era eso? Qué encantadora muchacha, se dijo, contemplando la cubierta de un libro de memorias abierto en el escaparate; la habrá pintado Sir Joshua o Romney; maliciosa, vivaracha, recatada; tal como debía ser una muchacha, como su Elizabeth. Y vio también aquel libro absurdo, Soapy Spnge, que Jim citaba a todas horas; y los sonetos de Shakespeare. Se los sabía de memoria. Phil y ella se habían pasado el día hablando de la Dama Morena, y esa misma noche, en la cena, Dick dijo que nunca había oído hablar de ella. ¡Desde luego... para eso se había casado con él! ¡No había leído a Shakespeare! Tenía que encontrar algún librito barato para Milly... ¡ya está, Cmnford! ¿Había algo mas gracioso que esa vaca con enaguas? Si la gente tuviera el mismo humor, la misma dignidad, pensó Clarissa al recordar las amplias páginas, la cadencia de las frases, los personajes... el modo en que se hablaba de ellos, como si fueran reales. Para todas las cosas grandes hay que remontarse al pasado, pensó. Del contagio del estúpido mundo está seguro. No temas más el calor del sol... Y nunca llorará, y nunca llorará, repitió, la mirada perdida en el escaparate; porque lo tenía grabado en la mente; la prueba de la gran poesía; los autores modernos nunca habían escrito nada sobre la muerte digno de ser leído, pensó; y dio media vuelta.
Los tranvías se unían a los coches, los coches a las camionetas, las camionetas a los taxis, los taxis a los coches; había un descapotable con una muchacha en su interior, sola. Como si lo viera, se dijo Clarissa, no paró de bailar hasta las cuatro de la madrugada; porque la muchacha parecía como ausente, como adormilada en un rincón del coche después del baile. Llegó otro coche; y otro. ¡No! ¡No! ¡No! Clarissa sonrió amablemente. La mujer gorda se había esmerado con su atuendo, ¡pero brillantes! ¡orquídeas ¡a esa hora de la mañana! ;No! ;No! ;No! El guardia levantaría la mano llegado el momento. Pasó otro coche. ¡Qué desagradable! ¿Por qué se pintaba los ojos de negro una muchacha tan joven? Y ese muchacho con ella, a esa hora, cuando el país... E1 guardia levantó la mano y Clarissa reconoció la indicación, cruzó sin prisa, se encaminó hacia Bond Street; vio la calle estrecha y tortuosa, los carteles amarillos; los gruesos cables del telégrafo surcando el aire.
Cien años atrás su bisabuelo, Seymour Parry, el que se escapó con la hija de Conway, había paseado por Bond Street. Los Parry habían paseado por Bond Street durante todo un siglo, y quizá se hubieran encontrado allí con los Dalloway (Leigh por parte de madre). Su padre se vestía en Hill’s. Había una pieza de tela en el escaparate, y un jarrón sobre una mesa negra, increíblemente caro; como el salmón rosado sobre un bloque de hielo en la pescadería. Las joyas eran exquisitas... estrellas rosas y anaranjadas, imitaciones, españolas, pensó, y cadenas de oro viejo; hebillas relucientes, pequeños broches usados por damas con altos tocados sobre satén verdemar. ¡Basta de mirar! Hay que reducir gastos. Pasaría junto a la galería de arte donde se exhibía uno de esos cuadros franceses tan raros que parecían salpicados de confeti -rosas y azules-, como si se tratara de una broma.
Si hubieras vivido rodeada de cuadros (y lo mismo cabe decir de los libros y de la música), se dijo Clarissa, pasando por delante del Aeolian Hall, no te dejarías engañar por una broma.
Había un gran atasco en Bond Street. Allí, como una reina en un torneo, elevada, regia, se encontraba Lady Bexborough. Sentada en su carruaje, erguida, sola, mirando a través de las gafas. El guante blanco sin abotonar en la muñeca. Llevaba un traje negro muy usado, y sin embargo, pensó Clarissa, qué extraordinaria resultaba, elegante, digna, sin decir nunca una palabra de más ni tolerar chismorreos en su presencia; una amiga excelente; nadie había encontrado un solo defecto en ella después de tantos años, y ahora, ahí está, pensó Clarissa, dejando atrás a la condesa que aguardaba empolvada, perfectamente inmóvil, y Clarissa sintió que daría cualquier cosa por ser como ella, la señora de Clarefield, que hablaba de política como un hombre. Pero nunca va a ningún sitio, pensó Clarissa, es inútil invitarla, y el carruaje siguió su camino con Lady Bexborough sentada como una reina en un torneo, aunque no tenía una razón para vivir y su marido estaba enfermo y dicen que ella está harta de todo, pensó Clarissa, y cuando entró en la tienda los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Buenos días -saludó con su agradable voz-. Guantes -añadió con su exquisita amabilidad; y dejando el bolso sobre el mostrador empezó, muy despacio, a desabrochar los botones-. Guantes blancos. Por encima del codo. -Y miró de frente a la dependienta. ¿No era la misma joven que recordaba? Estaba muy envejecida-. Estos no me valen -dijo Clarissa. La dependienta los miró.
-¿Lleva pulseras la señora?
Clarissa estiró los dedos.
-A lo mejor son los anillos.
Y la dependienta se llevó los guantes grises al otro extremo del mostrador.
Sí, pensó Clarissa, sí es la misma joven, parece que se le han echado veinte años encima... Solo había otra clienta, sentada junto al mostrador, el codo apoyado, la mano desnuda, colgando, vacía; como la figura de un abanico japonés, pensó Clarissa; tal vez demasiado vacía, aunque algunos hombres la adorarían. La mujer sacudió la cabeza con pesar. Los guantes eran demasiado grandes. Se volvió hacia el espejo.
-Por encima de la muñeca -le indicó a la mujer del pelo gris; ésta miró y asintió.
Esperaron; se oía el tic-tac del reloj; se oía el bullicio de Bond Street, amortiguado, distante; la dependienta se llevó los guantes.
-Por encima de la muñeca -repitió la mujer en tono triste, levantando la voz. Y Clarissa pensó que necesitaba encargar sillas, helados, flores y billetes para el guardarropa. Iría la gente que no le gustaba; los que le gustaban no irían. Clarissa los recibiría en la puerta. Venden medias... medias de seda. A una mujer se la conoce por sus guantes y sus zapatos, decía el tío William. Y a través de las medias de seda que colgaban como trémula plata, miró a la mujer: los hombros caídos, la mano colgando, el bolso deslizándose, la mirada perdida en el suelo. ¡Sería intolerable que a su fiesta acudieran mujeres mal vestidas! ¿A quién le habría gustado Keats si llevara calcetines rojos? Ah, por fin... se acercó al mostrador y se le ocurrió decir:
-¿Se acuerda usted de unos guantes con botones de perlas que tenían antes de la guerra?
-¿Guantes franceses, señora?
-Sí, franceses —asintió Clarissa. La otra clienta se levantó con aire desolado, cogió el bolso y observó los guantes que había sobre el mostrador. Pero todos eran demasiado grandes... siempre demasiado holgados en la muñeca.
-Con botones de perlas -repitió la dependienta, que cada vez parecía mas vieja. Dobló los pliegos de papel de seda y los dejo a un lado. Con botones de perlas, pensó Clarissa, nada mas sencillo... ¡y tan franceses!
-La señora tiene unas manos tan finas -observó la dependienta, pasando suavemente el guante sobre los anillos. Y Clarissa contempló su brazo en el espejo. El guante apenas llegaba hasta el codo. ¿No los tenía unos centímetros mas largos? Pero no quería molestarla... quién sabe si no estaría precisamente en ese día del mes en el que estar de pie resulta un tormento, se dijo Clarissa-. No se moleste, por favor -dijo. Pero los guantes ya estaban allí.
-¿No se cansa -preguntó con su encantadora voz- de estar de pie? ¿Cuando se va de vacaciones?
-En septiembre, señora, cuando no hay tanto trabajo.
Cuando nosotros estamos en el campo, pensó Clarissa. O de caza. Pasa quince días en Brighton. En una pensión mal ventilada. La patrona escatima el azúcar. Nada mas fácil que enviarla a casa de la señora Lumley, en el campo (y a punto estuvo de decírselo). Pero entonces recordó que mientras estaban de luna de miel, Dick le había hecho ver lo desatinado que era ofrecerse de forma impulsiva. Era mucho mas importante, dijo él, establecer comercio con China. Naturalmente estaba en lo cierto. Además pensó que a la muchacha no le gustaría que le dieran nada. Allí estaba en su lugar. Como Dick. Lo suyo era vender guantes. Sus penas eran muy distintas “y ya no llorará, y ya no llorara», las palabras fluían en su mente. “Del contagio del estúpido mundo está seguro”, pensó Clarissa, manteniendo el brazo rígido, porque hay momentos en los que parece del todo fútil (al quitarle la dependienta el guante el brazo quedó cubierto de polvos de talco), en los que sencillamente uno deja de creer en Dios, pensó Clarissa.
El tráfico se volvió atronador; las medias de seda brillaron. Entró una clienta.
-Guantes blancos -dijo, con un deje en la voz que a Clarissa le resulto familiar.
Antes, pensó Clarissa, todo era tan sencillo. Por el aire llegaba el graznido de los grajos. Cuando Sylvia murió, hace cientos de años, los setos de tejo resultaban deliciosos con sus telarañas como diamantes en la neblina antes del primer servicio religioso. Y si Dick muriera mañana... en cuanto a creer en Dios... no, dejaría que sus hijos eligieran, pero ella, como Lady Bexborough, quien según dicen inauguró la tómbola benéfica con el telegrama en la mano. Roden, su favorito, muerto... ella seguiría su camino. ¿Por qué, si no creía? Por el bien de los demás, pensó, cogiendo el guante. La muchacha sería mucho más infeliz si no creyera.
-Treinta chelines -dijo la dependiente-. No, perdón señora; treinta y cinco. Los guantes franceses son mas caros.
Porque uno no vive solo para sí, pensó Clarissa.
Y entonces la otra clienta cogió un guante, lo estiró y lo rompió.
-¡Vaya! -exclamó.
-Un defecto de la piel -se apresuro a decir la mujer del pelo gris-. A veces cae una gota de ácido al teñirla. Pruébese este par, señora.
-¡Pero es una estafa pedir dos libras y diez chelines!

Clarissa miró a la clienta; la clienta miró a Clarissa.
-Los guantes ya no son tan buenos como antes de la guerra -dijo la dependienta a Clarissa, a modo de excusa. ¿Dónde había visto a aquella mujer? Mayor, con un cuello de volantes, un cordón negro en las gafas de oro, sensual, inteligente, como un dibujo de Sargent. ¿Se puede saber por la voz de una persona si está acostumbrada a mandar?
-Me está un poco justo -observó Clarissa. La dependienta desapareció de nuevo. Clarissa esperó. No temas más, repitió, tamborileando con los dedos sobre el mostrador. No temas más el calor del sol. No temas más, repitió. Tenía pecas en el brazo. La dependienta se movía a paso de tortuga. Tú que ya has cumplido tu tarea en el mundo. Miles de hombres jóvenes habían muerto para que las cosas pudieran continuar. ¡Por fin! Un centímetro por encima del codo; botones de perlas; cinco y cuarto.
Querida mía, pensó Clarissa, ¿crees que puedo pasarme la mañana aquí sentada? ¡Ahora tardarás veinticinco minutos en darme el cambio!
Hubo una violenta explosión en la calle. Las otras dos mujeres se agazaparon tras el mostrador, mientras Clarissa, muy erguida en su asiento, sonreía a la otra mujer y exclamaba:
-¡Señorita Anstruther!

Ilustración: Yelena Bryksenkova

lunes, 29 de febrero de 2016

Instrucciones para tuitear



Esta es la nueva propuesta de nuestros amigos de www.twletteratura.org: leer Historias de cronopios y famas desde el 29 de febrero hasta el 5 de mayo.  Son 67 historias para comentar, una por día con el calendario que dejamos a continuación del primer texto a comentar:

Instrucciones para llorar
Julio Cortázar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Calendario
Las Historias de cronopios y famas se dividen en cuatro partes, en un total de 67 historias para reescribir una por día, de acuerdo al siguiente calendario:

  • #TwCronopios/01 | 29.02.2016: Instrucciones para llorar
  • #TwCronopios/02 | 01.03.2016: Instrucciones para cantar
  • #TwCronopios/03 | 02.03.2016: Instrucciones-ejemplo sobre la forma de tener miedo
  • #TwCronopios/04 | 03.03.2016: Instrucciones para entender tres pinturas famosas
  • #TwCronopios/05 | 04.03.2016: Instrucciones para matar hormigas en Roma
  • #TwCronopios/06 | 05.03.2016: Las instrucciones para subir una escalera
  • #TwCronopios/07 | 06.03.2016: Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj
  • #TwCronopios/08 | 07.03.2016: Instrucciones para dar cuerda al reloj
  • #TwCronopios/09 | 08.03.2016: Simulacros
  • #TwCronopios/10 | 09.03.2016: Etiqueta y prelaciones
  • #TwCronopios/11 | 10.03.2016: Correos y telecomunicaciones
  • #TwCronopios/12 | 11.03.2016: Pérdida y recuperación del pelo
  • #TwCronopios/13 | 12.03.2016: Tía en dificultades
  • #TwCronopios/14 | 13.03.2016: Tía explicada o no
  • #TwCronopios/15 | 14.03.2016: Los posatigres
  • #TwCronopios/16 | 15.03.2016: Conducta en los velorios
  • #TwCronopios/17 | 16.03.2016: Trabajo de oficina
  • #TwCronopios/18 | 17.03.2016: Maravillosas ocupaciones
  • #TwCronopios/19 | 18.03.2016: Vietato introdurre bicilette
  • #TwCronopios/20 | 19.03.2016: Conducta de los espejos en la Isla de Pascua
  • #TwCronopios/21 | 20.03.2016: Posibilidades de la abstracción
  • #TwCronopios/22 | 21.03.2016: El diario a diario
  • #TwCronopios/23 | 22.03.2016: Pequeña historia
  • #TwCronopios/24 | 23.03.2016: Fin del mundo del fin
  • #TwCronopios/25 | 24.03.2016: Acefalia
  • #TwCronopios/26 | 25.03.2016: Esbozo de un sueño
  • #TwCronopios/27 | 26.03.2016: ¿Qué tal, López?
  • #TwCronopios/28 | 27.03.2016: Geografías
  • #TwCronopios/29 | 28.03.2016: Progreso y retroceso
  • #TwCronopios/30 | 29.03.2016: Historia verídica
  • #TwCronopios/31 | 30.03.2016: Historia con un oso blando
  • #TwCronopios/32 | 31.03.2016: Tema para un tapiz
  • #TwCronopios/33 | 01.04.2016: Propiedades de un sillón
  • #TwCronopios/34 | 02.04.2016: Sabio con agujero en la memoria
  • #TwCronopios/35 | 03.04.2016: Plan para un poema
  • #TwCronopios/36 | 04.04.2016: Camello declarado indeseable
  • #TwCronopios/37 | 05.04.2016: Discurso del oso
  • #TwCronopios/38 | 06.04.2016: Retrato del casoar
  • #TwCronopios/39 | 07.04.2016: Aplastamiento de las gotas
  • #TwCronopios/40 | 08.04.2016: Cuento sin moraleja
  • #TwCronopios/41 | 09.04.2016: Las Líneas de mano
  • #TwCronopios/42 | 10.04.2016: Costumbres de los famas
  • #TwCronopios/43 | 11.04.2016: El baile de los famas
  • #TwCronopios/44 | 12.04.2016: Alegría del cronopio
  • #TwCronopios/45 | 13.04.2016: Tristeza del cronopio
  • #TwCronopios/46 | 14.04.2016: Viajes
  • #TwCronopios/47 | 15.04.2016: Conservación de los recuerdos
  • #TwCronopios/48 | 16.04.2016: Relojes
  • #TwCronopios/49 | 17.04.2016: El almuerzo
  • #TwCronopios/50 | 18.04.2016: Pañuelos
  • #TwCronopios/51 | 19.04.2016: Comercio
  • #TwCronopios/52 | 20.04.2016: Filantropía
  • #TwCronopios/53 | 21.04.2016: El canto de los cronopios
  • #TwCronopios/54 | 22.04.2016: Historia
  • #TwCronopios/55 | 23.04.2016: La cucharada estrecha
  • #TwCronopios/56 | 24.04.2016: La foto salió movida
  • #TwCronopios/57 | 25.04.2016: La eugenesia
  • #TwCronopios/58 | 26.04.2016: Su fe en las ciencias
  • #TwCronopios/59 | 27.04.2016: Inconvenientes en los servicios públicos
  • #TwCronopios/60 | 28.04.2016: Haga como si estuviera en su casa
  • #TwCronopios/61 | 29.04.2016: Terapias
  • #TwCronopios/62 | 30.04.2016: Lo particular y lo universal
  • #TwCronopios/63 | 01.05.2016: Exploradores
  • #TwCronopios/64 | 02.05.2016: Educación de príncipe
  • #TwCronopios/65 | 03.05.2016: Pegue la estampilla
  • #TwCronopios/66 | 04.05.2016: Telegramas
  • #TwCronopios/67 | 05.05.2016: Sus historias naturales


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