Palabralab: ensayo
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lunes, 25 de abril de 2016

Un día del libro con Cervantes, por Rosa Huertas

En el año más cervantino que viviré nunca, el autor del Quijote está omnipresente, hasta hacerse cotidiano. Si miro hacia atrás, él siempre ha estado ahí: cada 23 de abril, cada vez que releo algún capítulo del Quijote en ese viejo volumen heredado de mi abuelo, cada vez que paseo por el barrio de las letras y camino por las mismas calles que él pisó.

Lectores, escritores, libreros, editores, profesores y todos aquellos que amamos los libros y trabajamos para que la Literatura forme parte de nuestra existencia y de la de los demás, marcamos en rojo esta fecha en el calendario. Ninguno de nosotros seríamos los mismos sin los libros leídos.

Y la Literatura nos sale al encuentro en cada recodo de la vida.

Una imagen que me sorprendió hace un par de años me regaló la idea para un libro infantil. Una tarde de otoño paseaba por la calle del León, junto al edificio que se encuentra en el mismo lugar donde estaba la casa en la que murió Cervantes. Levanté la vista, en busca quizá de algún rastro invisible del escritor, y de alguna manera lo encontré. En los balcones del segundo piso descubrí un cartel que rezaba: “stop, desahucios”. Me sobrecogí porque pensé que ese desahuciado podría haber sido el autor del Quijote, que murió casi en la miseria, en ese mismo lugar hace 400 años, a pesar de haber creado al personaje más famoso de todos los tiempos. La idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza: ¿qué pasaría si Cervantes viviese en el siglo XXI?

Así surgió Mi vecino Cervantes, una historia que me ha permitido hablar del escritor a niños y mayores, jugando con esa hipótesis fantástica. Si Cervantes hubiese vivido en el siglo XXI habría sido un desahuciado más, pero nunca habría perdido su capacidad creadora ni su fe en el poder de la palabra.

He celebrado los días previos al 23 de abril con euforia contagiosa. Este año no me he conformado con celebrar el día del libro y querido dedicarle a la Literatura  la semana completa. En los centros escolares se está hablando mucho de Cervantes. Los profesores queremos acercar a los chicos la figura de este hombre singular que tuvo una vida difícil pero que nunca dejó de soñar ni de escribir, que nos regaló historias hermosas y personajes inmortales.

Cada 23 de abril, se trata, en definitiva, de celebrar la fiesta de los libros y la lectura. Y esa fiesta puede tener muchas caras: algunos recitan poemas, otros decoran paredes con frases y versos, algunos leen en voz alta, otros en voz baja; pero lo importante es que nadie se sienta excluido por la Literatura. En tal caso, se estaría perdiendo uno de los grandes placeres de la vida.


Es tan hermoso sumergirse en una buena historia, emocionarse con los versos que alguien escribió hace siglos, vivir la vida de otros que se mueven en nuestra imaginación, visitar lugares que jamás pisó nadie, identificarse con ese personaje que alguien escribió pensando en ti, instalarse lejos de lo cotidiano y aparecer en otro lugar… que me parece que una sola vida no basta para leer tanta belleza. ¡Vamos! No hay un minuto que perder. 

Rosa Huertas es escritora de literatura infantil, su libro Mi vecino Cervantes del sello Anaya, recoge esta experiencia.

Fotografía fuente: www.tandemadrid.com

El Cusco del Inca Garcilaso de la Vega, por Ricardo Ráez Reátegui


A principios de 1560 salía Gómez Suárez de Figueroa del Cusco para no volver. Había vivido allí desde su nacimiento y a los 20 años se iba a España donde se convertiría en inca, en el Inca Garcilaso de la Vega, “el primer peruano” según Raúl Porras Barrenechea. Hijo de un capitán español y la princesa inca Chimpu Ocllo, vivió la mayoría de su niñez y adolescencia con su madre y la familia de ella.  Allí aprendió el quechua y escuchó infinidad de historias sobre la ciudad y el Tahuantinsuyo, observó sacrificios de llamas para augurar el futuro, se sentó al lado de personajes icónicos de una sociedad casi desaparecida y compartió el dolor del pasado perdido.

Al mismo tiempo, Garcilaso crecía entre españoles y caminó por las calles de la ciudad como uno más de ellos; cabalgó por las llanuras donde sucedieron las guerras civiles entre conquistadores que ansiaban formar su propio reino; vio cómo llegaban alimentos y animales que no se conocían a 3400 metros sobre el nivel del mar y, como hijo predilecto del capitán, jugó a las cañas en las fiestas de Santiago y al jurarse por rey a Felipe II. Garcilaso fue feliz en Cusco y nunca olvidó sus historias. A una cuadra de su casa estaba la Plaza de Armas o Haucaypata donde, hace más de 450 años, observó la destrucción paulatina de cuatro grandes complejos de piedra (canchas) que aún la bordeaban: Casana, la casa de Pachacutec (Portal de Panes), donde destacó

“un hermosísimo galpón que en tiempo de los Incas, en días lluviosos, servía de plaza para sus fiestas y bailes. Era tan grande que muy holgadamente pudieran sesenta de a caballo jugar cañas dentro en él”. (pág. 107)

Santo Domingo
También vio el Amarucancha (iglesia de la Compañía de Jesús)  “que es: barrio de las culebras grandes” (pág. 108); el Acllahuaci la “casa de las vírgenes escogidas” (pág. 108), y la cancha de Viracocha sobre el andén en que se construiría la Catedral y donde los españoles sostuvieron el sitio de Manco Inca.  Frente al Amarucancha se ubicaba el Sunturhuaci, una torre de 15 metros de alto que:

“Estaba cubierto en redondo, como eran las paredes; encima de toda la techumbre, en lugar de mostrador del viento (porque los indios no miraban en vientos), tenía una pica muy alta y gruesa, que acrecentaba su altura y hermosura”. (pág. 231)


La isla de casas que hoy se levanta sobre el río Saphi y divide las plazas Haucaypata y Cusipata (Plaza Regocijo y ex Hotel Cusco) se empezó a construir en 1548 y Cusipata fue rebautizada como Nuestra Señora de las Mercedes,

“…en ella están los indios e indias que con sus miserias hacían en mis tiempos oficios de mercaderes, trocando unas cosas por otras; porque en aquel tiempo no había uso de moneda labrada, ni se labró en los veinte años después; era como feria o mercado, que los indios llaman catu”. (pág. 110)

A unos pasos de allí estaba la casa de Garcilaso, que hoy es el Museo Histórico Regional de Cusco; lugar donde se reunían los españoles para recordar las guerras de conquista y hablar sobre la situación del virreinato que se empezaba a conformar:

“…tenía encima de la puerta principal un corredorcillo largo y angosto, donde acudían los señores principales de la ciudad a ver las fiestas de sortijas, toros, y juegos de cañas que en aquella plaza se hacían”. (pág. 45)

Desde allí, cuando la ciudad tenía edificios de menor altura, se contemplaba “la punta de sierra nevada en forma de pirámide” (pág. 183) del apu Ausangate, cerro sagrado del Cusco.

De regreso a la Plaza de Armas, si se dirige la vista hacia la mitad del apu Sacsayhuaman se distingue un andén,- donde hoy está la iglesia San Cristóbal-, que otrora era el corazón de Collcampata, uno de los doce barrios incaicos del Cusco, “casas que fueron del Inca Paullu y de su hijo Don Carlos, que también fue mi condiscípulo” (pág. 16) y donde el sapan inca hacía los ritos que daban inicio a la temporada agrícola. Luego estaba Pumacurco, el nombre que hoy tiene una empinada calle del barrio San Cristóbal, y que Garcilaso tradujo como “viga de leones […] porque en unas grandes vigas que había en el barrio ataban a los leones que presentaban al Inca, hasta domesticarlos y ponerlos donde habían de estar”. (pág. 102)  También mencionó a Rimacpampa, aduana de ingreso y salida del Qhapaq Ñan al Collasuyu que hoy es la plaza Limacpampa, epicentro del tráfico que va hacia el centro y sur de la ciudad, y lugar de concentración de festividades y protestas.

Pumapchupan
Siguiendo el rio Tullumayu, que hoy corre bajo la avenida del mismo nombre, se llega a una vistosa pileta en la zona de Pumapchupan, el final de la ciudad en forma de puma que diseñó el inca Pachacutec: “quiere decir: cola de león, porque aquel barrio fenece en punta, por dos arroyos que al fin de él se juntan (Tullumayu y Saphi), haciendo punta de escuadra” (pág. 102).  Al otro extremo del río Saphi, cerca del cruce de Plateros y Santa Teresa estaba Huacapuncu, el ingreso a la parte sagrada de la llaqta por el Qhapaq Ñan al Chinchaysuyu. Garcilaso también mencionó el barrio de Chaquillchaca- donde hoy están los famosos mercado e iglesia de San Pedro-, Tococachi (San Blas), Carmenca (Santa Ana), Cayaucachi (Belén), Picchu, Munaicenca y Cantutpata; todos lugares de visita obligada hasta el día de hoy.

Coricancha y Sacsayhuaman
El callejón Loreto,- llamado Inti K’ijllu en el Tawantinsuyo-, se ubica a un costado de la iglesia de La Compañía y era el principal ingreso al Coricancha o Templo del Sol que hoy es el convento de Santo Domingo. Garcilaso utilizó varias páginas de sus Comentarios Reales para describir el complejo y su magnífico jardín de oro que imitaba a la naturaleza, las celebraciones de las naciones en Intipampa (la plaza delante del templo), las cinco fuentes de agua con “caños de oro” donde se hacían baños rituales, los espacios donde el Uillac Umu rendía culto a la luna, las estrellas, el rayo y el arcoíris, y rememoró capítulos dramáticos como la noche en que el conquistador Mancio Serra de Leguizamo, “que yo conocí y dejé vivo cuando me vine a España” (pág. 182),  apostó la figura del Sol, “hecha de una plancha de oro al doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes” (pág. 195) y la perdió.

Desde niño, Garcilaso jugó con sus amigos en los laberintos de Sacsayhuaman, “la obra mayor y más soberbia” (pág. 168) de los incas. Sus recuerdos mezclan el asombro por las enormes piedras con la indignación por la destrucción del monumento. Al cronista, como hoy a miles de turistas, le cuesta imaginar cómo se logró ese ensamblado perfecto de gigantescas piedras multiformes:

“Unas son cóncavas de un cabo y convexas de otro y sesgas de otro, unas con puntas a las esquinas y otras sin ellas; las cuales faltas o demasías no las procuraban quitar ni emparejar ni añadir, sino que el vacío y cóncavo de una peña grandísima lo henchían con el lleno y convexo de otra peña tan grande y mayor, si mayor la podían hallar” (pág. 144).

Tras atravesar las tres murallas de la fortaleza por las puertas de Tiupuncu, Acahuana puncu y Viracocha puncu se llegaba a lo más alto del edificio donde había tres torreones: Moyoc Marca –que era redondo y tenía “una fuente de mucha y muy buena agua, traída de lejos, por debajo de la tierra” (pág. 146)-; Paucar Marca y Sacllac Marca. Durante siglos se creyó que estos edificios eran un invento de Garcilaso hasta que en 1936, Luis Valcárcel desenterró los cimientos. Tal vez lo más impresionante del relato es confirmar que aún hay mucho por descubrir bajo tierra:

“En aquellos subterráneos mostraron grande artificio; estaban labrados con tantas calles y callejas, que cruzaban de una parte a otra con vueltas y revueltas, y tantas puertas, unas en contra de otras y todas de un tamaño que,  a poco trecho que entraban en el laberinto, perdían el tino y no acertaban a salir” (pág. 349).


El Inca Garcilaso de la Vega nos guía, desde hace casi cinco siglos, por el Cusco más puro y, a la vez, utópico. Así como millones de peruanos que hoy viven en el extranjero, expresó en sus obras un patriotismo exaltado donde el Perú es maravilloso e incluso se autonombró inca en Europa, una osadía para el siglo XVI. Viejo y lejos de su amada Cusco la recordó con el cariño entrañable que se merecen los paraísos perdidos y dejó un relato inolvidable que muchos agradecemos de corazón en los 400 años de su muerte.

*Todas las citas son de los volúmenes 1, 2, 3, 6 y 8 de los Comentarios Reales de los Incas, del Inca Garcilaso de la Vega
** Foto de obra compuesta por el maestro cusqueño Edwin Chávez

lunes, 18 de enero de 2016

Raúl Brasca: ‘‘Escribir sin leer, conduce más al balbuceo que a la pretendida originalidad’’


Foto fuente: Andrés Neuman

Por Nubia Sandoval Zúñiga

Nació en Marcos Paz, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1948.  Raúl estudió ingeniería química pero las satisfacciones las recibe de su pasión por la literatura.  Sus cuentos, microcuentos y ensayos fueron publicados en revistas y suplementos literarios de Argentina, Brasil, Colombia, México, EEUU, España y Suiza, así como en diversas antologías.  Ganó dos veces el Certamen internacional de cuento brevísimo de la revista El Cuento de México en 1988 y 1997; en su país recibió premios de la Fundación Fortabat, el Fondo Nacional de la Artes y la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.  Escribe actualmente crítica literaria en el suplemento de cultura del diario La Nación y colabora en publicaciones de diversos países.  Fue miembro fundador y codirector de la revista literaria Maniático textual y se desempeñó como jurado y panelista en la Feria del libro de Buenos Aires.  Ha publicado una importante obra como antólogo, narrador y crítico literario, actividad que ejerce en el diario La Nación, además de ser considerado como uno de los mejores autores de microrrelatos del mundo hispano y como tal figura en las mejores antologías sobre el género.

Es en Latinoamérica sin lugar a dudas donde este género de prosas mínimas ha alcanzado mayor auge y, es también en esas latitudes donde mayor número de publicaciones especializadas en el cuento breve existen.  Ahora que en Ecuador comienza una mayor atención por parte de medios y público hacia este género de la brevedad, deberían establecerse mayores puentes de comunicación como Ciudad Mínima, para que este tipo de publicaciones pudieran llegar hasta los lectores ecuatorianos.

David Lagmsnovich les llama Microrrelatos; Violeta Rojo, Microficción; Lauro Zavala, Minificción.  De estos términos y otros que ha leído y que se usan para referirse a estas narraciones que cultivan lo mínimo ¿Cuál considera qué es el más apropiado?
Yo uso Microficción como sinónimo de Minificción porque el prefijo mini lo trivializa, lo hace muy doméstico, minifalda, minibacha todas cosas muy comunes, micro lo hace todo más científico, pero es una cuestión de preferencia Minificción y Microficción son lo mismo, Microrrelato no porque el Microrrelato se definiría como las Microficciones narrativas, el campo de la Microficción es más amplio, abarca toda ficción mínima que cumpla con ciertos requisitos y cuando esas microficciones son narrativas se llaman Microrrelatos.

El microcuento es una forma breve diferente al cuento, ¿cuál es la frontera entre los dos?
El Microcuento es un cuento cortito, es lo más breve que uno se puede imaginar pero sigue las reglas del cuento, por ello el Microcuento y el Microrrelato son distintos. El Microrrelato ya no es un Microcuento, para mí no cumple las reglas del cuento, el Microrrelato cumple con el silencio, las palabras están contadas para cargar lo que no se dice de significado, cargar el silencio que tiene el Microrrelato de significado,  en el Microrrelato no hay desarrollo en el cuento si lo hay, el Microrrelato no termina con una acción, termina muchas veces con una sugerencia y hasta con una conclusión, en el Microrrelato el final esta sugerido, en el cuento está dicho.

¿Cuáles son las bases para identificar a este género?, es decir, hoy se adjudica con mucha facilidad la etiqueta de microcuento a un texto solo por su extensión e incluso, se confunde al microcuento con el nanorrelato.
Las características de la Microficción en general es que se caracterizan por tener un silencio ocluido que no es ausencia, es un silencio que significa, las palabras escritas, lo explicito está dicho y calculado para cargar de significado ese silencio, la parte estructural de la microficción y la parte audible musical son las palabras, el silencio es la parte dinámica que salta a la mente del lector, ese silencio como no dice taxativamente tal cosa o tal otra libera muchas posibilidades por eso la que descubrió este tipo de textos, Dolores Koch dice que es polisémico además de hacer uso y abuso de la paradoja.

Andrés Neuman afirma en un decálogo sobre el microcuento que ‘‘El microrrelato necesita lectores valientes, que soporten lo incompleto’’, ¿cree que es así?
Creo que es así pero no usaría la palabra incompleto, en una antología dominicana que me mandaron el prologuista habla de cuentos incompletos, pero no son incompletos, el final es lo que no está pero es el lector quien lo pone, la última línea de un Microrrelato no es el final, la última línea habilita al lector, induce en la mente del lector la posibilidad de un final, y es él quien lo pone, no es que estén incompletos, es que son así.

Usted menciona que el microrrelato tiene mucha relación con Kafka porque, dentro de la cultura del siglo XX, él descubre unos textos breves, intensos y misteriosos. ¿A demás de él de donde proviene este género?
El sueño de Chuang Tzu como Microrrelato tiene 23 siglos, si vas a buscar el antecedente puedes remontarte a la antigua China, hay textos árabes por ejemplo El gesto de la muerte que también recoge Borges como que lo escribió Cocteau, él lo tomó la tradición árabe, entre los antecedentes están muchos y entre ellos está Kafka, como género la Microficción como la concebimos los latinoamericanos, es un género irónico que dice sin decir, tiene la sutileza de hablar entre líneas, apela a la complicidad del lector continuamente, un lector tonto no puede leer Microficciones porque no tiene la malicia suficiente como para completarlas, yo creo que el fundador fue Julio Torri mexicano, a principios del siglo XX en 1915, 1916 tiene un texto que se considera el texto fundacional que se llama A circe, pero tampoco prospero ahí, estuvo solitario Torri en ese momento, el comienzo verdadero a partir del cual tomó impulso y después se desarrolló es a mediados del siglo XX y es con todos los escritores que conocemos Arreola, Borges, Bioy Casares, Cortázar, Benedetti, Galeano y posteriormente otros, allí tomó impulso y se reconoció como genero a partir del trabajo de Dolores Koch en el año 1981.

‘‘Yo no elegí este género, él me eligió a mí’’.
Raúl Brasca nos cuenta que su pasión por este género nació espontáneamente cuando escribió su primer microrrelato como descanso en la tediosa corrección de un cuento. Por eso suele decir que, en él, el microrrelato nació como anticuento. Eso fue a mediados de los '80.

¿Cómo y desde cuándo nació su pasión por el microrrelato? ¿Por qué eligió este género?
Escribía cuentos largos, yo estaba corrigiendo un cuento largo, corregir es tedioso, estaba muy cansado y para descansar de la corrección escribí un Microrrelato y lo titulé Salmonios, como un juego, como un entretenimiento para descansar del cuento largo, pero me gustó y se lo hice leer a una escritora argentina muy prestigiosa y con otra gente que había ahí, ellos se quedaron perplejos porque es una cosa que empiezas a leer y se terminó a las cuatro línea, Liliana Heker me dijo ‘‘Esto es un cuento brevísimo, hay una revista mexicana que tiene un concurso permanente de esto, si quieres te busco la dirección y lo mandas’’. Mande tres y gané el concurso, eso fue en el año 88, después me publicaron un cuento largo y en el año noventa y pico envíe uno para que me lo publiquen pero lo metieron en el concurso y lo gané de vuelta. Mi primera antología fue en el año 96 y mi primer libro de cuentos en el 94.

¿Cómo llega un químico a la literatura? ¿Es posible aplicar alguno de esos conocimientos en su escritura? Mire que se dice que el microrrelato tiene una fórmula.
Siempre tuve temperamento artístico, quería ser músico pero mi padre no me dejó, le dije que quería estudiar química de investigación pero me dijo que si quería estudiar química era para fabricar algo que se vendiera y así seguí ingeniería química, fui ingeniero por mi papá pero después volví a lo que quería ser, necesitaba una manera de expresión, cuando joven tocaba el piano y luego empecé a escribir, cuando pasaba mucho tiempo que no tenía manera de expresarme me enojaba mucho, toda mi vida escribí, incluso de adolescente escribía poemas, a los diez años me publicaron un cuento en el periódico del pueblo, era un poema a mi perro, lo que me dio el estudio de las ciencias duras es un pensamiento sistemático, que me sirve para varias cosas, en primer lugar para la parte ensayística, todo lo que escribí sobre el Microrrelato fue porque estaba entrenado para pensar  y también sirve para organizar tus textos cuando escribes ficción. Soy ordenado adentro y desordenado afuera.

Usted organiza un festival de microficción en Argentina, ¿cuál es su motivación para promover este género?
Son las jornadas de Microficción que  realizamos en el festival todos los años, las venimos haciendo por siete años consecutivos, siempre he sido un fanático de este género tanto como autor que como difusor, he hecho doce antologías de Microrrelatos, he difundido mucho mediante mis antologías y cuando todo el mundo empezó a hacer antologías dejé de hacerlas y comencé con las jornadas de Microficción que reúne a los Microrrelatistas de todo el país y con los autores consagrados, casi todos los años está Ana María Shua y todos los años tenemos un invitado del exterior, una persona prominente de la Microficción extranjera.

Viene a Ecuador inmediatamente después de ser juez de un festival de microteatro, ¿qué futuro tienen las formas breves, es posible que sobrevivan a la moda?
Yo creo que tiene futuro, incluso desde hace muchos años, solo que por su extensión y por su carácter la forma de difusión es por aparatos electrónicos, al principio hasta se hacían por celular y después se difundió tremendamente por los blogs en internet, eso en cuanto la difusión lo que pasa es que esos medios son ideales para este tipo de relatos, por su picardía, su malicia y su sutileza esta la forma ideal de difusión, yo no creo que el auge es porque es cortito y solo le doy un vistazo rápido, la mayoría de personas todavía leen novelas de 300 páginas, los que leen microficciones es porque es un manera que los está expresando. Muchos creen que por ser poquito es fácil pero no es así.

En muchos de sus microrrelatos podemos ver que el diálogo entre textos y autores se convierte en el material del cuento además de que el juego con los textos se convierte en una verdadera dimensión meta-textual, al acto de la escritura y al de la lectura, apela a las competencias del lector, cuya enciclopedia tiene que coincidir con la de quien escribe: en el caso contrario, el cuento entero permanece opaco, inaccesible. ¿A qué se debe esto? ¿No le preocupa que no le vaya a gustar al lector lo que escribe, ya que muchas veces no tienen todo ese bagaje de conocimiento necesario para entenderlo?
Yo tengo mucho respeto por el lector, creo que por lo menos es tan inteligente como yo, que ha leído mucho y es una falta de respeto tratar de hacer cosas fáciles para que las pueda entender, yo sé que hay lectores que no lo van a poder entender, ¿para quién escribo?, yo escribo para lectores como yo, no escribo para ningún lector en especial, escribo lo que a mí me gustaría leer. Pero no me pasa solamente a mí esto, el género es un género intertextual que puede usar marco que es además una manera de alcanzar la brevedad, esos Microrrelatos a los que te referías Laura Zavala los llama dinocidios, creo que fue de los primeros en criticar El dinosaurio que es el arquetipo del dinosaurio, yo lo admiro como construcción pero no me impresiona leerlo, yo lo haría más largo.

La brevedad, lo fantástico y el humorismo se encuentran en una relación de atracción recíproca: si hacemos un rastreo en la historia literaria, nos damos cuentas de que mientras es muy difícil encontrar novelas que sean enteramente fantásticas o humorísticas, la micro-ficción, al obrar por condensación y concisión permite en cambio crear textos cuyo discurso es completamente fantástico y / o humorístico. ¿Cómo lo logra?
Hay cosas que convienen a determinado género, si quieres contar la segunda guerra mundial tienes que escribir una novela, todas las dualidades, los dobles sentidos, los juegos entre dos cosas, la imagen real, la imagen en el espejo, el mundo real en otro lugar de la realidad, el macro mundo y el micro  mundo, el soñador y la realidad, todas esas dualidades se prestan mucho para el juego y para desenlaces muy brillantes y muy ocurrentes, generalmente las cosas que se pueden decir resultan fantásticas. Hay un porcentaje mucho más alto de Microficciones fantásticas que en cualquier otro género.

Ciudad Mínima es un festival que le propone a los jóvenes y jóvenes adultos reencontrarse con el hábito de la lectura a través de la lectura de textos breves pero la brevedad es engañosa, leer un microrrelato necesita de lectores activos, es decir que se opone a la percepción de que se lee este género porque vivimos en una época apresurada.  ¿Cree usted que estas formas breves tienen que ver con la época o a qué respondería su auge?
Yo no creo que sea porque la gente no tiene tiempo y es breve, sino porque es la manera de presión que más se adecua a lo que el lector contemporáneo quiere leer, se adecua como forma por la ironía, sobre todo en Latinoamérica donde hemos vivido muchas dictaduras y nos hemos acostumbrado a hablar en clave y decir las cosas sin decirlas, eso se transmite a la literatura, no quiero decir que ese es el origen pero entre otras cosas es parte de la formación que tenemos. Los Microrrelatos españoles son distintos a los nuestros, tienen mucho menos silencio y son más explícitos.

El año pasado nuestro festival se dedicó a la fantasía y a la twitteratura y las personas se confundieron mucho con el término. ¿Existe la literatura en Twitter, se atreve a dar una definición de twitteratura?
En efecto existe literatura en Twitter, la Twitteratura son los Microrrelatos o Microficciones que tienen 140 caracteres o menos, en las jornadas hacemos un concurso de Microficciones en Twitter todos los años, a veces es temático y durante cinco horas las personas pueden enviar sus microrrelatos por Twitter, siempre fue a nivel internacional pero este último año con todas las restricciones para entregar el premio lo hicimos únicamente a nivel nacional. Sucede con Twitter, lo mismo que sucedió con el cuento en el periodismo. Horacio Quiroga tenía que adaptar la forma al espacio que le daban. Yo no soy tuitero, pero la microficción invade a todos los medios tecnológicos. Cuando apareció el celular, surgieron los cuentos pulgares: microficciones escritas como mensajes de texto.


La invitación realizada a Raúl Brasca a Ciudad Mínima le resultó maravillosa, nos confiesa que nunca había visitado el país y se lleva una grata impresión de Guayaquil y las personas que conoció aquí. Además aconseja a los nuevos escritores de este género que lean muchas microficciones, que aprendan los mecanismos usuales y los practiquen y que, luego, se propongan ver qué pueden hacer "a partir" de todo eso. Insiste en que la lectura es esencial. ‘‘Escribir sin leer, conduce más al balbuceo que a la pretendida originalidad’’.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Patricia Esteban Erlés: “La micronarrativa es como un caramelo envenenado, de rápido consumo y lenta digestión”


Foto fuente: Antonio Jurado

Por Angélica Lainez Rendón

Pocos juguetes de la infancia son tan anhelados e idealizados como una casa de muñecas. Con sus habitaciones minuciosamente ordenadas, su pulcritud exagerada, y sus paredes rosas y azul cielo, han sido desde siempre, un constante recordatorio de perfección: el hogar soñado, hábitat de gente fina y delicada, donde, por supuesto, nada malo podría acontecer. Sin embargo, la Casa de muñecas que presenta la escritora Patricia Esteban Erlés es diferente y atípica, pintando en negro y magenta su propio panorama, donde lo terrorífico e inquietante transita por cada una de sus habitaciones, y juegan con la imaginación del lector, que recibe el más puro horror en pequeñas cápsulas.

En Casa de muñecas, no solo se recorre un lugar, que ya no es tan sacro como aparentaba, sino que también se exploran los miedos más profundos de la infancia, la inocencia profanada, entre otras narrativas que se entretejen y se van develando en medio de un ambiente de tensión y horror creado por personajes perturbadores. A través de las diversas estancias de la casa, se distribuyen cien microrrelatos terroríficos, que construyen el cuarto libro de la también autora de Abierto para fantoches (2008), Manderley en venta (2008) y Azul Ruso (2010), proyecto que realizó en colaboración con la ilustradora Sara Morante. Durante su visita a Guayaquil, como invitada a la IV edición del Festival de Micronarrativa Ciudad Mínima, la autora de española conversó sobre las posibilidades del género, los elementos que construyeron su Casa de muñecas, y su participación en esta iniciativa cultural.

¿Qué es lo que más le apasiona del género?
Me gusta muchísimo la capacidad que tienen las palabras para contar mucho en muy poquito espacio. Es apasionante leer una buena novela, pero me fascina la forma en que literatura puede aprisionar las palabras, todas las que necesitas, y contarte lo mismo. Es un reto del escritor con el propio escritor y una lucha contra el tiempo, y contra el espacio que es lo que falta cuando estás escribiendo microrrelatos.

Una de las peculiaridades de la micronarrativa es la exigencia de un lector activo, presto a hacer uso de su imaginación para completar los relatos, ¿considera que el género de horror le brinda más posibilidades al lector con respecto a esta característica?
Yo creo que el horror es algo que nos apasiona sentir, ¿no? Leer historias de miedo, ver películas de terror provoca una sensación de control, es decir, sientes miedo pero a la vez sabes que lo puedes controlar. Creo que eso lo tenemos todos los seres humanos desde que somos niños, esa sensación de querer pasar miedo en pequeñas dosis, y el género se presta muy bien. Este también utiliza la intertextualidad, que permite al lector conectar enseguida con el escritor mencionando criaturas: monstruos, personajes, y motivos del terror. Hay un montón de elementos que los puedes integrar y el lector ya sabe a qué te estás refiriendo.

¿Cuáles son los elementos imprescindibles que convierten un texto en un microrrelato?
David Roas defiende con tesis clara que un microrrelato es un relato reducido. Si nos atenemos a esto, significaría que este debe tener los mismos elementos que un relato de una extensión mayor. Considero que los microcuentos deben tener los mismos elementos que un relato convencional, solo que mucho más difícil de desencriptar y también, mucho más esquematizado.

 “Lo malo no está en el monstruo, sino en los ojos que miran al monstruo”
Según comenta, la autora de Casa de muñecas, esta se inició a construir cuando ella decidió empeñarse en redactar todos los días un microrrelato. “Escogía una fotografía de moda, y me imaginaba como era la vida de la mujer que estaba allí. Entonces colgaba los microcuentos en Facebook y allí había una recepción inmediata, la gente comentaba, y aquello me servía para engrandecer o para terminar de rodear la historia con aquellos rasgos que me daban”. Sobre la construcción de los personajes presentes en el libro, Patricia se considera una buena recopiladora, porque muchos de ellos han sido fruto de historias contadas por mujeres, que reflejan episodios de la infancia, y que la autora ha revestido de literatura.

En Casa de Muñecas se vive este clima de permanente de horror y misterio, ¿es esta también su visión de la realidad?
Para mí, la realidad es un lugar donde se pasa mucho miedo. Me dan pavor las cosas que pasan en la vida real y muchas de las cosas que provocamos los seres humanos. Entonces, me parece que la realidad es el lugar perfecto para ambientarse y documentarse de lo terrorífico.

En el libro, se ponen en evidencia diversos roles de mujeres, y de hecho, estos adquieren preponderancia a lo largo del libro, ¿cuál es la relación entre estas mujeres de ficción y las mujeres actuales de la realidad?
Creo que ese es el ropaje que tiene el libro, hay una estética y un lenguaje que es reconocible: el de los escenarios y los elementos macabros, pero sobre todo es un libro en el que se habla de la mujer reducida al espacio doméstico, que es el espacio que le ha correspondido durante muchísimo tiempo y que, en buena medida, le sigue correspondiendo. Una especie de prisión que puede ser más o menos dorada, pero que al fin y al cabo es prisión, mucho más que en el caso del hombre.

Una de las características de Casa de Muñecas es la presencia de estas grandes dicotomías en los relatos: hay historias terroríficas que conmueven, hay amor, pero también hay odio y muerte. ¿Cómo es posible manejarlas y matizarlas dentro de una obra?
Bueno, el componente de miedo lo suelen causar los monstruos. A mí me parece que aquel es el ser más infinitamente tierno del mundo, porque este no sabe que es un monstruo hasta que no lo mira alguien, entonces lo malo no está necesariamente en él, sino en los ojos que lo miran, y son los monstruos los que más me gustan. Entonces, yo creo que es muy fácil hacer ternura con los monstruos, mucho más que la repulsión, y también está la piedad.

En Maderley en venta, así como en Abierto para fantoches también se hacen presentes las muñecas. ¿Qué simbolizan ellas para usted? ¿Existe una relación oculta entre estas obras?
Creo que soy una persona muy obsesiva y las cosas que me han gustado, desde pequeña, no ha cambiado un ápice. Mi relación con las muñecas siempre ha sido una relación de miedo y de fascinación: de miedo, porque me recuerdan la inmovilidad eterna que es la muerte, la muñeca es un doble del ser humano; y de fascinación, porque me parecen perfectas. La muñeca te recuerda a esa que nunca vas a ser. En todos los libros que escribo y escribiré, aparecerán muñecas. Creo que es una constante, porque siempre me resulta muy expresiva, y también me recuerda mucho al papel de la mujer en la sociedad. La mujer aprende de las muñecas la que debe de ser.

‘No concibo la literatura sin imágenes’
Acerca de la colaboración con la ilustradora Sara Morante, “Facebook tuvo la culpa”, declara. Todo surgió a partir de un microcuento que Patricia escribió y subió en su muro, este relato fascinaría a Sara y la llevaría a ilustrarlo. Tiempo después, la autora se aventuraría a pedirle que realizara la ilustración para la portada del libro, pero luego acordarían graficar varios de los relatos, realizando un trabajo en conjunto.

Casa de Muñecas presenta tiene una mezcla de estilos victoriano, gótico, incluso punk. ¿Por qué razón deciden realizar esta fusión?
Porque a mí lo victoriano me parece una estética apasionante, está muy relacionada con la muerte, con la oscuridad, pero al mismo tiempo es muy estilizada. También están todos esos prejuicios relacionados con la carne y lo erótico. Y luego, lo gótico es algo que me interesa muchísimo, sobre todo en los lugares y ambientes. Las casas me parecen escenarios de terror muy rentables, porque tienes todos los elementos: tienes el cuchillo para cortar carne, la nevera para hacer vudú con la desconocida de turno, tienes la ventana para tirarte por ella. Tienes muchas cosas que pueden usarse en contra de la integridad física. Y lo punk, por lo desafiante e irreverente, trato de desdramatizar, pero sin dejar de combatir, me gusta mucho la protesta que es fotogénica e inteligente.

Tengo entendido que entre sus aficiones se encuentra el cine, de hecho, en Casa de Muñecas se percibe un lenguaje cinematográfico a través de algunas referencias. ¿Cuáles son las posibilidades que otorgan esta interdisciplinariedad y cómo enriquece a la obra?
Yo creo que tenía que ser muy explicable la relación que hay entre el cine y la literatura, o lo rentable que es el cine para la literatura. El cine, sobre todo, nos suministra imágenes, y yo trabajo mucho a partir de lo que percibo por los ojos. Lo que percibo por los ojos me cuenta muy a menudo muchas más cosas que las que los olores, los sabores, y las palabras. Entonces, el cine, a mí me ha servido como un banco de imágenes y de inspiración permanente. No concibo la literatura sin imágenes, y el cine te las da.

Para Patricia Esteban Erlés, la invitación que le realizó Ciudad Mínima para formar parte del festival, le resultó formidable. Se confiesa feliz de haber sido parte de esta fiesta de las letras, y muy entusiasmada por el impulso que se le está dando a la lectura y escritura entre los chicos y los jóvenes. Considera, que el principal aporte de la micronarrativa se encuentra en la sensación de velocidad que esta le brinda al lector, sin restarle profundidad al texto. Patricia concluye con una exquisita analogía, que es en definitiva certera: “el microrrelato es como un caramelo envenenado, el público lo consume muy rápido, pero sin darse cuenta de que la digestión es muy lenta”.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

La memoria y el olvido en "Todo ese ayer" de Óscar Vela Descalzo

Foto: Mondadori Random House
Por Adelaida Jaramillo

En Todo ese ayer[1] de Óscar Vela, sus protagonistas, Federico Gallardo y Sebastián Barberán, luchan a su manera para no ser olvidados.  Un correo electrónico con una mención a un verso del poema Límites de Jorge Luis Borges después de treinta cuatro años los vuelve a poner en contacto, y a su manera, los dos están vivos nuevamente gracias a la memoria del otro.  Sin embargo, esa primera imagen fotográfica que los congeló en la juventud, cuando a ambos los unía su pasión por la literatura se va velando con la luz del presente; y a medida que avanza la historia, y sus identidades se reconstruyen a partir de los límites a los que son forzados a vivir debido a sus propias elecciones, esa imagen se funde a negro.  En esta obra cruzada por la intertextualidad impera el tema de la memoria como herramienta para la construcción y destrucción de identidades, la memoria desde el trauma, la memoria desde la autorreferencialidad.

La memoria histórica es un tema aparte, pues la preocupación por ella es recurrente en la obra de Vela, como lo es también el entrelazado dickensiano de las historias que transcurren en dos ciudades; en este caso, Quito y Buenos Aires, a las cuales une no solo el hecho fortuito de ser las ciudades de origen de los protagonistas, sino que, los dos hechos históricos que perenniza el texto son determinantes para las vidas de sus personajes principales: el 30 de septiembre de 2010, vivido por Federico en Quito y que marca el momento de partida de su relato; y los setentas y la dictadura del general Jorge Videla, vivida por Sebastián en Buenos Aires, época que nos traslada a la juventud de los protagonistas.  El tiempo y el espacio son utilizados por el autor para trazar los hitos en la vida de ambos, que a partir de estos hechos históricos tienen que repensar sus vidas.  Ambos, a partir de esta fractura histórica, son dados por muertos, física o simbólicamente.


Los Límites de la intertextualidad

Los límites de los seres humanos varían dependiendo de las circunstancias a las que seamos sometidos.  En la ficción estos límites pueden ser drásticos y nos pueden llevar a cuestionar las motivaciones de los personajes, cumpliendo con uno de los fines de la literatura: un lector que desde su experiencia le da la calidad de persona a los personajes, dialogando con ellos en el decurso de la lectura.  Esto sucede en Todo ese ayer, pues los personajes experimentan una serie de dificultades que los llevan a sobrepasar sus límites, desde el poder hasta la libertad; y esos límites terminarán llamando al orden, y ese orden, representado por la idea de la vigilancia, llamará a la imagen del panóptico que supera a la idea original de Bentham, y adopta la revisión de Foucault que prescinde de un espacio físico para este propósito y para pasar a convertirse en la conciencia permanente de la “visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder” (Foucault, 2002, pg. 121). 

En el caso de los personajes de Vela, mientras estos se desenvuelven en un espacio considerado homotopía están a salvo; cuando estos se salen del margen, del centro, accionan el panoptismo foucaultiano sin calcular las consecuencias.  En el exterior se chocan con la peste, según Foucault, o con el régimen del carnaval, de acuerdo a Bajtín.  En el caso de Federico, podríamos decir que su cuerpo regresa a la juventud y a devastar todos los recuerdos construidos en este espacio considerado “normal”; pero la tasa es pasar a ser objeto de vigilancia de un incontable número de ojos, que van desde el internet hasta la alta sociedad quiteña.

El protagonista también desafía los límites geográficos cuando provoca el desorden de la ciudad, rompiendo la disciplina de las reglas.  La ciudad para conservar el poder impone el orden, y ante el desorden, se empuja al protagonista al límite sometiéndolo a una simbólica expulsión.  

"El orden debe quedar estatuido antes de que la ciudad exista, para así impedir todo futuro desorden, lo que alude a la peculiar virtud de los signos de permanecer inalterables en el tiempo y seguir rigiendo la cambiante vida de las cosas dentro de los rígidos encuadres". (Rama, 1998, pg. 21).

Considero que Límites de Borges tiene la función de cruzar intencionalmente esta obra, pues si bien la vida tiene como límite máximo a la muerte, la novela aborda un número importante de aproximaciones hacia los límites antes de la instancia del olvido, tales como la libertad física y emocional de sus personajes, la vigilancia que supone el internet y la tecnología para rastrear a los fugitivos, el camino a la recuperación de la identidad, y la muerte como herramienta última para recuperar el poder.  Cada acción detonará el levantamiento de un panóptico.


La visibilidad es una trampa

En el siglo XVIII el filósofo utilitarista Jeremy Bentham por encargo de Jorge III ideó un modelo de cárcel que, aunque criticado, fue adoptado por varios países, entre ellos Ecuador.  El ex Penal García Moreno, ubicado en la ciudad de Quito, y cuya celda número 13 alojó, en su momento a Eloy Alfaro, acogió la idea de Bentham que proponía vigilar todo desde un punto, sin ser visto, siendo implícito que aquel que está bajo vigilancia está encerrado para un castigo. 

Quito es el escenario principal de esta novela, en donde Federico es observado por más de un vigilante que le impone el estigma de la marcación binaria gracias al panoptismo mismo que separa al loco del no loco, al peligroso del inofensivo, al normal del anormal; y la asignación coercitiva de quién es, dónde debe estar, cómo reconocerlo, (…) cómo ejercer sobre él (Foucault, 2002, pg. 120). 

La ciudad es clemente con sus personajes mientras se mantengan invisibles, pero cuando las imágenes son recogidas por el fondo de una cámara, la ciudad va a empujar a Federico del centro a la periferia, y este pasa de vivir una situación acomodada con todos los beneficios de pertenecer a la clase alta capitalina, merced de la familia de su esposa, a perderlo todo, incluso su deformada identidad.  El estar en el centro garantiza la inexistencia del panóptico, en la periferia todos tienen un motivo para ser observados y luego castigados.  El castigo a Federico comienza por parte de su esposa, pero a ella se suman una serie de personajes, conocidos y desconocidos para él, que junto a las malas decisiones de este personaje, lo llevarán a transformarse en otra persona, o quizás, simplemente a recuperarse antes de todo ese ayer.

En cuanto a Sebastián, el hecho de que luego de treinta y cuatro años haya contactado a su amigo de la infancia con tanta facilidad, “Te ubiqué a través de internet y ponía que ejercías de abogado” (Vela, 2015, pg. 27) es el primer indicio del universo orwelliano en el que con la ayuda de internet, todos podemos ser vigilados desde un punto sin ser vistos.  Para Federico, el contacto de su amigo, en principio, es grato por la evocación de la juventud, y con ella, por la inconsciencia del estado de vigilancia que, a medida que el protagonista descifra esta maquinaria, se separa del panóptico 2.0.  Sin embargo el sistema de vigilancia ya ha sido instaurado. 

Este hecho que detona una oleada de giros narrativos, de manera casi imperceptible, agrieta las identidades de los personajes, pues al regresar a la juventud lo hacen desde los ojos de un presente modificado por la tecnología. Este momento en el que se comienzan a reconstruir sus imágenes, coincide con el contacto de Federico con la peste, en donde: Cada calle queda bajo la autoridad de un síndico, que la vigila; si la abandonara, sería castigado con la muerte (Foucault, 2002).  Ante la observación de más de un panóptico, el personaje decide implantarse su propio castigo.


El juego con el poder

Como lo había mencionado, es recurrente en la obra de Vela el uso de hechos históricos para recrear sus historias.  El primer contexto histórico que encontramos es el del 30 de septiembre, abordado por el narrador omnisciente que recoge la opinión de Federico y Rocío; como también por un segundo narrador que cuenta los hechos de manera cronológica tal como fueron presentados por los medios de comunicación, sin emitir opinión.  Al final de la obra aparece un narrador testigo que ofrece una opinión ecuánime, pero antes hay una última opinión, que se propone como contraparte a los narradores de oposición al régimen de Rafael Correa: la de la empleada doméstica de la casa de los protagonistas, quien es partidaria del Presidente, y cuya opinión la conocemos por el narrador omnisciente pues ella es incapaz de emitir un comentario en voz alta en su lugar de trabajo.

Este hecho que Vela perpetúa como parte de la memoria histórica de este país, y al cual, en términos de comunicación, le ha dado un tratamiento justo al recoger varias fuentes, nos lleva a pensar en el panóptico estatal, tan poderoso que el autor incluye el siguiente párrafo en una nota con la que cierra la novela:

En relación con las opiniones vertidas por los personajes de esta novela sobre ciertos hechos políticos y eventos acontecidos en el desarrollo de la historia, así como sus pensamientos, verbalizaciones, acciones y deseos más íntimos, son responsabilidad exclusiva de ellos, pues el autor les permitió gozar de completa libertad para expresarse y desenvolverse dentro de este libro, para ser parte de él y abandonarlo cuando quisieran hacerlo, para vivir, transgredir o morir según sus anhelos. (Vela, 2015, pg. 330)

La nota resultaría extraña fuera de contexto, pero hay que entender la construcción del héroe a partir del 30 de septiembre de 2010, momento en el que el Ecuador se fractura irremediablemente y cuya delimitación binaria entre ser correísta o no correísta, ser pobre o ser rico, ser el que quiere la revolución o ser el que quiere volver al pasado.  En una época en la que el Estado alienta la creación de entidades que bordean a la Inquisición mediática, no es de asombrarse que el autor sienta la responsabilidad de aclarar que el narrador, no es la voz del escritor al lector común que suele asumir ambas como una, corriendo el autor la suerte de poner a funcionar el panóptico sobre él.

Hay una maquinaria que garantiza la asimetría, el desequilibrio, la diferencia. Poco importa, por consiguiente, quién ejerce el poder. Un individuo cualquiera, tomado casi al azar, puede hacer funcionar la máquina: a falta del director, su familia, los que lo rodean, sus amigos, sus visitantes, sus servidores incluso.  Así como es indiferente el motivo que lo anima: la curiosidad de un indiscreto, la malicia de un niño, el apetito de saber de un filósofo que quiere recorrer este museo de la naturaleza humana, o la maldad de los que experimentan un placer en espiar y en castigar. Cuanto más numerosos son esos observadores anónimos y pasajeros, más aumentan para el detenido el peligro de ser sorprendido y la conciencia inquieta de ser observado. El Panóptico es una máquina maravillosa que, a partir de los deseos más diferentes, fabrica efectos homogéneos de poder.  Una sujeción real nace mecánicamente de una relación ficticia. (Foucault, 2002, pg. 122)


Escribir para combatir el olvido

Una de las fuentes más fértiles para encontrarnos con la escritura es el recuerdo.  Los seres humanos fabulamos nuestro pasado a través de nuestra memoria colectiva, pues a decir del sociólogo Maurice Hawlbachs, nunca estamos solos, mal podríamos tener un recuerdo que sea individual y no colectivo; pero estos recuerdos que manipulan la realidad se nos escapan cuando no los hemos vivido de cerca, como es el caso de hechos históricos de los que hemos escuchado o leído.

Estos eventos, que sentimos lejanos por no haberlos vivido, son de los más perjudicados al momento de recordar.  Autores como Óscar Vela, Diego Cornejo Menacho, o Joaquín Gallegos Lara de la generación del 30, recogen estos hechos para plasmar la historia, de manera que se nos haga más difícil olvidar, pues los seres humanos, por naturaleza, somos ingratos con nuestra memoria histórica.

Vela en la nota de autor, antes mencionada, nos cuenta que varios de los hechos que acontecen en su novela son tomados de los testimonios provistos por “J”, quien aparece de esta manera en los agradecimientos, como principal fuente de esta historia.

Como artilugio final, en la tercera parte de la novela aparece un nuevo narrador, un alter ego de Vela, que recoge todas las historias de Federico para escribir una novela.  Al moderno Cide Hamete Benengeli se le pide vengar a su amigo con una serie de instrucciones que bien podría obviar, pero que pienso las lleva a cabo como parte del proceso de investigación del escritor para empezar a escribir la historia y consolidarla, pues a Sanmiguel, en sus conversaciones con el protagonista, sus testimonios le parecen falsos.

Sanmiguel y Vela cumplen con el encargo de escribir una novela cuyos límites entre lo real y la ficción se diluyen mientras avanza la lectura.


La muerte en respuesta a la peste

Los personajes principales de la novela son sometidos a pasar por profundas transformaciones.  El encierro físico que sufre Sebastián cuando es secuestrado en la dictadura de Videla lo transforma en un robot.

Pensé que, al final, Sebastián no era tan robótico como parecía, que ciertas cosas podían removerlo.  El suyo era un gesto de evidente abatimiento, de tristeza, aunque trataba de mantenerse fuerte frente a mí.  Supuse que cuando yo saliera se dejaría arrastrar por el dolor, pues, a pesar de su comportamiento salvaje, seguía siendo un ser humano con reminiscencias sociales… Sentí lástima por él, pues de algún modo era un hombre al que las circunstancias extremas habían partido. (Vela, 2015, pg. 317)

Sebastián es el único personaje que pasa por un proceso de encierro y de vigilancia violento y, que las secuelas de ese periodo de trauma engendrado por una agresión lo han transformado en un personaje con rasgos psicóticos.  A Federico el trauma de la memoria le viene por una problemática de tipo social.

El Panóptico es un lugar privilegiado para hacer posible la experimentación sobre los hombres, y para analizar con toda certidumbre las trasformaciones que se pueden obtener en ellos. El Panóptico puede incluso constituir un aparato de control sobre sus propios mecanismos. (Foucault, 2002, pg. 123)

Sebastián muestra un último signo de cambio cuando al recibir el libro de Borges, de manos de Sanmiguel, recupera su mirada de juventud, una escena en una suerte del Ciudadano Kane y el reencuentro con su Rosebud.  En cambio para Federico, quien no resiste a la transformación que le impone su error, que se contagia con la peste, la única manera de restaurar el orden es la muerte.

A la peste responde el orden; tiene por función desenredar todas las confusiones: la de la enfermedad que se trasmite cuando los cuerpos se mezclan; la del mal que se multiplica cuando el miedo y la muerte borran los interdictos. Prescribe a cada cual su lugar, a cada cual su cuerpo, a cada cual su enfermedad y su muerte, a cada cual su bien, por el efecto de un poder omnipresente y omnisciente que se subdivide él mismo de manera regular e ininterrumpida hasta la determinación final del individuo, de lo que lo caracteriza, de lo que le pertenece, de lo que le ocurre. (Foucault, 2002, pg. 119, 120)



La memoria en Todo ese ayer, propuesta desde la intertextualidad del título, se va modificando con el pasar de las páginas.  Los personajes principales, Federico y Sebastián, están sujetos a una metamorfosis detonada por otro, pero a partir del uno.  La memoria en la novela es una pasta maleable en las manos de quien mira, antes de quien hace.  El olvido, sin embargo, no es una opción para ninguno de los dos y, a su manera, cada uno gana este combate.




BIBLIOGRAFÍA
Vela, O. (2015). Todo ese ayer (I ed., p. 336). Bogotá: Penguin Random House Grupo Editorial S.A.S.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión (I ed., p. 314). Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.
Halbwachs, M. (1998) Memoria colectiva y memoria histórica. Revista Sociedad 12 (13): 191-201.
Rama, A. (1998) La ciudad letrada. Montevideo: ARCA S.R.L





[1] Vela, O. (2015). Todo ese ayer (I ed., p. 336). Bogotá: Penguin Random House Grupo Editorial S. A. S.

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