lunes, 4 de junio de 2012

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2da. sesión del e-Club de lectura

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Los dos textos para comentar en la siguiente sesión del e-Club de lectura, que se llevará a cabo el martes 12 a las 21h00, son de la mexicana Cecilia Eudave y el chileno Diego Muñoz Valenzuela.  Los esperamos el martes en el twitcam, vía @adeljar

Sirenas de mercurio
Cecilia Eudave @CeciliaEudave
Durante los siglos X I X y X X las sirenas fueron duramente casadas por los hombres.   Cuentan que una noche el barco Perséfone cazó cerca de una docena.  Curiosamente, no se les buscaba como fenómenos de la naturaleza, pues ya existían en la imaginación humana nuevas y poderosas bestias más apetecibles para la pesadilla.  Tampoco las cazaban por su voz, que podía ser robada y transferida a la garganta de una mujer en parto.  Ya habían dejado de construir peceras gigantescas para contenerlas y exhibirlas, y también prescindieron de sus servicios como cocineras, según se cuenta en el libro Las puertas de Casiopea.  Entonces se les apreciaba en el mundo del comercio por su carne afrodisíaca.  Bueno, por lo menos la de la cola, con la que se solía hacer un caldo delicioso que al dárselo de comer a la mujeres provocaba en ellas tal desenvoltura, tal desinhibición sexual, que los hombres enloquecían mientras duraba el efecto del potaje.
Por esta lujuria humana murieron miles de sirenas al ser cercenadas por la cintura para abajo; algunas, las menos ¿desafortunadas?, quedaron condenadas a andar en unos terribles y lastimeros carritos de madera donde cargaban sus cuerpos mutilados con los senos al aire y sus largas cabelleras sucias; portaban, además, un letrerito que decía: -una moneda para esta pobre sirena-.  Así vagaban por los puertos, mientras que sus hermanas esquivaban cualquier cantidad de penurias y arriesgaban sus colas para observar la tristeza de sus congéneres y lanzarles algas para que se alimentaran.  Hartas, decidieron vengarse.  Los tiburones de los mares orientales les aconsejaron vivir en sus aguas y atascarse el cuerpo de mercurio, porque sabido era que esos mares están contaminados por la nueva industria.  Sus cuerpos, así, se convertirían en veneno mortal para los hombres.  Ellas siguieron el consejo con la ilusión de asesinar a su raptor a pesar de su propia muerte, reivindicando a sus hermanas.
Pero cuando una sirena cayó en las redes de un mortal y fue cercenada de la cintura para abajo, pasó algo que ellas no consideraron ni esperaron: la cola saturada de mercurio buscó unirse nuevamente con el dorso; hasta lograrlo.  Una y otra vez se repitió la operación, y una y otra vez el cuerpo se reintegró.  Los hombres quedaron maravillados de esta nueva condición fantástica en ellas.  Ahora, las sirenas atrapadas son objeto de la mutilación perpetua en las carpas dominicales de las ciudades y los puertos…

De compras
Diego Muñoz Valenzuela
El maldito gato lleva un carro repleto de mercaderías.  Eso me perturba: ¿cómo es posible que un felinillo de última categoría adquiera tal cantidad de bienes?  Hago un rápido inventario: tres cajas de leche (para nutrir su prole), ovillos de lana (destinados al juego, no al tejido), suntuosas bandejas con carne de primera, galletas para perros (¿regalo quizás?), champú para bebés, etc.  Profiero una sentencia crítica.  El mandril que me antecede en la fila se da vuelta y gruñe una amenazante respuesta.  La cajera, una deslucida cebra, mueve la cabeza hacia los lados y relincha una carcajada burlesca.

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