martes, 9 de octubre de 2012

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Octubre de brujas

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El twitcam del mes de octubre le dedicará un espacio a un personaje destacado en la literatura a través del tiempo: la Bruja.  Este personaje sigue vigente desde los mitos de Circe y Medea, y ha sido bien y mal visto dependiendo de la época.  La bruja tuvo un espacio en el Siglo de Oro español por ejemplo con La Celestina, fue motivo de estudio de Freud y porque todas hemos sido brujas, al menos una vez en la vida, conversamos sobre ella alrededor de nuestro caldero.

El martes 30 de octubre a las 21h00 (vía @adeljarlos esperamos para comentar el cuento de Andrés Neuman: "Fumigando en casa" en compañía de las hechiceras, magas y brujas: @lagabysilva, @Merrypops1 y @HembraDragon.  

Se vale disfrazarse.

Fumigando en casa
Andrés Neuman


Su casa es la de enfrente. Nosotros vivimos aquí, y allí las cucarachas.
La puerta de la casa de la Bruja está más vieja que la Bruja. Salvo cuando el cielo se nubla, la Bruja no sale nunca de día: la luz la desintegraría inmediatamente. Algunos vecinos dicen que ella es capaz de ver en la oscuridad, pero yo no me lo creo. ¿Entonces para qué iba a querer esas gafas tan gruesas? A veces, al volver de la escuela, me parece ver a través de los hierros del ascensor una sombra que se escurre por el pasillo. Entonces intento ser valiente, trago saliva, abro la puerta del ascensor, asomo la cabeza y pienso en pronunciar su nombre: porque la Bruja, aunque parezca mentira, tiene un nombre. No es que yo no me atreva a hacerle frente, pero tardo tanto en decidirme que cuando empiezo a sentir que la boca se me llena del nombre pegajoso de la Bruja, ya no se ve a más nadie en el pasillo.
O a lo mejor es que no había nadie.
Hablando de eso, la Bruja tiene un hijo. Por lo menos uno. Porque vete a saber a cuántos se ha comido. Aunque hay uno que todavía sobrevive: le gusta que lo llamemos Bicho y es de lo más simpático. Trabaja en muchas cosas. Está siempre ocupadísimo. Yo le estoy agradecido, porque me trata como si fuera mayor de lo que soy. Y eso, con los mayores, es bastante difícil. Parecen empeñados en que uno no sepa las cosas, así ellos tienen siempre algún secreto que guardarse. Con Bicho pasa todo lo contrario: me habla de cosas que no acabo de entender como si ya tuviera que saberlas. Cuando se ríe, Bicho me da un poco de miedo.
Algunos vecinos me han jurado que frente a la puerta de mi casa, en la casa de la Bruja, hay un estercolero enorme que ocupa toda la cocina y las habitaciones principales. Dicen que hace un montón de años que nadie ve a la Bruja bajando la basura, y eso es una prueba casi definitiva de que todo lo que comen, usan o tiran en esa casa va a parar al suelo. Mi madre oye esas cosas y sonríe, pero yo no puedo evitar imaginarme el dormitorio de la Bruja como una región húmeda, verde y con volcanes, montañas malolientes y todo eso. Me imagino la cama de la Bruja sobre una mole de desperdicios y cosas antiguas, y en la cima un colchón amarillento con los resortes salidos. Al despertarse, la veo bajando y buscando un llano con un estanque de lava, la veo tomando un baño entre burbujas rojas, riéndose a carcajadas, feliz de ser horrible, con sus tetas enormes. La otra noche soñé algo así y, no sé cómo, me desperté con el pantalón del pijama pegajoso.
También cuentan los vecinos que a lo largo del pasillo de la casa tienen instalada una sala de torturas, donde Bicho es castigado cuando no le sale bien algún trabajo: aparatos terribles como los de un gimnasio, llenos de agujas, cuerdas y engranajes. Esto sí que podría ser cierto, porque muchas noches oigo desde mi cuarto unos gritos terribles en la casa de enfrente. A mí a veces me entra miedo. Tampoco mucho. Un poco. Pero a mi madre sólo parece preocuparle que no entren en casa las cucarachas, que no traspasen la trinchera de veneno que cada mañana ella dibuja con aerosol en el pasillo. A mí me parece que aunque el veneno nos proteja del ejército de cucarachas, también nos obliga a quedarnos encerrados sin poder salir. ¡Te he dicho que no salgas, niño, cierra esa puerta ahora mismo!, me grita mi madre cuando intento invadir la frontera. Yo miro a mi padre pidiéndole ayuda sin que parezca que le pido ayuda.
Querida, dice mi padre entonces, sin que parezca que sabe que le he pedido ayuda, oye, querida, el chico tampoco se nos va a morir por pisar un poco de veneno, ¿no te parece? Pues no, no me parece, le contesta mi madre cruzándose de brazos y estirando una pierna hacia delante, con sus tobillos gruesos, no, no me parece: lo que a mí me parece es que tú, hasta que el chico no le pase algo, no vas a preocuparte nunca.
Mi madre, la verdad, exagera un poco. Y además mi padre se preocupa por mí todo lo que puede. Por ejemplo, hace colas muy largas para comprarme entradas para el fútbol. Y son entradas carísimas. Lo malo es que a mi madre eso también le parece una imprudencia. ¿Y si atacan al niño, eh, tú que harías, pegarte tú solito con esos animales para defenderlo, eh, dime qué harías? Yo no sé de qué se asusta tanto mi madre, si vivimos defendiéndonos de unos insectos negros que atacan por las noches. Hablando de eso, dicen los vecinos, yo no lo sé, pero cuentan que por las noches desfilan en secreto por la puerta de enfrente un montón de hombres para estar con Mariam, la sobrina de la Bruja. Son cosas que pasan, cuentan, no lo sé, a unas horas en las que estoy dormido. Por eso hace semanas me hice el propósito bien firme de quedarme con los ojos abiertos hasta la madrugada, y entonces deslizarme hasta la puerta y espiar por la mirilla para ver a esos hombres que llaman de mala vida desfilando de uno en uno, ver a la Bruja abriéndoles la puerta, espantosa y satisfecha de ser fea, o a lo mejor si hay suerte ver a Miriam saliendo a recibirlos en camisón, descalza, regando de perfume el camino que más tarde, cuando los hombres de mala vida se hayan ido y la Bruja ande por ahí volando y Bicho se escape con sus amigos y Miriam duerma, recorrerán las cucarachas. Pero siempre, en mitad de la guardia, notaba que empezaba a entrarme sueño y a la mañana siguiente no recordaba bien qué había sucedido, despiértate, querido, que vas a llegar tarde.
¿Miriam es realmente la sobrina de la Bruja? Yo no dijo que no, pero muchos menos digo que sí. Como mínimo hay dos cosas que no entiendo. La primera, cómo un ángel como ella iba ser hija de la hermana de una hechicera. Cómo esos pies descalzos, tibios como la sopa del domingo, iban a ser de la misma familia que las zapatillas viejas de la Bruja. La segunda cosa que no entiendo es por qué, entonces, si Miriam de verdad es sobrina de la bruja, he visto a Bicho haciéndole esas cosas en un rellano de las escaleras. Un día le pregunté a Bicho qué edad tenía Miriam. Él se río con la bocaza bien abierta, como si quisiera morderme, y me contestó que algunos años más que yo y algunos menos que él. ¿Pero cuántos, cuántos?, repetí impaciente, sin importarme si algún vecino nos oía o si mi madre aparecía por el pasillo, ¿cuántos años?, y Bicho volvió a hablarme en clave, como si yo supiera de qué me hablaba. Mírale las caderitas, dijo, y te darás cuenta.
Parece que uno al hacerse mayor tuviera la obligación de darse cuenta de esto y de aquello. Pero nadie te explica nada, y uno se pregunta quién les ha explicado a ellos. Hasta que pasó lo del baño, por ejemplo, no terminé de entender por qué mi madre se preocupaba tanto con las cucarachas. Una cosa era rociar aquí y allá, y otra cosa muy distinta fue sorprender a mi madre apuntándolo a mi padre con el bote de insecticida. Lo más raro es que mi padre no se defendía, parecía estar esperando a ser rociado o como arrepentido. Mi madre en cambio parecía nerviosísima y le hacía reproches hablándole muy cerca de la cara, como si las cucarachas estuvieran a punto de salir de las narices de mi padre. Yo, por si acaso, huí a mi habitación. Hasta que por fin, esa misma noche, pude darme cuenta de todo.
Esa misma noche me había vuelto a hacer el propósito bien serio de quedarme despierto hasta la madrugada, sentado en la cama con los ojos abiertos como un centinela en un fuerte. Imaginaba a la Bruja tras la puerta de enfrente, hablando con las cucarachas en su idioma, dándoles instrucciones para saltar nuestras trincheras venenosas y colocarse en nuestra casa. Imaginé a Bicho en la calle, sin haber cumplido con alguno de sus trabajos y con miedo a regresar. Vi a Miriam en camisón, esperando igual que yo, recostada en la única habitación sin desperdicios de la casa, perfumada como ella… Y ya iba notando que sin querer me entraba el sueño, que los ojos se me cerraban, cuando me pareció oír unos ruidos en el baño y después en la puerta de casa. Estuve un rato largo sin parpadear. No volví a escuchar nada. No sabía si seguir esperando o si taparme con las mantas. Al final me levanté de un salto, un poco por valiente y otro poco por las ganas de hacer pis. Avancé con cuidado hasta el baño y encendí la luz: al principio no vi nada, pero enseguida, increíble, en el centro de las baldosas, descubrí una cucaracha bebé que daba vueltas sin saber dónde escapar. ¿Por fin ?, pensé, ¿por fin nos han invadido? Traté de sentir preocupación, aunque yo más que nada me notaba entusiasmado. Era la hora de la acción. Había llegado el momento de combatir. Aplasté decididamente a la cucaracha, revisé todos los rincones y después fui corriendo hasta la puerta. ¡No pasarán! Por fin era el primer testigo de algo importante, un centinela con éxito. La casa estaba a oscuras. Cómo no quería que mi madre se despertara, encendí solamente la luz que ilumina el pasillo de afuera y me puse a mirar por la mirilla, dispuesto a resistir en mi puesto hasta llegasen en fila las cucarachas entrenadas por la Bruja. El corazón me latía con un caballo de carreras. Ahora sí que me había despegado. Me quedé esperando un rato. Y la verdad que hubo suerte, porque no tardé mucho en darme cuenta que mi madre no exageraba tanto: la amenaza era cierta, y entonces no sobraban el veneno ni los nervios ni todos sus reproches. Y mi padre lo sabía y se me iba adelantado, los mayores se me adelantan, y por eso esa noche me dí cuenta de que la batalla era inevitable, cuando através de la mirilla descubrí a mi heroico padre saliendo de la casa de la Bruja, regresando de puntillas con nosotros, seguro que después de fumigarla.  

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