viernes, 25 de enero de 2013

Tagged Under: , ,

¡Señora!, Pablo Palacio

Share

- Usted fue, sí, usted fue.
- ¿Señora...?
- Le digo que fue usted; no sea sinvergüenza.
- Pero... ¡Señora!... perdone: no se de lo que se trata.
-¡Ah! Cínico... devuélvame enseguida lo que ha cogido.
El hombre sintió  un crujido en el armatoste de su buen juicio y se quedo viendo la cara de la rabiosa con ojos desencajados.
- ¿Fue usted quien estuvo sentado junto a mí en el Teatro?
- ... Sí, señora; así me parece...
- Entonces, ¿que hizo de mi saquito de joyas?
- Pero, ¿qué saquito de joyas?
- ¡Oh! Esto es demasiado. Y ¡claro!, no podía ser de otra manera. ¡A lo que hemos llegado! Usted se va conmigo, jovencito, y no diga nada porque no quiero hacerle tomar un chasco. ¡Se ha de creer que sea yo quien sienta vergüenza antes que él!
En la comedia moderna, el automóvil es un personaje interesantísimo; así es que se acercó un automóvil.
- A la Policía.
Anonadamiento. "¿Estoy yo loco o está ella loca? ¿Sueño o no sueño? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Soy ladrón o no soy ladrón? ¿Existo o no existo?" Alto grado de estupidez.
- ¡Pero, señora!
- ¡Vuelve usted con lo mismo! No me va a ser posible entenderme con usted. Ya se lo he dicho. Lo que tiene que hacer es devolverme lo que ha cogido y no venirme con lamentaciones. Nada de esto hubiera pasado si usted me abría devuelto eso enseguida. ¿A qué vienen sus fingimientos?
- Se lo juro, señora: no se que es lo que usted me reclama.
- ¡Cállese! ¡Cállese! Me va a hacer encolerizar.
Tengo convencimiento de que fue usted y por eso hago lo que hago. Y no sé bien por qué procedo así. A pesar de la monstruosidad que acaba de cometer, me ha simpatizado; si no, estuviera ya en la Policía y vergonzosamente. Pero por algo noto que es una persona decente y estoy segura de que no sufrirá el bochorno de las investigaciones.
Policía.
- Vea, joven, por Dios, devuélvame el saquito. Son joyas valiosísimas y es lo único que tengo. Figúrese usted lo que me va a decir mi Mario cuando venga. ¡Ah! Y todo por la ausencia de él... Lo que me a ha decir cuando venga. Vea, joven, compadézcame...
- Bueno, diablos, ¿qué es lo que le pasa? Le he dicho que no tengo nada suyo. ¿Entiendee usted?: No ten-go na-da su-yo. Ya estamos en la Policía.  Siga, señora.
- No, no baje; no se moleste. Yo no quiero hacerle quedar mal. Caramba, caramba. Calle usted. No, no; esto no puede ser. Yo se que usted se compadecerá de mí. Adolfo, siga a casa.
- ¡Maldición!
Y estupidez definitiva: "¿La mato o no la mato? ¿Estoy loco o está loca? ¿Qué hora es? ¿A dónde voy? ¿Hay un amigo tras la noche o un enemigo? ¿Quién es esta mujer? ¿He robado o no he robado?"
- No intente arrojarse... Se estrellaría. Vaya más ligero, Adolfo; más ligero.
Y como el viaje fuera largo, el hombre tuvo miedo.
Brillaban dos ojos de gata.
Naturalmente, empezó a llover fuerte.
- No recele de nada. ¿Cree usted peligrosa a una mujer sola, en la noche? Oh, que niño... No nos lo comeremos a usted. Pero, hable. ¿Por qué no habla? ¿Se le ha secado la boca?
Silencio empedernido. Desfile, ante la imaginación, de todos los gestos, actitudes y aptitudes de lo absurdo.
-  Ya hemos llegado. Tenga la bondad de bajar, joven. No: por acá. No tenga ningún recelo. Fíjese usted en el peligro que le ofrece una mujer sola. Entre. Caramba, el susto que me ha dado. Yo creí no volver a ver más aquello, que es lo único que tengo. Ay, pero hace un frío terrible. Entre, siéntese (Silencio). Ahora lo que necesito son las joyas. Hágame el favor, joven.
- Pero, señora, ¿qué es lo que le pasa? Se lo he repetido hasta la saciedad: yo no tengo sus joyas.
- Bueno, primeramente dígame por qué me dice señora...
- ...Porque así lo parece.
Y la señora rió.
- Caramba, caramba... Perdóneme usted que sea tan molestosa; pero ya comprenderá...mi situación es de las más difíciles... Ya sabe usted que mi marido está ausente, y puede caerme de sorpresa después de dos, tres, cuatro días... ¿Y qué le diré yo de esas joyas? Cómo él es un poco celoso, quien sabe que cosas va a figurarse... ¡Ah, no, Dios mío, si cuando yo pienso en lo que él puede pensar de mí, soy capaz de enterrarme viva...! Perdóneme; yo se que estoy obrando muy indiscretamente, pero es que ahora no puedo hacer nada bien... Permítame que le exija su abrigo...
La señora buscó inútilmente en todos los bolsillos y lo colocó sobre una silla.
- ¡Oh! Pero no vuelva a ponérselo. Aguarde usted Caramba; pero que frías tiene las manos. ¿Quiere tomar una copita? ¿Ron? ¿Cognac? ¿Whisky?...
- No bebo nada, señora.
- Uff, que seriedad... Es de ver al chiquillo. ¿Me perdona un momento? Yo misma voy a traer, porque no quiero despertar a los criados, y ya veremos si rehusa. De paso traeré también un pequeño utensilio para que arreglemos lo de las joyas.
Por fuerza, había dejado de llover.
Miradas rápidas y alocadas. Una ventana baja fue el milagro. Puesto que no había peligro que se rompiera la osamenta, por allí debía salvarse el hombre - y también el cuentista -, para luego, azorado, hundirse en el camino.
Al ruido de la ventana, es evidente que la señora debió regresar a la sala: y al no encontrar a la víctima salir a ver presurosamente, hostil, rabiosa, dada a los mil diablos.
Se mesaría los cabellos. Echaría en el lago quieto de la noche, atado al final de su larga mirada exploradora, ese volumen:
- ¡Zoquete!
Una honda golpeará el estupor del hombre.


0 comentarios:

Publicar un comentario

¿Dónde estamos?