martes, 28 de junio de 2016

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Clara, un cuento de Andrés León

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A partir de un ejercicio de intertextos del primer nivel de nuestro taller de escritura creativa, Andrés Emilio León, valiéndose de Rodrigo Fresán, Alberto Chimal y Miguel Antonio Chávez, escribió este cuento, obteniendo un muy bien logrado juego lingüístico.  El mérito siempre es del tallerista, en este espacio solo damos las herramientas y los empujamos a escribir.

Clara

Lo dije varias veces: lo más parecido que conozco a mi patria es mi biblioteca. Mi patria es incómoda de transportar pero, al menos, es una patria que se mueve. Mi patria es una patria solidaria y, si no fuera por amor a mi patria, juro que no estaría aquí, cargándola.

Mi biblioteca se mueve itinerante, conforme a la agenda emocional que estructura mi vida. Pero de la misma manera, organizo mi patria, encargándome de conseguir nuevos libros, catalogarlos y clasificarlos, además de desarrollar colecciones y definir alianzas que permitan ampliar nuestras colonias literarias.

En parte, gracias a lo mencionado, fue que me acerqué a Clara. Desde el inicio todo fue sexual. Literal. Hablábamos poco y luego, hacíamos el amor entre los libros y me aprisionaba contra mi biblioteca para estamparme un beso como quien resume todo en una ficha nemotécnica. Así, siempre. Al inicio, claro, al inicio, interrumpíamos la lectura para arrancarnos la ropa, y si bien es cierto que ella se distraía leyendo mi estampado, siempre llegaba al orgasmo gimiendo el nombre del protagonista de la novela de turno.

Luego, claro, luego de un tiempo, nos pasábamos los separadores de páginas por el cuerpo, nos estimulábamos y levantábamos la cama para hacer el amor entre la patria y el colchón, verticales, aprisionados y serenos, como por lo general se ven los libros. “Estás hermoso”, me decía ella a pesar de mis kilos de más y admiraba mis rollitos de papel que se me notaban en la portada. Todo libro gordo tiene su encanto, digo, ¿no?

7 meses después, claro, casi al final, teníamos la intención de comenzar a escribir donde fuera posible. No lográbamos parar, no queríamos y tirábamos mientras escribíamos sobre nosotros mismos. En resumen, tirábamos palabras que se estiraban y transpiraban para inventar nuevos cuentos. Luego, obviamente, luego, ella me preguntaba si era mi amante favorita, y yo la evitaba, yo no miraba y hacía todo lo posible para no tener que responder. Ella improvisaba cosas increíbles mientras se tocaba las comas y corchetes, pero yo seguía escribiendo y lo hacía utilizando las palabras que más me gustaban, palabras largas, como ciertos apellidos rusos o alemanes; palabras largas, como mi lengua entre sus paréntesis, en fin.

Sin embargo, ante tanta insistencia, en un momento intimo entre signos de admiración y arrobas, dejé pasar un momento, mientras seguía escribiendo las letras. Iba a responder cuando yo lo deseara, no antes.

Cuando por fin me decidí a hablar, dije:

–Cuando uno acaba un libro, queda una sensación amarga, vacía, porque sabes que nunca será igual, porque tienes claro que esa historia no podrá seguir, porque ninguna historia eterna, logra ser brutal, porque nos aburrimos con facilidad, porque lo realmente importante, nunca estará claro. Por eso a veces, lo mejor es no acabar. Hay que leer sin pausa, pero nunca, nunca, terminar.

Clara me observaba desnuda y alborotada, Clara, me observaba, claro, con las piernas abiertas. Me miraba y se sentía más que nunca como si fuera una letra, o más bien, prefiero recapitular: Clara era una letra, alargada pero bien distribuida; una letra hermosa, poco usada, eso sí, pero hermosa; y mientras hacíamos el amor, poco a poco se iba consolidando como letra, y se volvía consistente, firme y compacta.

En parte, por eso, esta relación llegó a su fin. Bueno por eso y, claro, otros detalles de letra pequeña que uno nunca lee. Detalles, dice uno. Sin embargo, cuando eyó un estudio que contabiizaba que de cada cien mi paabras en un texto escrito, a “ee” soo estaba en ocho mi, en contraste etras como a “a” (veintidós mi), a “ere” (once mi) o a “ese” (once mi quinientos), se puso furiosa: se sintió caramente segregada, y recamó que hasta as décimo segundas etras de afabeto tienen dignidad. Fue inúti y mandó todo a carajo; y desde entonces todas as imprentas, diccionarios y computadoras se quedaron si a etra ee.

Cuando Cara se fue, se evó gran parte de mí. Suena horribe, o sé. Pero así mismo fue.  Cara se fue, caro, no sin antes dejar caro que nunca más regresaría. También se dio tiempo para acarar que mi patria ahora era más pequeña, más vacía, más finita, caro, más incómoda de transportar pero, a menos, era una patria que se mueve, parecida a gran sexo que tendría con a chica sordo muda con a que me fui a vivir, cansado de tanto paabreo, cansado, caro, de todo e tiempo habar así.

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