Palabralab: Club de Lectura
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sábado, 21 de marzo de 2020

ESCARABAJOS, un cuento de Sara Mesa

Coleoptera, Laura Pablo y David Comerón

Claro que esa teoría ya la había oído antes, lo de la dulzura de la sangre, pero nunca había sido tan turbadora como ahora, cuando él le sostiene la pierna estirada –ella sentada, él agachado– para extenderle bien la pomada en todas las picaduras, y le susurra es porque tienes la sangre muy dulce, y a ella le parece una suerte que sea así, y baja la mirada otra vez hacia el suelo, se encoge de hombros, deja de rascarse, mientras él continúa apretando el tubo y deposita con cuidado, en cada una de las diminutas ronchas, una pizquita de esa pomada tan suave que casi le hace cosquillas, hermanándolos, de pronto ambos al mismo nivel, como si no hubiese ninguna diferencia entre ellos. Los mosquitos saben mucho, añade él después con un guiño, saben demasiado. Se incorpora y la mira ahora desde arriba, el chico –para ella, un hombre– frente a la niña –para él, una niña–; ella que sigue con los ojos bajos y una leve sonrisa complaciente, él repitiéndole, con la voz rasposa, que su sangre debe de ser azúcar puro para que la hayan puesto como la han puesto, sembrada de picaduras, devorada entera, dice, mientras los demás niños del campamento apenas tienen una o dos como mucho, no hay duda de que, entre todos, eres la preferida. Luego, perdiendo súbitamente el interés por ella, consulta su reloj, le da una palmadita en el hombro y comenta que es hora de que se vaya. No te olvides del Aután esta noche, le dice ya desde la puerta, y la niña se vuelve para asentir, lo mira enmarcado en la entrada del dispensario, veteado por los rayos que se filtran a través del cañizo. Nos vemos luego, Eva. Y Eva se va, alegre, acelerada. La ha nombrado, ha dicho su nombre, su voz le bombea todavía en los oídos cuando llega a las tiendas de campaña –Eva, Eva…–. Tengo la sangre dulce, piensa, soy la preferida, la preferida de los mosquitos o a lo mejor de él, su preferida, estoy enamorada, ¿me querrá él a mí?, es tan guapo, es el monitor más guapo de todo el campamento.

Se lo cuenta a la China, que al principio le dice mira que eres teatrera, fijo que estás exagerando, pero luego le pide que se lo cuente todo otra vez, con más detalles, venga, por dónde te cogió la pierna, de verdad te echó él mismo la pomada, por qué no te dio el tubo para que te la echaras tú solita, no me estarás tangando, y ríen, ríen juntas, la China achicando los ojos –de donde nace el mote– y ella encantada. Es la casualidad de tener tú la sangre dulce, no te me pongas estupenda, si me picasen a mí lo habría hecho igual conmigo, qué carota, me voy a revolcar por un hormiguero a ver si me acribillan las hormigas por todos lados, y cuando dice por todos lados, la China se refriega los pechos, y Eva pierde rápidamente la sonrisa.

– ¿Qué? ¿Estás celosa?

No sabe qué le pasa con la China. A veces sí, a veces no. Los años de diferencia, quizá. La China se burla de ella, Eva se da perfecta cuenta, pero cómo renunciar a la amistad de una de las mayores, una además como la China, con su cuerpo espigado, sus vestidos cortos, las pulseras de colores y los enormes aros de plata en las orejas. Eva la mira con fascinación cuando se maquilla, con qué soltura maneja los pincelitos, qué preciso su pulso para el lápiz de ojos. Intenta imitarla, finge saber para qué vale cada botecito. Me olvidé el neceser en casa, dice, ¿me prestas tus cosas? Hay una extraña sensación de libertad en maquillarse juntas, llevar los labios pegajosos, el olorcillo a fresa del gloss que en esos días –ese paréntesis del tiempo– no tiene que ocultar ante nadie. Su amistad con la China sube su cotización en el grupo, aunque bien pensado no están en ningún grupo: son ellas dos solas, la mayor y la pequeña, el cisne y el pato feo, la atrevida y la que aspira al atrevimiento, las solitarias, las malas.

–Con dieciséis ya puedes acostarte con uno mayor sin que te pase nada.

Eva traga saliva. Pero tú no tienes dieciséis, le dice. Bueno, los cumplo dentro de tres meses, responde la China, ya casi–casi sí, qué más da. Pero no los tienes, insiste Eva. Pues más te queda a ti, se ríe la China. Para acostarte con él vas a tener que esperar tres años, se habrá olvidado de ti, pero a mí me basta sólo con aguantar un poco, puedo llamarlo si quiero dentro de tres meses y verás cómo acepta quedar conmigo, siempre pasa, nunca ninguno me dijo que no. Pero qué es acostarse con alguien, piensa Eva, tumbarse y luego qué, algo ha oído antes, vaya asco. Ella sólo querría tener más picaduras, la piel entera llena de picaduras para que él le unte más pomada, y eso lo tiene garantizado gracias a la dulzura de su sangre, ella es la preferida aunque sólo tenga trece años, pero ya no se siente tan contenta como antes, no mientras la China sigue hablando, explicándole que si las autoridades se enteran de que eso pasa antes de los dieciséis te pueden mandar a la cárcel, no sólo a él, al monitor o a quien sea el adulto que lo haga contigo, sino también a la niña, a un centro de menores, y ya no te dejan salir nunca a la calle, sólo al instituto, y además vigilada, te llevan y te recogen todo el tiempo, jamás te dejan sola, y Eva piensa que así es como es su vida cada día, salvo en el campamento, salvo ese maravilloso desliz del campamento que le colaron a sus padres sin que ellos pudieran sospechar que en ese sitio hay gente como la China o como el guapo monitor del que se han enamorado las dos hasta las trancas.

Eva mete las manos en la arena y saca un pequeño escarabajo que agita las patitas. La China sigue hablando pero Eva ha dejado de escucharla. Piensa en que los escarabajos grandes se hacen los muertos cuando los atrapan, pero los pequeños no, aún no han aprendido el truco que les puede salvar la vida. Cada vez que ve uno por la arena –y hay muchos por allí, tan cerca de las dunas–, hace la prueba y nunca falla: los grandes se quedan inmóviles, como petrificados; los pequeños se revuelven entre sus dedos, haciéndole cosquillas. La China dice que no hay necesidad de coger todos los bichos que ve, pero Eva va a estudiar zoología, lo tiene clarísimo, lo sabrá todo de los animales y viajará por África y Asia, y también por América, y hará documentales que saldrán en la televisión mostrando especies que todo el mundo pensaba que se habían extinguido, pero no, o especies que ella descubrirá y que nadie podía imaginar que existían, pero sí. La China le está contando ahora que conoció a una chica que se escapó de un centro de menores y estuvo diez días sola, andando por las carreteras, hasta que la encontraron, y Eva piensa en que en cuanto vea al monitor podrá exponerle su teoría de los escarabajos, cómo las crías aún no saben que hay que disimular para sobrevivir, porque ése es el tipo de cosas de las que suelen hablarles los monitores en las excursiones, y aunque él es el encargado del dispensario médico y no participa en las actividades en la misma medida que los otros, seguro que también entiende de animales, y que apreciará que Eva se fije en los bichos, da igual que tenga sólo trece años, le gustará porque es lista y observadora, y aunque no se ponga vestidos bonitos como los de la China –sólo camisetas grandotas y pantalones de deporte, la ropa espantosa que hereda de sus primos–, tiene la sangre dulce, cosa que la China no, cosa que los demás niños seguro que no.

Eva sonríe.

Por supuesto, al caer la tarde no se echa el Aután –huele fatal, dice–, y aunque se mete en el saco de dormir con la cremallera hasta arriba, siente toda la noche el zumbar de los mosquitos merodeando. Adormecida, olvida que se prometió a sí misma no dar palmetazos para espantarlos. Se despierta intranquila, cansada, cuando el monitor encargado de su tienda –uno simpático y gordito que le cae bien, pero que por supuesto no es lo mismo– mete la cabeza por la lona y vocea la hora, vamos, arriba, hoy iremos bien temprano a la playa. Se mira los brazos y las piernas y comprueba con disgusto que sólo tiene un par de picaduras nuevas, nada que justifique otra visita al dispensario. Ojalá le pique en el agua una medusa, se dice, ojalá a ellas también les atraiga la sangre dulce.

La China va a buscarla después del desayuno. Se acerca cojeando. ¿Qué te ha pasado?, pregunta Eva, aunque ya se está temiendo lo peor. La China le habla de la tarima sobre las que se elevan las tiendas de campaña. Al despertarse, metió el pie por uno de los huecos y se torció el tobillo. Ahora debe de tener un esguince, si es que no se ha roto algo incluso, no podrá ir a la playa con ella, se quedará en el campamento, descansando. Eva siente un estremecimiento en el estómago. No es sólo por imaginar lo que ni siquiera se atreve a imaginar; es que verdaderamente le angustia ir a la playa sin su protección. Asiente y mira a lo lejos la línea de las dunas, que se extienden suaves y blancas bajo el cielo sin nubes, cegador. Sin la China se encuentra demasiado sola, muere la Eva del campamento y revive la otra, la del resto de los días.

Eva vuelve a su tienda, prepara la mochila con desgana. Una de sus compañeras se queda fuera para vigilar que ningún chico entre mientras ellas se cambian. Aunque las demás niñas se desnudan delante de las otras sin pudor, Eva se tapa con una toalla para ponerse el bañador. Su bañador horrible, que le queda horrible, y que intentará ocultar todo el tiempo, también más tarde, cuando tras subir y bajar la duna bajo el sol despiadado –sudará y estará sola–, se metan en el agua punzante, en las olas heladas que esta vez no consiguen que se sienta ni ligera ni libre. Salir del agua, ir corriendo hasta su toalla, ponerse la camiseta enorme que aún puede dejar la posibilidad de imaginar que lo que hay debajo es un bonito bikini fluorescente, como los que llevan las otras. La arena se le pega en la ropa mojada, le roza en la piel irritada. Eva tiene ganas de llorar.

Un niño se sienta a su lado, uno de su edad, delgado, rubio hasta las pestañas. Le pregunta por la China, pero sin interés, como si lo único que de verdad quisiera fuera empezar una conversación, y señala el montoncito de conchas que ella ha reunido entre sus pies, para qué las coges, le dice, se las vas a llevar a tu madre o qué. No hay agresividad en sus palabras, simplemente curiosidad, y Eva cree que quizá pueda hablar con ese niño, explicarle, mira, las que son así como caracolitos, retorcidas, son de gasterópodos, éstas tan pequeñas son coquinas, y esto creo que es un pedazo de ostra, las que más me gustan son las que tienen brillo, dice el niño, y ella está de acuerdo, quieres una, le ofrece, y él acepta. Luego cavan en la arena hasta meter los codos, buscando agua en el fondo, sin hablar. Hay algo triste en ese niño que la reconforta, pero es algo transitorio, muy quebradizo, que dura apenas lo que dura el tiempo en que se acercan los otros y los ven, el tiempo en que lo llaman y él se levanta sacudiéndose la arena del bañador, un poco avergonzado, alejándose corriendo y sin despedirse. Eva oye después algunas risas, no sabe si es por ella o por cualquier otro motivo, pero en cualquier caso no son risas para ella, sí para las otras, las demás chicas, juguetonas, insinuantes, seguras y frescas ante los chicos, que se estiran, dan vueltas, inflan el pecho con firmeza: así son los mayores, mientras que los pequeños son pequeños y Eva tampoco quiere estar con ellos. Incómoda, con la camiseta húmeda sobre su bañador horrible, se abraza las rodillas mirando el mar picado, el grupo de monitores allá a lo lejos –sin él, sin él–, las gaviotas chillonas y tan grandes que parecen irreales, como fabricadas con corcho blanco, los dedos de sus pies ennegrecidos, la tobillera que se compró a escondidas porque a su madre no le gustan las tobilleras, y que ahora lleva puesta aunque él no pueda vérsela, una lástima.

Vuelven tan tarde que no les da tiempo a cambiarse para la comida, macarrones con pollo, ensalada, melón, casi ninguno toma ensalada, Eva en realidad no toma casi nada, más preocupada en mirar alrededor y buscar a la China, aunque sólo está el hueco en la mesa donde suele sentarse, un vacío lleno de presagios y de inquietud. ¿Tan mal se encuentra como para saltarse el almuerzo?, piensa. Luego corre a buscarla a su tienda, la de las mayores, y un par de chicas la miran con desdén desde dentro, yo qué sé dónde está, dice una, ¿no eres tú su amiga?, dice la otra. Eva ya sabía que la China no encaja bien con sus compañeras de tienda –la envidia, le había explicado ella–, pero no se esperaba ese odio tan fuerte, que se extiende hacia ella, en la mirada de las chicas hacia ella, déjanos en paz, estábamos durmiendo, le dicen, aunque no es verdad que estuvieran durmiendo, porque Eva ha notado ya desde que se asomó el olor a tabaco, y eso que está rotundamente prohibido, sobre todo por el riesgo de incendio, advierten constantemente los monitores. A ella no le importa que fumen. 

Ella sólo necesita saber dónde se ha metido la China.
Y va al dispensario.

A la hora de la siesta, el calor golpea fuerte sobre la cabaña, mucho más fuerte de lo que Eva se atreve a golpear la puerta, en realidad son tan sólo dos toquecitos los que da, tímidos pero desesperados, y luego se queda escrutando el silencio, las voces de los chicos ablandadas por la distancia al igual que se ablandan el cielo y los pinares con el aire caliente, pues son justo las cuatro de la tarde y es posible que no haya nadie dentro. Aguza los oídos, pega los ojos a la ventana cerrada, le parece ver una sombra cruzar ante las lamas, pero puede ser su imaginación, si hubiese alguien, se dice, le abrirían la puerta. Baja la vista y ve un pequeño escarabajo acercándose, se agacha y lo coge, el escarabajo agita las patas con nerviosismo, nunca falla la regla, se repite a sí misma, pero a quién contárselo si él no está, o está pero no quiere abrir la puerta. La tierra arde y Eva se está quemando, allí parada al sol, todavía con su horrible bañador bajo la ropa y el escarabajo en la mano. Se da la vuelta, se marcha.

Estuve por ahí, dice la China mascando chicle, y ella sabe que no va a darle más explicaciones, se enfadará incluso si trata de indagar, así que sólo le queda el alivio innegable de tenerla otra vez a su lado, intenta conformarse con eso, ¿y tu tobillo?, pregunta, y la China responde sin mirarla que él le dio un masaje con un gel frío, casi helado, se le curó al instante, tiene manos de Dios, es milagroso. Me dijo que pasáramos mañana a verlo, dice también. Las dos, añade. Eva levanta las cejas, le bate el corazón, se le suaviza de pronto el ardor que le estaba oprimiendo la garganta. ¿También yo? Sí, claro, me preguntó por ti, por tus picaduras, me contó la teoría de la sangre dulce. Ella, la China, debe de tenerla más bien salada, ríe, porque por más que quiera no le pica ni un bicho, pero se le torció el tobillo y también tuvo su ración de pomada al fin y al cabo. Eva oscila entre la alegría y el vértigo. Él quiere verla. Quiere supervisar cómo van las picaduras, quiere cuidarla, estar con ella un rato, quizás hablarle. ¿A qué hora tengo que ir?, le pregunta a la China. Ella hace un gesto de indeterminación. Por la tarde, supongo. Tenemos que ir juntas. Juntas, piensa Eva. Se quedan en silencio. Sentadas junto a la explanada de la pista deportiva, miran las estrellas sin verlas, el cielo perforado en el que Eva busca constelaciones cada noche, pero no esta vez. El rumor de la carretera, a lo lejos, forma parte también de esa naturaleza tan ajena. Se oyen las chicharras y el ulular de un ave, Eva no sabe cuál, porque a ella lo que se le dan bien son los insectos. Juntas, piensa, pero decide que le da igual, le contará lo mismo lo de los escarabajos aunque la China esté delante y se ría de ella o trate de ridiculizarla ante él. En eso, Eva siempre llevará ventaja. Quizá no en los vestidos, ni en la soltura, ni en el cuerpo esbelto ni en la voz áspera de chica ya mayor, pero sí en eso, al menos.

La tarde quiere decir en realidad la hora de la siesta, y cuando la China la recoge para ir juntas al dispensario –la misma luz, el mismo calor, el mismo adormecimiento del paisaje disolviéndose en la calima de las cuatro– y, sobre todo, cuando él echa el cerrojo y comienza a hablar en susurros, Eva recuerda el día anterior, y la puerta cerrada, y la ventana cerrada, y la sombra que cruzó tras las lamas. Se sienta en la camilla confundida, mientras él le inspecciona las piernas agachado frente a ella, rozando levemente las ronchas, esto va mucho mejor, se te están curando todas muy rápido, ésta en cambio va más despacio, matiza al subir su dedo por el muslo, ésta debió de hacértela una arañita que tenía más veneno. Levanta los ojos, se miran. La China se ha sentado a su lado, paciente, esperando su turno. Ahora él le está palpando el tobillo, ya no está nada hinchado, dice, pero le unta un poco más de ese gel que la China dice, con un gritito, que está tan frío. Las dos os habéis recuperado muy bien, da gusto tener pacientes como vosotras. Desde arriba, Eva ve que le clarea el pelo en la mitad del cráneo, como si justo allí le hubiese aterrizado un ovni, piensa, y hay una especie de rechazo al pensarlo. De repente, encuentra algo ahí inadecuado y desconcertante.

–¿Tú eres médico? –pregunta.

Claro que sí, responde él de inmediato, vaya pregunta. Se ha levantado y hay ahora un brillo distinto en su mirada, cuando la enfoca desde arriba, las manos colgando a la altura de la cara de Eva, unas manos con vello muy oscuro en los dedos, la parte superior de los dedos, las falanges, piensa Eva, que es buena alumna y se estudió bien todos los huesos del esqueleto humano, sin entender aún que ésa es otra señal para el rechazo. Él le pregunta si acaso no se fía. ¿Está enfadado? ¿Se hace el enfadado para divertirse con ella? Le explica que en todos los campamentos, por ley, debe haber un médico o un enfermero, y recalca lo de la ley, y Eva siente que la está regañando. Las dos deberíais darme un beso por haberos curado, dice luego, en vez de andar dudando de mis títulos. La China palmotea, claro que sí, dice levantándose también. Lo abraza, le estampa un beso sonoro en la mejilla. Él la rodea por la cintura, casi la levanta en brazos, porque la China es ligera y él –Eva toma conciencia– más bien corpulento. Eva siente un ramalazo de celos, que se mezclan y chocan con la inquietud inicial, aturdiéndola. No quiere quedar fuera, no otra vez repudiada, excluida, eliminada de la competición sin haberlo intentado siquiera, así que también se levanta, se les acerca con rapidez, abre los brazos y cuando él se agacha para estar a su altura, soltando ya a la China, Eva posa directamente los labios en los suyos, los aprieta contra los suyos, cierra los ojos fuerte, y él se deja apretar unos segundos hasta que tienen que separarse para coger aire. Vaya, vaya, vaya, murmura después. Se está riendo, la mira y se ríe, Eva no sabe qué le hace tanta gracia, pero nota que lo ha sorprendido, y ella también ríe, mirando de reojo a la China, que ríe pero menos, más suavito, pasándose la lengua por los labios brillantes, sabiendo que es un juego y que ahora le toca a ella mover ficha. Así que se abalanza, lo besa también en los labios y Eva se queda fascinada ante el movimiento no sólo de las bocas, sino también de las manos y de los cuerpos, que se buscan encajándose el uno contra el otro. Mira hipnotizada, hasta que el dolor es demasiado fuerte y la garganta le empieza a arder de nuevo, las lágrimas calientes agolpadas tras los ojos, y se le forma un hueco en el pecho, como si el espacio interior de la caja torácica se estuviese ensanchando para explotar y reventarle las costillas. Como otras veces, sabe que hay que aguantar las ganas de llorar, porque si llora, reconoce; si llora, admite; si llora, pierde. Se muerde los labios, tose un par de veces, desvía la mirada para luego volver a clavarla en la pareja, que ya se está separando. La China la contempla triunfante –se ha despeinado un poco, está preciosa– y él con preocupación, el ceño fruncido, Evita, dice, qué te pasa, no hay nada malo en esto. Evita. No entiende por qué utiliza ahora el diminutivo. ¿Para acercarse o para alejarla? Ve cómo le hace un gesto a la China, un gesto apaciguador con la mano, el mismo gesto que se le haría a un perrito ansioso por salir a la calle, mientras se aproxima a Eva repitiendo que no hay nada malo en abrazarse. Le besa el pelo, le acaricia los hombros. Tú eres la más bonita, le susurra después al oído. Tú eres la más bonita. El eco retumba en su cabeza. ¿Ha dicho eso en serio? ¿Lo ha oído la China? ¿Lo ha dicho tan bajito porque no quiere que la China lo oiga? Y si es así, ¿por qué no quiere? ¿Porque es mentira, ya que la más bonita es la China, y sólo lo está diciendo para consolarla a ella? ¿O porque es verdad y no quiere enfadar a la China, pero necesita que ella, Eva, la más bonita, lo sepa? Espera a crecer un poco, dice luego, y esto le gusta porque su voz es cálida y sentirla en su oído vale tanto como ser acariciada, pero a la vez no entiende a qué hay que esperar, ni qué quiere decir con crecer, si ella no es una niña como las pequeñas, si ella está más cercana a la China aunque nadie lo sepa, aunque él no lo sepa, ni sus padres –menos mal– lo sepan, y ni siquiera la China –que continúa mirando sonriente– lo sepa. Y en realidad, rectifica, tampoco es como la China, porque ella sabe muchas cosas que a la China no le interesan lo más mínimo, aunque seguro que a él sí le interesan, como lo de los escarabajos, que sólo se fingen muertos cuando son adultos pero de chiquitos patalean si los coges, y decide contarlo, ahora o nunca, intuyendo en el fondo que no es el momento, pero a la vez sabiendo que ha de hacerlo, que si ya ha empezado tiene que terminar de contarlo, a pesar de la expresión de ambos, de él y de la China, que no muestran sorpresa ni rechazo, pero tampoco curiosidad, sólo esa especie de dulzura paciente que los mayores despliegan a veces ante los pequeños. Eva habla atropelladamente, ha probado mil veces, afirma, cada vez que ve un escarabajo lo comprueba, lo que no sabe es a qué edad aprenden a fingir, y tampoco sabe si aprenden el truco por sí mismos o si son los mayores los que se lo enseñan. Son animales listos, concluye él, pero tú lo eres más, y Eva sabe ya con certeza que ha hecho el ridículo.

Por eso, ahora quisiera besarlo del mismo modo que la China lo besó antes.
Tiene que besarlo así, corregir ese error, su paso atrás.
Y se muere de ganas, pero cómo hacerlo.

Se acerca. Él la espera. ¿Él la espera? Sí, la está esperando, y también la China espera, Eva la nota a un lado, expectante, tensa, y ella sigue acercándose aunque él no se mueve lo más mínimo, la que se mueve es justamente quien no debe, la inesperada, interceptando el paso, gatuna, lenta, su calor ya cercano, la cabaña en sombras, el tiempo suspendido o agolpado, en punto muerto, la mano que la toma del brazo y que le hace cambiar de dirección, el giro de la cabeza, y una boca –otra boca– en la suya, blanda, mucho más blanda que la de él, suave, mucho más suave que la de él, cercana, muchísimo más cercana que ninguna, femenina. Eva se retira espantada. Los tres quedan inmóviles, sin saber bien cuál es ahora el siguiente paso, los tres empatados de pronto, igual de incluidos o de excluidos, la balanza en equilibrio, compensada, besos en las tres direcciones posibles, y continúan así unos instantes, unos segundos que parecen mucho más largos de lo que realmente son, segundos que tienen peso, que son densos, que caen uno tras otro, o uno sobre otro, y que casi sin transición inclinan la balanza hacia uno de los lados sin que Eva comprenda cómo ni por qué se decide este cambio, ni quién lo decide y, sobre todo, sin que comprenda en qué consiste exactamente el cambio. Pero hay un cambio, sin duda, y de eso hasta ella es capaz de darse cuenta.

–Eva –dice él finalmente–, ¿podrías ir a por unos helados? ¿No te apetece que tomemos algo fresquito los tres juntos?

Sin esperar respuesta ya está cogiendo su cartera, rebuscando en ella. Le tiende un billete. Un cornetto de nata, dice. ¿Tú también?, pregunta a la China, que asiente sin despegar los labios. Y lo que tú quieras, claro, pero date prisa, que lo estamos pasando muy bien juntos. Eva piensa que si ha dicho helados, y no cualquier otra chuchería, es porque no quiere que tarde mucho, y el pensamiento la tranquiliza. Él descorre el cerrojo y al abrir la puerta el sol inunda el interior de la cabaña, formando un triángulo de luz, con la China situada exactamente en el vértice más profundo. Eva la mira por última vez, coge el dinero y se va todo lo rápido que puede, que no es mucho, porque lleva chanclas y la arena ardiente se le cuela al avanzar, quemándole las plantas de los pies. El kiosco está a cinco minutos, junto al comedor, pero la dueña, que es también la cocinera del campamento, está liada fregando una olla gigantesca y tarda en atenderla. Cuando por fin pide los helados, Eva paladea el encanto de la trasgresión, porque la cocinera ha de pensar que son cosas de niños, para niños, mientras ella está pagando con el dinero de un adulto, por mandato de un adulto, y de un adulto además al que acaba de besar, y ante quien se ha besado con otra de las niñas, pero los helados son idénticos los tres, uno para cada uno, mayores y pequeños igualados. Regresa apresurada con los cucuruchos en la mano, los envoltorios brillan bajo el sol, nata y chocolate, lee, corazón de avellana, disfruta del verano.

Corazón de avellana, repite entre dientes.
Disfruta del verano, canturrea.

Pero cuando llega y llama a la puerta, sólo encuentra silencio. Silencio, decepción y sorpresa. ¿De verdad no se enteran? ¿Puede ser que no quieran abrirle? ¿O han querido gastarle una broma y se han ido a otro lado? Llama más fuerte, aunque mucho menos de lo que quisiera, porque en realidad le gustaría aporrear en la madera, patearla. ¡Los helados!, grita. Y después, más flojito: se van a derretir. Se sienta en el escaloncito de la puerta, extiende las piernas, tiembla de rabia. El calor es infame y le sudan las corvas, entre la humillación y la vergüenza. No puede ser que eso esté pasando, qué están haciendo dentro, y si no están dentro adónde han ido, no se dan cuenta de que van a quedarse sin helados, toda esa cantidad de besos sin ella, por qué otra vez estar fuera de todo, por qué otra vez la sensación de haber sido excluida, de no pertenecer a nadie, de ser siempre unidad y nunca grupo. Aguanta las lágrimas, rasga el papel de su helado, se lo come a bocados, ya demasiado blando, dejando los otros dos en el suelo, pensando que se vayan a la mierda, no se merecen que llore por ellos. Cuando acabe de comérmelo, se dice, vuelvo a llamar y si no me abren me voy y no les dirijo la palabra en la vida. Pero vuelve a llamar, no le abren, no se va. Se queda allí, mirando los helados derretirse, derramándose un poco por los pliegues del papel, ya inservibles, completamente líquidos, por qué me han hecho esto, ¿así era el juego? Ahora está sudando también por la espalda, por la frente y el cuello, los ojos le pican, tiene sed y el corazón le va a reventar de rencor, pero permanece paralizada bajo el sol, pensando que ella también es un helado que terminará derritiéndose y fundiéndose en la tierra, y que cuando abran la puerta no quedará nada de ella, sólo la ropa, esa ropa tan fea que tanto odia, y se sentirán culpables por haberla dejado fuera, por haberle gastado una broma tan pesada.

Oye un ruido dentro. Un ruido que no entiende. ¿Algo arrastrándose? Se tapa con fuerza las orejas. No sabe si quiere o no escuchar.
Se levanta para irse, pero no se va.

Y es entonces cuando se abre la puerta. Él, sonriente, apurado, no te habíamos oído, por qué no has llamado más fuerte. La China, recortada por la luz que entra de lleno en la cabaña, al fondo, otra vez en el vértice exacto del triángulo, también sonriente, respirando agitada, mirándola con fijeza, pidiéndole que entre, vamos entra, cuánto calor ahí fuera, entra. ¿Y los helados? Eva se agacha, los coge, se los muestra. El envoltorio ya no sostiene el peso de ese relleno blando que se escapa por cada abertura. Eva pone las manos debajo para sostenerlos, pero el helado resbala por los dedos, gotea hasta el suelo. Oh, vamos, entra, después compramos otros, no pasa nada, dice él, perdónanos, estamos tontos. Eva entra, se encamina hacia la papelera, tratando de creer que es verdad la mentira, mientras la China sigue sonriendo, de pie, completamente quieta en su sitio. Eva la mira de reojo al tirar los helados, pero luego se siente abochornada y esquiva sus ojos, enfocando a cambio el interior de la papelera, donde hay, además de los helados derretidos, unos kleenex usados, un blíster de pastillas vacío, y también una goma arrugada y amarillenta con algo dentro que también parece derretirse, algo así como un trozo de guante de limpieza, o un guante médico, o un globito, pero lleno de algo, algo blanquecino, fluido y asqueroso, como moco.
Eva sabe lo que es, pero quisiera al mismo tiempo no saberlo.

–Qué calor– dice él–. Vaya solana fuera. Quedaos aquí conmigo un rato más.
Y cierra la puerta.


ESPAÑA, Sara Mesa
Madrid, 1976


Cuento tomado de REVISTA PENÚLTIMA

jueves, 19 de marzo de 2020

GRACIAS, un cuento de Alejandro Zambra

Cities in seasons, Ryo Takemasa
Me late que son novios y no quieren decirlo ––no somos novios, responden al unísono, y es verdad: desde hace poco más de un mes duermen juntos, comen, leen, trabajan juntos, y por eso alguien exagerado, alguien que los mirara y repasara cuidadosamente las palabras que se dirigen, el modo en que sus cuerpos se acercan y confunden, alguien impertinente, alguien que todavía creyera en esas cosas diría que se quieren de verdad, o que al menos comparten una pasión peligrosa y solidaria que ha llegado a acercarlos solidaria y peligrosamente. Y sin embargo no son novios, si hay algo que ambos tienen claro es justamente eso ––ella es argentina y él chileno y es mejor, es muchísimo mejor llamarlos así, la argentina y el chileno.
Pensaron en ir caminando, hablaron sobre lo agradable que es recorrer grandes distancias caminando, e incluso han llegado a dividir a las personas entre las que nunca caminan grandes distancias y las que lo hacen, y que por eso piensan ellos que son, de alguna manera, mejores. Pensaban ir caminando pero en un impulso detuvieron un taxi, y sabían desde hacía meses, desde antes de llegar al DF, cuando recibieron un instructivo lleno de advertencias, que nunca debían tomar un taxi en la calle, y hasta entonces nunca se les había ocurrido detener un taxi en la calle, pero esta vez, en un impulso lo hicieron, y pronto ella pensó que el conductor se desviaba del camino y se lo dijo en voz baja y él la tranquilizó en voz alta pero sus palabras ni siquiera alcanzaron a hacer efecto porque inmediatamente el taxi se detuvo y se subieron dos hombres y el chileno actuó valiente, temeraria, confusa, pueril, tontamente: le pegó a uno de los rateros un combo en la nariz y siguió forcejeando largos segundos mientras ella le gritaba pará, pará, pará. El chileno paró, los rateros se ensañaron y le pegaron duro, le rompieron algo tal vez, pero eso pasó hace mucho tiempo, hace ya diez minutos: ya les quitaron el dinero y las tarjetas de crédito, ellos ya recitaron la clave del cajero y queda un tiempo más bien corto que se les hace eterno en que viajan apretando los ojos ––cierren los ojos pinches cabrones, les dicen los dos hombres, y ahora son tres porque el auto se detiene, el taxista baja y toma el volante un tercer ratero que venía detrás, en una camioneta, y el nuevo conductor le pega al chileno y manosea a la argentina, que reciben los golpes y los agarrones con una especie de resignación, y que agradecerían saber, como sabemos nosotros, que el secuestro terminará dentro de media hora, que dentro de media hora caminarán sigilosamente, laboriosamente, abrazados por alguna calle de La Condesa, porque les preguntaron dónde iban y respondieron que a La Condesa y los rateros dijeron los dejamos en La Condesa entonces, no somos tan malos, no queremos desviarlos demasiado del camino, y un segundo antes de queles permitieran bajarse, increíblemente, les pasaron cien pesos para que volvieran en taxi, pero por supuesto no volvieron en taxi, se subieron al metro y a veces ella lloraba y él la abrazaba y otras veces él aguantaba confusamente las lágrimas y ella le acercaba los pies como en el taxi, porque los secuestradores los obligaban a guardar distancia pero ella siempre tuvo su sandalia derecha encima del zapato izquierdo del chileno.

***



El metro se queda un rato largo, inexplicable, un lapso de seis o siete minutos detenido en una estación intermedia, como suele pasar en el metro del DF, y esa demora que es normal sin embargo los angustia, les parece intencional e innecesaria, hasta que cierran las puertas y el carro arranca y por fin llegan a la estación y siguen caminando juntos para llegar a la casa donde ella vive –ella vive con dos amigos, un español y un chileno, otro chileno, en verdad no son amigos, o lo son pero no es por eso que viven juntos, están todos de paso, son todos escritores y están en México para escribir gracias a una beca del gobierno mexicano, aunque lo que menos hacen es escribir, pero curiosamente cuando llegan y abren la puerta, el español, un chico muy flaco y cordial, con los ojos quizás demasiado grandes, está escribiendo, y el chileno dos no está —no queda más remedio que llamarlo el chileno dos, esta historia es imperfecta porque en ella hay dos chilenos, debería haber sólo uno o mucho mejor sería que no hubiera ninguno, pero hay dos, pero el chileno dos no está, el chileno uno y el chileno dos no son amigos, en verdad son más bien enemigos, o lo eran en Chile, porque ahora coincidieron en México y ambos son, a su manera, conscientes de que seguir peleando sería absurdo e innecesario, pues por lo demás las peleas fueron tácitas y nada les impedía ensayar una especie de reconciliación, aunque también ambos saben que no serán nunca amigos y ese pensamiento en cierta forma los alivia, y hay algo que los une, en todo caso, el alcohol, pues de todo el grupo sin duda ellos dos son los más bebedores, pero el chileno dos no está cuando ellos llegan del secuestro, está solamente el español, en la mesa del living, absorto, escribiendo junto a una botella de Coca Cola, se diría que abrazando una botella de Coca Cola, y cuando le cuentan lo que ha sucedido abandona su trabajo y se muestra conmovido y los acoge, los hace hablar, matiza el ambiente con alguna broma oportuna y liviana, los ayuda a buscar el número de teléfono al que deben llamar para bloquear sus tarjetas ––se quedaron con tres mil pesos, dos tarjetas de crédito, dos celulares, dos chaquetas de cuero, una cadena de plata y hasta con una cámara de fotos, porque el chileno se regresó a buscar la cámara de fotos ––quería fotografiar a la argentina, porque la argentina es bellísima, lo que también es un cliché, pero qué se le va a hacer, de hecho es bellísima, y claro que ha pensado que si él no se hubiera devuelto a buscar la cámara no habrían tomado ese taxi, del mismo modo que otras tantas posibles premuras o dilaciones podrían haberlos salvado del secuestro.
La argentina y el chileno uno le relatan al español lo que ha sucedido y al relatarlo lo reviven y por segunda o tercera vez lo comparten. El chileno se pregunta si lo que acaba de suceder va a unirlos o a separarlos y la argentina se pregunta exactamente lo mismo, pero ninguno de los dos lo dice. El chileno dos llega en ese momento, regresa de una fiesta, se sienta a comer un trozode pollo y empieza a hablar de inmediato, sin darse cuenta de que algo ha sucedido, pero luego repara en que el chileno uno tiene la cara muy hinchada y que intenta aliviarse con una bolsa de hielo, tal vez al comienzo le pareció natural que el chileno uno tuviera una bolsa de hielo en la cara, tal vez en su singular universo de poeta es normal que la gente entere la noche con una bolsa de hielo en la cara, pero no, no es normal pasar la noche con una bolsa de hielo en la cara, entonces pregunta qué ha pasado y al enterarse dice qué cosa más terrible, a mí estuvo a punto de pasarme lo mismo esta tarde, y se larga a hablar sobre el posible asalto del que casi fue víctima, del que se salvó porque de un momento a otro decidió bajarse del taxi. Mientras conversan, de hecho, bajan un mezcal a sorbos rápidos, mientras que el español y la argentina prefieren quedarse solamente con el porro.

***
Ahora llega alguien más, tal vez un amigo del español, y ellos vuelven al relato, sobre todo la última parte, la última media hora en el taxi, que para ellos es una especie de segunda parte, porque el secuestro duró una hora y durante la primera mitad temieron por sus vidas y durante la segunda ya no temían por sus vidas, estaban aterrorizados pero vagamente intuían que, durara lo que durara, los rateros no iban a matarlos, porque el diálogo ya no era violento, o sí lo era pero de una manera sosegada y terrible ––ya habíamos asaltado a argentinos pero nunca a un chileno, dice el que viaja de copiloto y su comentario parece verdaderamente curioso, y empieza a preguntarle al chileno por la situación del país y el chileno responde correctamente, como si estuvieran en un restaurante y fueran el mesero y el cliente o algo así y el tipo parece tan articulado, tan acostumbrado a decir ese diálogo que el chileno (uno) piensa que si llega a contar esa historia nadie va a creerle, y esa impresión se acentúa en los minutos siguientes cuando el que viaja con ellos en el asiento de atrás, el que lleva la pistola, dice me late que son novios y no quieren decirlo y ellos responden al unísono que no, que no son novios, y por qué pregunta el ratero ––por qué no son novios si él no está tan feo, dice, es feo pero no tanto, y estarías mejor si te cortaras ese pelo, es de los setentas, ya nadie usa el pelo así, le dice, y también esos lentes tan grandes, te voy a hacer un favor ––le quita los anteojos y los arroja por la ventana, y el chileno piensa por un segundo en una película de Woody Allen que acaba de ver en la que al protagonista le destruyen muchas veces los anteojos, el chileno sonríe ligeramente, tal vez sonríe hacia adentro, sonríe como se sonríe cuando sentimos pánico pero sonríe.

No puedo cortarte el pelo, porque no traemos tijeras, recuérdame eso para mañana, unas buenas tijeras para cortarles el pelo a los chilenos que nos toque asaltar, porque de ahora en adelante vamos a asaltar a puros chilenos, hemos sido injustos, hemos asaltado a muchos argentinos y solamente a este chileno de la chingada, de ahora en adelante nos haremos especialistas en chilenos de pelo largo, tengo un cuchillo pero no se puede cortar el pelo con un cuchillo, los cuchillos son para rajarles el corazón a los pinches chilenos que tienen huevos, tu novio tiene huevos pero los que tienen huevos a veces los pierden, no más dile que ya no tenga huevos, porque por tener huevos estuve a punto de querer cogerte, argentina, y si no te cojo no es porqueno me gustes, que estás bien buena, de todas las argentinas que he conocido eres la que está más buena, pero ando trabajando ahora y cuando cojo no trabajo porque si mi trabajo fuera coger sería un puto y aunque no me ves la cara tú sabes que no soy un puto, y me gustaría que me vieras la cara paque te dieras cuenta que soy un ratero hermoso que además sabe cortar el pelo aunque no trae tijeras y con el cuchillo no puedo cortártelo, chileno, te puedo cortar la verga pero la necesitas para cogerte a la argentina, y con esta pistola tampoco puedo cortarte el pelo o quizás sí, pero perdería las balas y las necesito por si te vuelven los huevos y ahí sí que me cogería a la argentina, después de matarte a ti, chilenazo, me cogería a tu novia, porque no pensaba matarte pero te mataría y no pensaba cogérmela pero me la cogería, porque está realmente buena, porque está para el mejor prostíbulo del DF, yo te elegiría argentinita, mañana voy a ir de putas y voy a elegir la que más se parezca a ti, argentinaza.

El conductor le pregunta a la argentina si es de Boca y aunque parecía más conveniente decir que sí, ella prefiere la verdad, y dice que no, que es de Vélez. Con el chileno no hay problema, es de Colo Colo, que es el único equipo chileno que los rateros conocen. Les preguntan después por Maradona y la argentina responde algo y el conductor dice un disparate, dice que Chicharito Hernández es mejor que Messi, y enseguida les preguntan a qué equipo le van en México y la argentina dice que no entiende mucho de fútbol ––es mentira, porque entiende bastante, entiende mucho más que ese pobre ratero que cree que Chicharito es mejor que Messi, y el chileno en vez de refugiarse en una mentira parecida se pone nervioso y piensa intensamente, durante un segundo largo, si los rateros son de los Pumas o del América o del Cruz Azul o tal vez de las Chivas de Guadalajara, pues ha oído que también en el DF muchos le van a las Chivas, pero decide al final decir la verdad y responde que le va al Monterrey porque ahí juega el Chupete Suazo, y al conductor no le gusta el Monterrey pero le encanta el Chupete Suazo y entonces dice, dirigiéndose a sus compañeros, no los matemos, en homenaje al Chupete Suazo vamos a perdonarles la vida.
***



Quién es el Chupete Suazo, pregunta el chileno dos, que seguramente lo sabe pero se siente obligado a demostrar que no le interesa el fútbol. Debería responder el chileno uno, pero el español sabe bastante de fútbol y dice que es un centrodelantero chileno que parece gordo pero no lo es, que juega en los Rayados y que tuvo un paso exitoso cedido al Zaragoza, pero regresó a México porque los españoles no tenían los euros que costaba. El chileno dos responde que a él le pasa lo mismo, que en verdad es flaco pero la gente piensa que está gordo.
El chileno uno y la argentina siguen muy cerca, de forma prudente, pues aunque todos saben o intuyen que están juntos, de todas maneras fingen y desarrollan una estrategia para que no los descubran, y no es exactamente por pudor, sino por desesperanza, o quizás porque realmente ya pasó el tiempo en que las cosas eran tan simples como estar juntos o no, o quizás todo sigue siendo así de simple pero no han querido enterarse, y es bastante absurdo que no vivan juntos porque duermen juntos ––casi siempre es él quien se queda a dormir con ella, pero también a veces la argentina se queda en el departamento que el chileno comparte con una chica ecuatoriana. Lo que el chileno y la argentina desean es estar solos, pero la noche se alarga en el relato eterno del secuestro, en el rastreo de detalles que no recordaban y que al recordarlos les proporcionan una nueva y renovada complicidad. Finalmente él dice que va al baño y se mete a la habitación de la argentina, quien se queda un rato más en el living y al cabo se retira.

Ella toma una ducha larga y lo obliga también a tomar una, para sacarse de encima el secuestro, dice, pensando en los manoseos de que fue objeto, manoseos en todo caso mínimos, ella lo agradece, de hecho eso les dijo a los rateros cuando se bajó del auto: gracias. Eso ha dicho ella muchas veces esta noche: gracias, gracias a todos. Al español que los acogió, al chileno que los ignoró pero que en alguna medida también los acogió. Y a los rateros, también, de nuevo, nunca está de más volver a decirlo: gracias, porque no nos mataron y la vida puede continuar.
También le dice gracias, al final, al chileno uno, después de unas horas largas en que se acarician sabiendo que esta noche no harán el amor, que van a pasarse las horas muy juntos, peligrosamente juntos, solidarios, conversando. Antes de dormir ella le dice a él gracias y él responde a destiempo pero con convicción: gracias. Y duermen mal, pero duermen. Y siguen hablando al día siguiente, como si tuvieran toda la vida por delante, dispuestos al trabajo del amor, y si alguien los viera de fuera, alguien impertinente, alguien que creyera en esta clase de historias, que las coleccionara, que intentara contarlas bien, alguien que los viera y creyera todavía en el amor pensaría que van a seguir juntos muchísimo tiempo.

CHILE Alejandro Zambra @azmbra
 Santiago (1975) 
Nuestro libro favorito de Alejandro es "Formas de volver a casa". 

Tomado de: VICE.

miércoles, 18 de marzo de 2020

MUDANZA, un cuento de Santiago Craig

Técnica mixta. Acrílico, oleo pastel, lápiz y lapicera
Mudanza, Fede Kehm (Técnica mixta. Acrílico, oleo pastel, lápiz y lapicera)
Pensamos que ahora todo iba a andar mejor. Por eso nos mudamos. Cerca, a quince cuadras de casa, sin cambiar de barrio. Nos fuimos a una calle arbolada, detrás de la estación. Una casa más grande. Arriba tenía una terraza la casa nueva, una veleta de metal con un gallo que apuntaba siempre al mismo lado. Tenía un tanque negro de agua que a la tarde proyectaba en el suelo una sombra de robot. Le decíamos “casa” a la otra, a la anterior. Tardamos unos meses en dejar de decirle a esta “la casa nueva”.
Veníamos de vivir quince años en un departamento sin sol y nos fascinaron el cielo, el aire, las ventanas anchas. El techo anaranjado que no se acababa nunca y que era un espacio nuevo y enorme para jugar. Nos vimos corriendo los cuatro con baldes y mangueras; sentimos la mediasombra en el patio interno tamizando el paso del aire fresco. Nos deslumbró una vida que imaginamos ahí, una vida posible. No pensamos en la instalación eléctrica, los problemas de humedad, el calor pegajoso, las puertas hinchadas. Teníamos ganas de no estar más allá, en nuestra casa, de irnos a otra parte, hacer otras cosas. Por eso la elegimos.
Cuando trajeron los canastos a casa, a la casa vieja, había una línea rosa en el cielo. Yo había bajado para ayudar a los de la mudadora, pero me dijeron que no, que no hacía falta. Me quedé parado y los vi descargar, apilar, subir, bajar, desapilar. El que más se movía era bajito y tenía tatuada la provincia de Buenos Aires en el gemelo de la pierna derecha. Me pidió un cigarrillo y, como me quedaba uno, lo compartimos. Me habló del cielo, dijo que estaba lindo, pero que iba a llover. Yo le conté que ahí, encima de las plazas, siempre se veían a la tarde esos colores. Son parecidos, dijo, el celeste y el rosa. Me dijo también que teníamos muchas cosas, que era una mudanza grande. Le hablé del aparador, de los sillones, de la mesa de la cocina. “Lo peor de todo son las cosas más chicas”, dijo. “Los juguetes, los discos, los libros.” Me dijo que no se terminaban nunca, que se reproducían. Me dijo que ojalá nos mudáramos a una casa grande, para que entrara todo. Hablamos un rato más de otras cosas. Del barrio, del calor, de la Copa Libertadores. Cuando terminamos el cigarrillo, siguió en lo suyo.
A la noche, en la cama, acorralados por los canastos y las cajas, planeamos con Mercedes los pasos a seguir. Le dije, como si fuera mi idea, como si se me hubiera ocurrido en el momento, que lo difícil iba a ser embalar las cosas más chicas y que eso era lo primero que teníamos que hacer. Dije “los libros”, dije “los discos”, dije “los juguetes”. Le conté que el chico de la mudadora me había preguntado si habíamos leído todos los libros. “¿Y qué le dijiste?” “Le dije que algunos sí y que otros no.” Los libros ahora estaban en cajas. En setenta y dos cajas. La única luz en el cuarto era la tele, el único sonido. Era blanca la luz, era intensa. Falsa. Daban Family Guy y Peter, el papá, corría desnudo en una base militar, dos soldados lo tiraban al suelo y le pegaban con sus palos. Nosotros no estábamos mirando, pero veíamos igual. Mercedes me acariciaba el pecho disistraída; yo, las piernas.
“¿Cuántos libros habremos leído entre los dos?”
Sin nada el departamento era otra cosa. Una cosa fácil, sonsa. Todas las ventanas abiertas, la luz expuesta de las bombitas colgando en el techo, un olor neutro, mineral. Estaba limpio. Callado. Iba a vivir otra gente ahí en unos días: desconocidos. Así como estaba, era el lugar ideal para otra gente.
Fui el último en salir y revisé todo. Había quedado un zapato en un placard, un aplique de luz, la mitad de un espejo. Había un muñeco de Matute, el policía de Don Gato, tirado junto al bidet. Guardé todo en una bolsa de supermercado y me lo llevé. Una bolsa verde. Antes de irme, además, saqué de la puerta una estampita de San Cayetano. No sabía quién la había puesto ahí. Mi mamá, probablemente. Hace esas cosas. Cree. Yo no quería dejarles nada vivo a los que venían, nada con historia, nada nuestro. Salí, cerré con llave y apoyé la mano en la puerta gris. La acaricié porque estaba solo, porque quería hacer eso, porque había vivido ahí y ahora me iba.
No sabíamos nombrar las cosas nuevas. Le decíamos “pasillo” al palier, “comedor” al living. Los chicos querían salir al patio y salían, pero nos decían: “Vamos al balcón”. Abrimos las cajas, vaciamos los canastos. Hicimos montañas de basura. No sabíamos por dónde empezar.
Nos habíamos pasado cuatro horas viendo cómo subían los muebles y las cajas. Las escaleras cambiaban todo el tiempo. A veces eran más largas, otras más cortas. Los mudadores las transitaban tranquilos. Estábamos admirados.
Aunque la casa nueva era más grande que la anterior, las cosas no entraban. Mercedes llenaba bolsas de residuos con juguetes, revistas, adornos. Porquerías que nos había parecido bien mudar, pero que ahora veíamos absurdas. Yo me escapaba a la ferretería, al supermercado, al lavadero. A cualquier lugar en el que no hubiera polvo y cartón y cinta de embalar y esa luz blanca, sólida, constante que entraba por la ventana. Hablaba un rato de más con las cajeras, con el ferretero. Tardaba. Cuando volvía, callado, sin nada para decir, taladraba la pared y agregaba agujeros, colgaba ménsulas. Mercedes limpiaba y el polvo volvía a aparecer a sus espaldas. El polvo tenía sombra, aura, cola, como los cometas. Pero Mercedes limpiaba igual. Trataba de estar contenta, cada vez que levantaba la vista del suelo me guiñaba un ojo, sonreía.
Para dormir cerrábamos todo con llave, con pestillo. Los dos apretábamos las manos, las mandíbulas. Charlábamos en voz muy baja.
“Estamos respirando polvo. ¿Esto les hará mal a los chicos?”
A los nenes les gustaba el patio. Se formaba una sombra pareja, corría un aire. El piso era de baldosas grandes y cuadradas. Armaban ahí una casita con el ténder y las sábanas. Simón entraba agachándose apenas y Mina lo esperaba adentro. Jugaban a vender y comprar juguetes, a cambiarle los pañales a un bebé de plástico. Se peleaban por los broches. Los dos querían tener los rojos, los verdes, los amarillos. Mercedes y yo íbamos de un lado al otro moviendo cajas, atornillando, deshaciendo envoltorios. La casa nueva era larga. Los ambientes estaban dispuestos de la calle hacia el fondo. La casa nueva se metía para adentro. Sin decirnos nada, la dividimos en dos, como hacían los nenes con el ténder. De la cocina hacia la calle era una, de la cocina hacia el patio era otra. La cocina era el centro de la casa. No era exacta la división, no era geométrica, pero resultaba natural.
Hacia la calle estaban el living, los baños, las habitaciones. Hacia el patio, el lavadero, el cuarto de las herramientas, el estudio, las escaleras circulares que llevaban a la terraza. Los nenes le decían “tienda” a su casita. Tienda por negocio y por el modo en que llaman a las carpas en los dibujos animados. Por repetir lo que veían en la tele, también cantaban una canción que decía “hogar dulce hogar, mi casa es mi lugar...”. Como hacía calor, andaban todo el tiempo en cuero, descalzos, con sus bombachas de Minnie, sus calzoncillos de Spiderman. Bailaban. Nosotros les decíamos que no tenían que andar así, que en la casa había polvo, que había arañas. Ellos se metían entre las sábanas o se buscaban sus rinconcitos. A veces, estaban un rato perdidos, se escondían en algún hueco y nosotros jugábamos a encontrarlos.
Durante las primeras semanas, nos costaba descansar. Mercedes me dijo una noche que le daba miedo tener miedo. Miedo a la casa. Yo le dije que era por los ruidos nuevos, por la falta de costumbre. Enumeré todas las medidas de seguridad que nos protegían. Le dije que estábamos cubiertos. Ella me dijo que el miedo era a otra cosa. Le dije que las otras cosas no existían, pero no estaba pensando en eso. Me parecía que la cama era más grande en la casa nueva; que ella estaba más lejos. La abracé y ella me apoyó la cabeza en mi pecho. Abrazarla era incómodo, aunque la cama era la misma y nosotros también.
Cruzando la calle había un bar, y por eso a la noche se escuchaban conversaciones y risas. No era raro que uno de los dos se despertara y encontrara al otro despierto. A cualquier hora. Escuchando lo que decían los que estaban en el bar. Con los ojos chiquitos, pero abiertos, nos pedíamos descansar. Nos decíamos uno al otro que tratáramos de dormir, que estaba todo bien. Que el lío era afuera.
Por ese insomnio andábamos solos de noche. Descalzos. Nosotros dos, pero también los chicos. Íbamos al baño, a servirnos un vaso de agua en la cocina. No encontrábamos cómo prender la luz, nos sorprendían los muebles.
Una madrugada, me encontré con Mina en el pasillo. Estaba sentada en el piso, abrazando a su conejo celeste. Cecilio. Me dijo que no había sabido volver, que no había podido encontrarnos. Me dijo que en la casa nueva se perdía.
No era tan grande la casa, era distinta, por eso nos parecía desolada. Estábamos desorientados todavía. Era cuestión de acomodarnos.
Cuando cada uno fue encontrando su lugar, yo empecé a estar más que nada en el estudio. Colgué algunos cuadros con fotos en blanco y negro, armé a mi gusto la biblioteca, el escritorio. Llené los dos cajones de madera con mis lápices y mis papeles. Cosas que había llevado de lo de mis padres a mi departamento de soltero, después a mi casa anterior y ahora a esta. La mudanza me había hecho pensar en las cosas que arrastraba conmigo. Las cosas que elegía. En un sobre blanco, guardaba unas treinta estampitas de comunión. En cada una había un nombre en letras doradas, celestes, azules: mis compañeros de cuarto grado. Dibujos de angelitos y pesebres, hostias iluminadas, palomas blancas. También guardaba cartas de novias de la adolescencia, envoltorios de chocolates, fotos carnet. Guardaba una medalla de tercer puesto.
Había una ventana alta en el estudio. Apuntaba al oeste y el sol que entraba a la tarde era tibio, menos agobiante que el de la cocina y el comedor. Ahí pasaba el tiempo trabajando y escuchaba poco los ruidos de la casa. De vez en cuando, me aburría y cruzaba el pasillo, la cocina, el living. Buscaba a los chicos en su habitación, a Mercedes donde fuera que estuviese, para preguntarles si estaba todo bien, para besarlos. Siempre encontraba un detalle distinto en mis recorridos. Una grieta, una mancha de humedad, un relieve ondulante en el marco de una puerta. A los chicos los veía casi siempre separados, dibujando, haciendo filas de bloques y autitos. A veces me pedían que les contara cuentos. Como me distraía mirando los recuerdos que encontraba en los cajones, siempre tenía algo para decir. Les hablaba de mis compañeros de primaria, de cómo nos habíamos robado una vez un conejo de una veterinaria y lo habíamos adoptado. Le habíamos dado tanto de comer que el bicho se había muerto indigestado. Golosinas le dábamos. Cuando se murió, lo enterramos en un baldío, al lado de la casa de Juan Manuel, enfrente de la cancha de Excursionistas. Pusimos una lata de dulce de membrillo como lápida y en el dorso escribimos su nombre: Palmito. Porque era blanco, en un punto, tubular, impávido, lo habíamos llamado así. También les contaba de los juguetes que venían con los chocolates Jack, del olor a tabaco de pipa que tenía mi abuelo en los dedos, de un premio que una vez me habían dado en la plaza de un pueblo, lejos, cerca de una estación de tren. Me distraía en las anécdotas y ellos se iban. Me quedaba hablando solo, escuchando el eco de mi voz contando siempre lo mismo. Después, volvía al estudio. Cruzaba el living, la cocina, el pasillo y me sentaba a estar ahí hasta bastante después de que el sol tibio se fuera.
Mercedes se había obsesionado con las arañas. Estaban en el techo sobre todo, en lugares fáciles de ver, difíciles de alcanzar. No tenían carne las arañas, eran como flores de alambre. Ella decía que las arañas picaban por maldad a la gente nueva. No sabía de dónde había sacado la idea, pero estaba convencida. Decía que las arañas tenían una especie de olfato, de sensor que detectaba lo nuevo y lo agredía. Que así marcaban su territorio. Yo lo que podía ver era que las arañas estaban lejos, que más bien nos evitaban. Había una en la habitación, al lado de la lámpara del techo. Cuando nos íbamos a dormir, la veíamos. Estaba quieta siempre, pero cada noche estaba quieta en un lugar distinto. Mercedes decía que la araña nos estaba midiendo, que se movía hacia los costados, que tejía su tela con malicia. Yo, todas las noches, le decía que al día siguiente iba a comprar un plumero para matarla. Me acostaba boca arriba y medía la distancia entre la cama y el techo, entre la araña y nosotros. A medida que pasaban los días, me parecía que la araña estaba cada vez más lejos. Cuando salía de casa, me olvidaba de la araña, del techo, del plumero. Hacía mis cosas. Estaba en el mundo. Y no pensaba en la araña hasta la noche.
Afuera de casa estaba lo mismo. Cuando cerraba la doble puerta de vidrio con la llave chata, grande, incómoda, cuando saludaba a los vecinos desconocidos, cuando arrastraba a los chicos por la vereda, peleando un poco siempre, apurándolos. El mismo aire frío con el que empieza el otoño desde que nací, y también antes, pero sobre todo desde que nací, desde que me acuerdo de mi nariz resistiéndose todavía, inquieta, húmeda, a dejar que se fuera el verano, que se hicieran más cortos, más parecidos los días. Lo mismo. No había afuera nada indicando que ya no estábamos en casa, que ya no veníamos del mismo lugar, ni mis hijos ni yo, contando de dónde había salido ese cansancio distinto, esos ojos chinos, las palabras que tardaban en llegar de la intención al sonido, que se alargaban en una vocal bovina interminable y que no se decían nunca. En el trabajo, descontaban mi estrés por la mudanza, me asumían algo más distraído, agotado, pero no me decían: ¿Cómo es vivir ahora en un lugar nuevo? ¿Cómo es haber visto que todo lo que tenés se puede embalar con sábanas, con canastos, con cajas? ¿Qué te impresiona de los techos desconocidos, de los zócalos amurados a medias, de no reconocer ningún olor, ningún pliegue habitual en la luz que entibia las persianas? No había cambiado nada para nadie. Y yo quería decir cosas que sonaban ridículas. Que, aunque afuera todo seguía igual, adentro de casa todo cambiaba. Quería preguntarles si no les había pasado a ellos, mirar mucho tiempo una araña, la misma araña, y pensar que a lo mejor ella era la dueña de algo que uno estaba usando sin permiso, sin saber: una habitación, el aire, el mundo.
Yo siempre me concentré en las piernas de Mercedes. De ella fue lo primero que vi. Largas, blancas, triangulares. Las piernas de Mercedes estaban, para mí, antes que Mercedes. Lo demás vino después. Su manera de hablar, sus ojos redondos, su risa. Todo lo que somos ahora.
Cuando podía, en los pocos ratos en los que nos cruzábamos y estábamos solos, o con los chicos distraídos en sus cosas, le acariciaba las piernas. Era una forma doméstica de mantra o meditación. Aunque no sé qué es un mantra, la verdad. No con certeza. Lo que quiero decir es que pasar la palma de la mano por sus piernas, distraído, me sacaba un poco de mí, me alejaba hacia arriba, me calmaba. En la cocina, mientras cenábamos, pero sobre todo en la cama, con ella dormida y exhausta y yo mirando cualquier cosa que dieran en la tele. Eso extrañaba. Desde que estábamos en la casa nueva, acariciar las piernas de Mercedes como un perro enano, un conejito tibio. Esa tranquilidad.
En la casa nueva el aire vibraba, había polillas siempre en alguna parte. Hablábamos poco o no hablábamos más. Cuando estiraba el brazo sus piernas no estaban, había siempre otra cosa.
Tenía partes Mercedes. Sus piernas, su espalda, sus caderas. Yo podía separarla en esas partes. Desagregarla. La casa nueva también había sido primero el piso sucio, los techos altos, la luz extraña del baño, los ruidos a la noche, las arañas. Así también la iba conociendo.
De a poco, a veces, esas partes se juntaban, empezaban a armar ese lugar al que volvía todas las noches. Con el sol apenas resistiendo todavía, a eso de las seis, seis y media, le mandaba mensajes a Mercedes desde el teléfono. “Extraño tus piernas”, le escribía. Ella me contestaba con corazones rojos dibujados, con caras amarillas sonrientes. Pero cuando llegaba a casa, a la casa nueva, sin olor, sin luz familiar, sin conversaciones susurradas, se iba disipando el romanticismo. Yo le hablaba de mí a Mercedes, de mis asuntos laborales, desde el palier, mientras ella resolvía en la cocina qué hacer con el humo, las frituras, el calor. No me escuchaba y yo dejaba de hablar, porque así estaba bien. Desde alguna parte siempre se oía la voz de los chicos peleando. Lo que yo no decía era que, mientras me movía, en la casa, en la oficina, en el banco, en las boletas y los arreglos y las cuentas, sentía que empujaba una piedra cuadrada.
Uno de esos mastodontes con los que los esclavos de otros tiempos construían templos y pirámides. Como los esclavos, yo sabía la piedra, pero no la pirámide. Yo sabía la mecánica, la repetía, pero no sabía el plan. Deambulaba pensando en las piernas de Mercedes y cuando llegaba a la cama, a la noche, Mercedes estaba ya lejos. No la podía tocar. Me adormecía, y cada parte de ella, cada parte de la casa me quedaban lejos.
El ruido de los chicos se parecía a un queso. Yo me lo imaginaba así y escribía en la luz blanca de la computadora, con el cursor titilante, que el ruido de los chicos era amarillo, blando, con agujeros. Llegaba de otra parte el ruido de los chicos. Yo estaba siempre sentado, siempre con una picazón alérgica en los párpados. Terminando algo que había dejado por la mitad, buscando lo que necesitaba en Internet, escribiendo. Quería morder el ruido de los chicos, comerlo entre dos panes y metérmelo adentro. Los veía poco. Habían elegido sus rincones en la casa, sus huecos, y, cuando llegó el invierno, casi no nos cruzábamos. Tampoco veía mucho a Mercedes. A veces me mandaba un mensaje, o me llamaba desde donde estuviera. Me decía: “Vení”. Yo le decía que en un rato, pero me costaba remontar el camino hasta ella y, muchas noches, me acostaba en el sillón y ahí me dormía.
Acostado, enumeraba todas las cosas que todavía faltaba arreglar en la casa nueva. Los zócalos, las persianas, las cerraduras. Se me mezclaban esas preocupaciones con los recuerdos del día y con esa mezcla se me hacían los sueños. La ventana del estudio tenía marcos de madera y no la podía abrir porque se habían hinchado. En la ventana, cuando llovía, las gotas rebotaban fuerte. Mezclado con el ruido de los chicos, el ruido de la lluvia sonaba un  poco extraterrestre. Y llovía mucho. Siempre. Entonces, soñaba con las personas que en el subte acarician los altares de las vírgenes y se quedan ahí parados, apoyando las manos en los pies de yeso, mirándolas a los ojos o con la vista baja, clavada en el piso grasiento. Me acercaba a ellos en el sueño, sin pudor, porque sabía que no era cierto lo que pasaba, que estaba dormido y no ahí con ellos, y los escuchaba susurrar con voz de lluvia, con voz marciana, que por favor les hiciera crecer madera en los huecos de la pared, que les tapiara las ventanas rotas, que les soldara los picaportes. Me daba compasión su fe, un calorcito en el pecho. Me ponía a rezar también. Pedía con ellos. Me despertaba sobresaltado y, entre el sueño y la vigilia, suponía ciertos los milagros. Volvía al monitor, al cursor titilante y escribía acerca de las cosas que soñaba, los agujeros de aire en el ruido de los chicos, las vírgenes de yeso. Atravesaba los pasillos, el comedor, el living, los baños. Pasaba al costado de las escaleras circulares, rompía con el canto de la mano las telas de las arañas y después me soplaba en las palmas, me acariciaba el pecho para calentarme. Llegaba al pasillo, a veces, otras al sillón, a la habitación de los chicos, incluso, de vez en cuando, a mi cama. Todos estaban dormidos siempre y al rato de cerrar los ojos era otra vez de día.
Una casa nueva enseña a medir el entusiasmo. Nada de lo que uno enchufa anda, nada de lo que uno amura se sostiene. Siempre hay un centímetro de más en lo que uno hace, un centímetro de menos. Los estantes se tuercen, la cinta se despega, las lamparitas explotan cada dos días y nunca es sólida la señal de internet. Por eso, cuando empezó la primavera y el piso estaba limpio, todas las cajas vacías, las persianas puestas, el olor a madera y a café ya asentado, dejamos de hacer cosas. La casa iba a ser así, al menos por un tiempo; estaba lista.
En esa casa terminada, desplegábamos nuestros días como un mantel en el pasto. Cada cual los suyos: salir temprano, casi de noche, volver por la tarde o a la hora de la cena, quedarse. Haciendo lo que había que hacer, nos fuimos acostumbrando a vivir ahí hasta olvidarnos de la novedad. Nos veíamos poco, nos encontrábamos. Algunos días en el baño grande, otros en la cocina. Cuando estábamos juntos, no nos decíamos casi nada. Hablábamos, sí, pero sin saber de qué. Aceptábamos que cada uno estuviera en su lugar, con sus asuntos. Desde el estudio yo veía crecer el pasillo, estirarse como un bostezo hasta el lavadero, la cocina, el living, los dormitorios. Pasaban las siluetas de los chicos y de Mercedes flameando un rato y desaparecían igual que los espejos de agua en las autopistas. Los miraba pasar y les gritaba que tuvieran cuidado con las arañas, que no corrieran, que no se molestaran, que midieran las distancias, los bordes. Decía lo que dicen los padres. Cada vez más fuerte y, a mi pesar, con sorpresa, cada vez con menos convicción. Sabía que no me escuchaban y que, además, lo que pudiera gritar no era tampoco importante. La casa se tragaba lo que les decía, sus pasos, el poco tiempo que pasábamos juntos. Mercedes decía sus frases de mamá también, se quejaba de lo mismo, ponía los mismos asuntos simples por las nubes. Yo la escuchaba como se escucha el agua en las cañerías. Pronto los dos íbamos a cumplir cuarenta años.
Pensábamos que todo iba a andar mejor, y era cierto. En la casa nueva, de algún modo, las cosas funcionaban. No era la idea que teníamos, el plano que nos habíamos dibujado en los manteles de papel de los bares, en los cuadernitos escolares cuando hacíamos listas. Corrimos, sí, alguna que otra vez en la terraza, tirándonos baldes con agua cuando llegó el verano, nos acostamos de espaldas en el piso anaranjado a ver el cielo. Tuvimos más espacio todos con la mudanza, pudimos respirar mejor, tuvimos más aire. Aunque estuvieron en el invierno el frío y la lluvia y en el verano volvió el calor agobiante. Un vaho de humedad que desteñía la casa, la escurría en búsqueda de bordes frescos. Las cosas funcionaban porque sabíamos que nunca íbamos a conocer la casa entera, terminada. La casa era ese lugar y ahí estábamos. Los nenes en el patio vendiéndose broches entre las sábanas y nosotros dos cada uno en algún lado. Yo, en el estudio; Mercedes, en el cuarto viendo tejer en el techo su tela a las arañas. No las matamos nunca, las dejamos. Tampoco terminamos de tapar todos los agujeros, de envolver con cinta todos los cables. Nos quedamos así. Nos seguimos despertando de noche. Por los ruidos o por cualquier otra cosa. Y caminamos. Caminamos. En la oscuridad. Y donde ya no dimos más, nos acurrucamos a descansar. Así, aprendimos a habitar esos espacios de la casa nueva. Perdidos y sin pensar ya en dónde habíamos estado antes. No nos decíamos nada, pero los cuatro sabíamos que todas las mañanas la casa cambiaba, todas las tardes, todas las noches. Que algunos días era más grande, otras más alta; que algunas madrugadas era una autopista el pasillo, el baño un estadio. Nos tocábamos el pelo cuando nos veíamos, nos hacíamos muecas, nos reprochábamos ausencias, nos contábamos algo que nos había pasado afuera esa tarde, hacía unos días. Peleábamos por pelear, nos dábamos besos. Casi no hablábamos ya de la casa. Muy de vez en cuando, los chicos nos decían que a la noche el piso estaba frío y las paredes quemaban.
ARGENTINA Santiago Craig @elsanticrei
Buenos Aires (1978)
En 2018, por su libro Las tormentas quedó seleccionado entre los cinco finalistas del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Ha publicado los libros de relatos “El enemigo” (2010), “Los juegos” (2012), “Las tormentas” (2017), “27 maneras de enamorarse” (2018).
Tomado de: REVISTA ARCADIA, publicado en el cuentario "Las Tormentas"

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