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lunes, 16 de mayo de 2016

Toni Morrison: tradición oral, creación y lenguaje (discurso de aceptación de la Nobel de Literatura)

Discurso de Toni Morrison al recibir el Premio Nobel de literatura
7 de diciembre de 1993


           
“Había una vez una mujer anciana. Ciega pero sabia.” ¿O era un hombre anciano? Acaso era un gurú. O un griot calmando chicos inquietos. Yo escuché esta historia, o una exactamente como ésta, en el saber popular de varias culturas.

“Había una vez una mujer anciana. Ciega. Sabia.”

En la versión que conozco la mujer es hija de esclavos, negra, americana y vive sola en una pequeña casa afuera del pueblo. Su reputación respecto de su sabiduría no tiene par y es incuestionable. Entre su gente ella es a la vez la ley y su trasgresión. El honor que y el respeto que le tienen, va hasta mucho más allá de su pueblo; llega hasta la ciudad donde la inteligencia de los profetas rurales es una fuente de mucho asombro.

Un día a la mujer la visitan unos jóvenes que vienen con la intención de desaprobar su clarividencia y poner en evidencia el fraude que creen que ella es. Su plan es simple: entran en su casa y le hacen la única pregunta cuya sola respuesta manifiesta la diferencia que tienen con ella, una diferencia que ven como una profunda ineptitud: su ceguera. Se le paran enfrente y uno le dice: “Anciana, tengo en mi mano un pájaro. Dígame si está vivo o muerto.”

Ella no contesta y repiten la pregunta. “¿Está vivo o muerto el pájaro que tengo?”

Tampoco contesta. Es ciega y no puede ver a sus visitantes, mucho menos lo que tienen en sus manos. No sabe el color de su piel, de dónde vienen ni si son hombres o mujeres. Sólo conoce sus motivos.

El silencio de la mujer es tan largo que los jóvenes tienen dificultad para aguantar la risa.

Finalmente habla y su voz es suave pero severa. “No sé”, dice, “no sé si el pájaro que tienen está vivo o muerto, lo único que sé es que está en sus manos. Está en sus manos.”

Su respuesta puede ser tomada así: si está muerto, ustedes lo encontraron de este modo o lo mataron. Si está vivo, todavía pueden matarlo. En caso de que lo dejen vivo, es su decisión. En todo caso, es su responsabilidad.

Por querer burlar los poderes y la impotencia de la anciana, los jóvenes reciben una reprimenda, porque son responsables no sólo del acto de burla sino también por el pequeño manojo de vida sacrificado para conseguir sus fines. La anciana deja de prestarles atención a las aserciones de poder para prestarle atención al instrumento mediante el cual ese poder es ejercido.

La especulación de qué podría significar ese pájaro-en-la-mano (otra que su propio cuerpo frágil) siempre fue algo atractivo para mí, especialmente ahora, pensando, como lo vengo haciendo, acerca del trabajo que me ha traído ante ustedes. Por eso elijo leer al pájaro como el lenguaje y a la mujer como a una escritora con práctica. Ella está preocupada por cómo el lenguaje con el cual ella sueña, y que le fue dado al nacer, es manejado, puesto al servicio de diversos intereses, incluso apartado de ella con nefastos propósitos. Siendo una escritora, considera al lenguaje en parte como un sistema, en parte como una cosa viviente sobre la cual una tiene control, pero sobre todo como una operación- un acto con consecuencias. Entonces, la pregunta que los chicos le hicieron, “¿Está vivo o muerto?”, no es irreal porque ella piensa al lenguaje como algo susceptible de muerte, de erosión. Desde luego expuesto al peligro y salvable sólo por un esfuerzo de la voluntad. Cree que si el pájaro en las manos de los visitantes está muerto, los custodios son responsables por el cadáver. Para ella una lengua muerta no es sólo esa que no se habla o no se escribe más, sino que sobre todo es la obstinada lengua que se contenta con la admiración de su propia parálisis. Como una lengua estática, censurada y censuradora. Despiadada en su actividad policial, no tiene deseos ni otro propósito que mantener el campo abierto de su propio narcisismo narcótico, su exclusividad y dominio. Por más moribundo que esté, no queda sin efecto ya que frustra activamente el intelecto, ahoga la conciencia, suprime la potencia humana. Inmune a las preguntas, no puede formar o tolerar nuevas ideas, armar nuevos pensamientos, contar otra historia, llenar los desconcertantes silencios. Una lengua oficial, fragmentada para sancionar la ignorancia y preservar los privilegios, es una armadura pulida para dar brillo, una cáscara de donde el caballero se ha ido hace mucho tiempo. Y sin embargo, ahí está: tonta, predatoria, sentimental. Excitando la reverencia en las escuelas, dando resguardo a los déspotas, reuniendo falsas memorias de estabilidad y de armonía entre la gente.

Ella está convencida de que cuando el lenguaje muera, a causa del descuido, el desuso, la indiferencia y la falta de estima, o sea asesinado por una orden, no sólo ella, sino todos los hablantes y creadores serán responsables de su muerte. En su país los chicos se sacaron la lengua a mordiscos y usan balas para no repetir la voz sin habla, la voz de un lenguaje lisiado y golpeador; ese dispositivo para luchar con significados que los adultos abandonaron, y que podría proveerlos de una guía o expresar amor. Pero ella sabe que sacarse la lengua no es sólo una opción de niños. Es muy común entre las infantiles cabezas de estado y los comerciantes del poder, cuyos vaciados lenguajes los dejaron sin acceso a lo que queda de sus instintos humanos, dado que sólo les hablan a aquellos que obedecen, o en todo caso hablan para forzar una obediencia.

El saqueo sistemático del lenguaje puede ser reconocido como la tendencia de sus hablantes a renunciar a sus matizadas, complejas y mayéuticas propiedades para usarlo como medio de amenaza y subyugación. El lenguaje opresivo hace más que representar la violencia; es violencia; hace más que representar los límites del conocimiento, lo limita. Sea el oscuro lenguaje de estado o las tergiversaciones de los insensatos medios; sea el maligno lenguaje de la ley-sin-ética, o aquél designado para el alienamiento de las minorías, escondiendo sus saqueos racistas debajo de un maquillaje literario- todo esto debe ser rechazado, alterado y expuesto. Es el lenguaje que chupa sangre, que se ajusta la bota fascista con crinolinas de respetabilidad y patriotismo al tiempo que se mueve implacablemente hacia el último y más oscuro lugar de la mente. Lenguaje sexista, lenguaje racista, lenguaje teísta- son todas formas típicas de las políticas de lenguaje del dominio, que no pueden y no permiten nuevos conocimientos ni el encuentro de nuevos intercambios de ideas.

La anciana es profundamente conciente de que ningún intelecto mercenario, ningún dictador insaciable, ni político a sueldo o demagogo, ni ningún periodista impostor serían persuadidos por estos pensamientos suyos. Hay y habrá un lenguaje que excite a los ciudadanos a mantenerse armados, asesinando y siendo asesinados en los shoppings, juzgados, correos, plazas, cuartos y bulevares; un lenguaje agitado, conmemorativo, que enmascara la pena y el gasto de una innecesaria muerte. Va a haber un lenguaje diplomático que apruebe la violación, la tortura, el asesinato. Hay y seguirán habiendo más lenguajes seductores, mutantes, designados para estrangular a las mujeres, hacer de sus gargantas un paté con sus propias palabras transgresivas e imposibles de decir; va a haber más lenguajes de vigilancia disfrazados como investigación, de política e historia, calculados para someter al silencio a millones de personas que sufren, un lenguaje glamoroso para maravillar a los insatisfechos para que asalten sus barrios, arrogantes lenguajes seudo empíricos maquinados para encerrar a las mentes creativas en jaulas de inferioridad y desamparo.

Debajo de la elocuencia, el glamour, las asociaciones aprendidas de memoria, por más seductoras o incitantes que sean, por debajo, el corazón de ese lenguaje está languideciendo o quizá ya no late más… si el pájaro ya está muerto.

Ella pensó en cómo podría haber sido la historia intelectual de cualquier disciplina si no se hubiera insistido en el gasto de tiempo y vida que las racionalizaciones y representaciones de la dominación requirieron; pensó cómo podría haber sido si esa disciplina no hubiera sido metida a la fuerza en los letales discursos de exclusión que bloquean el acceso al conocimiento tanto al guardián como al prisionero.

La convencional enseñanza de la historia de la Torre de Babel es que ese derrumbe fue una desgracia. Fue la distracción o el peso de tantas lenguas lo que precipitó la fallada arquitectura de la torre. Ese único y monolítico lenguaje hubiera dado curso a la construcción y el paraíso hubiera sido alcanzado. ¿El paraíso de quién?, ella se pregunta. ¿Y de qué tipo? Quizás alcanzar el Paraíso hubiera sido una cosa prematura y un poco apresurada, si nadie se podía tomar el trabajo de entender otras lenguas, otras miradas, otros períodos narrativos. Si así hubiera sido, es posible que ese paraíso lo hubieran encontrado a sus pies. Complicado, demandante, sí, pero sería una visión del paraíso como vida, y no como vida más allá.

Ella no quisiera dejar irse a los jóvenes con la impresión de que el lenguaje debe ser forzado a mantenerse vivo para que meramente sea. La vitalidad del lenguaje reside en su habilidad para pintar lo actual, las vidas imaginadas y posibles de sus hablantes, lectores, escritores. Aunque a veces su equilibrio esté en desplazar la experiencia, no es es sustituto de ella. Se extiende y arquea hacia donde el significado puede estar. Cuando un presidente de los Estados Unidos pensó en el cementerio en que su país se había convertido, dijo “El mundo apenas notará ni recordará por mucho tiempo lo que digamos ahora. Pero nunca va a olvidar lo que acá pasó”: sus simples palabras son estimulantes en cuanto a sus propiedades para mantener la vida porque se negaron a encapsular la realidad de 600.000 muertos de una catastrófica guerra racial. Negándose a monumentalizar, desdeñando la “palabra final”, el conteo preciso, reconociendo su “pobre poder para sumar o apartar”, sus palabras señalan deferencia hacia lo incapturable de la vida que llora. Es esa deferencia lo que la mueve a la anciana, ese reconocimiento de que el lenguaje nunca puede coincidir completamente con la vida. Cosa que tampoco debería. El lenguaje nunca puede fotografiar la esclavitud, el genocidio, la guerra. Ni debería lamentarse por la arrogancia de poder hacerlo. Su fuerza, su felicidad radica en lanzarse hacia lo inefable.

Grandiosa o escasa, excavando, estallando, o negándose a santificarse, aunque se ría en voz alta o llore sin un alfabeto, la palabra elegida, el silencio elegido, el sereno lenguaje surge y se dirige hacia el conocimiento, no hacia su destrucción. Pero, ¿quién no sabe de literatura prohibida por ser cuestionadora, desacreditada por ser crítica, borrada porque invierte? ¿Y cuántos son violentados por el pensamiento de un idioma que se autodestruye?

Ella piensa que el trabajo con las palabras es sublime porque es generativo, toma un significado que asegura nuestra diferencia, nuestra humana diferencia- del modo en que no somos como ninguna otra vida.

Morimos. Ese puede ser el significado de la vida. Pero nosotros hacemos el lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas.

“Había una vez…” Unos visitantes le hacen una pregunta a una anciana. ¿Quiénes son esos chicos?, ¿qué hicieron de ese encuentro?, ¿qué escucharon en esas palabras finales: “El pájaro está en tus manos”?: ¿una oración que gesticula alguna posibilidad o una que deja caer un picaporte? Quizás lo que los chicos escucharon es “No es mi problema. Soy vieja, mujer, negra, ciega. Lo único que sé ahora es que no puedo ayudarlos. El futuro del lenguaje es suyo, no mío.”

Están parados ahí. ¿Y si suponemos que no hay nada en sus manos? Supongamos que la visita no fue más que una astucia, un truco para que les hablaran, para ser tomados seriamente como nunca lo habían sido anteriormente. Una oportunidad para interrumpir y violar el mundo adulto, su discurso de miasma acerca de ellos, para ellos, pero nunca dirigido hacia ellos. Urgentes preguntas están en juego, incluyendo la que hicieron: “Está vivo o muerto el pájaro?” Quizá la pregunta quería decir: “¿Alguien podría decirnos qué es la vida, qué la muerte?” Ningún truco, ninguna tontería. Una pregunta directa que vale la atención de alguien con sabiduría. Y experiencia. Pero si quien tiene experiencia y sabiduría y ha vivido una vida y enfrentado la muerte no puede describir ni una ni la otra, ¿quién, entonces?

Pero ella no lo hace, se guarda su secreto, la buena opinión que tiene de sí misma, sus pronunciamientos de gnomo, su arte sin compromiso. Mantiene su distancia, la refuerza y se retrae en su singularidad y desolación, en un espacio sofisticado y de privilegio.

Nada, ninguna palabra sigue a su declaración de transferencia. Ese silencio es profundo, más profundo que el significado disponible en las palabras que ella ha dicho. Tiembla ese silencio y los chicos, enojados, lo llenan con un lenguaje inventado en el momento.

“¿No hay discurso o palabras”, le preguntan, “que pueda usted darnos para atravesar su historial de fracasos, atravesar la enseñanza que nos acaba de dar, que no es tal cosa porque le estamos prestando mucha atención tanto a lo que acaba de hacer como a lo que dijo?; ¿no hay palabras para atravesar la barrera que usted levantó entre la generosidad y la sabiduría?”

“No hay ningún pájaro en nuestras manos, ni vivo ni muerto. Sólo la tenemos a usted y a nuestra impotente pregunta. ¿Es la nada en nuestras manos algo que no soportaría contemplar, ni siquiera adivinar? ¿No recuerda su juventud cuando el lenguaje era mágico sin significado, cuando lo que podía decir podía no significar, cuando lo invisible era lo que la imaginación se esforzaba por ver, cuando las preguntas y demandas de respuestas quemaban tanto que temblaba de furia al no conocer?

“¿Tenemos que llegar a ser adultos y concientes luchando esa batalla que héroes y heroínas como usted ya pelearon y perdieron dejándonos con nada en nuestras manos, salvo lo que ustedes imaginaron que había? Su respuesta es un hábil artificio y nos avergüenza y debería avergonzarla a usted. Su respuesta es indecente en su autocomplacencia. Es un guión hecho para la televisión, que no tiene sentido si no hay nada en nuestras manos.

“¿Por qué no se estiró para tocarnos con sus dedos suaves, para retrasar el sonido de la mordida que es esta lección, hasta que supiera quiénes éramos? ¿Tanto despreció nuestro truco, nuestro modus operandi que no vio lo deslumbrados que estábamos por querer llamar su atención? Somos jóvenes. Inmaduros. Toda nuestra corta vida escuchamos que debemos ser responsables. ¿Qué puede significar eso en la catástrofe en que este mundo se ha convertido?, ¿donde, como dijo el poeta: “nada necesita ser expuesto porque todo ya está descubierto”? Nuestra herencia es una afrenta. Usted quiere que tengamos sus viejos, ciegos ojos y que veamos sólo la crueldad y la mediocridad. ¿Se cree que somos tan estúpidos como para romper las promesas que nos hicimos una y otra vez, por la mera ficción de una nacionalidad? ¿Cómo es que se atreve a hablarnos del deber cuando estamos hundidos hasta la cintura en la toxina de su pasado?

“Usted nos banaliza y vuelve trivial el pájaro que no tenemos en las manos. ¿Acaso no hay contexto para nuestras vidas, ninguna canción, literatura o poema lleno de vitaminas, ninguna historia conectada con la experiencia que nos pueda pasar para ayudarnos a empezar con más firmeza? Usted es una adulta. La anciana, la sabia. Deje de pensar en salvar su pellejo. Piense en nuestras vidas y cuéntenos su particular mundo. Invente una historia. Narrar es ago radical que nos crea al mismo tiempo que creamos. No la vamos a culpar si su alcance excede su comprensión, si el amor así enciende sus palabras, se transforman en llamas y nada queda de ellas salvo su combustión. O si, con la reticencia de la mano de un cirujano, sus palabras suturan sólo en los lugares donde la sangre podría brotar. Sabemos que nunca podría hacerlo del todo bien- así, de una vez y para siempre. La pasión nunca es suficiente, ni la habilidad. Pero intente. Para que ni nosotros ni los suyos olviden su nombre en las calles, díganos qué fue para usted el mundo en los lugares oscuros y en los luminosos. No nos diga qué creer, qué temer. Muéstrenos los amplios ámbitos de la creencia y la costura desde la cual se desenreda la membrana del miedo. Usted, anciana mujer, bendecida con la ceguera, puede hablar el lenguaje que nos dice aquello que sólo el lenguaje puede: cómo ver sin pinturas. Sólo el lenguaje nos protege del terror de las cosas sin nombre. Sólo el lenguaje es meditación.

“Díganos qué es ser una mujer así podemos saber qué es ser un hombre. Lo que es moverse en el margen. Lo que es no tener casa en este lugar. Ser puesto a la deriva y lejos de los que uno conoce. Lo que es vivir al borde de pueblos que no soportan su presencia.

“Cuéntenos acerca de los barcos alejados de la costa para Pascua, la placenta en los campos. Cuéntenos de los vagones cargados de esclavos, de cuán suavemente cantaban de modo que no podía distinguirse de la nieve cayendo, de cómo sabían, por la curvatura del hombro más cercano, que la próxima parada sería la última, de cómo, con las manos juntadas en sus sexos, pensaban en el calor, y después en el sol, levantando sus caras como si estuviera ahí nomás para tocarlo. Girando como si estuviera ahí para tocarlo. Paran en una posada. El conductor y su compañero entran en ella con una lámpara, dejándolos susurrando en la oscuridad. El vapor que sale de los resoplidos del caballo llega hasta la nieve debajo de sus patas, y ese silbido y la nieve derritiéndose son la envidia de los congelados esclavos.

“La puerta de la posada se abre: una chica y un chico se asoman desde ese adentro iluminado. Trepan al vagón. El chico tendrá un arma en tres años, pero ahora lleva una lámpara y una jarra con bebida tibia. Se la pasan de boca en boca. La chica ofrece pan, pedazos de carne y algo más: una mirada rápida a los ojos de aquellos a los que les iba sirviendo. Uno para cada hombre, dos para cada mujer. Y una mirada. Ellos devuelven la mirada. La próxima parada será la última. Pero no ésta. En ésta hay calor.”

Está todo en silencio cuando los chicos terminan de hablar, hasta que la mujer lo rompe.

“Finalmente, dice, confío en ustedes ahora. Confío en ustedes con el pájaro que no está en sus manos porque lo han atrapado verdaderamente. Miren. Qué hermoso es, esto que hemos hecho - juntos.”


Traducción de Tom Maver


lunes, 28 de marzo de 2016

La señora Dalloway en Bond street, un cuento de Virginia Woolf


La señora Dalloway dijo que iría ella misma a comprar los guantes.
El Big Ben daba las campanadas cuando salió a la calle. Eran las once, y la hora aún sin estrenar parecía fresca, como destinada a un grupo de niños en una playa. Pero había algo solemne en el ritmo deliberado de las campanadas; algo incitante en el murmullo de las ruedas y el arrastrar de las pisadas.
Sin duda, no todos hacían recados felices. Puede decirse mucho mas sobre cualquiera de nosotros, aparte de que vamos andando por las calles de Westminster. Incluso el Big Ben no sería mas que un montón de varillas de acero corroídas por el óxido, si no fuera por los cuidados del Ministerio de Obras Publicas. Sólo para la señora Dalloway era completo el momento; para ella junio era puro. Una infancia feliz; y no fueron solo las hijas de Justin Parry quienes lo consideraron un hombre bueno (aunque débil en la magistratura); flores al atardecer, el humo ascendiendo; el graznido de los grajos cada vez mas alto, cayendo, cayendo por el aire de octubre; no hay nada que pueda ocupar el lugar de la infancia. Una hoja de menta la trae de nuevo, o una taza con el borde azul.
Pobres infelices, suspiro, y siguió adelante. "¿Será posible? ¡Justo bajo el hocico del caballo! ¡Demonio de crío!" Y se quedó parada en la acera, extendiendo la mano mientras Jimmy Dawes se reía desde el otro lado.
Una mujer encantadora, elegante, vehemente; el pelo blanco en extraño contraste con las mejillas sonrosadas. Así la veía Scope Purvis, Caballero de la Orden del Baño, mientras apretaba el paso en dirección a su despacho. Se detuvo un momento hasta que paso la camioneta de Durtnall. El Big Ben dio la décima campanada; dio la undécima. Los círculos de plomo se diluían en el aire. El orgullo la mantenía erguida, heredera y transmisora de un legado, familiarizada con la disciplina y con el sufrimiento. Cuanto sufría la gente, cuanto sufría, se dijo, recordando a la señora Foxcroft en la Embajada la noche anterior, cubierta de joyas, el corazón destrozado porque aquel muchacho tan agradable había muerto y ahora la vieja Manor House (la camioneta de Durtnall pasó en ese momento) quedaría en manos de un primo suyo.
-¡Buenos días tenga usted! -saludó Hugh Whitbread, quitándose el sombrero con gesto teatral junto a la tienda de porcelana, porque se conocían desde niños-. ¿Adónde vas?
-Me encanta pasear por Londres -dijo la señora Dalloway-. Es mucho mejor que pasear por el campo.
-Nosotros acabamos de llegar -explicó Hugh Whitbread-. Por desgracia, de médicos.
-¿Milly? -preguntó la señora Dalloway compadeciéndose al punto.
-Está pachucha -dijo Hugh Whitbread-. Ya sabes. ¿Dick está bien?
-¡Estupendamente! -respondió Clarissa.
Claro, pensó, al seguir su camino, Milly es más o menos de mi edad... cincuenta... cincuenta y dos. Probablemente se trataba de eso; el modo en que Hugh lo había dicho no dejaba lugar a dudas... el querido Hugh, se dijo la señora Dalloway, recordando con cariño, con gratitud, con emoción, lo tímido, como un hermano -una preferiría morir antes que hablarle a su hermano-, que Hugh había sido siempre, cuando llegaba de Oxford y alguna de ellas (¡maldita sea!) no podía montar a caballo. ¿Cómo entonces iban a ocupar las mujeres escaños en el Parlamento? ¿Como podían hacer cosas con los hombres? Porque hay un instinto extraordinariamente profundo; algo que esta dentro de ti y de lo que no puedes librarte; de nada sirve intentarlo; y los hombres como Hugh lo respetan sin decir nada; por eso es adorable el querido Hugh.
Había pasado bajo el arco del Almirantazgo y, al final de la desierta avenida, con sus árboles delgados, asomaba el montículo blanco del monumento a la Reina Victoria, amplia, hogareña, maternal, tan ridículo, y sin embargo tan sublime, se dijo la señora Dalloway, recordando Kensington Gardens y a la anciana con gafas de concha y a la niñera que le ordenaba que se estuviera quieta y se inclinara ante la Reina. La bandera ondeaba en el palacio y eso significaba que los monarcas habían regresado. Dick había conocido a la Reina en un almuerzo... una mujer sumamente agradable. Significa tanto para los pobres, pensó Clarissa, y para los soldados. Sobre un pedestal se alzaba un hombre de bronce en actitud heroica, con un fusil en la mano izquierda... la guerra de Suráfrica. Significa mucho, pensó la señora Dalloway, mientras se encaminaba al Palacio de Buckingham. Allí estaba, rotundo, sencillo, sobrio, bajo la amplia luz del sol. Pero era el carácter, pensó, algo innato en la raza, lo que los indios respetaban. La Reina visitaba hospitales, inauguraba tómbolas benéficas. La Reina de Inglaterra, pensó Clarissa, contemplando el palacio. En ese momento salía un coche; los soldados saludaron; las puertas volvieron a cerrarse. Y Clarissa cruzó la avenida y entró en el parque, erguida.
Junio había llenado de brotes las hojas de los árboles. Las madres de Westminster amamantaban a sus pequeños. Muchachas muy respetables yacían tendidas en la hierba. Un anciano se agachó con dificultad para recoger un papel arrugado, lo alisó y lo tiró. ¡Qué terrible! La noche anterior, en la Embajada, Sir Dighton había dicho, “Si necesito que alguien me sujete el caballo no tengo más que levantar una mano”. Pero la cuestión religiosa es mucho más seria que la económica, había dicho también Sir Dighton, y a ella le pareció muy interesante, viniendo de un hombre como él. “Ah, el país nunca sabrá lo que ha perdido”, añadió, opinando sin que nadie le preguntara por el difunto Jack Stewart.
Subió la cuesta ágilmente. El viento soplaba con fuerza. Llegaban mensajes de la Flota al Almirantazgo. Piccadilly, Arlington Street y el Mall parecían rozar el aire del parque, produciendo brillantes remolinos de calor en las hojas de los árboles, con oleadas de esa divina vitalidad que tanto agradaba a Clarissa. Cabalgar; bailar; cuanto le habían gustado esas cosas. O dar largos paseos por el campo, hablando de libros, de qué hacer con la propia vida, porque la juventud es de lo más presuntuosa... ¡Ay; qué cosas había llegado a decir! Pero tenía sus convicciones. La madurez es diabólica. La gente como Jack nunca lo sabrá, se dijo; porque Jack no había pensado en la muerte ni una sola vez, ni supo, según decían, que se estaba muriendo. Y nunca llorará -¿cómo seguía?- a una cabeza gris... libre de la escoria del mundo... apuraron su copa una o dos rondas antes... ¡del contagio del estúpido mundo! Se mantenia erguida.
¡Pero cómo habría protestado Jack! ¡Citar a Shelley en Piccadilly! “Se te ha caído una horquilla”, habría dicho. Odiaba el desaliño. “¡Por Dios, Clarissa! ¡Por Dios, Clarissa!” Aun lo estaba oyendo en la fiesta de Devonshire House, junto a la pobre Sylvia Hunt, con su collar de ámbar y su ajado vestido de seda. Clarissa dio un respingo al advertir que había hablado en voz alta y que ya estaba en Piccadilly, pasando junto a la casa con esbeltas columnas verdes y balcones; pasando junto a los ventanales del club llenos de periódicos; pasando junto a la mansión de la anciana Lady Burdett-Coutt, donde había un loro blanco de porcelana; y junto a Devonshire House, sin sus leopardos dorados; y por el Claridge, donde debía acordarse de dejar, por encargo de Dick, una tarjeta para la señora Jepson antes de que se marchara. Los americanos ricos pueden ser gente muy agradable. Ahí estaba St. James Palace; como una construcción infantil; y ahora -ya había cruzado Bond Street- se encontraba junto a la librería Hatchard. El tráfico era incesante... incesante... incesante. Lores, Ascot, Hurlingham... ¿qué era eso? Qué encantadora muchacha, se dijo, contemplando la cubierta de un libro de memorias abierto en el escaparate; la habrá pintado Sir Joshua o Romney; maliciosa, vivaracha, recatada; tal como debía ser una muchacha, como su Elizabeth. Y vio también aquel libro absurdo, Soapy Spnge, que Jim citaba a todas horas; y los sonetos de Shakespeare. Se los sabía de memoria. Phil y ella se habían pasado el día hablando de la Dama Morena, y esa misma noche, en la cena, Dick dijo que nunca había oído hablar de ella. ¡Desde luego... para eso se había casado con él! ¡No había leído a Shakespeare! Tenía que encontrar algún librito barato para Milly... ¡ya está, Cmnford! ¿Había algo mas gracioso que esa vaca con enaguas? Si la gente tuviera el mismo humor, la misma dignidad, pensó Clarissa al recordar las amplias páginas, la cadencia de las frases, los personajes... el modo en que se hablaba de ellos, como si fueran reales. Para todas las cosas grandes hay que remontarse al pasado, pensó. Del contagio del estúpido mundo está seguro. No temas más el calor del sol... Y nunca llorará, y nunca llorará, repitió, la mirada perdida en el escaparate; porque lo tenía grabado en la mente; la prueba de la gran poesía; los autores modernos nunca habían escrito nada sobre la muerte digno de ser leído, pensó; y dio media vuelta.
Los tranvías se unían a los coches, los coches a las camionetas, las camionetas a los taxis, los taxis a los coches; había un descapotable con una muchacha en su interior, sola. Como si lo viera, se dijo Clarissa, no paró de bailar hasta las cuatro de la madrugada; porque la muchacha parecía como ausente, como adormilada en un rincón del coche después del baile. Llegó otro coche; y otro. ¡No! ¡No! ¡No! Clarissa sonrió amablemente. La mujer gorda se había esmerado con su atuendo, ¡pero brillantes! ¡orquídeas ¡a esa hora de la mañana! ;No! ;No! ;No! El guardia levantaría la mano llegado el momento. Pasó otro coche. ¡Qué desagradable! ¿Por qué se pintaba los ojos de negro una muchacha tan joven? Y ese muchacho con ella, a esa hora, cuando el país... E1 guardia levantó la mano y Clarissa reconoció la indicación, cruzó sin prisa, se encaminó hacia Bond Street; vio la calle estrecha y tortuosa, los carteles amarillos; los gruesos cables del telégrafo surcando el aire.
Cien años atrás su bisabuelo, Seymour Parry, el que se escapó con la hija de Conway, había paseado por Bond Street. Los Parry habían paseado por Bond Street durante todo un siglo, y quizá se hubieran encontrado allí con los Dalloway (Leigh por parte de madre). Su padre se vestía en Hill’s. Había una pieza de tela en el escaparate, y un jarrón sobre una mesa negra, increíblemente caro; como el salmón rosado sobre un bloque de hielo en la pescadería. Las joyas eran exquisitas... estrellas rosas y anaranjadas, imitaciones, españolas, pensó, y cadenas de oro viejo; hebillas relucientes, pequeños broches usados por damas con altos tocados sobre satén verdemar. ¡Basta de mirar! Hay que reducir gastos. Pasaría junto a la galería de arte donde se exhibía uno de esos cuadros franceses tan raros que parecían salpicados de confeti -rosas y azules-, como si se tratara de una broma.
Si hubieras vivido rodeada de cuadros (y lo mismo cabe decir de los libros y de la música), se dijo Clarissa, pasando por delante del Aeolian Hall, no te dejarías engañar por una broma.
Había un gran atasco en Bond Street. Allí, como una reina en un torneo, elevada, regia, se encontraba Lady Bexborough. Sentada en su carruaje, erguida, sola, mirando a través de las gafas. El guante blanco sin abotonar en la muñeca. Llevaba un traje negro muy usado, y sin embargo, pensó Clarissa, qué extraordinaria resultaba, elegante, digna, sin decir nunca una palabra de más ni tolerar chismorreos en su presencia; una amiga excelente; nadie había encontrado un solo defecto en ella después de tantos años, y ahora, ahí está, pensó Clarissa, dejando atrás a la condesa que aguardaba empolvada, perfectamente inmóvil, y Clarissa sintió que daría cualquier cosa por ser como ella, la señora de Clarefield, que hablaba de política como un hombre. Pero nunca va a ningún sitio, pensó Clarissa, es inútil invitarla, y el carruaje siguió su camino con Lady Bexborough sentada como una reina en un torneo, aunque no tenía una razón para vivir y su marido estaba enfermo y dicen que ella está harta de todo, pensó Clarissa, y cuando entró en la tienda los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Buenos días -saludó con su agradable voz-. Guantes -añadió con su exquisita amabilidad; y dejando el bolso sobre el mostrador empezó, muy despacio, a desabrochar los botones-. Guantes blancos. Por encima del codo. -Y miró de frente a la dependienta. ¿No era la misma joven que recordaba? Estaba muy envejecida-. Estos no me valen -dijo Clarissa. La dependienta los miró.
-¿Lleva pulseras la señora?
Clarissa estiró los dedos.
-A lo mejor son los anillos.
Y la dependienta se llevó los guantes grises al otro extremo del mostrador.
Sí, pensó Clarissa, sí es la misma joven, parece que se le han echado veinte años encima... Solo había otra clienta, sentada junto al mostrador, el codo apoyado, la mano desnuda, colgando, vacía; como la figura de un abanico japonés, pensó Clarissa; tal vez demasiado vacía, aunque algunos hombres la adorarían. La mujer sacudió la cabeza con pesar. Los guantes eran demasiado grandes. Se volvió hacia el espejo.
-Por encima de la muñeca -le indicó a la mujer del pelo gris; ésta miró y asintió.
Esperaron; se oía el tic-tac del reloj; se oía el bullicio de Bond Street, amortiguado, distante; la dependienta se llevó los guantes.
-Por encima de la muñeca -repitió la mujer en tono triste, levantando la voz. Y Clarissa pensó que necesitaba encargar sillas, helados, flores y billetes para el guardarropa. Iría la gente que no le gustaba; los que le gustaban no irían. Clarissa los recibiría en la puerta. Venden medias... medias de seda. A una mujer se la conoce por sus guantes y sus zapatos, decía el tío William. Y a través de las medias de seda que colgaban como trémula plata, miró a la mujer: los hombros caídos, la mano colgando, el bolso deslizándose, la mirada perdida en el suelo. ¡Sería intolerable que a su fiesta acudieran mujeres mal vestidas! ¿A quién le habría gustado Keats si llevara calcetines rojos? Ah, por fin... se acercó al mostrador y se le ocurrió decir:
-¿Se acuerda usted de unos guantes con botones de perlas que tenían antes de la guerra?
-¿Guantes franceses, señora?
-Sí, franceses —asintió Clarissa. La otra clienta se levantó con aire desolado, cogió el bolso y observó los guantes que había sobre el mostrador. Pero todos eran demasiado grandes... siempre demasiado holgados en la muñeca.
-Con botones de perlas -repitió la dependienta, que cada vez parecía mas vieja. Dobló los pliegos de papel de seda y los dejo a un lado. Con botones de perlas, pensó Clarissa, nada mas sencillo... ¡y tan franceses!
-La señora tiene unas manos tan finas -observó la dependienta, pasando suavemente el guante sobre los anillos. Y Clarissa contempló su brazo en el espejo. El guante apenas llegaba hasta el codo. ¿No los tenía unos centímetros mas largos? Pero no quería molestarla... quién sabe si no estaría precisamente en ese día del mes en el que estar de pie resulta un tormento, se dijo Clarissa-. No se moleste, por favor -dijo. Pero los guantes ya estaban allí.
-¿No se cansa -preguntó con su encantadora voz- de estar de pie? ¿Cuando se va de vacaciones?
-En septiembre, señora, cuando no hay tanto trabajo.
Cuando nosotros estamos en el campo, pensó Clarissa. O de caza. Pasa quince días en Brighton. En una pensión mal ventilada. La patrona escatima el azúcar. Nada mas fácil que enviarla a casa de la señora Lumley, en el campo (y a punto estuvo de decírselo). Pero entonces recordó que mientras estaban de luna de miel, Dick le había hecho ver lo desatinado que era ofrecerse de forma impulsiva. Era mucho mas importante, dijo él, establecer comercio con China. Naturalmente estaba en lo cierto. Además pensó que a la muchacha no le gustaría que le dieran nada. Allí estaba en su lugar. Como Dick. Lo suyo era vender guantes. Sus penas eran muy distintas “y ya no llorará, y ya no llorara», las palabras fluían en su mente. “Del contagio del estúpido mundo está seguro”, pensó Clarissa, manteniendo el brazo rígido, porque hay momentos en los que parece del todo fútil (al quitarle la dependienta el guante el brazo quedó cubierto de polvos de talco), en los que sencillamente uno deja de creer en Dios, pensó Clarissa.
El tráfico se volvió atronador; las medias de seda brillaron. Entró una clienta.
-Guantes blancos -dijo, con un deje en la voz que a Clarissa le resulto familiar.
Antes, pensó Clarissa, todo era tan sencillo. Por el aire llegaba el graznido de los grajos. Cuando Sylvia murió, hace cientos de años, los setos de tejo resultaban deliciosos con sus telarañas como diamantes en la neblina antes del primer servicio religioso. Y si Dick muriera mañana... en cuanto a creer en Dios... no, dejaría que sus hijos eligieran, pero ella, como Lady Bexborough, quien según dicen inauguró la tómbola benéfica con el telegrama en la mano. Roden, su favorito, muerto... ella seguiría su camino. ¿Por qué, si no creía? Por el bien de los demás, pensó, cogiendo el guante. La muchacha sería mucho más infeliz si no creyera.
-Treinta chelines -dijo la dependiente-. No, perdón señora; treinta y cinco. Los guantes franceses son mas caros.
Porque uno no vive solo para sí, pensó Clarissa.
Y entonces la otra clienta cogió un guante, lo estiró y lo rompió.
-¡Vaya! -exclamó.
-Un defecto de la piel -se apresuro a decir la mujer del pelo gris-. A veces cae una gota de ácido al teñirla. Pruébese este par, señora.
-¡Pero es una estafa pedir dos libras y diez chelines!

Clarissa miró a la clienta; la clienta miró a Clarissa.
-Los guantes ya no son tan buenos como antes de la guerra -dijo la dependienta a Clarissa, a modo de excusa. ¿Dónde había visto a aquella mujer? Mayor, con un cuello de volantes, un cordón negro en las gafas de oro, sensual, inteligente, como un dibujo de Sargent. ¿Se puede saber por la voz de una persona si está acostumbrada a mandar?
-Me está un poco justo -observó Clarissa. La dependienta desapareció de nuevo. Clarissa esperó. No temas más, repitió, tamborileando con los dedos sobre el mostrador. No temas más el calor del sol. No temas más, repitió. Tenía pecas en el brazo. La dependienta se movía a paso de tortuga. Tú que ya has cumplido tu tarea en el mundo. Miles de hombres jóvenes habían muerto para que las cosas pudieran continuar. ¡Por fin! Un centímetro por encima del codo; botones de perlas; cinco y cuarto.
Querida mía, pensó Clarissa, ¿crees que puedo pasarme la mañana aquí sentada? ¡Ahora tardarás veinticinco minutos en darme el cambio!
Hubo una violenta explosión en la calle. Las otras dos mujeres se agazaparon tras el mostrador, mientras Clarissa, muy erguida en su asiento, sonreía a la otra mujer y exclamaba:
-¡Señorita Anstruther!

Ilustración: Yelena Bryksenkova

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