lunes, 28 de marzo de 2016

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La señora Dalloway en Bond street, un cuento de Virginia Woolf

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La señora Dalloway dijo que iría ella misma a comprar los guantes.
El Big Ben daba las campanadas cuando salió a la calle. Eran las once, y la hora aún sin estrenar parecía fresca, como destinada a un grupo de niños en una playa. Pero había algo solemne en el ritmo deliberado de las campanadas; algo incitante en el murmullo de las ruedas y el arrastrar de las pisadas.
Sin duda, no todos hacían recados felices. Puede decirse mucho mas sobre cualquiera de nosotros, aparte de que vamos andando por las calles de Westminster. Incluso el Big Ben no sería mas que un montón de varillas de acero corroídas por el óxido, si no fuera por los cuidados del Ministerio de Obras Publicas. Sólo para la señora Dalloway era completo el momento; para ella junio era puro. Una infancia feliz; y no fueron solo las hijas de Justin Parry quienes lo consideraron un hombre bueno (aunque débil en la magistratura); flores al atardecer, el humo ascendiendo; el graznido de los grajos cada vez mas alto, cayendo, cayendo por el aire de octubre; no hay nada que pueda ocupar el lugar de la infancia. Una hoja de menta la trae de nuevo, o una taza con el borde azul.
Pobres infelices, suspiro, y siguió adelante. "¿Será posible? ¡Justo bajo el hocico del caballo! ¡Demonio de crío!" Y se quedó parada en la acera, extendiendo la mano mientras Jimmy Dawes se reía desde el otro lado.
Una mujer encantadora, elegante, vehemente; el pelo blanco en extraño contraste con las mejillas sonrosadas. Así la veía Scope Purvis, Caballero de la Orden del Baño, mientras apretaba el paso en dirección a su despacho. Se detuvo un momento hasta que paso la camioneta de Durtnall. El Big Ben dio la décima campanada; dio la undécima. Los círculos de plomo se diluían en el aire. El orgullo la mantenía erguida, heredera y transmisora de un legado, familiarizada con la disciplina y con el sufrimiento. Cuanto sufría la gente, cuanto sufría, se dijo, recordando a la señora Foxcroft en la Embajada la noche anterior, cubierta de joyas, el corazón destrozado porque aquel muchacho tan agradable había muerto y ahora la vieja Manor House (la camioneta de Durtnall pasó en ese momento) quedaría en manos de un primo suyo.
-¡Buenos días tenga usted! -saludó Hugh Whitbread, quitándose el sombrero con gesto teatral junto a la tienda de porcelana, porque se conocían desde niños-. ¿Adónde vas?
-Me encanta pasear por Londres -dijo la señora Dalloway-. Es mucho mejor que pasear por el campo.
-Nosotros acabamos de llegar -explicó Hugh Whitbread-. Por desgracia, de médicos.
-¿Milly? -preguntó la señora Dalloway compadeciéndose al punto.
-Está pachucha -dijo Hugh Whitbread-. Ya sabes. ¿Dick está bien?
-¡Estupendamente! -respondió Clarissa.
Claro, pensó, al seguir su camino, Milly es más o menos de mi edad... cincuenta... cincuenta y dos. Probablemente se trataba de eso; el modo en que Hugh lo había dicho no dejaba lugar a dudas... el querido Hugh, se dijo la señora Dalloway, recordando con cariño, con gratitud, con emoción, lo tímido, como un hermano -una preferiría morir antes que hablarle a su hermano-, que Hugh había sido siempre, cuando llegaba de Oxford y alguna de ellas (¡maldita sea!) no podía montar a caballo. ¿Cómo entonces iban a ocupar las mujeres escaños en el Parlamento? ¿Como podían hacer cosas con los hombres? Porque hay un instinto extraordinariamente profundo; algo que esta dentro de ti y de lo que no puedes librarte; de nada sirve intentarlo; y los hombres como Hugh lo respetan sin decir nada; por eso es adorable el querido Hugh.
Había pasado bajo el arco del Almirantazgo y, al final de la desierta avenida, con sus árboles delgados, asomaba el montículo blanco del monumento a la Reina Victoria, amplia, hogareña, maternal, tan ridículo, y sin embargo tan sublime, se dijo la señora Dalloway, recordando Kensington Gardens y a la anciana con gafas de concha y a la niñera que le ordenaba que se estuviera quieta y se inclinara ante la Reina. La bandera ondeaba en el palacio y eso significaba que los monarcas habían regresado. Dick había conocido a la Reina en un almuerzo... una mujer sumamente agradable. Significa tanto para los pobres, pensó Clarissa, y para los soldados. Sobre un pedestal se alzaba un hombre de bronce en actitud heroica, con un fusil en la mano izquierda... la guerra de Suráfrica. Significa mucho, pensó la señora Dalloway, mientras se encaminaba al Palacio de Buckingham. Allí estaba, rotundo, sencillo, sobrio, bajo la amplia luz del sol. Pero era el carácter, pensó, algo innato en la raza, lo que los indios respetaban. La Reina visitaba hospitales, inauguraba tómbolas benéficas. La Reina de Inglaterra, pensó Clarissa, contemplando el palacio. En ese momento salía un coche; los soldados saludaron; las puertas volvieron a cerrarse. Y Clarissa cruzó la avenida y entró en el parque, erguida.
Junio había llenado de brotes las hojas de los árboles. Las madres de Westminster amamantaban a sus pequeños. Muchachas muy respetables yacían tendidas en la hierba. Un anciano se agachó con dificultad para recoger un papel arrugado, lo alisó y lo tiró. ¡Qué terrible! La noche anterior, en la Embajada, Sir Dighton había dicho, “Si necesito que alguien me sujete el caballo no tengo más que levantar una mano”. Pero la cuestión religiosa es mucho más seria que la económica, había dicho también Sir Dighton, y a ella le pareció muy interesante, viniendo de un hombre como él. “Ah, el país nunca sabrá lo que ha perdido”, añadió, opinando sin que nadie le preguntara por el difunto Jack Stewart.
Subió la cuesta ágilmente. El viento soplaba con fuerza. Llegaban mensajes de la Flota al Almirantazgo. Piccadilly, Arlington Street y el Mall parecían rozar el aire del parque, produciendo brillantes remolinos de calor en las hojas de los árboles, con oleadas de esa divina vitalidad que tanto agradaba a Clarissa. Cabalgar; bailar; cuanto le habían gustado esas cosas. O dar largos paseos por el campo, hablando de libros, de qué hacer con la propia vida, porque la juventud es de lo más presuntuosa... ¡Ay; qué cosas había llegado a decir! Pero tenía sus convicciones. La madurez es diabólica. La gente como Jack nunca lo sabrá, se dijo; porque Jack no había pensado en la muerte ni una sola vez, ni supo, según decían, que se estaba muriendo. Y nunca llorará -¿cómo seguía?- a una cabeza gris... libre de la escoria del mundo... apuraron su copa una o dos rondas antes... ¡del contagio del estúpido mundo! Se mantenia erguida.
¡Pero cómo habría protestado Jack! ¡Citar a Shelley en Piccadilly! “Se te ha caído una horquilla”, habría dicho. Odiaba el desaliño. “¡Por Dios, Clarissa! ¡Por Dios, Clarissa!” Aun lo estaba oyendo en la fiesta de Devonshire House, junto a la pobre Sylvia Hunt, con su collar de ámbar y su ajado vestido de seda. Clarissa dio un respingo al advertir que había hablado en voz alta y que ya estaba en Piccadilly, pasando junto a la casa con esbeltas columnas verdes y balcones; pasando junto a los ventanales del club llenos de periódicos; pasando junto a la mansión de la anciana Lady Burdett-Coutt, donde había un loro blanco de porcelana; y junto a Devonshire House, sin sus leopardos dorados; y por el Claridge, donde debía acordarse de dejar, por encargo de Dick, una tarjeta para la señora Jepson antes de que se marchara. Los americanos ricos pueden ser gente muy agradable. Ahí estaba St. James Palace; como una construcción infantil; y ahora -ya había cruzado Bond Street- se encontraba junto a la librería Hatchard. El tráfico era incesante... incesante... incesante. Lores, Ascot, Hurlingham... ¿qué era eso? Qué encantadora muchacha, se dijo, contemplando la cubierta de un libro de memorias abierto en el escaparate; la habrá pintado Sir Joshua o Romney; maliciosa, vivaracha, recatada; tal como debía ser una muchacha, como su Elizabeth. Y vio también aquel libro absurdo, Soapy Spnge, que Jim citaba a todas horas; y los sonetos de Shakespeare. Se los sabía de memoria. Phil y ella se habían pasado el día hablando de la Dama Morena, y esa misma noche, en la cena, Dick dijo que nunca había oído hablar de ella. ¡Desde luego... para eso se había casado con él! ¡No había leído a Shakespeare! Tenía que encontrar algún librito barato para Milly... ¡ya está, Cmnford! ¿Había algo mas gracioso que esa vaca con enaguas? Si la gente tuviera el mismo humor, la misma dignidad, pensó Clarissa al recordar las amplias páginas, la cadencia de las frases, los personajes... el modo en que se hablaba de ellos, como si fueran reales. Para todas las cosas grandes hay que remontarse al pasado, pensó. Del contagio del estúpido mundo está seguro. No temas más el calor del sol... Y nunca llorará, y nunca llorará, repitió, la mirada perdida en el escaparate; porque lo tenía grabado en la mente; la prueba de la gran poesía; los autores modernos nunca habían escrito nada sobre la muerte digno de ser leído, pensó; y dio media vuelta.
Los tranvías se unían a los coches, los coches a las camionetas, las camionetas a los taxis, los taxis a los coches; había un descapotable con una muchacha en su interior, sola. Como si lo viera, se dijo Clarissa, no paró de bailar hasta las cuatro de la madrugada; porque la muchacha parecía como ausente, como adormilada en un rincón del coche después del baile. Llegó otro coche; y otro. ¡No! ¡No! ¡No! Clarissa sonrió amablemente. La mujer gorda se había esmerado con su atuendo, ¡pero brillantes! ¡orquídeas ¡a esa hora de la mañana! ;No! ;No! ;No! El guardia levantaría la mano llegado el momento. Pasó otro coche. ¡Qué desagradable! ¿Por qué se pintaba los ojos de negro una muchacha tan joven? Y ese muchacho con ella, a esa hora, cuando el país... E1 guardia levantó la mano y Clarissa reconoció la indicación, cruzó sin prisa, se encaminó hacia Bond Street; vio la calle estrecha y tortuosa, los carteles amarillos; los gruesos cables del telégrafo surcando el aire.
Cien años atrás su bisabuelo, Seymour Parry, el que se escapó con la hija de Conway, había paseado por Bond Street. Los Parry habían paseado por Bond Street durante todo un siglo, y quizá se hubieran encontrado allí con los Dalloway (Leigh por parte de madre). Su padre se vestía en Hill’s. Había una pieza de tela en el escaparate, y un jarrón sobre una mesa negra, increíblemente caro; como el salmón rosado sobre un bloque de hielo en la pescadería. Las joyas eran exquisitas... estrellas rosas y anaranjadas, imitaciones, españolas, pensó, y cadenas de oro viejo; hebillas relucientes, pequeños broches usados por damas con altos tocados sobre satén verdemar. ¡Basta de mirar! Hay que reducir gastos. Pasaría junto a la galería de arte donde se exhibía uno de esos cuadros franceses tan raros que parecían salpicados de confeti -rosas y azules-, como si se tratara de una broma.
Si hubieras vivido rodeada de cuadros (y lo mismo cabe decir de los libros y de la música), se dijo Clarissa, pasando por delante del Aeolian Hall, no te dejarías engañar por una broma.
Había un gran atasco en Bond Street. Allí, como una reina en un torneo, elevada, regia, se encontraba Lady Bexborough. Sentada en su carruaje, erguida, sola, mirando a través de las gafas. El guante blanco sin abotonar en la muñeca. Llevaba un traje negro muy usado, y sin embargo, pensó Clarissa, qué extraordinaria resultaba, elegante, digna, sin decir nunca una palabra de más ni tolerar chismorreos en su presencia; una amiga excelente; nadie había encontrado un solo defecto en ella después de tantos años, y ahora, ahí está, pensó Clarissa, dejando atrás a la condesa que aguardaba empolvada, perfectamente inmóvil, y Clarissa sintió que daría cualquier cosa por ser como ella, la señora de Clarefield, que hablaba de política como un hombre. Pero nunca va a ningún sitio, pensó Clarissa, es inútil invitarla, y el carruaje siguió su camino con Lady Bexborough sentada como una reina en un torneo, aunque no tenía una razón para vivir y su marido estaba enfermo y dicen que ella está harta de todo, pensó Clarissa, y cuando entró en la tienda los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Buenos días -saludó con su agradable voz-. Guantes -añadió con su exquisita amabilidad; y dejando el bolso sobre el mostrador empezó, muy despacio, a desabrochar los botones-. Guantes blancos. Por encima del codo. -Y miró de frente a la dependienta. ¿No era la misma joven que recordaba? Estaba muy envejecida-. Estos no me valen -dijo Clarissa. La dependienta los miró.
-¿Lleva pulseras la señora?
Clarissa estiró los dedos.
-A lo mejor son los anillos.
Y la dependienta se llevó los guantes grises al otro extremo del mostrador.
Sí, pensó Clarissa, sí es la misma joven, parece que se le han echado veinte años encima... Solo había otra clienta, sentada junto al mostrador, el codo apoyado, la mano desnuda, colgando, vacía; como la figura de un abanico japonés, pensó Clarissa; tal vez demasiado vacía, aunque algunos hombres la adorarían. La mujer sacudió la cabeza con pesar. Los guantes eran demasiado grandes. Se volvió hacia el espejo.
-Por encima de la muñeca -le indicó a la mujer del pelo gris; ésta miró y asintió.
Esperaron; se oía el tic-tac del reloj; se oía el bullicio de Bond Street, amortiguado, distante; la dependienta se llevó los guantes.
-Por encima de la muñeca -repitió la mujer en tono triste, levantando la voz. Y Clarissa pensó que necesitaba encargar sillas, helados, flores y billetes para el guardarropa. Iría la gente que no le gustaba; los que le gustaban no irían. Clarissa los recibiría en la puerta. Venden medias... medias de seda. A una mujer se la conoce por sus guantes y sus zapatos, decía el tío William. Y a través de las medias de seda que colgaban como trémula plata, miró a la mujer: los hombros caídos, la mano colgando, el bolso deslizándose, la mirada perdida en el suelo. ¡Sería intolerable que a su fiesta acudieran mujeres mal vestidas! ¿A quién le habría gustado Keats si llevara calcetines rojos? Ah, por fin... se acercó al mostrador y se le ocurrió decir:
-¿Se acuerda usted de unos guantes con botones de perlas que tenían antes de la guerra?
-¿Guantes franceses, señora?
-Sí, franceses —asintió Clarissa. La otra clienta se levantó con aire desolado, cogió el bolso y observó los guantes que había sobre el mostrador. Pero todos eran demasiado grandes... siempre demasiado holgados en la muñeca.
-Con botones de perlas -repitió la dependienta, que cada vez parecía mas vieja. Dobló los pliegos de papel de seda y los dejo a un lado. Con botones de perlas, pensó Clarissa, nada mas sencillo... ¡y tan franceses!
-La señora tiene unas manos tan finas -observó la dependienta, pasando suavemente el guante sobre los anillos. Y Clarissa contempló su brazo en el espejo. El guante apenas llegaba hasta el codo. ¿No los tenía unos centímetros mas largos? Pero no quería molestarla... quién sabe si no estaría precisamente en ese día del mes en el que estar de pie resulta un tormento, se dijo Clarissa-. No se moleste, por favor -dijo. Pero los guantes ya estaban allí.
-¿No se cansa -preguntó con su encantadora voz- de estar de pie? ¿Cuando se va de vacaciones?
-En septiembre, señora, cuando no hay tanto trabajo.
Cuando nosotros estamos en el campo, pensó Clarissa. O de caza. Pasa quince días en Brighton. En una pensión mal ventilada. La patrona escatima el azúcar. Nada mas fácil que enviarla a casa de la señora Lumley, en el campo (y a punto estuvo de decírselo). Pero entonces recordó que mientras estaban de luna de miel, Dick le había hecho ver lo desatinado que era ofrecerse de forma impulsiva. Era mucho mas importante, dijo él, establecer comercio con China. Naturalmente estaba en lo cierto. Además pensó que a la muchacha no le gustaría que le dieran nada. Allí estaba en su lugar. Como Dick. Lo suyo era vender guantes. Sus penas eran muy distintas “y ya no llorará, y ya no llorara», las palabras fluían en su mente. “Del contagio del estúpido mundo está seguro”, pensó Clarissa, manteniendo el brazo rígido, porque hay momentos en los que parece del todo fútil (al quitarle la dependienta el guante el brazo quedó cubierto de polvos de talco), en los que sencillamente uno deja de creer en Dios, pensó Clarissa.
El tráfico se volvió atronador; las medias de seda brillaron. Entró una clienta.
-Guantes blancos -dijo, con un deje en la voz que a Clarissa le resulto familiar.
Antes, pensó Clarissa, todo era tan sencillo. Por el aire llegaba el graznido de los grajos. Cuando Sylvia murió, hace cientos de años, los setos de tejo resultaban deliciosos con sus telarañas como diamantes en la neblina antes del primer servicio religioso. Y si Dick muriera mañana... en cuanto a creer en Dios... no, dejaría que sus hijos eligieran, pero ella, como Lady Bexborough, quien según dicen inauguró la tómbola benéfica con el telegrama en la mano. Roden, su favorito, muerto... ella seguiría su camino. ¿Por qué, si no creía? Por el bien de los demás, pensó, cogiendo el guante. La muchacha sería mucho más infeliz si no creyera.
-Treinta chelines -dijo la dependiente-. No, perdón señora; treinta y cinco. Los guantes franceses son mas caros.
Porque uno no vive solo para sí, pensó Clarissa.
Y entonces la otra clienta cogió un guante, lo estiró y lo rompió.
-¡Vaya! -exclamó.
-Un defecto de la piel -se apresuro a decir la mujer del pelo gris-. A veces cae una gota de ácido al teñirla. Pruébese este par, señora.
-¡Pero es una estafa pedir dos libras y diez chelines!

Clarissa miró a la clienta; la clienta miró a Clarissa.
-Los guantes ya no son tan buenos como antes de la guerra -dijo la dependienta a Clarissa, a modo de excusa. ¿Dónde había visto a aquella mujer? Mayor, con un cuello de volantes, un cordón negro en las gafas de oro, sensual, inteligente, como un dibujo de Sargent. ¿Se puede saber por la voz de una persona si está acostumbrada a mandar?
-Me está un poco justo -observó Clarissa. La dependienta desapareció de nuevo. Clarissa esperó. No temas más, repitió, tamborileando con los dedos sobre el mostrador. No temas más el calor del sol. No temas más, repitió. Tenía pecas en el brazo. La dependienta se movía a paso de tortuga. Tú que ya has cumplido tu tarea en el mundo. Miles de hombres jóvenes habían muerto para que las cosas pudieran continuar. ¡Por fin! Un centímetro por encima del codo; botones de perlas; cinco y cuarto.
Querida mía, pensó Clarissa, ¿crees que puedo pasarme la mañana aquí sentada? ¡Ahora tardarás veinticinco minutos en darme el cambio!
Hubo una violenta explosión en la calle. Las otras dos mujeres se agazaparon tras el mostrador, mientras Clarissa, muy erguida en su asiento, sonreía a la otra mujer y exclamaba:
-¡Señorita Anstruther!

Ilustración: Yelena Bryksenkova

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