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jueves, 13 de febrero de 2014

El club de compradores de Dallas

Por: Adelaida Jaramillo

En 1985, el actor y símbolo sexual, Rock Hudson, fue el primer personaje popular víctima de la nueva peste del siglo XX: el sida.  Durante los primeros años y debido al desconocimiento, esta pandemia causó terror y el rechazo hacia sus portadores, ganándoles la etiqueta de homosexuales o drogadictos.  Es en esta época en la que se desarrolla “El club de compradores de Dallas”, que cuenta una historia basada en hechos reales, cuya acción se sostiene en el deseo de vivir de dos antihéroes contagiados por la enfermedad.

Ron Woodroof (McConaughey) es un cowboy texano, homofóbico, adicto a las drogas, que se gana la vida apostando y estafando hasta a sus propios amigos.  Woodroof al no practicar el sexo seguro, se contagia con el virus y es notificado sólo en la etapa terminal de la enfermedad, de que es portador del VIH, noticia que recibe de parte de dos doctores y a la cual rechaza porque: “Yo no soy un maldito marica. Mírame y dime lo que ves: un maldito hombre de rodeo es lo que ves”.

Con el estigma no sólo de la cuenta regresiva, pero del aislamiento ocasionado por el repudio de la gente que por ignorancia lo asocia como homosexual, Woodroof conoce a Rayon (Leto), un travesti que también tiene sida y que reúne todo lo que él rechaza desde su masculinidad hegemónica. Ese personaje, que representa al “Otro”, es el único capaz de mostrar solidaridad, y será con él, con quien emprenderá una empresa no sólo para salvar sus vidas, sino las de otros enfermos.  Irónicamente, la casa en la que reciben a los miembros del club de compradores de Dallas, representa una esperanza de vida para este grupo de desahuciados, que los médicos y la sociedad han marginado, y que encuentran en este espacio un lugar en el que todos son iguales. 

Hay que agradecerle al director canadiense Jean-Marc Vallée (La Reina Victoria, 2009), que trabaje el tema sin convertirlo en un melodrama, aunque quizás debido a esta decisión no encontraremos una película con grandes diálogos, sin embargo los personajes, cercanos a los de la novela picaresca, se roban la película con sus soberbias interpretaciones y la impresionante transformación de sus cuerpos.  Al final, estos renovados Bonnie y Clyde encontrarán diferentes maneras de redimirse, aceptarse y ser aceptados nuevamente como seres humanos.


Desde 1985 a la fecha, la realidad sobre el conocimiento del tema ha cambiado, se han realizado campañas para informarnos sobre las formas de contagio y sobre la “no excepcionalidad” de las preferencias sexuales de los portadores, sin embargo en un censo realizado en el 2009, existían 33 millones de infectados en el mundo, y contando.  La película nos muestra con crudeza la representación de la precariedad del cuerpo enfermo de sida, pero lo más importante que nos presenta, es que así como hoy somos parte de un club, mañana podríamos ser parte de otro.

12 años de esclavitud

Por: Gabriela Celleri

"Yo era un hombre libre", empieza Solomon Northup su relato de cómo fue engañado, drogado y vendido como esclavo a los blancos del sur que lo mandaron a trabajar a los campos de algodón donde recogían el fruto de los árboles hasta que les sangraban las manos. Porque, oh, en esa época cruel de los Estados Unidos, la sangre negra derramada era requisito. Si no sucedía eso, los blancos podían pensar que le estaban fallando a Dios.

Y, en efecto, así empieza el martirio de Northup que cayó en manos de dos tipos de amo: el "amo bueno", interpretado por Benedict Cumberbatch, quien genera cierto respeto hacia Northup por la inteligencia y habilidades de Solomon lo que le acarrea enemigos. Blancos, por supuesto, puesto que ellos piensan que los negros son seres inferiores que no pueden ganarles en absolutamente nada. Sino, pregúntenle a un humillado Hitler cuando Jesse Owens le probó que no era así (perdón, me escapé del tema).

Sin embargo, un número de circunstancias hacen que Northup sea transferido a la mansión del esclavista Edwin Epps que, cómo no, en el nombre del Señor hace y deshace a su cruel, déspota y diabólica manera con, quienes él cree, son inferiores por mandato divino. Me tomo un momento para APLAUDIR, no puede ser menos, la actuación genial de Michael Fassbender. Es impresionante cómo impregna odio y vulnerabilidad a la vez a su personaje, en especial con respecto al personaje de Lupita Nyong'o, esclava por la que tiene cierta debilidad. La escena de la violación es la escena donde se puede ver a Fassbender mezclar estas dos cualidades de su personaje y lo hace con maestría. No puedes evitar odiar al personaje, pero admirar al actor.



Otra actuación digna de remarcar es la de Lupita Nyong'o a la que le pongo mi dinero para que se lleve el Óscar este año. Su personaje es tan desgarradoramente emocional y crudo, y ella lo captura de una manera impresionante: con resignación, pero inocencia. 



Y es que es principalmente eso lo que me fascina de esta película. Por primera vez, toman con toda la crudeza del caso, la realidad, la crueldad, la maldad de la que eran capaces de llevar a cabo los blancos sureños contra los negros y, como dice el personaje de Forest Whitaker en la película El Mayordomo, los encerraban en sus campos de concentración: los campos de algodón. Porque aún no han habido juicios de Nuremberg para EEUU por todas sus crueldades, pero ellos han juzgado y despotricado como si fueran santos cuando ellos mismos tuvieron sus campos de concentración mucho antes que Hitler y la película 12 años de esclavitud lo describe perfectamente.


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