viernes, 12 de abril de 2013

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Twitcam por el Día del Libro 2013

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Tres años celebrando el libro, pero ¿por qué?  Esa será la discusión a tratar en el twitcam del viernes 19 de abril a las 20h00 vía @adeljar.  Por qué celebramos a los libros, cuáles han sido nuestros libros favoritos, quiénes nos hicieron leer y algunas anécdotas lectoras.



Pero leamos a un escritor ecuatoriano, mi propuesta para comentar es La importancia de la yugular en este asunto de la vida de Huilo Ruales Hualca.


La muerte de Enriquito fue una de las gotas que derramó la piscina. Su mirada cóncava, inmutable, era la orden hipnótica que nos empujaba al beso, a la caricia, al rasgamiento de la ropa, y las manos y las bocas se nos llenaban de puñales hambrientos y mi sexo, convirtiéndote en vagina desde el cabello hasta las uñas más recónditas, nos hundía en la locura de crear algún recurso nuevo en una silla o en el techo, en la luz o en la lengua, en la saliva o en el vino, buscando que el orgasmo llegara tan tarde que únicamente sirviera para el desplome, para la destrucción total, para la integral evaporación de nuestras vidas, y que aparte del laberinto de las ropas y el jadeo coloidiano en la atmósfera, restara solamente el imperio de su mirada-grúa almacenando cada elemento de nuestro lascivo holocausto, metiéndolo en el estadio extraño de su memoria. Él se llevó tantas cosas de nuestros colores. ¿Recuerdas cómo me recibió cuando irrumpí en tu apartamento de techo oblicuo? Sabía defenderte desde antes que aprendieras el tren interminable de la lágrima o el espanto, y por ello, la primera vez que delante de él nos precipitamos al beso que nos dejó sin ropa, creí sentir tus uñas, pero no, era su celo firmándome a lo largo y al través de toda la espalda, y entonces tuvimos que amarnos enterrados en tus cobijas. Así, la casa se tejía de precauciones y caminos con el fin de que él se fuera haciendo de mi lado, y aunque tuve que irle extorsionando con pequeños regalos, y pasar arrinconado para no provocar su enojo, la vida era de plastilina y lo que importaba era contarle que el yogur en mi tierra es una comarca de animalitos blancos multiformes y que viven tan felices en la leche que de la noche a la mañana se cuatriplicaban, y aunque no podías creerme porque te resultaba demasiado tierno, alumbrabas el dormitorio, la cocina, el baño con tu risa, o me narrabas entre triste y orgullosa que Franco, para festejarle el cumpleaños, lo había hecho fusilar en una plaza de Toledo, y te explicaba durante horas que mi máquina de escribir era tan humana como el Enriquito, o intentabas persuadirme de que, de la misma manera que aceptabas esto de la literatura, debía comprender el contrato umbilical entre vos y él, porque aparte de mis esporádicas visitas y tu sórdida escuela de artes, no contabas con nada ni nadie más en el mundo. Lo acepté con agrado y él soltó su visto-bueno, y entonces mi máquina se adueñó del escritorio, mientras vos, sentada en posición de yoga sobre el colchón trabajabas tus esculturas o dibujabas mi ceño que, según decías, se me despertaba cuando escribía, o mirabas la casetera para escuchar mejor la música, o lo peinabas como si valiera la pena, o inventabas algún catastrófico plato, o merodeabas la posibilidad del beso, y lo obtenías, y lo promiscuías hasta que los papeles, la máquina, la silla, el escritorio, tus espátulas, tu mandil, se diluían y las manos se metamorfoseaban de arañas delicadas —subiendo bajando nuestros cuerpos— a pulpos convulsionados, y el tumbado se iba abajo y el piso era un paraguas de cabeza y tu cuerpo de niña se volvía una briosa yegua y los gritos se entretejían con el jazz haciendo una tela que nos envolvía como una membrana uterina, y él desde cualquier rincón filmándolo todo con una rayita en las retinas que se parecía mucho a la resignación. Luego, mientras desnudos y sosegados veíamos llegar esa mariposa-abuela del sueño, o cuando emergíamos de él, con el dedo corazón me caminabas el perfil hasta llegar a los labios y tajar cautelosamente mi silencio, te volvías una niña macerando la fábula del padre cuando te narraba cómo se arregla la gente de mi país para medir el tiempo si están prohibidas la luz y las flexiones verbales, y eras una mixtura de madre-amiga-heroína al abordar el tema de mi esposa, de mis hijos; siempre encaramados en ese exuberante presente piramidal de él y nosotros, escarbando para conocernos algo o tener de qué hablar en la ortografía del pasado. En esa época el otoño, que por elección se nos parecía mucho, se hizo un hilo que atravesó los ojales de las otras estaciones hasta que con el próximo verano confluyeron los tres hechos: te cambiabas a una escuela más temprano, mi novela quiso caminar sobre sus propios pies pero los tenía tullidos, y él se transformó en un ovillo taciturno. Entonces junio entró pateando las ventanas, el exilio inventó sus hongos, y una noche de calor como melaza te encontré con los bolsillos y la boca regándose de requerimientos: qué haría con mi familia, que olvidara definitivamente el hotel y despertáramos todas las mañanas juntos, que camináramos las calles lamiendo helados como niños, que te sugiriera de vez en cuando ponte tal vestido, que cenáramos en algún saloncito chino para susurrarte esa palabra extraña llamada futuro, que colgara los escritos un tiempo para mirarte en los dibujos, en las ojeras, en la lágrima, en la voz. Aunque siempre esperaba ese momento no pude responderte o te respondí amándote como si te ungüentara, que no podía, que el país, que esa nostalgia de no poder estar en sus calles o en sus cárceles o muerto, que la literatura, esa gangrena. Pocos días fueron suficientes para bajar del sexo al estremecimiento de descubrir, asidos de las manos, que algo se había roto como un huevo, o que quizás ese algo no hubo nunca, sin embargo de haber logrado mantenerlo erguido en tanto no rasguñábamos identidades ni relojes, y empezó aquella inagotable hemorragia gris, encarrilada en el silencio, en tu llanto revertido, en la enfermedad de Enriquito, en el trote de mi máquina desbocándose en aguaceros, retratos, alacranes de la infancia y del país, hasta que me doblegó la asfixia, y sin decirte nada fui en puntillas a estrellarme en mi cuarto de hotel, en el café, en el cigarrillo, en la correspondencia flaca, arrojé la máquina como a una despreciable plañidera, y luego ahuequé las calles para no seguir midiendo la importancia de la yugular en este asunto de la vida, y me llené de parques aturdidos de árabes cesantes y homosexuales viejos y, como si fuera a encontrar el principio de la madeja, volví a la plazuela en donde, un año atrás, aquel mendigo borracho fuera apaleado por la policía, mientras vos y yo espectábamos pasmados desde diferentes aceras hasta que, por solidaridad e impotencia, empezamos a caminar juntos, hablándonos como si ya nos hubiéramos conocido y, empujados por esas mismas motivaciones, terminamos ese devastador domingo amándonos sobre migajas, colillas, discos, papeles, pobladores del piso de mi cuarto.

En la plazuela salió a recibirme el miedo, y con toda prisa me vi montado en tu calle, esa suerte de signo de interrogación hecho con desidia y sin salida, salpicado de tarros de basura, pescaderías, bares, viejos marineros anclados en el trago; llegué a tu puerta, la encontré decrépita, timbré, imaginé al Enriquito anunciándote mi llegada, no respondió nadie, volví a timbrar, y al fin, aunque no sabía para qué, tus pantuflas se fueron desgranando desde el quinto piso. Ya en tu apartamento y como si robara pude verte; pese a que estabas más que nunca hermosa en esa batona hindú, tenías algo tan fuertemente de humo, de ceniza, que parecías un fantasma, y cuando noté la ausencia de él pensé sobrecogido que en vos se habían fundido los dos. Apenas en la madrugada rompiste el silencio adueñado de la poesía de Brel, y me informaste que días antes, presintiendo su muerte, había tenido la dignidad de ir a recibirla en otro lado. No pude agregar nada. 

Las charlas guturales de las palomas botaron el día sobre tu colchón y te descubrí profundamente dormida, dejé la silla, extendí mi cuerpo a tus pies y, con los ojos abiertos, soñé que él retornaba, se subía en tu falda, se metía debajo de ella y me indicaba que estabas desnuda, y me acercabas, y me pedías que te fuera extrayendo toda la pena de los labios, el vientre, los muslos, y me implorabas que te crucificara de boca a la pared, pierniextendida, jadeante, estilada en sudor, y me rogabas que te reventara los senos a besos, que te exprimiera de pie, como un asesinato decoroso, y que en la extensión de la derrota, que sobrepasaba los límites domésticos de la humillación, te licuara hasta reducirte a un grito, a un charco moreno, palpitante. Al despertarme en la mitad del día me estiraste un café y mirando la hora me dijiste lacónicamente que me marchara, que ese territorio era ya tu futuro y que. Intenté proponerte la última tarabita: el escape de gas a puerta cerrada, los frasquitos de comprimidos, la multiplicación espantosa de los animalitos del yogur como el más original de los suicidios, la adopción de otro Enriquito para que te surgiera del cabello, de los brazos, de las piernas, de los lienzos, pero todo, hasta aquello, era inmensamente tarde.

En el bar esquinero atorado de humo y de carraspera de retirados, inmigrantes y mutilados de guerra, me lancé a una botella de vino negro tan inagotable que de ella salió la noche, y de la noche me saltó al cuello una puta pitonisa de quijada fláccida que se me metió en el vino y en la retrospectiva hasta despintarte la cara para darme una mejor idea de tu tragedia. Y cuando las sillas se subieron patas arriba a las mesas, y la escoba se colocó en la puerta, me tomó del brazo, me enseñó a tararear himnos aprendidos en los campos de concentración, a romper la sordidez de las calles a punta de carcajadas, y una vez que estuvimos en su habitación abultada de cojines, signos cósmicos, tarots y enredaderas, tuvo la sinceridad de sacarse la ropa y mostrarme su condición de guiñapo, y antes de invitarme a su alta cama de bronce, se puso un turbante, tomó mi mano, la leyó y me dijo: aquí veo un gato muerto.

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