lunes, 25 de abril de 2016

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El Cusco del Inca Garcilaso de la Vega, por Ricardo Ráez Reátegui

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A principios de 1560 salía Gómez Suárez de Figueroa del Cusco para no volver. Había vivido allí desde su nacimiento y a los 20 años se iba a España donde se convertiría en inca, en el Inca Garcilaso de la Vega, “el primer peruano” según Raúl Porras Barrenechea. Hijo de un capitán español y la princesa inca Chimpu Ocllo, vivió la mayoría de su niñez y adolescencia con su madre y la familia de ella.  Allí aprendió el quechua y escuchó infinidad de historias sobre la ciudad y el Tahuantinsuyo, observó sacrificios de llamas para augurar el futuro, se sentó al lado de personajes icónicos de una sociedad casi desaparecida y compartió el dolor del pasado perdido.

Al mismo tiempo, Garcilaso crecía entre españoles y caminó por las calles de la ciudad como uno más de ellos; cabalgó por las llanuras donde sucedieron las guerras civiles entre conquistadores que ansiaban formar su propio reino; vio cómo llegaban alimentos y animales que no se conocían a 3400 metros sobre el nivel del mar y, como hijo predilecto del capitán, jugó a las cañas en las fiestas de Santiago y al jurarse por rey a Felipe II. Garcilaso fue feliz en Cusco y nunca olvidó sus historias. A una cuadra de su casa estaba la Plaza de Armas o Haucaypata donde, hace más de 450 años, observó la destrucción paulatina de cuatro grandes complejos de piedra (canchas) que aún la bordeaban: Casana, la casa de Pachacutec (Portal de Panes), donde destacó

“un hermosísimo galpón que en tiempo de los Incas, en días lluviosos, servía de plaza para sus fiestas y bailes. Era tan grande que muy holgadamente pudieran sesenta de a caballo jugar cañas dentro en él”. (pág. 107)

Santo Domingo
También vio el Amarucancha (iglesia de la Compañía de Jesús)  “que es: barrio de las culebras grandes” (pág. 108); el Acllahuaci la “casa de las vírgenes escogidas” (pág. 108), y la cancha de Viracocha sobre el andén en que se construiría la Catedral y donde los españoles sostuvieron el sitio de Manco Inca.  Frente al Amarucancha se ubicaba el Sunturhuaci, una torre de 15 metros de alto que:

“Estaba cubierto en redondo, como eran las paredes; encima de toda la techumbre, en lugar de mostrador del viento (porque los indios no miraban en vientos), tenía una pica muy alta y gruesa, que acrecentaba su altura y hermosura”. (pág. 231)


La isla de casas que hoy se levanta sobre el río Saphi y divide las plazas Haucaypata y Cusipata (Plaza Regocijo y ex Hotel Cusco) se empezó a construir en 1548 y Cusipata fue rebautizada como Nuestra Señora de las Mercedes,

“…en ella están los indios e indias que con sus miserias hacían en mis tiempos oficios de mercaderes, trocando unas cosas por otras; porque en aquel tiempo no había uso de moneda labrada, ni se labró en los veinte años después; era como feria o mercado, que los indios llaman catu”. (pág. 110)

A unos pasos de allí estaba la casa de Garcilaso, que hoy es el Museo Histórico Regional de Cusco; lugar donde se reunían los españoles para recordar las guerras de conquista y hablar sobre la situación del virreinato que se empezaba a conformar:

“…tenía encima de la puerta principal un corredorcillo largo y angosto, donde acudían los señores principales de la ciudad a ver las fiestas de sortijas, toros, y juegos de cañas que en aquella plaza se hacían”. (pág. 45)

Desde allí, cuando la ciudad tenía edificios de menor altura, se contemplaba “la punta de sierra nevada en forma de pirámide” (pág. 183) del apu Ausangate, cerro sagrado del Cusco.

De regreso a la Plaza de Armas, si se dirige la vista hacia la mitad del apu Sacsayhuaman se distingue un andén,- donde hoy está la iglesia San Cristóbal-, que otrora era el corazón de Collcampata, uno de los doce barrios incaicos del Cusco, “casas que fueron del Inca Paullu y de su hijo Don Carlos, que también fue mi condiscípulo” (pág. 16) y donde el sapan inca hacía los ritos que daban inicio a la temporada agrícola. Luego estaba Pumacurco, el nombre que hoy tiene una empinada calle del barrio San Cristóbal, y que Garcilaso tradujo como “viga de leones […] porque en unas grandes vigas que había en el barrio ataban a los leones que presentaban al Inca, hasta domesticarlos y ponerlos donde habían de estar”. (pág. 102)  También mencionó a Rimacpampa, aduana de ingreso y salida del Qhapaq Ñan al Collasuyu que hoy es la plaza Limacpampa, epicentro del tráfico que va hacia el centro y sur de la ciudad, y lugar de concentración de festividades y protestas.

Pumapchupan
Siguiendo el rio Tullumayu, que hoy corre bajo la avenida del mismo nombre, se llega a una vistosa pileta en la zona de Pumapchupan, el final de la ciudad en forma de puma que diseñó el inca Pachacutec: “quiere decir: cola de león, porque aquel barrio fenece en punta, por dos arroyos que al fin de él se juntan (Tullumayu y Saphi), haciendo punta de escuadra” (pág. 102).  Al otro extremo del río Saphi, cerca del cruce de Plateros y Santa Teresa estaba Huacapuncu, el ingreso a la parte sagrada de la llaqta por el Qhapaq Ñan al Chinchaysuyu. Garcilaso también mencionó el barrio de Chaquillchaca- donde hoy están los famosos mercado e iglesia de San Pedro-, Tococachi (San Blas), Carmenca (Santa Ana), Cayaucachi (Belén), Picchu, Munaicenca y Cantutpata; todos lugares de visita obligada hasta el día de hoy.

Coricancha y Sacsayhuaman
El callejón Loreto,- llamado Inti K’ijllu en el Tawantinsuyo-, se ubica a un costado de la iglesia de La Compañía y era el principal ingreso al Coricancha o Templo del Sol que hoy es el convento de Santo Domingo. Garcilaso utilizó varias páginas de sus Comentarios Reales para describir el complejo y su magnífico jardín de oro que imitaba a la naturaleza, las celebraciones de las naciones en Intipampa (la plaza delante del templo), las cinco fuentes de agua con “caños de oro” donde se hacían baños rituales, los espacios donde el Uillac Umu rendía culto a la luna, las estrellas, el rayo y el arcoíris, y rememoró capítulos dramáticos como la noche en que el conquistador Mancio Serra de Leguizamo, “que yo conocí y dejé vivo cuando me vine a España” (pág. 182),  apostó la figura del Sol, “hecha de una plancha de oro al doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes” (pág. 195) y la perdió.

Desde niño, Garcilaso jugó con sus amigos en los laberintos de Sacsayhuaman, “la obra mayor y más soberbia” (pág. 168) de los incas. Sus recuerdos mezclan el asombro por las enormes piedras con la indignación por la destrucción del monumento. Al cronista, como hoy a miles de turistas, le cuesta imaginar cómo se logró ese ensamblado perfecto de gigantescas piedras multiformes:

“Unas son cóncavas de un cabo y convexas de otro y sesgas de otro, unas con puntas a las esquinas y otras sin ellas; las cuales faltas o demasías no las procuraban quitar ni emparejar ni añadir, sino que el vacío y cóncavo de una peña grandísima lo henchían con el lleno y convexo de otra peña tan grande y mayor, si mayor la podían hallar” (pág. 144).

Tras atravesar las tres murallas de la fortaleza por las puertas de Tiupuncu, Acahuana puncu y Viracocha puncu se llegaba a lo más alto del edificio donde había tres torreones: Moyoc Marca –que era redondo y tenía “una fuente de mucha y muy buena agua, traída de lejos, por debajo de la tierra” (pág. 146)-; Paucar Marca y Sacllac Marca. Durante siglos se creyó que estos edificios eran un invento de Garcilaso hasta que en 1936, Luis Valcárcel desenterró los cimientos. Tal vez lo más impresionante del relato es confirmar que aún hay mucho por descubrir bajo tierra:

“En aquellos subterráneos mostraron grande artificio; estaban labrados con tantas calles y callejas, que cruzaban de una parte a otra con vueltas y revueltas, y tantas puertas, unas en contra de otras y todas de un tamaño que,  a poco trecho que entraban en el laberinto, perdían el tino y no acertaban a salir” (pág. 349).


El Inca Garcilaso de la Vega nos guía, desde hace casi cinco siglos, por el Cusco más puro y, a la vez, utópico. Así como millones de peruanos que hoy viven en el extranjero, expresó en sus obras un patriotismo exaltado donde el Perú es maravilloso e incluso se autonombró inca en Europa, una osadía para el siglo XVI. Viejo y lejos de su amada Cusco la recordó con el cariño entrañable que se merecen los paraísos perdidos y dejó un relato inolvidable que muchos agradecemos de corazón en los 400 años de su muerte.

*Todas las citas son de los volúmenes 1, 2, 3, 6 y 8 de los Comentarios Reales de los Incas, del Inca Garcilaso de la Vega
** Foto de obra compuesta por el maestro cusqueño Edwin Chávez

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